CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 5
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Capítulo 5

Muriel

E ste mes de cautiverio ha sido un auténtico suplicio.

Quién me manda a mí hablar con el drogadicto de turno.

Una intentando ser inclusiva y tolerante y así se lo pagan: con kilos y kilos de burocracia celestial.

Mira, para qué vamos a darle más vueltas a esto, ni que fuera una de esas rotondas terrestres salidas del mismísimo Infierno.

Libro, sello; libro, sello. Me recuerda tantísimo a mis veranos con Phineas y Ferb … Menudo temazo el de No tengo ritmo .

—Muriel, tienes que bajar al Purgatorio. Gladis necesita compañía para afrontar el suplicio del nuevo demonio mayor.

El jefe entra al despacho como un tornado. Adiós informes.

—Te recuerdo que soy tu secretaria, no una guardería a domicilio —comento sin pensar demasiado mientras me agacho a recoger todos los papeles que se han esparcido por el suelo.

—Y yo te recuerdo que soy tu jefe, que estás en mi mundo y harás lo que yo te diga. Que no se te olvide con quién estás hablando.

Prefiero no contestar. Es mejor no decirle que gente con mejores actitudes que él están viviendo en los pisos subterráneos. De nada sirve empezar una regla laboral por unos derechos laborales que ningún sindicato respalda.

No sé quién ha sido el último elegido para el ascenso.

Tenemos un canal específico en la televisión celestial que solo sintoniza durante las pruebas que pasan los candidatos.

Suelo verlo de manera habitual porque me recuerda muchísimo a una de mis sagas favoritas de la vida: Los juegos del hambre.

Esta vez los plazos en el trabajo han estado tan ajustados que suerte tengo de haber dormido algo.

Voy a tener que marcarme a fuego lo de no volver a hablar con transeúntes por la gracia; la bromita me ha salido demasiado cara.

La cuestión, en resumidas cuentas, es que no he visto nada más allá de las nubes pasar. En fin, tendremos que aguantar al demonio descarriado que intenta ser funcional o, lo que es lo mismo, funcionario.

Esta vez paso olímpicamente del ascensor, he llamado directamente a Nimbusito, mi autonube de confianza.

¿Ventaja? Llego al Purgatorio tan rápido que de poder ver mi cara estoy convencida de que tendría efecto lifting.

¿Desventaja? Hoy he pillado nostálgico a Nimbusito y me ha contado parte de su vida terrenal.

Omito los detalles, ya me traumo yo por ti, no te preocupes.

Cuando llego, Gladis está sentada en su trono, mazo en mano, dirigiendo el cotarro de almas. En verdad entiendo perfectamente las malas pulgas de la jueza del Purgatorio, se cruza con cada espécimen que el autocontrol pierde batería por momentos.

—¡Buenos días, Gladis! Te he bajado un café del Cielo para que puedas sentirte en las nubes, aunque a lo mejor por culpa de Nimbusito y sus botes solo te queda el vaso.

—Mi yo del pasado ya sabía que no iba a salir bien el soborno, creo que por eso no te he dicho que llevaba un café celestial en la mano.

—¡Calla, niñita del Cielo! Lo que me faltaba ya en este sitio. —Este mal humor tiene que ser porque se ha levantado con el pie izquierdo, no veo otra justificación.

Recorro con la mirada el diáfano, aunque amplio, recibidor.

En el extremo izquierdo de la sala veo unas cuantas almas, aún con apariencia reconocible, corriendo de un lado para otro con la calma que no lleva el Diablo.

En una de las esquinas percibo una oleada de llamas de fuego descontroladas.

¡Hay un incendio en el Purgatorio! Bueno, dicen que el fuego mata a las pulgas, a ver si compensa las de Gladis.

Aunque pensándolo bien, es posible que este sea el foco de su rabia.

¿No tiene que haber por normativa un extintor o algo?

No sé, me parece muy obvio que en una sala colindante con el Infierno haya alto riesgo de incendios.

Me pierdo en el crepitar del fuego hasta que veo a uno de los ángeles caídos entrar en el Purgatorio.

Madre mía, qué alas. De un momento a otro el fuego se congela.

El que creo que se llama Mefistóteles, regresa a los suburbios dejando un halo de oscuridad sobre las baldosas que pisa.

Arrastra algo, o a alguien, no lo tengo claro.

Probablemente al causante de semejante estropicio.

No me acostumbro a esto de ver a la gente.

Me parece tan fascinante que a las almas que van al Infierno les dejen su cuerpo…

Aunque visto lo visto no se puede considerar una ventaja.

Yo apenas me acuerdo de cómo era en mis tiempos mozos.

Lo que sí que te puedo decir es que este ángel caído tiene potencial corporal suficiente como para conseguir que le abran las puertas del Cielo de nuevo.

Ahora entiendo por qué los ángeles somos asexuados, convivimos con la tentación como vecina en la planta de abajo.

El equipo técnico del Purgatorio, que baja desde el Cielo, está a pico y pala intentando romper las estalactitas de hielo que ocupan la esquina de la habitación.

Los encargados de esta misión son los arqueólogos terrenales.

A este paso, van a picar más en muerte que en vida.

¿Qué? Muchas salidas laborales no las tienen en la tierra.

—Oye, Gladis, ¿dónde está el novato? —Tengo muchos papeles esperándome en el despacho; sabiendo que no es el fin del mundo es mejor seguir con la tarea ordinaria.

—De vuelta en el Infierno de donde no tendría que haber salido nunca. Tu jefe se ha coronado con este ascenso, no tiene bastante con la calva de monje que lleva.

Hoy no es un buen día, definitivamente. Mando una paloma mensajera a Nimbusito para ver si está disponible.

Mi gozo en un pozo. La misiva vuelve veloz con la negativa.

Me subo al ascensor y toco el botón táctil de la planta cien.

Las puertas se van a cerrar cuando una bandada de almas sin purificar —aún con rostro distinguible— suben directas al Cielo.

Esta noche no duermo clasificando entradas y repartiendo camas.

—¿Habéis visto a ese pelirrojo? Un poco más y me hace suplicar por quedarme en el Infierno. —Una chica joven, algo más mayor que yo, habla con otra que la mira incrédula. No me extraña, si yo me acabara de morir, me preocuparía de todo menos del pelirrojo.

—Venga ya, con lo que te ha costado arrepentirte para que te admitan en el Cielo ibas a irte tú en sentido contrario. —Esta otra mujer, de piel morena, ojos claros y de mediana edad, la fulmina con la mirada.

—Bueno, habrá que conseguir la condicional para que me dejen ir de visita.

Se me escapa una risita entre dientes que hace que las veinte personas (de forma aproximada, bastante tenía yo con cotillear como para contar también) se giren en mi dirección.

Tiene que ser curioso ver a una túnica andante con las alas plegadas.

Pero es que al alma de esta muchacha se le van a esfumar las pocas hormonas que le quedan y no voy a ser yo quien se lo explique.

Va a pasar el duelo de la muerte y de la invisibilidad de golpe cuando se busque la mano y solo vea aire.

En cuanto llego al despacho recoloco algo de la burocracia que tengo por delante y sintonizo el canal de Infierno. No hay ninguna retransmisión. Como ya os he contado antes, solo emiten las pruebas y ya han pasado.

Con la curiosidad de quién es el pelirrojo del que hablaban las almas del ascensor, retomo mi tarea sabiendo que más tarde que pronto me va a tocar lidiar con un demonio mayor con incapacidad para controlar el fuego que crea.