Capítulo 40 #2
—Estás frente a una oportunidad única. El capitán quiere reordenar la zona.
La muerte de Mosqueda dejó un hueco político enorme.
Yo lo estoy cubriendo. Pero falta uno: el Toro.
Se está volviendo un problema para todos.
Hay demasiado ruido, demasiada atención.
Se está metiendo donde no debe… y tenemos que resolverlo.
—¿«Tenemos»? —repitió el Ratón, divertido—. ¿Ahora tú también decides quién vive y quién muere? Pensé que solo eras una fachada mal pintada.
Macario ignoró el comentario.
—La idea es simple. Sacamos al Toro del juego. Y después, tú tomas su lugar. Se recompone el círculo. La zona queda otra vez bajo control. Cada uno en lo suyo.
Silencio.
Un silencio largo, tenso, que Macario sintió como si alguien le apretara la garganta.
—Mira, Macario —dijo el Ratón al fin—. Tú no tienes palabra. Nunca la tuviste. Si quieres que crea algo, que se aparezca Montecinos. Él en persona o no tenemos nada. De ti no me fío ni para preguntarte la hora.
—Hablaré con él —respondió Macario, sin pelear. Sabía hasta dónde podía llegar.
Colgó. Sus manos temblaban ligeramente. No era miedo, sino una ira profunda que mal sabía dominar.
* * *
Cuando Montecinos recibió el mensaje, maldijo. Era justo lo que no quería: hablar directamente con el Ratón.
El riesgo era enorme. El simple hecho de comunicarse dejaría una huella, y él no podía permitirse un vínculo directo, no en esa etapa. Si algo explotaba, quería que el rastro llevara a Macario, no a él.
Pero el plan necesitaba avanzar. Y toda operación de alto nivel exige asumir riesgos calculados.
Sabía que no tenía alternativa. Si quería mover al Ratón, tenía que ensuciarse un poco.
Decidió usar el teléfono de Macario. Si algo salía mal, el responsable sería el presidente, no él.
—Está bien —dijo al fin—. Dame tu teléfono.
Macario se lo entregó sin entender.
—¿Va a usar mi línea?
—Exacto —respondió el capitán, con frialdad—. Si alguien investiga, será tu número el que aparezca. No el mío.
Macario sintió una punzada de traición, pero no dijo nada.
El poder funciona así: el que manda nunca arriesga su propio cuello.
Montecinos marcó el número que el Ratón había dejado.
Esperó.
La llamada entró.
* * *
El Ratón había esperado varios días la llamada de la Voz. Había visto su teléfono una y otra vez, como si al mirarlo pudiera forzarla a comunicarse.
Nada.
Ese silencio, al principio inquietante, empezó a adoptar otro significado: quizá la Voz ya no necesitaba ese método. Quizá ya había decidido mostrarse como verdaderamente era.
La llamada que recibió no fue de la Voz.
—Supongo que hablo con el Ratón. Soy el capitán Montecinos —dijo apenas la llamada se conectó—. Este mundo cambia todos los días. Y también cambian sus reglas.
El Ratón sonrió al escucharlo.
—No sabía si usted se iba a dignar a llamarme.
—No suelo hacerlo —replicó el capitán—. Pero las circunstancias lo piden.
—Ajá. Y dígame… ¿qué quiere un hombre como usted de alguien como yo?
—No soy hombre que ande con rodeos. La zona necesita un nuevo equilibrio —dijo—. El Toro ya no sirve para mantenerla estable. Está trayendo problemas, ruido innecesario. Estamos buscando a alguien que pueda reemplazarlo. Y, por lo que sé, ese alguien puedes ser tú.
—Eso ya lo he escuchado, capitán —la ironía del Ratón era sutil, casi provocadora.
—Y este —continuó el capitán, sin caer en la trampa— es el mejor momento para cambiar. El Toro ya no sirve para mantener la región. La gente lo sabe. Yo lo sé. Tú lo sabes. Necesitamos a alguien con visión. Con fuerza. Y tú tienes ambas.
El Ratón dejó que el silencio se alargara. No quería mostrarse ansioso.
—En la zona —siguió Montecinos— el equilibrio se perdió. Si tú haces lo tuyo, Macario y yo haremos lo nuestro. Esto puede funcionar de aquí hasta que nos toque pagar la cuenta. En este juego nadie se baja por voluntad propia.
El Ratón sintió un escalofrío.
No eran las mismas palabras que la Voz había usado, pero la lógica era idéntica: juego, muerte, pago.
—¿Y esa muerte no será enviada por ustedes? —preguntó el Ratón, tanteando.
—A menos que haya traición… no —respondió Montecinos con tranquilidad absoluta—. Yo no disparo contra quien camina conmigo. Pero al que se cruza, lo borro.
El Ratón rio.
—¿Y qué le vas a decir al Toro? Porque de él no vino la traición. Tú eres el que está cambiando reglas, principios y alianzas. Él solo está jugando el papel que tú le diste.
—Tal vez —admitió Montecinos—. Pero seamos justos: el Toro nunca pudo llenar los zapatos del Alacrán.
Se metió con quien no debía. Atrajo atención de más.
Hizo ruido donde debe haber silencio. No sabe ser sombra.
Y tú… tú sí sabes. Tú apareces cuando hay que aparecer.
Y desapareces cuando el ruido se vuelve inútil.
El Ratón escuchó halagado. Ese tipo de descripciones no eran gratuitas.
—¿Y qué garantías tendría? —preguntó—. ¿Qué pasa si, una vez que haga el trabajo sucio, me mandas al carajo junto con el Toro?
—¿Garantías? —repitió el capitán—. Te estoy ofreciendo eliminar al Toro y dejarte al frente de la región.
Que las fuerzas armadas cierren los ojos donde tú abras la mano.
Si eso no te parece suficiente, entonces no eres el hombre que necesito.
Busco a alguien que entienda que el poder nunca viene con recibo.
El silencio del Ratón fue más largo esta vez.
Pensaba.
Evaluaba la fuerza que tenían sus propias ambiciones y el peso de la oportunidad.
—Puedo pensarlo —respondió.
—Mientras no sea mucho —dijo el capitán—. Hay que mover las piezas pronto. Las fichas ya empezaron a moverse; si nos quedamos quietos, otros las van a mover por nosotros. Y tú sabes mejor que nadie lo que pasa cuando dejas que otros jueguen tu partida.
El Ratón se quedó con esa frase en la cabeza.
No era idéntica a lo que la Voz le había dicho en el pasado, pero sonaba peligrosamente parecido.
—Estaremos en contacto —dijo el Ratón.
Colgó.
En su cabeza algo hizo clic. La voz de Montecinos no era la misma que la de la Voz. No era el tono.
Era algo más profundo: la estructura de las frases, las insinuaciones, esa mezcla de promesa y amenaza envuelta en tranquilidad.
La Voz solía hablar así: nunca con órdenes directas, siempre con condiciones. Nunca con promesas claras, siempre con costos implícitos.
Y ahora Montecinos hablaba igual.
Esa noche no durmió. Y no por miedo, sino por la certeza que empezaba a tomar forma.
La Voz no llamaba. Montecinos sí.
Las piezas coincidían. La manera de ofrecer poder sin mostrar la mano.
El Ratón creyó haber descubierto por fin al hombre detrás del aparato distorsionador: el capitán.
* * *
Al día siguiente llamó al número de Macario.
—Dile al capitán que acepto —dijo—. Que necesitamos hablar del cuándo y del cómo.
Macario tragó saliva y no discutió.
Dos días después llegó la llamada.
—Veo que te decidiste rápido, Ratón. Eso me gusta —dijo Montecinos—. Confirma que eres el indicado.
—Solo falta que tú seas quien creo que eres —dijo el Ratón, lanzando una indirecta que el capitán ignoró o fingió ignorar.
El Ratón sonrió para sí mismo.
«No quiere revelarse», pensó. «Perfecto. Jugaré a su juego».
—Bueno —añadió—, menos palabras. ¿Qué propones concretamente?
—Ya te lo dije: sacar al Toro del mapa. Y para eso necesito que hagas tu parte.
—¿Y cuál es esa parte?
—Asustarlo —respondió el capitán—. Obligarlo a moverse. Un hombre asustado corre. Y cuando lo haga, yo estaré listo. Tú y yo sabemos que nadie se queda quieto cuando huele la muerte cerca.
—Solo un susto no bastará —advirtió el Ratón.
—Entonces no seas tacaño con el miedo —respondió Montecinos—. Haz el ruido que necesites. Que crea que vienes por todo desde el norte. Quiero verlo salir de su agujero creyendo que te está esquivando a ti, no a mí.
—¿Y el ruido? —preguntó el Ratón—. Ese ruido siempre trae problemas.
—De eso me encargo yo. No verás un solo soldado en tu camino. Tendrás paso libre hasta Santa Rosa de la Paz. Ni retenes, ni revisiones, ni casualidades. Si algo se mueve enfrente de ti, será porque tú lo pusiste ahí.
El Ratón respiró hondo.
—¿Y cómo sé que no es una trampa?
—Porque si quisiera atraparte, ya estarías muerto —dijo el capitán con una sinceridad helada—. Esto solo funciona si tú ganas primero. El plan es mío, pero el botón lo aprietas tú. Yo me juego mi carrera. Tú te juegas tu nombre. Si uno de los dos cae, el otro también. Así de simple.
De nuevo, no eran las palabras exactas que recordaba, pero la lógica era la misma que había escuchado de la Voz: o suben juntos o se hunden juntos.
—¿Cuándo quieres que pase?
—Pronto —respondió Montecinos—. Muy pronto. Movamos las piezas ya. En este caso, la paciencia y las sombras no son nuestras aliadas. Si esperamos, alguien más va a moverlas por nosotros.
El Ratón sintió el golpe final.
La Voz había hablado muchas veces de eso: de no dejar que otros jugaran por él, de no esperar tanto como para perder el control.
—Muy bien —dijo el Ratón—. Te avisaré cuando mis hombres estén listos.
—Hazlo rápido —cerró el capitán—. Las oportunidades no se repiten. Y los hombres que dudan demasiado siempre terminan siendo el objetivo, no los que jalan el gatillo.
Colgaron.
El Ratón se quedó mirando el teléfono, con la respiración acelerada. No tenía ninguna duda. Era él. Tenía que ser él.
Si Montecinos era la Voz, todo tenía sentido: la muerte de Mosqueda; el ataque «oportuno» contra Macario; el cerco contra el Toro; ese plan perfecto que solo beneficiaba a dos personas: él mismo… y el capitán.
—¿Cómo no lo pensé antes? —murmuró.
Si estaba en lo correcto, entonces estaba frente al mejor aliado posible.
Y, por primera vez, un paso al frente… no detrás.
Y si se equivocaba, tampoco importaba. El plan funcionaba igual.
De una forma u otra… él saldría ganando.