CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 7
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Capítulo 7

Muriel

L o he visto. He visto al pelirrojo que mencionó el alma de la rubia del ascensor el otro día.

Ha sido raro. He percibido en su movimiento un nerviosismo al que no encuentro explicación.

Cuando nuestras miradas se han cruzado, sin él saberlo porque no me ve como yo soy capaz de verlo, he notado una corriente invisible que se tejía entre nosotros.

He percibido a la perfección cómo la tela de mi túnica ha ondeado, arrastrada por un viento inexistente, que me empujaba hacia ese demonio que mantenía una avivada conversación con Gladis.

No he podido soportar la tensión que se ha acumulado en el Purgatorio.

Hay cosas que nunca cambian, tampoco cuando te mueres.

Lo de huir de lo que no entiendo es mi deporte favorito, el único capaz de hacerme correr.

He subido a lomos de Nimbusito como si el mismísimo Freddy Krueger me persiguiera tras meterme en un mal sueño.

Bueno, miento, me he metido en el ascensor para refugiarme del negro de sus ojos y en cuanto se ha ido he salido pitando hacia mi chófer de confianza.

—Baja las revoluciones, Muriel, con esa entrada tan brusca, en la nube vamos a tener un escape de gas que me va a dejar hecho un puzle de vapor de agua.

—Dedícate a llevarme al despacho, compañero. El trabajo no va a hacerse solo y el tráfico del Purgatorio bullía más que el agua del Infierno. —Intento mantener mi jocoso tono habitual, aunque muy bien no he tenido que hacerlo.

—Para bullicio el que se forma cada día alrededor del nuevo demonio mayor asignado a nuestra Gladis. No me extrañaría nada que los atascos de almas se produzcan con la presencia de tamaña distracción.

—Ten cuidado, el calor también puede hacer que te evapores, aléjate de los demonios no vayan a prenderte más de la cuenta. —No se me ocurre mejor consejo, aunque no tengo claro si se lo digo a la nube o me lo digo como recordatorio a mí misma.

El trayecto hasta la planta cien continúa en un silencio incómodo que se encarga de rellenar el ruido de mi cabeza. Entro en el despacho y suspiro, aliviada, por no ver al jefe.

Con cuidado, paso a limpio las notas que he tomado de las almas errantes del Purgatorio.

La caligrafía me relaja, así que presto delicada atención a los trazos que el boli realiza sobre el papel.

Con él anoto edades, profesión y actitud de cada una de ellas.

¿Por qué estará en el Infierno? Céntrate, Muriel.

Perdóname, ¿vale? Es el primer hombre que me llama la atención en eones; al menos el primero capaz de conseguir desviar la atención de mis listas celestiales.

Lo que no entiendo demasiado bien es por qué me está afectando de esta forma.

Se supone que no tengo hormonas, soy asexuada y esas cosas.

Es tan extraña la sensación de conexión que he tenido con ese demonio…

Pongo la tele, total, productividad no es mi apellido en el día de hoy y cuanto antes lo acepte mejor.

Voy a uno de los canales que he marcado como favorito.

Correcto, es el del transeúnte con el que se me fue la lengua.

El muchacho está pidiendo en la calle. Amplío un poco la cámara celestial para ver lo que adorna el cartel: «Recaudación de fondos para el fin del mundo».

En la tierra ya es complicado que alguien le dé la visibilidad necesaria a un sintecho.

Se vuelven tan invisibles como los ángeles cuando, además, son drogadictos.

Si encima pregonan un fin del mundo, las probabilidades de ser vistos deben de disminuir bastante.

—Muriel, espero que tengas una buena excusa para haber levantado la vista de los archivos donde tiene que estar.

Se acabó lo que se daba. El jefe ha entrado en la partida y a mí se me corta el grifo del chisme sin terminar de enterarme del rollo completo. A no ser que le eche cara a la vida, o mejor dicho, a la muerte.

—Necesito vacaciones —lo suelto así, sin anestesia ninguna.

—¡Estás en el paraíso! ¿Por qué necesitas vacaciones? Puedes tener todo lo que quieras, en tu tiempo libre. —Lo peor de todo esto es que el Señor parece realmente convencido de que lo que dice es cierto.

Quien te compre, que te vote, jefecito.

—Pues tengo una lista maravillosa en la que te doy los motivos exactos por los que merezco esas vacaciones:

Motivos por los que Muriel merece vacaciones

Llevo sin ver a mis padres desde que me tocó atender su llegada en el Purgatorio.

El Cielo solo es un auténtico paraíso para los que mueren jubilados y no se les asigna profesión alguna.

He cumplido con creces mis funciones durante muchos años y las vacaciones pueden ser una recompensa a la constancia y el buen hacer que me caracterizan.

Darme un respiro propiciará que necesites ascender a otro ángel, el cuál aprenderá mis funciones. Tener a dos personas trabajando agilizará el proceso de registro de almas y disminuirá los actuales atascos que se forman en el Purgatorio.

Durante el periodo de vacaciones te ahorrarás reprimendas varias acerca de mi impuntualidad, totalmente justificada por la tendencia natural de tu ocultismo con relación a la temporalidad celestial.

No le digo en el punto final de mi lista que la solución sería tan sencilla como aprovechar las habilidades de los relojeros terrenales.

Para un sector capaz de burlar las normas celestiales, no voy a venderlos, me callaré como un ángel.

Sí, no me suelo callar, pero paso ahora mismo de ser la soplona del Cielo.

Hay que tener amigos en cada piso del Cielo, por si las nubes.

—Cállate ya, Muriel. Encárgate de encontrar a tu ángel sustituto y evita, por todos los medios, que sea un ángel custodio.

No quiero que se entretenga de más con cosas terrenales.

Una vez lo encuentres, tienes diez trompetazos celestiales de vacaciones, al undécimo te quiero aquí de vuelta y nada de estrés postvacacional o vas a trabajar de sol a sol lo que quede de eternidad.

¡QUE ME VOY DE VACACIONES! Bueno, ya de ya no, pero estoy más esperanzada que la madre del jefe terrenal cuando se enteró de la llegada inesperada de Jesús.

La Muriel del pasado sabía que este momento llegaría, así que dentro de su eterna paciencia hizo una lista con posibles compañeros de equipo que podrían servir como sustitutos primero.

En primer lugar, tenemos a Syla, un ángel cuya profesión terrenal era la de secretaria de Donald Trump. Correcto, por eso tiene el Cielo ganado. Entre sus puntos fuertes encontramos que, si aguantó a ese, puede soportar diez días al jefazo sin llevarse demasiado las manos a la cabeza.

En segundo lugar, tenemos a Hermes. Nada de periodismo ni zapatos alados como en la mitología griega. En su vida terrenal era vendedor de teletienda y trabajaba a comisión. Eso quiere decir que solo con cobrar un sueldo fijo de polvo de nube ya va a subir en la escala socioeconómica celestial.

En el último puesto, pero no por ello menos importante, tenemos a Uriel.

Es un niño, literalmente. Como tal no tiene profesión en la tierra, por eso de que se hubiera considerado explotación infantil.

Pero es que es superdotado y tiene facilidad para todo lo relacionado con las agrupaciones.

Ya puedes imaginarte, entonces, que este trabajo de encasillar almas está cosido con hilo de nube y hecho a su pequeña medida.

No, no tengo una bola de cristal bajo la túnica ni me ha poseído el alma del imitador fallecido de Rapel.

Cuando me tomo un respiro cafeinómano, siempre lo encuentro con mi dosis de carburante preparado y con su juego de bloques de construcción habitual montado.

Cilindros y otro tipo de formas, de cuyo nombre no quiero acordarme, están dispuestos en orden estricto de tamaño, peso y color.

¿Habéis visto los arcoíris terrenales? Son el reflejo de la luz del sol al rebotar en sus bloques celestiales.

Me gusta pensar que es la manera óptima encontrada por el niño de mandar su sonrisa directamente a la tierra.

Empiezo a crear lista de pros y contras en una de las hojas sucias e inservibles del escritorio, pero la balanza se ha decantado sin demasiado esfuerzo: Uriel es el elegido y, además, para facilidad de Dios, nos llamamos casi igual, algo asumible para su nefasta retentiva.

Llamo a Nimbusito con un silbido al aire. Me estoy volviendo demasiado cómoda, pero el ascensor y la posible interacción social me espanta.

El tramo es corto. En la planta noventa y siete consigo encontrar a Uriel.

Con una taza de café humeante entre sus manos invisibles y con sus alas recogidas, que duplican el tamaño de las mías por lo menos.

Me siento en la silla de enfrente y repliego mis alas para que no me sienta como una amenaza y, mucho menos, como una posible forma de hacerle sentir inferior por ser pequeño.

—Hola, Uriel. ¿Cómo estás? Se ha quedado buen día en esta planta. —Llevo mucho tiempo sin conversar normal, a mí me sacas del sarcasmo y de la queja y no sé qué hacer.

—Muriel… ¿Qué quieres? Ya has tomado tu café diario hoy. —La taza queda inerte sobre la mesa de madera que nos separa, lo que me hace sospechar que ya no la mantiene entre sus manitas.

—¿No puedo venir a saludar a un… amigo? —Houston, tenemos muchos problemas, uno de ellos yo.

—Voy a hacerte el favor, así que al menos no me hagas perder el tiempo.

Es algo que valoro mucho, incluso sin ver cómo corre en el Cielo.

Imagino que por mi efímero paso por la tierra, tengo tendencia a exprimirlo al máximo.

—Ni siquiera sé qué lo trajo aquí y he osado llamarlo amigo, normal que no me aguante nadie por aquí arriba.