CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 6
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Capítulo 6

Maalik

A esto le llamo yo no empezar bien con el nuevo trabajo. Me imaginaba de muchas formas posibles mi primera salida del Infierno desde que abandoné el plano terrenal. He superado las expectativas de una forma increíble, momento digno de una escena de acción de película de Hollywood.

Te pongo en contexto. Llega mi primer día de trabajo como demonio mayor.

Aparece un aluvión de almas y se me manda desde arriba (recordarte que mi jefe directo a nivel laboral ahora es Dios y no el rey de las cavernas) al Purgatorio para mejorar el tránsito y evitar colapsos.

Vamos, me han dado las mismas funciones que a los policías que se ponen en la tierra en los pasos peatonales frente a la puerta del colegio.

Ah, pequeño dato que no te he contado: tengo alas, de verdad, de plumas negras.

Las de humo que me acompañaban como demonio menor se han esfumado, nunca mejor dicho.

Y no es por vacilar, pero son enormes. Tanto que no se me da muy bien calcular por dónde paso.

Sí, las puedo llevar plegadas en la espalda, pero mi musculatura ahora mismo no es capaz de soportar esa postura regia propia de las gárgolas que adornan los tejados terrenales.

En fin, me entretengo. Estaba yo dirigiendo el tráfico de almas del Purgatorio cuando una de ellas me ha rozado el ala.

Negaré haber dicho esto, pero me he asustado.

Tanto que he activado mi combustión espontánea.

«Era tan fácil como controlar las llamas…

». Te invito a intentar domar a esas fieras del inframundo en forma de llamas.

Efectivamente, no he podido. He soltado más chispazos que Pikachu con convulsiones.

No estaba preocupado porque hasta mi celda de castigo tenía más muebles que esta diáfana habitación.

Qué iluso he sido. Una de las esquinas ha empezado a arder.

El griterío de las almas que corrían despavoridas era ensordecedor.

Me he bloqueado, qué quieres que te diga.

Lo último que recuerdo es cómo Mefistóteles me llevaba de vuelta al Infierno de una patada en el culo. No he opuesto demasiada resistencia la verdad, por una vez hay razón de ser para que me traten como escoria. Aquí estoy, de vuelta en mi nueva celda.

¿En el Infierno te pueden suspender de empleo y sueldo?

Ah, no, que cobro en polvo de nube y en el Infierno no sirve de nada.

Me espera una fantástica pelea a la vieja usanza.

Se supone que con el ascenso mi poder como demonio ha aumentado.

Ya podrían aumentar mis capacidades de manera proporcional también.

Este Cielo te lo venden como paraíso, pero en la propaganda promocional se les olvida decir que es el paraíso de la frustración.

Y mira que Dios no llama a los capacitados, sino que capacita a los que llama. Aquí sigo yo, llamado y en llamas.

—Maalik, al ruedo. —A pagar con golpes las consecuencias de mis actos, el problema de subir tan arriba es que el guantazo cuando te caes duele mucho más.

—¿Ni un día has podido estar sin mí? Soy irresistible, es lógico que ya me eches de menos. —El vigilante ahumado, bañado en sombra, suelta una especie de gruñido compatible con el hartazgo propio de tener que obedecer eternamente.

Al final voy a terminar echando de menos al compañero político de mi anterior celda.

El sufrimiento de condena se lleva mejor acompañado.

Desde que pasé las pruebas, aunque el cargo no fuera efectivo, subieron también mi nivel de vida.

Ya no estoy en una celda como tal, aunque la cueva donde me han metido no es mucho mejor.

Estoy más solo que la una y la humedad me cala los huesos, tanto que hoy en mi tortura asignada (que viene a ser la de siempre) en vez de soltar ceniza voy a soltar vapor de agua.

El camino se me hace raro. Es muy parecido al habitual pero no voy encadenado.

Tener la muñecas tan libres se me antoja muy «es como si no llevara nada» de una de mis series de animación favorita de la infancia.

El ruedo aparece ante mí. Las piedras rojizas que lo conforman, relucen con un brillo diferente esta vez.

Miro a las gradas y no hay nadie en ellas.

De verdad que me está empezando a dar miedo todo esto.

No estoy hecho yo para los cambios, y mira que hasta hace un día me quejaba por activa y por pasiva de mi rutina.

—Tenías una tarea sencilla y ni eso has sido capaz de hacer, rata de cloaca —Azazel utiliza su habitual sarcasmo, pero su voz esta vez va teñida de algo más, aunque no consigo saber muy bien el qué.

—Me habéis tenido tanto tiempo como a un perro que ahora me es imposible mantener a raya la ansiedad por separación. —Su cara de asco es inamovible, ni una mueca, ni una sonrisa. Solo frío y hielo en su expresión. Y mira que el hielo es cosa de Mefistóteles.

—Tener el favor del de arriba no va a hacer que te libres de nosotros aquí abajo. —¿Se cree mejor villano por recalcarme lo que es obvio?

—Si necesitas recordármelo, a lo mejor es porque ni tú mismo eres capaz de creerte lo que estás diciendo.

Me doy cuenta tarde, ¿dónde está Lucifer?

Desde que me han ascendido, no se pierde ninguna de mis exhibiciones.

A buenas horas intenta parecer un buen padre que no se pierde ninguna de las funciones de sus hijos.

Lo hace más por contemplar la situación como una mínima venganza, no es que ahora milagrosamente le importe.

Es el culo veo, culo quiero en su vertiente diabólica y eterna.

La charla se termina con una lengua de fuego que roza mi actual indumentaria.

Lo de ir medio en pelotas no está bien visto por el jefe de arriba, así que para poder entrar en el Purgatorio y llevar a cabo las correspondientes tareas de mi funcionariado, llevo un uniforme de una pieza, totalmente negro.

Imagino que para que mi oscuridad visible acojone a las nuevas almas que van a ir al Infierno y mantenga alejadas a las que vayan encaminadas al Cielo.

—Estás jugando sucio, Azazel. —Concentro mi atención en invocar mi poder recién descubierto. Lo máximo que consigo es que mi piel mute a morada por el esfuerzo en vano.

—Aprende a la fuerza que vivirás eternamente de rodillas ante nosotros.

En el exterior del ruedo aparecen el resto de ángeles caídos. Hay más, pero estos tienen predilección conmigo. El jefazo del inframundo sigue brillando con su ausencia. Dante, Mefistóteles y Semmyaza entran al ruedo. Los tres emiten un fulgor acorde a los poderes que dominan.

Hago hincapié en invocar mi poder, pero mi cuerpo se niega a responder con las chispas que me han traído hasta este mismo ruedo para sufrir mi condena.

¿Tú has oído eso de que antes de llover chispea?

Pues lo mismo me pasa a mí con el fuego y su inicio.

Mi poder debe de ser ancestral, piedra contra piedra mental o algo similar.

Cada vez que llamo a mi esencia recién descubierta, las rocas que conforman el ruedo se unen en un fulgor rojizo formando una línea continua perfecta.

Mierda, son inhibidores, están bloqueando mi poder…

Eso significa que me tienen miedo. Algo ha cambiado, claro, con mi ascenso ya no tienen consigo todas las de ganar.

En este caso, lo aplicable es que la unión quita la fuerza.

Si no, pregúntales a estas estructuras macizas cómo al estar alineadas a la perfección consiguen vetar mi poder en este círculo del Infierno.

Maldito escudo, ¿no te había dicho yo ya que la creatividad no tiene límites en cuanto a torturas se refiere?

¿Que Lucifer solo puede controlar telepáticamente a los supremos?

Pues se saca de la manga semejante carta blanca para dominar al resto.

Poder no le falta. A sus secuaces con título de ángeles caídos tampoco, siempre y cuando no le inflen las bolas a Luci y este se lo quite de un tortazo mental.

Me acerco con sigilo, esquivando témpanos de hielo, rayos de tormenta y dientes de marfil puntiagudos, hacia los extremos.

Intento que parezca una estrategia de huida, camuflando así la intención de romper la continuidad del círculo para eliminar el escudo inhibidor que me inhabilita.

En una caída fingida, pego una patada a una de las piedras del ruedo y el fulgor rojo que emitía por su conexión se rompe.

La propia ira que me inunda activa mi combustión espontánea.

Una multitud de chispas desenfrenadas se dirige hacia mis opresores al ritmo de la cadencia de mis pasos.

Ventajas de que mi combustión empiece con calma, siempre chispas antes que llamas, aunque la elegancia del fuego no la cambio por nada.

Las lenguas de fuego se unen a las mías, aumentando mi poder.

Los dientes de marfil se hacen cenizas al entrar en contacto con mi manto de fuego.

Las estalactitas de hielo se derriten y se evaporan al aproximarse a mi órbita.

Me siento el rey del Infierno cuando el halo azul de las alas de Lucifer me envuelve dejándome encapsulado en una burbuja de plumas negras.

Mi poder se desactiva. No por la fuerza sobrenatural de mi anterior jefe, sino porque por primera vez en este antro de mala muerte, me siento protegido.

—Nadie osa tocar a mis esclavos sin mi permiso. Las órdenes fueron claras, desde que fue elegido por Dios, ya no tenemos ningún tipo de custodia sobre él, más allá de ofrecerle nuestras tierras como lugar donde yacer.

Es la primera vez en mi vida muerta, como habitante del Infierno, que veo a Lucifer torturar a otros ángeles caídos.

No puedo decirte que me apena, aunque sí que te confirmo que no me alegro tanto como debería después de toda una eternidad bajo su yugo.

Qué le vamos a hacer, será que esas almas del Purgatorio están atenuando el rencor que habita mi negro corazón sin latido.

O a lo mejor es que el rencor más grande lo guardo hacia mí mismo y el resto carece de sentido.