CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

No me da tiempo a reaccionar. Lucifer canaliza el fuego de sus alas y derrama su poder sobre mi maltrecho cuerpo.

Espero convertirme en ceniza y que alguno de los vigilantes venga con la escoba para recoger mis restos y llevarlos a mi mugrienta celda.

Nada pasa. Por el contrario, escucho las maldiciones que Lucifer hace a todos sus hermanos celestiales.

Miro mis manos y veo que siguen formando parte de mi cuerpo.

Lanzo unas patadas al frente para comprobar que todas mis extremidades están en su sitio.

Deslizo mi mirada por la celda adyacente hasta que llego al techo, una superficie rocosa de puntiagudas estalactitas oscuras.

Un halo de luz me baña por completo, haciendo de escudo protector.

El omnipotente me ha protegido incluso sin su presencia, recordarle a Lucifer que su luz puede atravesar sin problemas su monótona oscuridad ha sido una jugada magistral.

Realmente el Cielo ha hablado y me quiere a mí como candidato, ya no voy a sentir tanta presión bajo el yugo del primer ángel caído.

No sé por qué, pero ha llegado el momento de conseguir esa plaza: como demonio mayor me será mucho más fácil escapar.

Lo de llegar al Cielo, ya se verá. Al menos, ya existo ante los ojos de Dios, alguna ventaja tendrá.

Como la plaza sale a concurso por la parte celestial, supone una rebaja en la percepción de mi maldad.

Me va a tocar aprender a rezar y todo para poder escalar aún más.

Ha pasado un mes. El Cielo me quitó la protección inicial impuesta por la elección de la luz en el preciso momento en el que Lucifer lo entendió y se doblegó ante el jefe original: no había nada que hacer, me habían elegido.

Eso en mi idioma significó volver a la rutina.

Me han incinerado tantas veces que ya he perdido la cuenta, y os puedo asegurar que es muy cierta la afirmación de que «donde hubo fuego, cenizas quedan».

Estoy terminando de recomponerme cuando una luz cegadora me obliga a taparme los ojos contra la pared.

No me mires así, sigo sin brazos y no soy contorsionista como para poder tapármelos con los pies.

Lo siguiente que escucho es el susurro. Se me eriza la piel.

Unas lágrimas escurridizas y traicioneras se deslizan por mi rostro.

Me autoconvenzo de que ha sido por el contraste tan brusco entre la oscuridad eterna y la luz celestial, nada tiene que ver con que, después de tantos años, haya escuchado la voz de mi hermano diciéndome: «tú puedes, Maalik».

La luz me eleva y me reconforta. Bajo su cobijo me recupero mucho más rápido y en menos de lo que canta un gallo estoy de una pieza.

La verdad es que la sensación de dejar de ser el señor Potato es única.

Me preocuparía por estar sobrevolando el Infierno, pero es que hasta mis humeantes alas negras se sienten libres aquí arriba.

Imagino que estamos yendo hacia el lugar donde realizaremos la prueba. Bendito examen sorpresa, qué tregua me está dando, nunca pensé que llegaría a estar agradecido con el Cielo.

La sacudida me saca de la burbuja en la que me había aislado.

Caigo contra el suelo de una estancia vacía y empapelada de espejos.

Mi reflejo se repite desde diferentes ángulos.

Sigo tirado sobre la piedra mugrienta como una colilla, pero esta vez no hay cenizas cerca.

Me levanto y camino por la habitación hueca.

Las diferentes formas de los espejos forman un mosaico perfecto.

Uno de los reflejos desaparece para dar lugar a una de las personas que más odio: el causante de que me esté pudriendo en el Infierno. Tú dirás: «Maalik, estar en el Infierno es tu culpa, matarlo fue una decisión». Me importa una mierda lo que digas, es su culpa y punto.

—¿Esta es vuestra prueba? ¿Enfrentarme con él? ¡Venga ya! —Lo cierto es que lo de hablar solo quedaba mejor en mi cabeza, pero ya está hecho y no tengo el poder de rebobinar el tiempo.

La imagen de mi contrincante salta de espejo en espejo, anulando la mía de aquellos en los que pasa.

Poco a poco voy perdiendo reflejos hasta que los cristales dejan de devolverme mi figura.

Ahora solo se ve el suelo blanco diáfano y una oscuridad que me recuerda al lugar del que vengo.

Mi yo del pasado sale entre los huecos que dejan los cristales.

Empiezo a ver cómo fui deteriorándome con cada pelea.

La película de mi vida terrenal se proyecta y yo la sigo con la mirada sabiendo lo que va a pasar.

Durante uno de los combates clandestinos, cuando ya era profesional y la avaricia me seguía pidiendo más, mi teléfono móvil suena.

Miro la pantalla y lo lanzo a la esquina del ring .

Como si el espejo supiera que no quiero verlo, enfoca el dispositivo en primer plano.

Es del colegio, era por Uriel. En ese momento ya se encontraba mal, pero yo no lo sabía.

Nervioso, me toco el pelo y empiezo a dar vueltas por la habitación, acorralado por mis propios pensamientos de culpabilidad.

Me vuelvo a ver con él entre los brazos, temblando por la fiebre y con sudores fríos, estamos sentados en la sala de espera de urgencias.

En mi mochila tengo un fajo de billetes de la pelea que gané mientras posponía la salud de mi hermano, sin saberlo.

El médico nos dice que es un virus y yo le creo.

Qué niño no se ha puesto malo. Ahora mismo me entran ganas de meterme en la película y darme una paliza.

Podría haber sobornado al médico para que le hiciese más pruebas, podría haber escuchado más la débil voz de Uriel diciéndome que no podía más con el dolor.

Podría haber sido un buen hermano, pero decidí dejarlo estar porque los médicos siempre lo saben todo y yo, en ese momento, prefería no hacer nada.

Intento, sin mucho éxito, canalizar la rabia contenida.

Lanzo un puñetazo hacia uno de los espejos y se rompe en pedazos.

Vaya, una pena, siete años más de mala suerte.

Qué más da, la eternidad siempre me va a estar esperando.

Agradezco que se haya dejado de proyectar mi vida, aunque como siempre pasa con todo lo relacionado con el Infierno, lo que viene después es mucho peor.

Ahora puedo ver el pequeño cuerpo de Uriel encerrado en una de las celdas del Infierno.

La propia imagen me revuelve las tripas.

No es real. Es una proyección de mis propios miedos.

Igual que me han hecho ver que soy mi peor enemigo.

Intento esquivar las imágenes. Las torturas que me hacen a mí me importan poco, pero ver a mi hermano con esa extrema delgadez me pone enfermo.

Me siento en el suelo y meto la cabeza entre las rodillas, intentando alejar la visión.

He recorrido todo el Infierno para buscar a Uriel y no lo he encontrado.

Está en el Cielo. Por Dios, ¡era un niño de nueve años!

Lo más probable es que ni llegara a hacerse una paja en condiciones.

Su lugar no es el Infierno, él no es como yo.

Empiezo a notar el calor, tan familiar y tan poco agradable, cuando miro de nuevo a los espejos, la imagen de mi hermano ha desaparecido, y en el reflejo solo puedo ver mi cuerpo ardiendo.

Sin quemarse. Por primera vez, he domado al fuego.

No solo lo he controlado, sino que mi propia rabia ha sido capaz de crearlo.

No necesito más señales. Con el cuerpo en llamas sé que mi poder ha explotado en mi interior, he conseguido el ascenso.

Ahora mi jefe es el de arriba y mi premio conlleva ciertos privilegios.

Qué ganas de tener alas de verdad y no las de humo, ya está bien de tener las de propaganda. Da la bienvenida a un nuevo demonio mayor. Ten cuidado, no te mueras, ahora nos podemos encontrar en el Purgatorio, y te aseguro que no te va a gustar. O sí; si estás aquí, tienes un gusto peculiar.

Mírame, tampoco soy quién para juzgar.