Capítulo 2
Maalik
E stoy hasta los huevos de estar aquí. Lanzo una patada al aire con toda la rabia que tengo acumulada y las pocas fuerzas que me quedan en el cuerpo. La inercia y la ausencia de uno de mis brazos hace que me caiga de bruces contra el suelo. No me ha dado tiempo a recuperarme de la última paliza.
Me encuentro en la celda, en el suelo mugriento, con las ganas de salir de aquí desgarrando mi garganta.
Evito por todos los medios gritar, no pienso contentarlos con mi desgracia.
Recupero mi cuerpo a cuentagotas, como si me estuvieran montando y no encontraran las piezas necesarias para enmendar cada una de mis roturas.
Esta es una de las diferencias entre el Cielo y el Infierno: aquí el cuerpo se mantiene para potenciar la parte física de las torturas.
Allí, me consta por lo que he oído, solo el alma permanece.
Muchas veces me arrepiento de haber sido boxeador en la tierra.
No te digo que el Infierno sea un hotel cinco estrellas, pero sí que considero que mi mayor problema fue no elegir bien mi trabajo terrenal.
Mi compañero nuevo de celda era político antes de morir.
¿Sabéis cuál es su castigo eterno? Trabajar.
Y lo peor es que para el hombre realmente le supone una tortura.
Cuando llegué al Infierno me personé delante del mismísimo Lucifer.
Al principio pensé que era el protocolo a seguir, luego me di cuenta, poco después, de que yo era una excepción.
Y maldita la hora. El Diablo me asignó el puesto de boxeador del Infierno.
A priori no debería haber supuesto un cambio muy grande, pero es que las normas terrenales del deporte profesional no tienen nada que ver con las del inframundo.
Cada combate empieza con un baile bajo las sombras, que viene a ser la forma elegante de decir que limitan mi visión con humo.
En el primero, me bautizaron como «Maalik», cuyo significado hace referencia al administrador del fuego.
Aún no sabía lo que me esperaba, así que asumí el nombre con orgullo por el poder que implicaba.
Una vez que el humo envuelve el circo del Infierno, los ángeles caídos se colocan en sus posiciones y comienzan a lanzar sus llamas de fuego contra mí. Soy capaz de esquivar una o dos, pero es imposible aguantar mucho más.
Todo espectáculo finaliza de la misma forma.
Mi cuerpo maltrecho termina calcinado, quedando solo indemnes las alas negras humeantes que me señalan como propiedad especial del Diablo.
El tiempo consigue que mi cuerpo vuelva a su estado original porque soy el ave fénix de estos lares y renazco de mis cenizas para volver a ser el juguete favorito de Luci.
Administrar el fuego lo acepté como un gran poder, aunque pensándolo bien, ha supuesto ser mi mayor debilidad.
Ahora mismo estarás pensando que estoy en el Infierno porque me lo he buscado yo solito. Y tienes razón, tampoco voy a perder el tiempo de recuperación que tengo en negar lo evidente.
Mi paso por la tierra no duró mucho, solo lo suficiente como para llevarme una invitación VIP al Infierno.
Empecé a trabajar como mecánico muy joven.
Mis padres fallecieron y nos dejaron solos a mi hermano Uriel y a mí.
Él tenía cuatro años, yo dieciséis. Las deudas no hacían más que crecer, así que tuve que sacarme las castañas del fuego con cosas más…
delicadas, por llamarlo de alguna manera.
Conocí el mundo de las peleas clandestinas y las apuestas casi por casualidad.
Unos cuantos golpes en la cabeza por miles de euros es un buen trueque.
Mejoré mucho la técnica y dejé atrás la adolescencia, mi cuerpo se transformó en una muralla de puro músculo y un ojeador me fichó para boxear profesionalmente.
Todo iba bien hasta que Uriel se puso malo una noche.
Por aquel entonces yo tenía veintiuno y él nueve años.
Empezaron la fiebre, las tiritonas, el dolor de barriga y muchos otros síntomas.
En urgencias nos dijeron que era un virus, le prescribieron un calmante y nos mandaron a casa.
Esa fue la última noche de Uriel en la tierra; ahora, lo único positivo que saco de mi situación es que tengo la certeza de que ha ido al Cielo.
La muerte de mi hermano me hizo caer a un pozo oscuro. No me quedaba nada más allá de la rabia de que alguien tan bueno se hubiese ido tan pronto. Me enfadé con Dios por arrebatármelo, y con los médicos por no salvarlo.
Cambié la sangre por alcohol todas las veces que pude y el detonante de que el Cielo me haya rechazado la entrada fue una noche en un bar de carretera. Mi rival del torneo se encontraba en el antro y su comentario me hizo perder la poca cordura que me quedaba:
—Vas a perder este combate, al igual que pierdes todo en esta vida —dijo con la copa en la mano.
Cogí la botella, la rompí contra la barra y me lancé hacia él.
Varios hombres intentaron separarme, pero yo fui más rápido.
Utilicé la botella para rajarle el cuello.
Ahora duerme tres o cuatro celdas más allá de la mía y la tortura que han elegido para él es cortarle la polla a trozos una y otra vez.
Al menos sé que también está recibiendo su merecido.
Que sí, impaciente, que ahora te digo cómo me morí.
Cómo te gusta el morbo. Fue de la forma más tonta posible: las drogas y el gimnasio no son una buena combinación.
Un día, más colocado de lo habitual, estaba trabajando pecho y los brazos me fallaron.
La pesa me apretó el cuello, y como siempre iba solo, para no perder la costumbre, también morí solo.
¿Traumático? No mucho, lo cierto es que llevaba mucho tiempo sabiendo que morir era la única forma de dejar de sufrir.
Me equivoqué. Estrepitosamente, además. Llevo unos cien años con esta tortura.
El dolor físico he aprendido a manejarlo, el dolor emocional me sigue hundiendo.
El objetivo dentro de todo esto es claro: tengo que salir del Infierno y llegar al puto Cielo, tengo que saber que mi hermano está bien, tengo que hacer por él en muerte lo que no fui capaz de hacer en vida.
Cómo me voy a escapar de aquí es otra historia.
—Maalik, al ruedo. —Uno de los guardias aporrea los barrotes de mi celda.
—Aún no he recuperado mi forma. —Cada vez me dan menos tregua con esta mierda, vivo por y para el entretenimiento de estos salvajes. O muero, ya no sé ni lo que digo.
—Ahora sí, espabila, al jefe no le gusta esperar. —Sigo la línea de su mirada para ver cómo el último de los dedos de mi mano termina de resurgir.
Aprieto la mandíbula y me levanto del suelo sucio, negro y con hedor a azufre que me estaba sosteniendo durante mi viaje al país de los recuerdos. Normalmente, para la gente de bien, ese lugar le sirve de refugio, para mí solo funciona como otro método de autotortura.
Camino detrás de la sombra negra y maloliente que me dirige.
Aquí los vigilantes de seguridad son otro rollo.
En este mundo sufren la carta de su profesión de una forma un tanto peculiar: como, generalmente, eligen la soledad de la noche, les obligan a ahumar su alma y a vagar por el Infierno como si fueran entes vacíos que se arrastran por las sombras.
Solo son visibles por el jefe y por el demonio al que le han ordenado buscar.
Durante mucho tiempo, tanto en la tierra como en el Más Allá, me habría gustado ser invisible.
Llegamos al círculo de arena. Está delineado con un material inflamable y se dibuja en fuego en cuanto pongo un pie dentro.
Tú llámalo magia si quieres, en mi vocabulario se conoce como piromanía.
Las sombras lo envuelven todo y el humo negro me devora.
Lo cierto es que, ahora que lo pienso, la sensación de ahogo se asemeja a la que sentí cuando la pesa me estranguló.
Uno a uno, aparecen cuatro ángeles caídos, Lucifer nunca viene: quiere entretenimiento, no trabajo.
—Mira a quién tenemos aquí… Si es el administrador del fuego incapaz de controlarlo. —Azazel siempre lleva la voz cantante, como de costumbre, Dante, Mefistóteles y Semmyaza se quedan en sus posiciones sin perder la compostura.
—Mira quién es el primero en hablar, el segundo en caer. Después de todo necesitas ser el primero en algo, ¿verdad? —Ni para ganar la carrera al Diablo hasta el Infierno pudo acelerar. El retraso lo lleva incorporado.
El aclamo de los demonios mayores y el resto de los ángeles caídos se escucha en todo el recinto.
Digamos que ellos son la clase alta de la sociedad.
Gente que ha ido al Infierno, pero que tuvieron la suerte de elegir profesiones más agradecidas: se podría decir que son los pocos que tienen convenios laborales.
—No me preocupa en absoluto, tú también fuiste el segundo en morir. Incluso en eso te ganó tu hermano.
Los dientes afilados de Azazel crecen exponencialmente y recorren el diámetro del círculo para ensartarse en mi cuerpo.
No lo hacen. Por el contrario, consigo prever su movimiento y salto para caer sobre el afilado marfil.
Consigo la potencia suficiente para romperlos y la palanca de fuerza necesaria para que Azazel tenga que abrir sus alas negras para aterrizar con elegancia. Ten cuidado, no se vaya a despeinar.
—Límpiate los dientes más a menudo, antes me torturas con tu aliento que con tu descuidada dentadura —sonrío genuinamente.
—Basta ya de cháchara, si quiero escuchar gilipolleces me pongo a mirar a los humanos. —La enorme figura de Lucifer se abre paso entre el gentío para ocupar su trono de hierro negro.
Dicho y hecho. Los ángeles caídos comienzan a crear lenguas de fuego a su alrededor y las arremolinan en un tornado de aire que tiene como objetivo principal derribarme y hacerme arder.
Consigo alcanzar la altura suficiente para esquivar la primera tanda.
Dante manda hacia mí a sus perros de humo.
Lo lógico en la tierra es pensar que te atraviesan al desvanecerse.
Aquí, en cambio, resulta que te pueden arrancar un miembro. O cuatro, si les dejas.
Cuatro de ellos me acorralan mientras el huracán de lenguas de fuego sigue creciendo para consumirme entero.
Noto como Mefistóteles empieza a gobernar el hielo.
Unos hilos finos de humo blanco empiezan a tejerse para conformar las hebras heladas con las que consiguen retenerme.
Fuego y hielo se alían para derrotarme de nuevo.
Pierdo el sentido cuando las lenguas de fuego empiezan a quemarme las entrañas y una de las hebras de hielo me atraviesa el corazón, que no late.
Solo quedan de mí las alas de humo negro, una forma clara de decirme que no soy nada en este mísero Infierno. Un demonio menor más al que despreciar.
Me despierto en la misma celda, en el mismo suelo, con las mismas ganas de salir de aquí, pero solo tengo la cabeza con los mechones rojo fuego sobre la frente y las alas flotantes como apéndice de lo que queda de mí.
Reaparece mi torso desnudo y miro el tatuaje que adorna mi pectoral izquierdo: unas alas celestiales se abren paso atravesando la musculatura y se extienden en abanico desde el esternón.
Aquí todo permanece, hasta la tinta que profana tu cuerpo terrenal.
Y menos mal, es lo único que me ancla al ángel de mi vida: Uriel.