Capítulo 40
Altavista, Estado Central
El capitán Montecinos llevaba días sin dormir bien. No por culpa de la conciencia —esa la había dejado de escuchar hacía años—, sino por la necesidad de ajustar cada pieza de su plan antes de mover la primera.
Había aprendido que un buen plan no solo derrota enemigos: también convence a los aliados de que moverse es la única opción. Y hoy le tocaba eso: mover a Macario.
Lo llamó temprano. Tan temprano que el presidente municipal creyó que algo había vuelto a estallar.
—Macario, tenemos que hablar —dijo el capitán, sin rodeos—. Es urgente.
El político sintió un calor incómodo subirle por el cuello.
—¿Ahora qué pasó?
—Lo estuve evaluando con cuidado —dijo, con esa calma practicada que usaba cuando quería marcar territorio—. Y ya no hay duda: la situación está fuera de control. Desde la muerte de Mosqueda todo se ha descompuesto. Y ahora, con el Toro descontrolado, las cosas empeoran. Tenemos que reajustar todo.
Macario resopló.
—¿Descontrolado? ¡Capitán, yo te lo dije! Ese cabrón fue el que me mandó los disparos. Nunca le creí esa fachada de «perro obediente». Ese animal fue el que mandó a matarme. Lo reconocí en la forma. En la cobardía.
Montecinos lo dejó hablar. No porque le creyera, sino porque necesitaba usar sus palabras como parte del discurso que construiría después.
—Lo escuché, Macario —respondió, sin confirmar nada—.
Y créeme que tu versión pesa. A ese atentado súmale el secuestro de la periodista, las presiones desde la capital y la desconfianza que empieza a crecer en las fuerzas armadas.
La zona ya no es manejable. No con el Toro en ese estado.
Por eso te llamo. Este desorden no lo arregla ni él ni nadie de su nivel.
Hubo un breve silencio.
—¿Y qué propones? ¿Cerrar los ojos y esperar que algo explote?
El capitán negó lentamente.
—No. Propongo rearmarnos. Volver a armar el círculo de control… pero esta vez, con otro jugador en la mesa.
Macario frunció el ceño, confundido, casi ofendido.
—¿Con quién?
La respuesta llegó como una bala suave pero certera.
—El Ratón.
Macario sintió que la sangre le subía al rostro.
—¿¡Qué!? —dijo, casi escupiendo la palabra—.
¿El Ratón? Ese desgraciado es un psicópata sin moral.
¡No obedece a nadie! Es peor que el Toro.
No se puede confiar en él. A mí me consta, capitán.
¿Cuántas veces he escuchado historias de cómo deja tirados a los suyos cuando algo sale mal? ¿Cuántas veces hemos hablado de él?
El capitán se encogió de hombros, como quien explica algo elemental.
—Porque en esta vida, Macario, no se elige un socio por simpatía ni por historias del pasado.
Se elige por utilidad, por estrategia. El Ratón es fuerte, disciplinado cuando le conviene, imprevisible para algunos…
pero no para nosotros. Tiene hambre, y la gente con hambre siempre es útil.
Quiere un lugar. Y nosotros podemos ofrecérselo… si juega para nuestro lado.
Macario negó con la cabeza, incrédulo.
—Capitán, de verdad… ese tipo no tiene moral. ¡Nada! Es despiadado, inestable, y…
—Y precisamente por eso sirve —lo interrumpió Montecinos—.
Porque su fortaleza puede ser un arma para nosotros.
Las nuestras están débiles. Tenemos un Toro que se cree más importante de lo que es.
Un presidente municipal que casi se muere.
Y unas fuerzas armadas que no pueden intervenir sin un buen pretexto.
Necesitamos a alguien que no tenga historia, que no tenga huellas…
alguien que pueda moverse sin depender de nosotros. Además, el Toro ya no es una opción.
Macario apretó los dientes.
—¿Y la confianza? ¿Y la lealtad? Se supone que eso era lo que mantenía este maldito equilibrio, ¿no?
Montecinos sonrió apenas, sin alegría.
—La confianza —dijo, tomándose un segundo para elegir las palabras— es como un vaso que se usa todos los días.
Tarde o temprano se vacía. Y cuando se vacía…
no sirve quedarte mirando al fondo. Hay que llenarlo con algo nuevo.
Lo que teníamos con el Toro ya se vació.
Con el Ratón podemos llenar ese vaso de algo distinto, mientras nos sirva.
Macario lo miró, herido en algo más que en el orgullo.
—¿Y la lealtad?
—La lealtad —continuó el capitán— es como esos contratos que nadie lee, pero todos firman. Tienen letra pequeña y fecha de caducidad. La del Toro ya venció. La del Ratón apenas la vamos a escribir. Y la vamos a redactar nosotros.
Macario no quedó satisfecho. Pero sabía que discutir con el capitán era como discutir con la pared.
—No —dijo, aferrándose al último resquicio de resistencia—. No voy a aceptar eso. Ese cabrón es peligroso. A mí me consta, Montecinos. ¡No se puede negociar con él! Con el Toro al menos sabemos de dónde viene, quién lo hizo, qué lo mueve. Con el Ratón no sabemos nada.
—Sabemos lo suficiente —respondió el capitán—.
Sabemos que se quiere subir a algo más grande.
Sabemos que no está atado a los fantasmas del pasado.
Sabemos que no tiene historia aquí, y eso nos sirve.
El Toro arrastra demasiadas huellas. El Ratón no.
Con uno estamos amarrados al pasado. Con el otro podemos fingir que empezamos de cero.
Macario quiso replicar, pero la lógica se le clavaba como una astilla.
—¿Y qué sigue, entonces? —preguntó, derrotado—. ¿Después de que ustedes eliminen al Toro?
Montecinos soltó una risa suave, casi paternal. Se inclinó hacia adelante.
—No, Macario. No entiendes. Las cosas no funcionan así de simple.
Por eso estoy yo. Antes de eliminar al Toro necesitamos al Ratón.
Él es quien puede ayudarnos a cercarlo y sacarlo de su escondite.
Él es la pieza que nos falta. Las fuerzas armadas no pueden entrar, así como así. Necesitamos ruido del lado correcto.
—¿Y quién diablos va a hablar con él? —preguntó Macario, sabiendo la respuesta, pero sin querer escucharla.
—Mi querido Macario —dijo Montecinos—, es hora de que desquites el sueldo. Ese es precisamente tu trabajo: ser el intermediario.
Macario apretó los ojos con frustración. Entendió el mensaje. Poner la cara cuando otros no pueden o no quieren hacerlo.
Y aceptó.
No porque quisiera.
Sino porque sabía que, en ese mundo, «no» nunca era una respuesta que valiera.
El presidente tragó saliva.
Se hizo un silencio. Montecinos esperaba que dijera que no, que renunciaba, que eso no era parte del trato. Pero, para su sorpresa, Macario respondió:
—¿Y si se entera el Toro? —preguntó, en un débil intento de resistencia—. ¿Y si piensa que lo estamos traicionando?
—Macario —respondió el capitán, cansado—, el Toro ya cree que todos lo traicionan. Eso ya no lo vas a cambiar tú, ni nadie. Lo único que puedes decidir es de qué lado quieres estar cuando empiece la balacera grande.
—Está bien —dijo, a regañadientes—. Lo intentaré.
—No, no lo vas a intentar —corrigió Montecinos—. Lo vas a hacer. Lo necesitas tanto como yo. Si el Toro cae y el Ratón queda al frente, tú sigues siendo útil. Si no hacemos nada, terminaremos siendo un recuerdo más.
Macario bajó la mirada. Esa frase, aunque cruel, era verdad.
* * *
Montecinos y Macario sabían que llegar al Ratón no era una tarea sencilla. Ni rápida. Ni segura. No era alguien a quien se le pudiera llamar por teléfono y esperar respuesta.
Para hablar con él, había que pasar por al menos dos manos y mensajes indirectos, siempre con personas que aseguraran no estar involucradas.
Macario lo hizo a regañadientes. Tardó casi dos días en encontrar la punta del hilo.
Lo hizo con miedo, cuidando cada llamada, cada mensaje y cada intermediario que usaba.
Sabía que, en su mundo, buscar a un jefe criminal sin permiso podía interpretarse como una amenaza o, peor aún, como una traición. Pero no tenía opción.
La red de contactos del Ratón era como una madeja en la oscuridad: sombras, rumores y la sensación permanente de estar metiendo la mano donde no debía.
Al final, alguien le pasó un número temporal. No era del Ratón, pero sí de alguien cercano.
Macario llamó. No contestaron. Volvió a llamar. Nada. Envió un mensaje cifrado. Cambió de teléfono. Volvió a marcar.
Esperó.
Al segundo día, alguien respondió. Pero quien habló no fue el Ratón.
—Habla la gente del patrón —dijo una voz seca—. Él escuchó que lo buscas. No confía. No le gusta que lo anden nombrando.
—Dile que es importante —respondió Macario, tratando de sonar firme—. Que viene de parte del capitán Montecinos. Y que lo que traigo es una oportunidad, no un problema.
Silencio.
—¿Y por qué habría de importarle lo que diga un militar? —preguntó la voz, con una punzada de burla.
Macario respiró hondo.
—Porque lo que tengo para él no es cuento, sino poder. Y aliados donde menos se lo espera.
La línea quedó muda unos segundos. Luego cortó.
Esa misma noche, a las dos de la madrugada, el teléfono volvió a sonar.
Ahora sí era el Ratón.
—Vaya, Macario —dijo el Ratón, arrastrando el nombre como si lo saboreara—. Pensé que te habías muerto, quizá de un susto. Dicen que casi te quedas por ahí, hecho coladera.
El presidente municipal apretó la mandíbula.
—Así que te dio gusto mandar tus perros a matarme, ¿no?
El Ratón rio. Una risa corta, burlona.
—¿De veras crees que fui yo? Parece que sigues siendo el mismo miedoso de siempre. ¿Cómo sigues? ¿Ya dejaste de temblar? A veces el miedo mata más rápido que cualquier bala.
—No estoy llamando para discutir eso —rebatió Macario—. Traigo un mensaje para ti. Una propuesta del capitán Montecinos.
El Ratón dejó de reír. El nombre del capitán siempre ponía la mesa más seria.
—Te escucho.
Macario eligió sus palabras como quien camina sobre cascaras de huevos.