Capítulo 47
Altavista, Estado Central
El capitán Montecinos no era un hombre acostumbrado a lidiar con la derrota.
Su vida entera había sido un ejercicio de dominio: de la narrativa, de los hombres bajo su mando, del territorio que decía proteger.
Por eso, cuando finalmente tuvo que aceptar que no había logrado atrapar al Toro —a pesar de haber revuelto cielo, tierra, montes y pueblos enteros—la sensación lo atravesó con el dolor de una espina que se niega a salir.
No era una derrota grande, al menos no en apariencia, pero tocaba directamente el centro de su ego, y eso la volvía insoportable.
Lo único que consiguió fue capturar a algunos de los hombres que habían pertenecido al grupo del Toro.
Pequeñas hojas desprendidas de un árbol que él mismo había visto derrumbarse.
Los detuvo, los interrogó con violencia medida, los amenazó donde debía amenazar y aplicó fuerza cuando supo que era la única llave capaz de abrir bocas endurecidas por años de lealtad.
Algunos no sobrevivieron; otros, quizá por un destello de humanidad o simplemente porque ya no servían para nada, fueron liberados. Pero todos repetían la misma frase que lo irritaba:
—Nadie sabe hacia dónde se fueron los otros. Ni el Toro.
Ese «nadie» era lo que más lo enfurecía.
Montecinos no creía en los vacíos de información; creía en quienes la ocultaban, y esa diferencia le quemaba la sangre.
Pero esta vez la evidencia era insistente: no quedaban rastros del grupo, ni señales de movimiento.
El Toro había tomado una decisión que ningún jefe criminal de la región se había atrevido a tomar: desaparecer él mismo y desmantelar toda la estructura que lo sostenía.
Renunciar a su nombre y al legado del Alacrán, como si estuviera borrando su propia existencia del mapa.
Una decisión radical, inesperada… y, para Montecinos, absolutamente incomprensible.
Más de una vez, revisando mapas y reportes durante sus noches interminables en la oficina, se sorprendió preguntándose si lo que había hecho el Toro era cobardía, amor por su gente o simple debilidad.
Tres posibilidades que él jamás se permitiría considerar para sí mismo.
Porque Montecinos tenía claro que él nunca habría renunciado a nada: ni al territorio, ni al poder, ni a la versión de sí mismo que tanto se había esforzado por construir.
Un verdadero líder —según su lógica— no se retiraba: moría en su trinchera o conquistaba la ajena.
* * *
La disolución del grupo del Toro había provocado un cambio de poder en silencio. Sin tiroteos, sin cadáveres exhibidos, sin la teatralidad que alimentaba los informes oficiales y la narrativa mediática. Y esa ausencia de ruido era, paradójicamente, lo que más alteraba a Montecinos.
Ahora debía resolver un problema mucho más complejo: ¿cómo convertir esa victoria silenciosa en una historia que lo consagrara como héroe?
No tenía el cadáver del Toro que mostrar, ni un campamento arrasado, ni fotografías para presumir, ni armas decomisadas, ni montañas de municiones para las cámaras. No tenía nada que usar como trofeo ante sus superiores o ante los medios.
¿Cómo construir un relato glorioso sin pruebas de gloria?
La respuesta apareció con la claridad peligrosa que acompaña a los hombres ambiciosos:
Si el Toro le había arrebatado la escena, él mismo tendría que fabricarla.
Comenzó localizando a los grupos, ahora dispersos, del Toro. Hombres cansados, vencidos, desarmados, que ya no representaban amenaza alguna. En circunstancias normales no habría gastado energías en ellos, pero ahora eran útiles: eran piezas para construir la narrativa que necesitaba.
Los atacaba y los presentaba ante los medios como si fueran células activas.
Organizó operativos impecables, grabados y fotografiados, donde las armas incautadas brillaban estratégicamente, como si fuesen el botín de una gran batalla. Eran hombres rendidos, pero él los mostraba como la vanguardia del crimen organizado.
La campaña ya no tenía como objetivo frenar la delincuencia: tenía como objetivo conseguir su medalla.
Y esa medalla no era un simple reconocimiento militar. Era la llave para crecer, ascender, consolidarse.
Era la prueba pública de que él había derrotado al Toro, de que había limpiado la zona, de que había cerrado el ciclo del Alacrán.
Porque, en su cabeza, la gloria solo podía tener un dueño.
Y ese dueño debía ser él.