CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Camino de vuelta a mi cautiverio en libertad.

Para mí, estar en el Infierno siempre va a ser una condena, aunque con el ascenso haya ganado privilegios.

Lucifer camina a mi lado. Durante un efímero segundo, veo en su andar a mi padre.

Es imposible, ya que un alma tan bondadosa como la suya tiene que estar disfrutando del todo incluido del paraíso eterno.

Creo que este acercamiento con mi ex jefe me ha dejado un poco delulu.

—¿Por qué me has protegido? —Busco con la mirada al rey del inframundo. Sus ojos negros, con destellos azulados esconden el brillo que por defecto los adorna, dándole así un aura teñida de peligro mate.

—No estoy a tu favor, Maalik, solo protejo mi trono. Tu valor para mí no es suficiente como para arriesgar el rango que he potenciado con el paso de los años.

No me mira, pero sé que me siente, por lo que acorto la distancia que nos separa un poco más y lo intercepto.

—¿Por qué para Dios sí tengo valor suficiente?

—Esta vez acepta mi desafío, oculto en un juego de miradas oscuras: la mía, descubierta de forma fugaz en el reflejo de los cristales del Purgatorio, negra como el carbón de las minas que conforman el Infierno, debe relucir con el poder creciente de mi fuero interno.

—Demonio necio… Él habrá visto oportuno que asciendas. No te creas elegido, solo eres una pieza más de su tablero por armar.

Desaparece. Literalmente, se evapora dejándome solo con la oscuridad de una revelación que no me ayuda a entender y con la sombra de la incertidumbre siguiéndome de cerca.

La alarma suena antes siquiera de llegar a la celda.

Hoy lo de dormir no va a entrar dentro de mis derechos.

Con la misma fuerza con la que he empezado el retorno a la habitación, cambio de dirección y pongo rumbo al Purgatorio.

Ya no sé a quién rezar, pero, por favor, que no vuelva a quemar nada en el espacio entre mundos.

La diáfana estancia me recibe como si allí nada hubiera pasado.

El tráfico de almas se renueva cada día o, dicho de otra manera para que me entiendas, no están las mismas siempre.

No hablo del flujo de almas como tal, al final la muerte llega continuamente y el mundo es muy grande, por eso nos vamos dando el relevo entre demonios mayores.

Aquí las esencias no permanecen, se redirigen a arriba o abajo y ya las pierdes de vista.

Si van al Cielo, porque se vuelven invisibles.

No te aburres nunca, siempre hay apariencias nuevas.

Poco a poco voy aprendiendo a conocer mejor la envergadura de mis alas.

Plegarlas sigue suponiéndome un esfuerzo tan grande que descuidaría demasiado mis funciones.

Ya he visto durante mucho tiempo lo que significa llevar la contraria a los de abajo así que, aún no me siento suficiente temerario como para buscarle las cosquillas a los de arriba.

La mayor parte del tiempo libre que tengo, entre poco y nada para ser exactos, miro al horizonte a través de los ventanales que rodean el habitáculo, desde donde solo se ven nubes, el azul del Cielo y un atisbo de mi reflejo.

He oído hablar de unos transeúntes, seres que pueden atravesar el velo.

¿Será posible, de alguna forma, asemejarme a ellos?

Porque de ser así, a lo mejor tengo posibilidad de escaparme.

¿Y luego qué? Pues no sé, pero me parece más sencillo llegar al Cielo desde la tierra que desde el mismísimo Infierno.

Llevo veinticinco días sin prender fuego al Purgatorio. Contra todo pronóstico, he batido récords. Estoy indignadísimo con que aún no haya subido nadie de la tierra a darme el galardón del Guinness .

Dirijo el tráfico de almas con un estilo que roza el glamour de Adam Levine bailando su sonado tema de Moves like Jagger.

No me mires así, por una vez tengo acceso a tele por cable con retransmisión veinticuatro horas de los humanos vivos y a la radio.

Se lleva mucho mejor el trabajo con este entretenimiento.

—¡Buenos días, señorita! Un alma como la tuya solo puede pertenecer al de arriba. —Hago el gesto de quitarme un sombrero que no tengo. Considero un error garrafal tapar mi pelo color fuego, elemento sumamente útil para infundir respeto en las almas.

Con una risita nerviosa entrega su entrada al guardia encargado del ascensor. Tiene que ser un ángel, solo sus alas blancas a juego con su túnica son visibles.

Retraigo mis alas para dejar paso al alma de un señor trajeado. Este va derecho al Infierno, el porqué ni lo sé ni me importa.

No te he hablado de mi fantástico progreso.

Ni en mis mejores tiempos de hierro y arroz con pollo he tenido la espalda tan fuerte como la tengo ahora.

La clave del éxito ha sido el remo con alas.

Solo me queda controlar un poco el retroceso, no vaya a ser que mis plumas negras le saquen un ojo a algún alma.

Una de las autonubes habituales se acerca por el lateral del ascensor al Cielo.

Se baja un ente invisible de alas blancas grandes y túnica ancha del mismo color.

Mis pasos, como guiados por un hilo de pescar indetectable, se encaminan hacia allí.

Hubiera seguido mi trayectoria si la anciana malhumorada que rige el Purgatorio no me hubiera interceptado.

A su forma. Que viene a ser plantarse delante con su metro veinte y mirarte mal con los brazos en jarra.

—Ni se te ocurra acercarte a Muriel, jovencito, o tendrás problemas. —Me cuesta no reírme, pero te echa la bronca un tapón de bañera y no hay quien se lo tome en serio, controla tú eso.

—¿Has dicho Uriel? —Con algo de retraso capto el nombre del ángel de arriba. Sé que mi voz se tiñe de una esperanza vacía, y la anciana lo nota porque rebaja su tono de regañina.

—Acuérdate de poner tus orejas al fuego en el Infierno en el que vives, tanta cera en tus oídos puede estar potenciando tu otitis testicular.

Gladis lanza un alarido a una de las almas que se acaba de electrocutar con el exterior. Confirmo que escapar del Purgatorio es complicado, a ver si pillo a algún transeúnte que pueda explicarme cómo hacerlo.

—¿Qué quieres decir con lo de otitis testicular? —Espero que mis pelotas estén a buen recaudo, no es que tenga pensado usarlos, pero les tengo aprecio porque desde que tengo uso de razón los llevo colgando.

—¡Que escuchas lo que te sale de los huevos, demonio insensato! —Gladis me arrea con la escoba y lo inesperado del gesto me lleva a hacer un esfuerzo sobrehumano para no volver a prender fuego a todo lo que me rodea.

Veo al ángel invisible recoger datos en una pequeña libreta. Una a una va reclutando la información de todas las almas. Me quedo hipnotizado con los giros del boli sobre el papel y me descubro poniendo mano a cada movimiento elegante que garabatea los trazos, inteligibles desde aquí.

Mi jornada acaba, aunque el ritmo frenético del Purgatorio nunca termina.

Le doy el relevo a mi compañero y me giro una última vez hacia atrás, a tiempo para ver cómo las alas blancas más grandes que he visto nunca se pierden tras las puertas del ascensor.

Con el aparato celestial mueren mis ganas de poner cara y cuerpo a ese ángel que me ha atraído como el imán al metal.

El calor del Infierno me recibe, el ruedo está activo y los demonios mayores, que ya han terminado sus jornadas laborales, se regocijan con el sufrimiento del demonio menor de turno.

Podría unirme a ellos, pero prefiero irme a mi habitación, a ver si entre las húmedas paredes de roca esculpida y azufre anaranjado consigo sacarme de la cabeza ese nombre, tan parecido al de mi hermano, que ha desestabilizado mi cabeza.