Cadenas Capítulo 45
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Capítulo 45

Altavista, Estado Central

El capitán Montecinos no era hombre que se sobresaltara con facilidad.

Había pasado demasiados años sorteando toda clase de conspiraciones, negociaciones y momentos difíciles como para permitir que una noticia cualquiera alterara su pulso.

Pero esa mañana, cuando revisó los encabezados que se replicaban en todos los medios de la región, sintió un golpe repentino en el pecho que no logró disimular.

Dos hechos habían surgido como fantasmas que lo perseguían: la reaparición de la periodista, con vida, y la detención de René Castañeda antes del amanecer.

Ambos anuncios se presentaron sin rumores previos ni señales que anticiparan el golpe, y para alguien con el instinto de Montecinos, esa ausencia de advertencias decía más que las noticias mismas.

Se quedó de pie junto a su escritorio, leyendo cada línea como si fuera el anuncio de una amenaza mayor. Luego golpeó el escritorio con un movimiento súbito, incapaz de contener la rabia inmediata que le recorrió la sangre.

Había recibido los mensajes. Tan claros como si se los hubieran gritado al oído.

El primero provenía de la periodista.

El Toro había hecho exactamente lo contrario a lo que le ordenó: en vez de deshacerse de ella, la soltó. Y no solo eso, lo hizo de una forma que garantizara que todos se enteraran en el último minuto. Sin dar opción para reaccionar.

La idea de llamarlo atravesó su mente: insultarlo, exigirle, amenazarlo. Pero desechó ese impulso tan rápido como apareció.

Si el Toro había tomado esa decisión, era porque ya había entendido lo esencial: el movimiento en su contra estaba en marcha. La traición, inevitable. El cerco, cerrado. No valía la pena discutir con un hombre que ya sabe que lo van a matar.

Ese pensamiento lo serenó, aunque no del todo.

Era absurdo sentirse traicionado por alguien a quien planeaba traicionar, pero así funcionaban los hombres como él: vivían del control, y cuando este se les escapaba de las manos, alguien tenía que pagar.

Se dejó caer en la silla, respirando hondo mientras reunía las piezas.

La periodista viva no cambiaba nada.

El operativo avanzaba.

El Ratón estaba en camino.

Los accesos estaban todos cubiertos.

Y el Toro, por más astuto que fuera, no tenía por dónde escapar.

Ese pensamiento lo relajó un poco. Un contratiempo, pero el resultado final era el mismo.

Lo que sí lo descolocó fue lo segundo: la detención de René Castañeda.

No por la sorpresa en sí, sino por la velocidad.

Durante años, aquel hombre había estado protegido por influencias, dinero y alianzas tan profundas que parecían imposibles de quebrar.

Sin embargo, de la noche a la mañana, cayó sin resistencia, sin aviso, sin nada que hacer.

Algo —o alguien— había movido los hilos con una eficacia que él no reconocía.

El fiscal Palacios tenía poder, pero no de ese tipo. No de esa magnitud, y no tan repentino.

Se necesitaba más. Pruebas, enemigos.

La conclusión llegó de inmediato: el contador.

Era la única pieza que tenía sentido en medio de la caída del expresidente municipal y, ahora, de la captura de Castañeda.

Entonces pensó: ¿qué otros movimientos venían acumulándose en silencio desde antes?

Si Torres estaba hablando, alguien estaba utilizando esa información para derribar estructuras completas sin dar a nadie oportunidad de reaccionar.

Montecinos cerró los ojos un momento, evaluando riesgos.

Felipe nunca tuvo tratos con él. Nunca compartieron cuentas, rutas ni decisiones.

No existía un solo papel que los vinculara.

—A mí no me pueden tocar —murmuró, seguro de su propia lectura—. No tienen cómo.

Y, de inmediato, como si su mente volviera por instinto al único punto débil del tablero, pensó en el Toro.

Ese sí era un problema.

Uno que debía resolverse antes de que cualquier otra pieza se moviera.

Si quería mantener el control, solo había un camino: el Toro debía desaparecer lo antes posible.

* * *

El Ratón nunca recibió la llamada que esperaba de la Voz. Había pasado la noche anterior anticipando ese timbre, repasando mentalmente sus conversaciones, cada instrucción que la Voz le había dado semanas atrás. Pero el silencio persistió.

Y, lejos de inquietarlo, ese silencio terminó por confirmarle lo que ya venía sospechando: la Voz era el capitán Montecinos.

Era una conclusión lógica, incluso elegante.

¿Quién más podía tener acceso a información tan específica, tan útil justo en los momentos necesarios?

¿Quién, si no Montecinos, conocía mejor los movimientos de las fuerzas armadas, los cambios de rutas, las zonas donde era seguro avanzar o donde era mejor retroceder?

El Ratón se convenció a sí mismo de que la ausencia de la llamada no era un descuido, sino una señal. Un mensaje encriptado que decía: «No la necesitas. Tú ya sabes qué hacer».

Y esa interpretación llenó el hueco de confianza que le faltaba.

Sin esperar más, tomó su teléfono y llamó a Macario. No iba a gastar tiempo en rodeos.

—Hoy en la noche —dijo apenas le contestó—. Más les vale estar listos.

Macario no pidió detalles.

—Paso el mensaje. El capitán estará preparado.

La conversación se quedó ahí, seca, como si ambos estuvieran hablando de mover ganado y no de iniciar una cacería que podía acabar con un pueblo entero. No había espacio para dudas ni para repetir instrucciones; ese tipo de hombres entendía la guerra con un lenguaje simple, mínimo.

* * *

Cuando Macario colgó, respiró hondo y marcó al capitán. Montecinos respondió al primer timbre.

—Dime.

—El Ratón dice que hoy en la noche. Que estemos listos.

Hubo un silencio breve del otro lado. Luego, una exhalación lenta. Todo se alineaba.

—Perfecto —la voz de Montecinos se endureció—. Hoy, de una forma u otra, termina el reinado de lo que dejó el Alacrán… y también el del Toro.

Hizo una pausa que heló a Macario.

—Y después será nuestro, Macario. Solo nuestro.

Macario sintió un temblor que tardó en reconocer. No era miedo. Era una mezcla de sorpresa y confirmación. Siempre había intuido que Montecinos tenía ambiciones más grandes que su uniforme, pero escucharlo de sus propios labios… con ese tono… era distinto. Era despiadado. Era real.

Se dio cuenta de que el capitán ya no hablaba de alianzas, ni de equilibrios de poder, ni de «mantener la región estable». Hablaba de poseer. De gobernar. De convertirse en el nuevo eje del miedo.

Y eso, incluso para Macario, fue demasiado transparente.

—Entendido, capitán —respondió finalmente.

No porque estuviera de acuerdo, sino porque, en su situación, disentir podía costarle la vida.

* * *

Esa misma tarde, los cinco grupos formados por el Ratón avanzaban como un enjambre de sombras sobre la tierra. Iban dispersos, pero en comunicación continua. Nadie confiaba en nadie. Ni entre ellos mismos.

Los maizales, altos y secos, les daban cobertura contra la vista, pero no contra las balas. Todos lo sabían. El propio Ratón lo sentía en la nuca. Lo percibían con la certeza que da la experiencia: la muerte siempre acecha.

—El que va adelante es el primero en caer —solía decir—. El que va atrás ve llegar al diablo antes de que toque la puerta.

Era la primera regla que el Ratón había aprendido de niño, y por eso nunca lideraba una caravana desde la vanguardia.

En medio de ese avance tenso, su celular vibró.

No era una llamada. Solo un mensaje. Del mismo número de la Voz.

«Vas bien. Confía».

El Ratón sintió cómo algo se acomodaba dentro de él, como una pieza que encaja exactamente donde debe. Sonrió.

No era una sonrisa amplia, sino una curvatura apenas marcada, pero tan fuera de lugar en ese contexto que algunos de sus hombres voltearon de inmediato, esperando una orden o una mala noticia.

—¿Qué pasó, jefe? —preguntó uno con cautela.

El Ratón guardó el teléfono y los miró con expresión tranquila.

—Vamos bien, muchachos —dijo—. Vamos exactamente donde debemos.

No explicó más. No lo necesitaba.

Ese mensaje era la confirmación final de su certeza: había descubierto quién era la Voz, y la Voz seguía de su lado.

La llegada a los linderos de Santa Rosa de la Paz ocurrió en un silencio tan sutil que resultaba inquietante.

No había perros ladrando, no había motores encendidos, no había radios militares interferidos.

Era como si el pueblo entero contuviera la respiración, esperando a que algo —o alguien— decidiera romper la quietud.

Para el Ratón, esa calma decía dos cosas: o el Toro estaba a punto de ser sorprendido, lo cual sería un golpe estratégico impecable, o ya los había olido y estaba huyendo hacia el capitán, algo también posible, y mucho más conveniente.

El Toro nunca había sido estúpido; solo necesitaba una señal para entender que el cerco se había cerrado. Pero no había manera de asegurarlo. Y, en ese mundo, las dudas solo servían para morir más rápido.

El capitán había cumplido exactamente lo prometido: no había retenes, no había patrullas, no había nada que delatara la presencia de las fuerzas armadas.

Era como si Montecinos hubiera retirado a sus hombres del mapa para que el Ratón pudiera entrar sin obstáculos y hacer el trabajo sucio.

Y, a los ojos del Ratón, eso tenía sentido.

Montecinos quería que él disparara primero.

Así, la historia oficial sería simple: «Un enfrentamiento entre grupos criminales».

Sin fuerzas armadas. Sin testigos incómodos. Sin preguntas.

El Ratón avanzó con sus grupos coordinados. Cada uno tenía asignada su ruta: cubrir los dos accesos principales al pueblo y bloquear las tres salidas secundarias. Nadie entraba. Nadie salía. Era un cerco perfecto.

Los vehículos fueron dejados varias cuadras atrás para evitar que el ruido arruinara la sorpresa.

Los hombres se movían entre paredes y bardas, rozando los muros con los rifles listos. Todos sabían que la diferencia entre morir y vivir podía ser cuestión de un paso mal dado o de un maldito tropiezo.

Al fondo apareció el conjunto de casas que el capitán había marcado como el campamento del Toro.

Tres estructuras modestas, unidas por un patio común. Algunas luces titilaban en el interior, como lámparas a medio apagarse. Pero todo era demasiado… quieto.

Demasiado.

El Ratón levantó el puño para detener a los suyos.

Todos quedaron inmóviles, como piezas de un ajedrez a las que nadie se atrevía a tocar.

Después, con un movimiento lento, dio la orden final.

Los grupos se abalanzaron hacia las puertas —sin disparar—, cubriendo ventanas, esquinas y accesos al mismo tiempo. Las puertas cedieron con un golpe seco.

Hubo un instante, ese segundo en el que nadie respira, donde todo parece alinearse a favor de la muerte.

Y entonces, una bala temblorosa se escapó del rifle de uno de los más jóvenes.

Todos apuntaron. Pero nadie disparó, porque no había blanco.

Las habitaciones estaban ocupadas por lámparas encendidas, vasos olvidados, mantas arrugadas en el suelo. Todo sugería vida reciente… y, al mismo tiempo, ausencia absoluta.

Pero no había un alma. El lugar estaba vacío.

No vacío desde hacía días, sino desde hacía horas.

Aquello fue peor que una emboscada.

El Ratón sintió un golpe de rabia mezclado con una admiración fría.

—Hijo de la chingada… —murmuró, apretando la mandíbula.

No necesitó más para entenderlo. El Toro se había ido.

No solo había huido: había anticipado el movimiento.

Se les había adelantado.

El Ratón exhaló, primero maldiciendo, después reconociendo la astucia de su enemigo.

—Eres más listo de lo que pensé, cabrón… —dijo con una media sonrisa amarga—. Pero igual vas a caer.

Sacó su teléfono y marcó a Macario.

Este contestó con ansiedad contenida.

—¿Ya lo tienen?

—Macario —dijo el Ratón, sin suavidad—, dile a tu jefe que el Toro no nos esperó. Se fue. Va hacia ustedes. A partir de aquí, es su problema.

Hubo un silencio confuso al otro lado.

—¿Cómo que no estaba?

El Ratón cerró los ojos con cansancio irritado.

—¿Qué parte no entiendes, cabr ó n? Estamos aquí. Las casas están vacías. Ni una sombra. Ese hijo de puta es más escurridizo y vivo de lo que pensamos. Así que dile al capitán que se prepare. Va directo hacia él.

Colgó sin esperar respuesta.

* * *

Cuando Macario transmitió el mensaje, Montecinos sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

El plan era simple: el Ratón debía haber hecho el trabajo sucio.

Él solo tendría que llegar después, «asegurar» la zona y redactar un informe convincente para sus superiores. Algo limpio. Algo fácil de repetir. Algo sin cabos sueltos.

Pero ahora todo cambiaba.

—¿Cómo que no está? —masculló entre dientes, golpeando el escritorio con la mano abierta—. ¿Cómo carajos no están?

Su respiración se volvió tensa.

El Toro, huyendo, era lo único que podía arruinarle el esquema. Era el único movimiento que convertía una operación limpia… en una guerra abierta.

Activó su radio.

—A todas las unidades. Cierren accesos principales. Cierren rutas secundarias. Nadie entra ni sale. Si ven un grupo armado, avisen de inmediato. No abran fuego sin mi instrucción.

Era su plan B. Uno que no quería usar. El único que implicaba exponerse.

Pasaron los minutos.

Y luego las horas.

Y finalmente, cuando la luz comenzó a teñir el cielo de un gris temprano, Montecinos sintió que la frustración se convertía en algo más oscuro.

Un oficial se acercó, nervioso.

—Mi capitán… no hay reporte alguno. No se ha visto movimiento. Ningún contingente o camioneta sospechosa. Ningún hombre armado. Nada.

Montecinos parpadeó lentamente. La conclusión cayó sobre él como plomo.

El Toro no iba hacia él. No estaba atrapado.

Se había largado. Sin ruido. Sin dejar rastro.

Burlando a los cinco grupos del Ratón y a las propias fuerzas armadas.

—No sé cómo lo hizo —dijo Montecinos, con la voz transformada en un hilo furioso—. Pero lo voy a averiguar. Y, cuando lo haga… el Toro y todo lo que quedaba de su gente lo pagarán.