CAE: Condenados a encontrarse
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Prólogo
H ace cientos de años, una batalla en la Tierra llevó a Dios a crear dos mundos para poder premiar o castigar a aquellos que habitaban momentáneamente el planeta.
Desde entonces, se ha creado un equilibrio que no interrumpe el ciclo vital.
Todos los humanos pasan por la tierra y utilizan, como pueden o como saben, el libre albedrío que se les otorga.
Son las decisiones a lo largo de su vida las que decantan la balanza y eligen el camino que cada persona tiene que recorrer cuando llega la hora de su muerte.
Es posible que esta historia te suene, lo más probable es que en algún momento de tu infancia te lo hayan contado.
Uno de los mundos, inalcanzable para muchos y a la mano de unos cuantos elegidos; la perfección, lo idílico, la maravilla de la que todo el mundo quiere disfrutar.
Lleno de ángeles que aprovechan su profesión en la tierra para seguir ayudando desde arriba a los que aún recorren su andadura por el mundo.
El otro, el lugar donde muchos pueden entrar y del que todos quieren huir.
Un reino de fuego y hielo, de tempestad y tormenta; torturas individuales que te invitan a rememorar todo lo que has hecho mal durante tu paso por el espacio entre mundos.
Repleto de demonios y liderado por el primer ángel caído, encargado de controlar a todas las criaturas malvadas.
Bienvenidos, pues, a esta jerarquía dividida donde se erigen dos empresas con sus propias normativas: el Cielo y el Infierno. Un comienzo laboral tortuoso para ambas caras de la moneda. Siendo así, ¿quién gana realmente en la tierra?
Dios y Lucifer mantienen una relación meramente cordial y, muy de vez en cuando, confluyen en el Purgatorio.
Este lugar sirve de juzgado para los casos más difíciles, aquellos en los que la línea entre el bien y el mal se desdibuja, donde no se ve claro si merece emborronar su vista con el paso de las nubes o la fluidez del humo.
Estos trámites son tediosos de llevar, mucho papeleo celestial y pocas ganas de esperar a que Gladis, la indiscutible reina del Purgatorio, quiera sellar el caso como cerrado.
¿Entiendes ahora la importancia de mantener el orden entre mundos?
Un sello rojo condena el alma de la persona fallecida a vagar por el Infierno durante toda la eternidad. Un sello azul sobre tu expediente te ensalza hasta la perfección del Cielo y te permite bailar de forma infinita en el paraíso.
Una vez, el Purgatorio recibió la visita inesperada de un transeúnte que propició un encuentro entre los jefes de ambos lados.
Los transeúntes son personas que pueden cruzar el velo que separa la tierra del Purgatorio y que te da acceso a los ascensores que te llevan arriba y abajo; seres no muertos, o lo que es lo mismo, vivos.
En una verborrea onírica, casi en sueños, el transeúnte dictaminó una profecía que prometía una nueva batalla en la Tierra que provocaría el apocalipsis.
Dios, ante la posibilidad de ver destruida su más preciada creación, y Lucifer, viendo peligrar su puesto como rey del mal, se aliaron para elegir a dos personas que se encargarían de recuperar la neutralidad del terreno de juego cuando la profecía explotase en la tierra.
Con el fin de preservar el equilibrio perfecto entre arriba y abajo, y sabiendo Dios de forma expresa que no era buena idea pactar con el mismísimo diablo, un ángel fue llamado desde la tierra y un demonio fue arrastrado hasta el Infierno.
Ambas almas abandonaron su cuerpo carnal y asumieron el rol que sus jefes tenían reservados para ellos.
Lo de ser los «elegidos» nunca lo sabrían, a no ser que realmente el transeúnte tuviera razón y el fin estuviese cerca.
¿Por qué ellos y no otros? Dios vio en su elección una forma de agilizar la burocracia celestial que él mismo imponía.
Lucifer, en cambio, vio en su demonio a un hombre torturado por la vida capaz de resistir su condena, ofreciendo así diversión a su rutinaria existencia.
Conectadas entre sí, física y emocionalmente, para que Dios y Lucifer supieran de sus criaturas si llegaban a bajar a la tierra, pasaron sin pena ni gloria sus vidas más como condenas perpetuas.
Cada uno a su modo, cada uno bajo el yugo de su respectivo jefe.
No sabemos si la profecía será real, pero lo que sí que sabemos es que el Cielo no es el paraíso y que el Infierno tiene peores formas de tortura que las que te puedas llegar a imaginar.