CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 1
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Capítulo 1

Muriel

D ía treinta y seis mil quinientos veinticinco de condena, digo, de trabajo. Perdona, es que me pillas recién levantada y confundo términos. Son unos cien años más o menos, te lo digo porque no creo que te apetezca calcularlo.

Como todos los días, me levanto de la nube como un resorte. Porque he vuelto a ignorar las trompetas celestiales como unas seis veces como mínimo. Es que la nube que uso como cama es tan mullida que es difícil desprenderse del único paraíso real que hay en el Cielo.

Te estarás preguntando cómo he llegado hasta aquí, es una historia un poco larga, pero como ya llego tarde al trabajo, pues por un poco más no pasa nada, te la cuento.

Para sorpresa de nadie, efectivamente, es justo lo que estás pensando: me morí.

Así, simple y llanamente. Podría contarte una maravillosa historia de heroicidad en la que di mi vida por salvar a un gato callejero de ser atropellado.

Pero no, me atraganté con un pistacho. En mi defensa diré que estaba bueno, que tragar se puede considerar deporte de riesgo y que me fui directa al Cielo sin aguantar a Gladis en el Purgatorio.

¿Qué? A mis tiernos veintidós años no había tenido tiempo de pecar demasiado, ni de vivir, para qué nos vamos a engañar.

La verdad es que lo llevé relativamente bien.

Los primeros cincuenta años desde mi muerte fueron los peores.

En el Cielo tenemos una televisión donde podemos ver el minuto a minuto de lo que pasa en la tierra.

Es lo que viene a ser el Gran Hermano veinticuatro horas en su versión celestial.

Bueno, pues la cuestión es que a mí lo de morirme no me supuso un sufrimiento excesivo, más allá de la asfixia que me desvivió, dicho mal y pronto.

El verdadero sufrimiento fue ver en esas pantallas cómo mis padres aprendían a vivir sin mí.

Una vez murieron, pasaron por el Purgatorio y subieron al Cielo.

Todos los que subimos al Cielo lo hacemos en alma presente y nuestra apariencia terrenal desaparece en cuanto entramos al Cielo.

Solo aparecen, como ángeles que somos, unas alas blancas de tamaño acorde a nuestra edad.

Cuanto más joven mueres, más grandes las tienes.

A lo mejor es por el colágeno. Algunas profesiones llevan asociadas formas peculiares para su alma, pero la mayoría somos poco más que espíritus, es un puntazo.

Y no tengo que pararme a pensar qué ponerme, llevamos la misma túnica blanca siempre, y principalmente para que no nos choquemos con nadie.

Dicho esto…, tú dirás: madre mía, qué bien, ahora puedes reunirte con ellos. Bueno, relativo. Compartimos el Cielo, pero para poder verlos con asiduidad necesitaría algo que no tengo: vacaciones.

No sé si lo sabes, pero cuando tu alma se va hacia la eternidad en el Cielo, se desprende del cuerpo, pero no de tu profesión.

Espero que estas palabras te metan la presión suficiente como para que escojas un trabajo que te gusta.

No solo vas a tener que trabajar de ello durante toda tu vida, sino que también vas a tener que dedicar tu eternidad.

Y bueno, eso es una mierda en mi caso. Al morir tan joven, mi puesto de trabajo era el de…

[Inserta el redoble de tambores] ¡Becaria!

No veas como celebración las exclamaciones.

Ya te digo yo que a mí no me hace ni una pizca de gracia.

Pero bueno, no me dio tiempo a mejorar lo que había.

Cuando el jefe Dios me llamó a su despacho, yo me esperaba al típico anciano alto con barba blanca.

Lo que me encontré fue a una persona totalmente normal.

Con una calva de monje, con una barriga de unos siete meses de embarazo y con un traje de un blanco radiante que cada cinco minutos se cambiaba mágicamente para permanecer impoluto.

No cumplió las expectativas. La farsa de Hollywood en versión Mel Gibson.

En la tierra no me consideraba especialmente religiosa.

Sí que creía en algo, pero no tenía muy claro en qué.

Aun así, era buena. Estudiaba, ayudaba a mis padres con la tienda de alimentación que tenían y empecé a trabajar nada más terminar la universidad con un contrato deficiente, pero cotizable.

Era tan joven e inocente. Ahora seré eternamente joven y eternamente esclavizada.

Para que me conozcas un poco más, soy una apasionada de las listas. Así que voy a dejarte por aquí la lista de ventajas que he encontrado a lo de vivir en el Cielo.

Razones procielo

Ningún colchón terrestre puede igualar la comodidad que ofrece una nube.

No me baja la regla.

Lo de ser asexuada me viene muy bien. Quitar las hormonas de mi «no cuerpo» ha sido muy útil.

Tengo café ilimitado y gratuito (ya sabía mi yo humana que ese elíxir era un regalo caído del Cielo).

No me mareo sobre las nubes mecánicas (lo que vienen a ser los coches celestiales: los terrestres me hacían vomitar hasta la primera papilla).

No hay llamadas de teléfono de las que tanto odio, los mensajes en el Cielo lo llevan palomas mensajeras y son por escrito.

Los ángeles somos muy divertidos, aunque las bromas las hagamos principalmente para dar salida a nuestros traumas.

La lista de razones «anticielo» mejor la dejo para cuando el jefe Dios me eche la bronca por llegar tarde otra vez, que va a ser ya, prácticamente.

—Muriel, llegas tarde. —El muchacho regordete coronado con media calva no me mira cuando llego al despacho. El paso por la eternidad lo ha desmejorado mucho. En este caso, la realidad celestial ni siquiera iguala a la ficción.

No sé si te lo había dicho, pero aquí en el Cielo me llamo Muriel.

El significado angelical viene a decir algo así como «perfume de Dios» y la verdad es que con lo que me utiliza el jefe me parece la mar de apropiado.

También dicen que soy un «ángel de la luz divina y del amor».

Relativo, la verdad, el estrés del trabajo me pone la tensión tan alta que cortocircuito más que otra cosa.

—Perdona, me he entretenido por el camino. —No tiene nada que ver con el hecho de que no quisiera encaminarme hacia aquí, en absoluto.

—¿Te has entretenido dos horas? —La voz afilada del jefe podría cortar ahora mismo el tráfico de nubes en hora punta.

—Míralo por el lado positivo, podrían haber sido tres horas.

Además, si pusieras algún reloj de dominio público, te ahorrarías muchos dolores de cabeza.

El que algo quiere controlar, algo le cuesta.

Mientras no vea la hora, para mí no estará.

—Me siento en mi mesa y dejo a un lado la enorme carpeta de informes que me espera.

La verdad es que, aunque las condiciones laborales no son las mejores y teniendo en cuenta que me pagan con polvo de nube —la moneda que se estila por aquí—, ya he mejorado lo que tenía en el plano terrenal.

Entonces, Muriel, ¿podemos considerar la subida al Cielo como un ascenso profesional?

Yo creo que sí, al menos me pagan mejor.

No es una gran promoción, pero podría haber sido peor y haberme quedado como doctorando.

¿Te imaginas toda una eternidad haciendo el doctorado?

Tal tortura te llevaría directo al Infierno, no veo otro camino.

Bueno, voy entonces con los informes que tengo en la mesa.

Ser becaria tiene muchas funciones, se puede decir que soy el ángel multiusos del jefazo.

Lo mismo le preparo un espresso macchiato que organizo los expedientes de los últimos fallecidos que llegan al Cielo.

Esta última tarea se me da genial, mi perfeccionismo innato hace que los clasifique según edad, profesión y actitud.

La primera y la segunda métrica son objetivas.

La edad la utilizo para la distribución de habitaciones.

No, aunque desde la tierra veas muchas nubes, aquí hay que racionarlas, muchas de las almas que llegan comparten habitación.

La profesión la utilizo para elegir la planta y el sector donde van a trabajar.

Y la actitud… Esa métrica me cuesta mucho más.

Tanto que con cada expediente tengo que hacer una excursión al Purgatorio para asistir a los juicios que Gladis media.

En resumen, puedes ser un profesional maravilloso en la tierra, que como tu actitud sea miserable, vas a terminar fregando retretes celestiales.

Y sí, te aclaro la duda, la tierra es nuestro desagüe.

¿Alguna vez has lavado el coche y ese mismo día ha llovido barro?

Pues sorpresa, es la diarrea de un ángel que probablemente se haya pasado al inhalar niebla en su tiempo libre.

De verdad que no quería ser yo la que te diera la noticia, pero bueno, para la próxima ya lo sabes.

Y recuerda que de nada sirve que te cagues en nosotros, la fuerza de la gravedad juega a nuestro favor y muy en vuestra contra.

Hablando del Purgatorio, vamos a ver qué nos cuenta Gladis del nuevo aspirante al Cielo.

Dejo mi silla del escritorio y cojo el expediente del político que acaba de fallecer.

Parece ser que Gladis no ha podido decantar la balanza hacia ninguno de los lados.

Eso implica que, de momento, ni Dios ni el Diablo pueden reclamar esa alma.

Cojo el ascensor en la planta cien. Obvio que la más alta tiene que ser para el jefe.

Marco el cero y me siento en una de las veinte sillas; todas vacías, menos mal.

Socializar no cuenta como horas extras y es un esfuerzo que prefiero evitar.

No me mires así, baja tú cien plantas de puro plantón.

Que en el Cielo hay dolores también, lo que pasa es que como ya estás muerto pues no te preocupan tanto.

Además, que no se vea nuestro cuerpo no significa que no exista.

¿Te ha explotado ya la cabeza? Pues ya verás cuando escuches la voz de Gladis… Prepara la pastilla de emergencia.

Tamborileo los dedos sobre el expediente al ritmo de la música del ascensor.

¿Sigues fascinado con el control mental de mi cuerpo invisible?

Yo tardé años en superarlo, no te culpo, evento canónico de alma alada destinada al Cielo.

Otra ventaja para darle un punto al Cielo es que al menos no suena la misma melodía todo el rato, y menos mal.

Más de diez plantas escuchando lo mismo y al final terminaría atravesando el ascensor de luz.

Sí, es justo como te lo estás imaginando: como cuando en las películas terrestres te dicen que hacen una abducción alienígena, pero bidireccional.

Casi un eón después, llego a mi destino.

Aquí eso del tiempo es relativo, simplemente pasa sin ningún tipo de medida para mí y es extrañamente reconfortante, la verdad.

Podría decir que soy más feliz desde que el tiempo solo lo controla el jefe, un problema menos del presente para la Muriel del futuro.

Solo me debo a las trompetas celestiales y ya has visto que me las paso cada dos por tres por el forro de las alas.

Ni siquiera he podido escuchar el ruido de final de trayecto del ascensor, los gritos de Gladis lo han opacado todo. El ambiente está caldeado y no porque las puertas del Infierno estén abiertas.

—No puede creerse en serio que eso ha estado bien.

—Gladis tiene un martillo sobre la mano y el pelo canoso recogido en un moño le da un aire de jueza imponente.

Cuando se baja del estrado donde se sienta y luce su metro veinte de altura, ya pierde credibilidad. Luego te suelta un grito y lo recupera.

—¡Siempre me han dicho que hacer donaciones era una obra de caridad, y he hecho muchas a lo largo de mi vida! —El político hace el amago de ajustarse una corbata que no tiene.

Otra cosa que aún no te he contado. Los únicos que tienen cuerpo en el Cielo son el jefe, que se agenció el de su hijo al que sacrificó para salvar a una humanidad injusta (sí, lo sé, la eternidad y sus banquetes le han hecho perder ese atractivo que se le agencia en las películas), su madre terrenal y Gladis.

Lo digo para que sepas que describir a la gente por aquí en el Cielo es complicado, estamos como fluyendo por el viento.

Puedo hacer todas las acciones propias de la tierra, pero no puedo ver cómo las hago.

Si eso no es un ejercicio de coordinación al estilo Brain training sin Nintendo DS, que me destituyan de mi cargo ahora mismo.

Bah, no caerá esa breva. «Pedid y se os dará», decían…

No entendí la referencia directa a los problemas.

—Pero todas las donaciones las has hecho con dinero del fondo público, haberlo sacado de tu cuenta si lo que buscabas era ayudar.

Gladis está a punto de dictar sentencia con el mazo cuando el alma habla de nuevo:

—Bueno, hay otros compañeros de profesión corruptos que también roban y no hacen nada para ayudar a los demás. —Dirigir ese tono a Gladis es, cuando menos, peligroso.

—¿Estás basando tu triste defensa en que hay gente peor?

Gladis se desdibuja para ponerse delante del alma entrante y Lucifer va a ponerse muy contento, no va a tener que personarse en la entreplanta porque de un estufido la reina del Purgatorio lo manda al Infierno. Acabas de presenciar un acto cuestionable combinada con una actitud poco envidiable.

Celebro la victoria por dos cosas: una, porque este ladrón va a cumplir aquí la condena de la que se libró en la tierra. Dos, porque es uno menos al que tengo que darle una nube. No se merece semejante confort. Otro caso resuelto por el ratón vacilón, es decir, Gladis.

Le digo a ella que tengo mucho trabajo y me encierro en el ascensor para llegar de nuevo al despacho del jefe. Esta vez, el trayecto se hace insufrible porque no deja de entrar gente a la que tengo que saludar por cortesía y educación.

Cuando llego al despacho, el jefe no está.

Pero sí que encuentro el reloj de arena dejando correr el polvo.

Vaya, lo he visto. Ojos que sí ven correr el tiempo, castigo merecido.

Dos horas tarde para mi jefe es el equivalente a «tengo carta blanca para esclavizar más horas a la becaria».

El tiempo es relativo para lo que el jefe quiere, él nunca pierde la noción con su única unidad de reloj por estos lares.

Continuamos con la jornada imposible hasta que las trompetas dicten. A ver si tengo suerte y la cosa se queda tranquila.