CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Necesito sustituto para las vacaciones.

Es importante porque nunca, en toda la eternidad que llevo aquí, he tenido la opción.

Echo de menos a mis padres, probablemente en un par de días me canse de ellos, pero también me echo de menos a mí y a lo que soy fuera del yugo de mi profesión.

—El suspiro se me escapa solo. Noto el roce ínfimo de una de las manos de Uriel…

. Es tan pequeño. Tenía toda una vida por delante.

—De acuerdo, te cubriré el tiempo que necesites. A cambio, tendrás que venir a cenar con mis padres y explicarles por qué su hijo de nueve años tiene que ir a trabajar por las mañanas en vez de pasar el día columpiándose sobre telas celestiales.

—Trato hecho, renacuajo. —Antes de confirmar el acuerdo nuestras manos invisibles han palpado el aire hasta estrecharse. Es por eso por lo que noto un apretón más fuerte del habitual en este tipo de acciones propias de un negocio.

—¿Estás bien? —pregunto con la calidez que me hubiera gustado que usaran conmigo cuando llegué al Cielo.

—Sí, solo es que ese mote me ha traído recuerdos de la tierra. Mi hermano siempre me lo decía cada vez que me recogía en el cole. —Hace una breve pausa—. Te avisaré para la cena.

Abre sus alas colosales y se va. Dejándome con una historia incompleta de la que, ahora, quiero saber más.

Cojo las tres túnicas que tengo en el armario. Aunque aparentemente son todas iguales, yo sé que no todas se ajustan igual a mi figura invisible. A lo mejor tiene algo que ver con que con una de ellas se equivocaron de talla y me dieron una menos.

Tengo la certeza de que esta cena tiene que salir bien.

Estoy convencida de que los nervios que siento ahora mismo serían similares a los de conocer a los padres de tu novio en la tierra.

No lo digo por experiencia, mi único novio no llegó ni a intuir a mis padres, solo por haberlo visto en algún canal de la tierravisión.

Acicalo mis alas frente a la cristalera del despacho, desde fuera tengo que parecer un pájaro en plena limpieza.

El jefe nos quiere tan concentrados aquí arriba que no se ve el exterior, vemos nuestra ausencia de reflejo en el modo espejo que da al interior.

Estoy lista, solo me queda bajar a la planta décima.

Tiene sentido que los padres de Uriel vivan ahí, tuvieron que morir cronológicamente antes que él y tendrían bastante más edad. Lógico es, también, que Uriel se sienta más cómodo en la planta noventa y siete. Más acorde a su infancia sin explotar.

Me esperan en una especie de habitación, aunque en verdad no podría llamarla así. Las paredes están tejidas en hilos de hielo, asemejándose más a un iglú que a lo que en la tierra conocemos como un piso.

—Muriel, bienvenida, nuestro pequeño nos ha hablado mucho de ti. —Recibo una caricia tierna en el brazo. De no tocarme nadie a querer contacto físico todo el mundo.

—Yo soy Tyson y ella es Grace, mi mujer. A partir de ahora, tienes un hueco reservado para ti en nuestro hogar. —A ver cómo me quito este nudo en la garganta que tengo.

—Muchas gracias por abrirme la puerta de su morada, nunca había visto nada parecido —admito con sinceridad. Tampoco voy como testigo de Jehová casa por casa, también te digo.

—¡Todo es cosa mía! En la tierra era costurera mientras que Tyson era vendedor de hilos.

Juntos hemos podido deshilachar las nubes y darle la forma que queremos.

El frío hace el resto, dando firmeza al tejido que nos rodea.

—Marido y mujer se abrazan y yo me derrito, aunque no literalmente, porque el frío que hace aquí da para abrir una pista de esquí celestial.

Nos sentamos los cuatro a la mesa, como si realmente fuéramos una familia feliz.

Frente a cada uno de nosotros una taza de café.

Como estás pensando, lo de quedar para cenar es una frase hecha, más relacionado con el tiempo que se invierte post trabajo que con el acto de comer, que como ya te he contado no comemos.

—Nos alegramos mucho de que hayas pensado en Uriel para desempeñar una labor tan importante —comenta Grace.

¿Se lo ha contado ya? A lo mejor hasta me ahorro pasar por el mal trago de hacerlo yo.

—He tenido la suerte de conocerlo y creo que es una oportunidad para ambos. Él podrá entretenerse con lo que mejor se le da y yo podré contar con un compañero de diez en quien confiar sin pestañear. —Al final se me va a dar mejor lo de socializar de lo que me pensaba. Virtudes angelicales, imagino.

—Papá, mamá —interviene Uriel—, quiero daros las gracias por todo lo que me habéis dado, tanto en la tierra como en el Cielo.

Pero ahora, al menos aquí y después de tantos años, me gustaría probar la experiencia de crecer, de tener responsabilidades y de poder ascender.

Está oportunidad me da más alas que las que cuelgan de mi espalda y vuestro apoyo es primordial para que pueda aprovecharla.

—El niño camina hacia donde sus padres se encuentran y con sus inmensas alas los envuelve a ambos.

—Campeón, ahora podemos asegurar, y está vez de verdad, que te vamos a apoyar siempre y nunca nos volveremos a separar. —Tyson levanta la taza y juntos brindamos por los nuevos proyectos y porque por una vez, lo bueno, la familia, nunca se acaba.

Me despido de ellos y quedo con Uriel para explicarle cómo va todo. Estoy desesperada, sí, pero las cosas hay que hacerlas bien si quiero que esto de las vacaciones se repita a lo largo de mi eternidad.

—Muriel, espera. —Grace me alcanza antes de subir al ascensor—.

Hace un tiempo tejí está túnica para alguien a quien quiero…

Me temo que, vista la eternidad pasada desde entonces, va a quedarse sin dueño.

Sé que no te consideras de esta familia aún, pero alguien capaz de hacer feliz a mi hijo se merece portar los mejores tejidos.

Cojo el regalo y acompaño mi gratitud oral con un aleteo rítmico de mis alas extendidas. Una entendida en las artes celestiales comparables con la danza del vientre en la tierra.

Llego a mi habitación con celeridad porque necesito contemplar la túnica nueva y hecha a mano que voy a poder estrenar en mis vacaciones.

A simple vista parece una normal, pero mirando más en detalle, bajo una de las solapas que adornan el cuello, veo bordado en un color crema el dibujo de unas alas enmarcando una «M».

No sé para quién era originariamente esta prenda, pero ahora voy a lucirla con orgullo para que su presencia esté, de una forma u otra, también en el Cielo.