CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 3
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Capítulo 3

Muriel

E stamos de acuerdo en que la tranquilidad es lo que más se busca, pero ni tanto ni tan calvo. La monotonía que arrastra el Cielo puede ser tan exasperante como esperar la cola para conocer a cada famoso fallecido.

Desde que subí al Cielo, han cambiado mucho las cosas en la tierra. Lo que pasa es que como puedo hacer varias cosas a la vez con la cantidad de cafeína en sangre necesaria, pues acompaño el tedioso papeleo burocrático celestial con el minuto a minuto del planeta azul.

«La inteligencia artificial está en auge y cada vez son más personas la que la utilizan», escucho en la tele, por llamarlo de alguna forma.

—Estos humanos no aprenderán nunca que lo que tienen dentro jamás podrá ser igualado por nada artificial —comento mientras pongo sello y archivo documento. Qué ritmazo tengo en verdad.

—Muriel, tienes que bajar al Purgatorio, Gladis ha notificado la presencia de un transeúnte: hazlo regresar, ya. —El jefe manda mis informes a la otra punta del Cielo con un potente aspaviento de sus brazos.

—Sí, señor. —Me levanto de la mesa, tan rápido que de estar viva me hubiera mareado, pero como estoy muerta y soy torpe solo trastabillo un poco.

Me subo al ascensor con parsimonia. Los transeúntes me parecen seres muy curiosos, pero todos tienen un factor común: son más pesados que un arcángel en brazos. ¿Qué? No tenemos vacas en el Cielo, nuestros refranes son adaptados.

Creo que no os he contado las cosas que me hacen contemplar el Cielo como un lugar menos paradisíaco, así que procedo a hacerte una lista con los contras de vivir bajo el yugo del jefe:

Razones anticielo

La misericordia de Dios la reserva para la humanidad, cuando le toca lidiar con los ángeles ya tiene la paciencia justa para no lanzarnos de una patada al Infierno.

Hace un frío de tres pares de narices y las estaciones no existen. Vivimos en un eterno invierno. Sumado a que llevamos, exclusivamente, una túnica blanca sobre nuestra alma…, poco se puede hacer.

Los ángeles somos algo así como los funcionarios celestiales, pero nuestra plaza no es eterna contra todo pronóstico.

Cada cuatro años nos enfrentamos a una oposición bíblica.

Tenemos en nuestro historial un carnet de puntos y suspender el examen te deja sin seguro.

Por ello, a partir de ahí, se revisa cada una de las tareas que haces durante tus funciones celestiales y te van quitando puntos a la par que privilegios.

Si llegas al siguiente examen con puntos y apruebas, te los devuelven todos.

Si los pierdes antes de hora, te mandan de nuevo al Purgatorio para reevaluar tu actitud.

Gladis puede enviarte de un mazazo al Infierno, donde, dicen, comienzan a tratarte como hereje.

El Cielo busca la eficiencia y no duda en hacer limpieza si los aquí presentes no se esfuerzan lo suficiente, pero he de decir que si en la tierra hubiera algo así, se eliminarían muchos problemas.

Con eso de que los pedos celestiales son fuegos artificiales para la gloria de nuestro Señor…, aquí hay más gases que en un laboratorio de metanfetaminas. Imagínate los olores.

En el Cielo no comemos y yo echo de menos mis atracones de comida basura, en realidad, después de tantos años echo de menos hasta las lentejas.

Con eso de no tener cuerpo lo de nutrirse es innecesario.

Usamos cafeína como carburante para que las alas vestigiales sean visibles (porque vuelan lo mismo que las de una gallina), pero lo del banquete en la mesa del Señor…

, el único invitado es él, así tiene la barriga.

Llego al Purgatorio y veo a Gladis dándole escobazos al transeúnte, como si de una rata se tratara.

El chico, de cabello rubio ceniza y de cuerpo esquelético, tiene los ojos enrojecidos.

Me acerco a él y media alma se esfuma con el escobazo de la reina del Purgatorio.

Es un humano vivo, aunque, visto lo visto, poco tiempo le queda para visitarnos sin cuerpo y en alma.

—Gracias por tu trabajo y dedicación, Gladis. A partir de ahora ya sigo yo con las relaciones interterrenales. —La anciana gruñe y se va a su trono, espero que se ponga a tejer y que no intervenga demasiado.

—Guau…, eres guapísima, pareces un ángel. —Alerta roja, está viendo una apariencia que no existe, eso son alucinaciones en toda regla.

—Estás bien, de momento, pero tienes que ir al médico —comento, volviendo a recuperar mi rol de ángel celestial.

—Si no quiere irse con el jefe más pronto que tarde…

—¿Eso es una nube que habla? —Maldito Nimbusito, quién le ha dado vela en este casi entierro. Es el chófer más inoportuno que conozco.

—No, muchacho, es el humo de todo lo que te acabas de fumar. —Parezco su madre, no nos vamos a engañar.

—¿Qué es este sitio?

No lo hagas, no lo hagas… A la mierda, ¿qué es esta vida sin un poco de diversión? Total, mañana no se va a acordar ni de cómo se llama.

—Somos ángeles encargados de limpiar tu alma para que puedas ir al Cielo y no tengas que sufrir el Infierno, a cambio tienes que vendernos tu alma. —El rubio me observa con los ojos desorbitados, ya no sé si por la droga o por lo que le he dicho.

No está en plenas facultades para percibir la ironía en mi voz. Como que Gladis fuese a dejarme usurparle el trono traficando con almas sin hacerme escarmentar a escobazos.

—Entonces, ¿estoy muerto? —Le fascina la idea de estarlo por lo que veo.

—Solo estás drogado. Gladis, prepara el tobogán, este humano se va al hospital, programa la salida. —La anciana bajita empieza a toquetear los botones de su barra de comandos: una consola gigante con la que controla la entrada y salida del Purgatorio.

—¡Ahora es un parque de atracciones!

Lo guío aupándolo del brazo y lo siento en el tobogán.

Mi mano toca el exterior del Purgatorio y una corriente me recorre el cuerpo entero.

No estoy hecha para la vida terrenal, ya no, el calambrazo que me acabo de pegar da buena fe de ello.

Cojo un palo y empujo al transeúnte, que se desliza gritando.

No hay nada como el trabajo bien hecho. Gladis me fulmina con la mirada, aunque no tengo claro el motivo, me da que lo descubriremos en el próximo capítulo.

Una cantidad ingente de almas nuevas se apelotonan ante el ascensor para llegar a las puertas de san Pedro. Yo tengo la batería social gastada desde que nací, así que hoy será Nimbusito quien me lleve de vuelta al despacho.

—¿No te he dicho ya varias veces que no hables cuando haya humanos en el Purgatorio?

—Perdona, jefa. Es que una nube me ha dado por detrás y hace mucho tiempo que dejé esas prácticas. —Me río, como para no hacerlo, Nimbusito como humano tuvo que ser la bomba.

Aprovecho para contaros el origen de las nubes.

Los humanos médicos que se merecen el Cielo por las vidas que han salvado, pero que han pasado por la tierra con soberbia se transforman en nubes, o lo que es lo mismo, en automóviles celestiales.

Imagino que es un minicastigo divino para que sepan lo que es que los pisen y los miren siempre por encima del hombro.

Un trozo de Cielo, pero no mucho. Gracias al jefe, la humanidad cada día es más humana, así que de aquí a otros cien años a lo mejor nos tenemos que buscar otro medio de transporte.

Durante el trayecto veo cómo la gente se mueve inquieta dentro del ascensor de luz. Recuerdo que cuando morí, llegué aquí temblando, aunque ahora que lo pienso seguramente fuese de frío. Cogía las cosas que me encontraba por delante, pero no veía mis manos ni mis piernas al caminar.

Ahora ya me he acostumbrado a esto de no tener cuerpo. Te preguntarás entonces por qué me duelen cosas si físicamente no existo. Pues yo que sé, no soy científica, pero a lo mejor es algo parecido a lo que en la tierra llaman el dolor fantasma.

Me bajo de la nube y vuelvo a mi escritorio, vacío, porque Dios decidió hacer volar los informes. Los recojo del suelo y los vuelvo a colocar.

Pongo la televisión y configuro el canal donde el muchacho rubio ha aterrizado desde el tobogán.

Ah, sí, eso, los humanos vivos que entran en el Purgatorio mantienen el alma anclada a su cuerpo, por eso te lo he sabido describir tan bien.

Puedes ponerme una estrella en la frente por lo bien que lo he hecho, te dejo.

Te hago una de mis famosas listas para explicarte lo de los transeúntes o visitantes inesperados, así tienes el esquema a mano por si aparece algún otro caso.

Transeúntes en el Purgatorio con apariencia y siguen en el barrio bueno

Un drogadicto: las sustancias, generalmente de consumo ilegal, te hacen volar por el espacio. A veces de forma literal, como el caso de nuestro amigo rubio hoy.

Un médium: viene a ser una persona con alta sensibilidad que puede conectar con espíritus anclados a la tierra y con los que siguen en el Purgatorio.

Es la unión más estable entre mundos. En ocasiones se han hecho pactos de colaboración, pero los gestiona el jefe directamente.

Por una vez, algo no está bajo mi control.

Sí, el suspiro que te ha llegado es de puro alivio.

Una persona en coma: cuando esto ocurre, el humano está entre mundos, y como tal, puede estar en la tierra o en el Purgatorio.

En este último caso, es el porcentaje de tiempo presente en cada lado del velo el que decanta la balanza hacia la vida o la muerte.

No deja de ser un medidor de cuánto falta para que esa alma abandone la tierra y se apague.

El hospital donde ha ido a parar está poniendo todos los medios para salvarle la vida.

Me doy cuenta enseguida del motivo por el que Gladis casi me quema con la mirada: el transeúnte está gritando que un ángel le ha pedido su alma porque se ha enamorado de él y quiere librarlo de las garras del Diablo.

Mátame. Ah, no, que ya estoy muerta y no puedo volver a morir. Se ha montado una película digna de un Óscar. De todas formas, el jefe me va a quitar hasta las horas de sueño por esta fantástica intervención que he hecho sin medir las consecuencias.

—¡Muriel! —Cuidado allá abajo, si hay tormenta es mi culpa, aunque enfadar al jefe es bastante sencillo en el Cielo. Lo de lento a la ira solo aplica para la humanidad.

—¿Sí, señor? —Si tuviera ojos los estaría poniendo de cachorrito. Si cuela, cuela.

—¿Qué narices le has dicho al transeúnte? —Apoya los brazos en mi escritorio y enmarca con ellos su rechoncha barriga.

—Nada parecido al culebrón que se ha montado, eso seguro —Bueno, a lo mejor he revelado información potencialmente peligrosa a alguien con facultades visiblemente deterioradas y Gladis ha sido testigo.

—No vuelvas a ser tan temeraria o habrá consecuencias —Me señala con el dedo, de tener cuerpo habría rebote en el gesto acusador.

Se va por donde ha venido, pero a mí me gusta tener siempre la última palabra:

—Sería una pena que los humanos se enterasen de que la vida en el Cielo no es lo que les prometen. Debe ser difícil que toda la humanidad descubra que, finalmente, la vida es la parte buena.

Cambio de emisora televisiva y un informativo terrenal aparece en pantalla.

Hablan del fin del mundo. Otro. ¿De quién será ahora?

Los Mayas ya fueron. Mira, bastante conspiración he tenido ya en el día de hoy.

Mejor voy a pasar tiempo con mi única relación estable por aquí arriba: mi nube, la de dormir, no la que se mueve.