Capítulo 8
Maalik
T engo en mi punto de mira a la semialma que puede tener la llave para sacarme de aquí.
La transeúnte —de pelo corto y negro, por encima de los hombros— lleva en posición de buda lo que se me antoja una eternidad.
Ese trance, mantenido tanto en el tiempo, tiene que desanclarla de la tierra.
Me atrevo a decir que, con mucha probabilidad, se está jugando la vida con semejante viaje entre mundos.
Me acerco hacia ella con la excusa de seguir haciendo mi trabajo como director del tráfico de almas del Purgatorio.
La médium percibe mi presencia. Lo noto porque se estremece ante el ínfimo viento provocado por mis alas a medio asta.
Carraspeo al aire para llamar su atención.
Lo cierto es que, de ninguna manera, me gustaría ser el responsable de que esta alma abandone por completo la tierra para el momento de su juicio final personalizado.
No veo tan descabellado, con su nivel de abstracción, cargármela de un susto.
Mi expediente infernal no soportaría más cadáveres entre sus hojas.
—Hola, demonio.
¿Y cómo sabe esta lo que soy? ¿Tantas veces ha viajado entre velos como para conocer la rígida estructura de este lugar mejor que yo? Tss… Calla, ya lo sé. Mis alas me delatan y no es necesario ser Sherlock Holmes en su vertiente de sastre para dar una puntada bien hilada.
—Tengo preguntas —contesto con decisión, aunque en verdad no tengo muy claro qué estoy haciendo ahora mismo con mi no-vida.
—Toda alma atormentada y manchada por el pecado necesita encontrar claridad entre el polvo de sus sombras. —Ya tengo dudas de si la mujer de mediana edad es médium o se ha pasado con el consumo de sustancias poco legales allá abajo.
—Mi alma hace tiempo que dejó de pertenecerme.
Tú eres capaz de extraer tu alma y trasladarla, sin perder tu esencia ni traspasar la delgada línea que separa la vida de la muerte, a través de los entresijos del velo.
¿Cómo lo haces? —La verdad es que mis formas no están siendo buenas, ni el nombre le he preguntado a la transeúnte.
Es el mítico «por el interés te quiero, Andrés», pero en versión Purgatorio.
—Yo tengo el don de pertenecer a la vida y a la muerte, con la capacidad de anclarme, de forma exclusiva, a mí misma.
Veo el negro de tu ánima, mucho más allá de la ropa que te imponen.
Ahora mismo vives estancado en el tormento de tu pasado y ni siquiera el Infierno ha superado tu sufrimiento terrenal.
Sana, joven demonio. Si no sueltas lo que te lastra, jamás verás a tus alas emprender el vuelo.
—No he venido a que me encasilles con tus consejos de mentora con tendencia al intrusismo en la psicología. Dame la información que necesito para volver a la tierra, es lo único que te pido. —Me estoy empezando a cabrear y quiero evitar el incendio por todos los medios.
Ya ves, dirijo el tráfico de almas y soy un poco bombero con instintos pirómanos. Exacto, lo único que me queda hacer es prevenir.
—Todo lo que tu alma necesita conocer ya lo sabe.
Lo que no está tan claro es si realmente estás preparado para enfrentarte a lo que viene.
Búscame, Maalik. Cuando la tierra sea el escenario de tus miedos, búscame.
Me encontrarás cuando menos lo esperes, aunque bien sabe Dios que será cuando más me necesites.
Y se esfuma. Se ve que su cuerpo terrenal ha entrado en un túnel y su alma se ha quedado sin cobertura. O simplemente se ha cansado de atender mis súplicas poco cuidadas.
—Ponte a hacer bien tu trabajo o volver al Infierno será la mejor de tus opciones, demonio de pacotilla. —Gladis me arrea con la escoba, hecho que me recuerda que en este sitio, con o sin ascenso, sigo siendo la misma rata de cloaca de siempre.
—¿Cómo está la anciana de mis ojos? —Mi voz suena tan falsa que podría haberla emitido una de estas inteligencias artificiales que se estilan hoy en la tierra.
—Estoy hasta el mismísimo Infierno de tener que ser tu niñera. Como si mi trabajo no fuera ya complejo, ahora, encima, también tengo la obligación de prestar atención a un demonio descarriado.
—Sabes que desde que estoy aquí te resulta mucho más fácil dirigir a las almas al Infierno. —Le guiño un ojo, ella me lo guiña más.
No me está siguiendo el juego, solo le tiembla el ojo del estrés o, en su defecto, de contención por no darme otro escobazo.
—Que tu pelo rojo sirve de faro con los pecadores es un hecho, que no soporto tu presencia, es otro. —Ganarme el favor de esta minúscula señora me va a llevar más tiempo que todo el que he pasado bajo las alas de Lucifer.
Me rodea con su aura malhumorada y su pequeño cuerpo aparta mi ala derecha. No sé de dónde sacará esta mujer la fuerza como para moverme siquiera del sitio. Seguro que debajo de su trono tiene un arsenal de batidos proteicos. Ese mal genio necesita sustento.
La parte del Cielo que se ve por la cristalera próxima al ascensor celestial está tranquila.
Sin darme cuenta me descubro mirando cada dos por tres.
No sé si busco al ángel del otro día o es que sigo guardando las esperanzas de burlar la seguridad de San Pedro y colarme en el Cielo.
Te prometo que, aunque desde fuera lo parezca, no quiero dar ningún golpe de estado. Al menos, no aún.
Las nubes de transporte no tienen ángeles a los que transportar y conversan animadamente entre ellas.
No tengo claro si las envidio, las detesto o hago ambas cosas de forma simultánea y casi sin querer.
En la tierra no tuve muchos amigos, sí muchísimos conocidos.
Nadie ofreció su hombro como consuelo cuando Uriel se llevó parte de mí mismo.
Ninguno me tendió su mano cuando empecé a crear mi Infierno en vida, todo era un pozo oscuro de llanto ahogado y desesperación extrema.
Todo era caos, desprecio y autosabotaje.
No necesitaba amigos cuando mi enemigo constante era yo.
Llegué hasta tal punto, que estoy convencido de que si alguien hubiese apostado por mí, se hubiera visto arrastrado por mi huracán de destrucción propia.
Tal vez fue mejor así, no podía ser compañía cuando convivir con mi interior marchito era equivalente a ser absorbido por el más temible agujero negro.
—Ya llevo bastante retraso con los trámites de hoy, aparta si no quieres una maravillosa queja formal en tu expediente recién estrenado, demonio —dice una voz tras de mí.
No me hace falta girarme para ver que me voy a encontrar con la nada alada que ha rondado mi cabeza las últimas noches.
—No tengo la culpa de ser una distracción para llevar a cabo tus funciones.
Tal vez deberías mejorar tus aptitudes, no habla muy bien de ti como ángel que el primer recurso que utilices sea la amenaza.
—Me coloco en un cara a cara desigual, porque no la veo, pero la siento tan cerca que casi me resulta doloroso no buscar a tientas su cuerpo.
—Para poder considerarte una distracción tendrías que ser relevante y eso es algo que, gracias al jefe, no pasa.
—Abro la boca un poco de más y me doy cuenta cuando una carcajada celestial hace que me vibre el corazón.
No entiendo muy bien lo que me pasa, es visceral, salvaje y, al mismo tiempo, natural.
No me gusta aquello que no puedo controlar.
—A lo mejor tengo que hablar con Dios para que reajuste tus servicios en el Cielo.
Tu lengua afilada y tu exceso de estima bien podría hacerte candidata al puesto de autonube.
—Escondo las alas. Aunque en las peleas me gusta tenerlas desplegadas, en esta batalla verbal me tiemblan tanto que me dejan en peor lugar que del que vengo.
—Habla con quien quieras, demonio pelirrojo. Cuando tu opinión consiga llegar al de arriba, tu tiempo como funcionario habrá expirado, si es que en algún momento llega. Tenemos facilidad para archivar casos perdidos.
Me aparta. Me toca . Y la descarga que genera nuestro roce es tan inesperado que casi pierdo el control sobre mi combustión espontánea.
Una de las almas que acaba de llegar al Purgatorio, un anciano que tiene en el rostro las arrugas propias de haber vivido con intensidad, se desorienta y choca contra uno de los cristales.
El perímetro, electrificado para impedir la salida de cualquiera de las almas llamadas a esperar veredicto, vibra entre chispazos controlados.
Al mismo tiempo, el anciano retrocede, dolorido, para tomar de nuevo su turno en la fila elegida como vía directa al Cielo.
«Todo lo que tu alma necesita conocer, ya lo sabes».
Las palabras de la transeúnte resuenan con un eco desorbitado en mi cabeza.
Me quedo mirando la cristalera continua y la bombilla, cuya luz lleva tiempo fundida, se ilumina para bendecirme con su lustrosa idea.
Durante la última pelea en el Infierno, mi poder era tal que fui capaz de contener el ataque de tres ángeles caídos, reconocidos por su fuerza.
Dios permite su salida a cuentagotas y siempre bajo una especie de indulgencia plenaria.
La única excepción de invitación VIP, y simplemente por evitarse trabajo de papeleo interno, es para Lucifer, con quien se reúne de forma esporádica para gestionar toda la burocracia que supone organizar tres mundos y medio (no, esta vez no me estoy metiendo con el Purgatorio y con Gladis por su altura de Minion).
Ahora mi poder ha sido suficiente como para repeler el hielo, el fuego y el marfil.
¿Será suficiente para combatir la electricidad que me separa de volver a la tierra?
Solo tengo una forma de comprobarlo. Si bien es verdad que mi plan puede torcerse y puedo perder la confianza de Dios, dicen las buenas lenguas que es misericordioso.
En algún momento y, si como bien decía Lucifer, soy una pieza clave para su plan, me devolverá el funcionariado.
No lo pienso mucho. Concentro mi atención y me aseguro de estar completamente en llamas.
Las almas se alejan a mi paso por miedo a irse al Infierno que no les corresponde.
Las ánimas cubiertas por el pecado me observan como quien acepta su destino, aun sin ser lo deseado.
Me dirijo a la cristalera y salto. Lo último que veo a través del cristal, antes de convertirme en un cometa alado, es al ángel que últimamente me roba el sueño.
Me recreo en la conversación que hemos tenido.
Me fijo por primera vez en la túnica que lleva.
El símbolo color crema de su bordado me aprieta el corazón.
Esa túnica la ha tejido mi madre, tengo la certeza.
Es el mismo símbolo que bordaba en nuestros uniformes del colegio para reconocerlos si se perdían y al ver la «M» no puedo evitar pensar que es la mía.
Éramos sus angelitos. No puedo ni imaginarme el dolor que tiene que sentir en el Cielo, sabiendo que ya no lo soy.
Cierro los ojos. Aire. Un salto al vacío, sin red, sin paracaídas. Otra consecuencia de la desesperación. Oscuridad. Al final voy a tener que sentirme cómodo en ella. Es lo único que no me abandona.