Cadenas Capítulo 46
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Capítulo 46

Altavista, Estado Central

El Toro caminaba entre la maleza con paso firme, aunque por dentro las dudas lo atormentaban. Desde hacía horas avanzaban sin parar, siempre con la vista en alto y el oído atento, siguiendo rutas viejas que solo él y unos cuantos conocían.

Él nunca había sido un hombre que buscara consuelo en el paisaje; sin embargo, esa mañana la tierra le devolvía una sensación que no esperaba: la de un luto silencioso. No por alguien muerto, sino por lo que estaba dejando atrás.

A su lado caminaban siete de sus hombres más cercanos; pero, más cerca aún, casi pegados a él, iban la Lagartija —siempre nervioso, caminando a solo un par de pasos detrás— y María, la mujer que lo había cuidado desde que era prácticamente un niño, la que lo alimentó cuando no tenía nada, la que lo regañaba cuando nadie más se atrevía.

Ella no preguntaba nada, pero su respiración esforzada y el modo en que aferraba el bordado de su rebozo demostraban la gravedad del momento.

Ella jamás había salido de Santa Rosa de la Paz más allá del mercado del otro lado del río, y ahora caminaba hacia un destino incierto, porque él se lo había pedido.

A ellos dos no estaba dispuesto a dejarlos atrás. Podía perder armas, territorio, poder, pero no a las pocas personas que realmente le importaban.

* * *

Hacía apenas veinticuatro horas, el Toro había tomado la decisión más difícil de su vida. Una que era una sentencia contra todo lo que había construido, contra la estructura que sostenía su nombre y contra la identidad que había llevado tatuada en su piel.

El destierro de Santa Rosa para todos.

Nadie podía quedarse sin riesgo de ser capturado, torturado, usado como moneda de cambio o simplemente eliminado por haber pertenecido al grupo contrario.

Ese pensamiento lo acompañaba como un dolor agudo en el pecho. La idea de abandonar su territorio —su casa, su poder— era una muerte simbólica, pero igual de definitiva. A ese mundo no se regresaba después de huir. Él lo sabía… y su gente también.

El Toro había entendido la trampa de Montecinos demasiado tarde para enfrentarlo, pero a tiempo para evitar que su gente muriera por una lealtad que, al final, solo servía a los muertos.

Si se quedaban, serían aplastados entre las fuerzas armadas y el Ratón; si peleaban, dejarían un rastro de sangre inútil.

Su elección fue romper el ciclo, disolver el grupo.

Elegir eso le costó más de lo que admitía. Y, sin embargo, sabía que era lo único que les daba una posibilidad real de sobrevivir.

Su gente lo había mirado con ojos incrédulos cuando anunció el plan. No porque dudaran de su capacidad de supervivencia, sino porque ese tipo de decisiones no se tomaban en su mundo.

En el mundo de los jefes, solo existían dos salidas: la muerte o la victoria.

El abandono no era una opción. Y, sin embargo, ahí estaban, dispersándose como familias improvisadas, sin el ruido de los motores, sin armas largas a la vista, convertidos de pronto en hombres y mujeres comunes que cargaban bolsas con ropa y un miedo que ninguno quería reconocer.

—Es esto o morir todos —les dijo.

Y, aunque muchos no lo comprendieron, confiaron en él. Y eso, en ese mundo, era rarísimo. Casi un acto de fe.

El plan era simple, casi primitivo: dividirse en grupos pequeños, invisibles.

Salir del pueblo antes de que el cerco terminara de cerrar.

Avanzar en vehículos solo hasta donde fuera seguro y, desde ahí, caminar por caminos secundarios y veredas.

Dispersarse hacia distintos rumbos. Algunos al norte, otros hacia las sierras, otros más hacia comunidades donde todavía podían mezclarse sin levantar sospechas.

No había destinos claros, solo la orden de sobrevivir.

Y jamás, en ninguna circunstancia, volver a Santa Rosa.

No era solo una huida. Era la desaparición de toda su vida.

El Toro, siguiendo la tradición del Alacrán, tenía dinero guardado en varios lugares de su casa. Era dinero de emergencia, nunca usado, reservado para la muerte o para un escape improbable. Ahora era el momento de entregarlo a aquellos que durante años habían estado dispuestos a morir por él.

Cada hombre recibió un fajo de dinero envuelto en plástico, suficiente para sobrevivir muchos meses y establecerse en cualquier otro lugar, siempre que fueran discretos.

—Agarren esto como una segunda oportunidad. No para pelear por mí ni por nadie más… sino para pelear por ustedes, por sus familias. Hoy se van vivos. No para regresar por venganza… sino para volver a vivir.

Les habló de la misma manera en que se lo dijo a Raquel, aunque esta vez su tono era distinto. Como si repetir esas palabras lo obligara a reconocer algo que nunca había querido admitir: que incluso él deseaba una segunda oportunidad, aunque no supiera cómo se veía.

Al principio nadie respondió. Fue María quien, con lágrimas contenidas, murmuró algo casi inaudible:

—Dios les dé la fuerza, muchachos…

La Lagartija solo asentía, con los labios apretados, intentando parecer fuerte para todos.

Desde que el plan se definió, los grupos comenzaron a formarse espontáneamente.

Se reconocían entre ellos: familias, hermanos, compadres que llevaban años peleando hombro con hombro.

A algunos les costó separarse del Toro; otros se aferraron a él en el último momento, suplicando quedarse en su grupo.

El Toro, con voz dura, pero firme, los fue redirigiendo.

Su grupo fue el último en salir.

* * *

El día anterior habían salido cuando el sol todavía no caía a plomo, pero ya anunciaba un día largo y agotador.

El silencio entre ellos no era incómodo: era un pacto de resignación.

Algunos sabían que esas horas serían las últimas que caminarían juntos como grupo e intuían el inicio de una nueva vida.

María, jadeando un poco por la caminata, se acomodó el rebozo y murmuró:

—Nunca pensé que veríamos un día así…

El Toro no respondió. Solo bajó la mirada y siguió caminando, cargando el peso de lo que significaba escuchar esas palabras.

La Lagartija caminaba atenta, con movimientos ágiles, nervioso, pero firme. Cada tanto miraba al Toro, como buscando la confirmación de que lo que estaban haciendo era lo correcto. Él, sin detenerse, solo le devolvía una mirada breve, pero suficiente.

Habían avanzado varios kilómetros cuando el Toro levantó la mano para detener al grupo. Había un claro frente a ellos. Desde ahí podía ver el valle extendiéndose hacia el sur… y, más allá, la silueta tenue de la carretera que los llevaría, con suerte, a la siguiente etapa del plan.

Era otro punto de separación. Los seis hombres de confianza se irían por un rumbo diferente.

—A partir de aquí, por su cuenta —dijo, sin elevar la voz—. No busquen contacto. No regresen. No intenten encontrar a nadie. Y, si los agarran… ya saben lo que hacen con los que hablan.

Los seis hombres que partían asintieron con un respeto silencioso, ese que no necesita palabras.

El Toro entregó a cada uno un gran fajo de billetes, impecablemente amarrado. No importaba que no fuera una fortuna; lo que sí era, una posibilidad.

No hubo palabras ni abrazos. Ese tipo de gestos no pertenecían a su mundo.

Ellos se despedían como acostumbraban: con asentimientos, con apretones cortos de mano y miradas largas que decían lo que la boca no sabía poner en palabras.

Uno a uno, comenzaron a dispersarse hacia distintas direcciones. Algunos hacia el norte, otros hacia las brechas del poniente. El sonido de la maleza cerrándose tras ellos era lo único que marcaba su partida.

María observó su alejamiento con una mezcla de tristeza y entereza.

—¿Crees que lleguen? —preguntó suavemente.

—No lo sé —respondió él—. Pero les di más posibilidades de las que tenían anoche. Entre más lejos lleguen antes del anochecer, más probabilidades tendrán.

La Lagartija ajustó la mochila.

—Nos toca a nosotros, patrón.

El Toro respiró hondo. Sabía que la siguiente decisión era tan arriesgada como necesaria.

—Vamos hacia la ciudad —anunció—. Entre la gente, nadie reconoce a nadie. Nadie pregunta. Nadie recuerda rostros. Ahí podemos escondernos sin escondernos.

La Lagartija frunció el ceño, dudando por primera vez.

—Es terreno desconocido, patrón.

—Lo sé —admitió el Toro—. Pero allá podemos mezclarnos. Aquí estamos marcados. Todos nos conocen. En la ciudad… somos tres más entre miles.

María lo miró con esa calma que siempre había tenido.

—Donde tú digas, hijo —susurró.

El Toro desvió la mirada un instante, como si esa palabra —«hijo»— lo desarmara más que cualquier enemigo.

Ajustó la pistola en su cintura y miró el horizonte.

—Entonces vámonos —dijo, retomando el paso.

Y así comenzó el éxodo final del Toro.

No buscaba un escondite, ni tampoco una revancha.

Solo un lugar donde, por primera vez, tendría que aprender a sobrevivir sin su apodo, sin su territorio, sin su guerra.

La ciudad los esperaba. No sabían si los ocultaría o los tragaría.

Pero era donde debían estar.

Porque, entre el ruido, la multitud y el anonimato… quizá, solo quizá, un hombre como él podía desaparecer sin dejar rastro.