Capítulo 41
Ciudad Fortaleza, Capital del Estado Central
El fiscal Ernesto Palacios llevaba esa mañana más de dos horas revisando la última carpeta que habían armado los inspectores Ricardo Gómez y Fermín Aguilar.
La ruta del dinero, que durante semanas había sido un rompecabezas incompleto, finalmente mostraba una figura clara. Depósitos triangulados, empresas fachada, direcciones compartidas, contratos inflados, facturas repetidas… todo conducía, de manera inevitable, al mismo nombre: René Castañeda.
Empresario respetado. Propietario y director de la televisora más influyente del estado.
Amigo de muchos políticos. Un hombre acostumbrado a moverse entre cámaras, aplausos y conveniencias.
Y ahora, pieza importante en la red del contador Felipe Torres.
Cuando cerró los últimos documentos, tomó aire. Comprendía perfectamente el peso de esa conexión: si el contador era la llave, Castañeda era una de las puertas grandes. Y tumbar esa puerta representaba ruido político. Pero era necesario.
Cerró los ojos un instante. A su edad ya pocas cosas lo sorprendían, pero cada hallazgo seguía pesando. Todos los hilos terminaban llevándolo a los mismos lugares: Ciudad Fortaleza, Altavista… y a los mismos nombres que la prensa alababa y que la corrupción protegía.
Era hora de actuar.
Antes de mover cualquier ficha, decidió llamar a Julián Millán. No era protocolo, era lo correcto. Ese muchacho había demostrado más entereza que muchos hombres con rangos y medallas.
Marcó. Esperó. Julián contestó agotado, como si hubiera envejecido en pocas semanas.
—Licenciado Millán —inició Palacios—, tengo información nueva y quería que la escuchara directamente de mí.
Hubo un silencio expectante.
—Identificamos a otro de los involucrados con el contador Torres —continuó—. Un empresario de Altavista… René Castañeda. Probablemente ya lo ubicas.
Julián inhaló lentamente. El nombre no lo sorprendía, pero sí le provocó algo parecido a indignación.
—El dueño de la televisora —dijo.
—El mismo —confirmó Palacios—. Ya iniciamos protocolos internos. Quiero que sepa que la investigación avanza, aunque a veces no vaya a la velocidad que quisiéramos. Pero avanza. Y, cuando avanza, llega.
Julián cerró los ojos. Le hubiera gustado sentir alivio; no lo sintió, pero agradeció la intención.
—Gracias, fiscal. De verdad. Aunque… Ximena decidió renunciar. Lo de aquella noche la marcó más de lo que admitió. No quiere volver ahí nunca.
—Lo entiendo —respondió el fiscal con una calidez poco habitual en él—. A veces retirarse también es una forma de pelear. Y vamos a llegar al fondo de esto, se lo aseguro.
Hubo un pequeño respiro en Julián, pero después llegó la pregunta inevitable.
—¿Y Raquel? ¿Han sabido algo?
El fiscal bajó la mirada. No había una sola hoja con su nombre. Ni una pista.
—No —respondió con honestidad—. La policía no tiene rastro. Pero quiero que escuches algo: en estos casos, si estuviera muerta… ya lo sabríamos. La muerte siempre hace ruido, Julián. Y ese ruido corre rápido. El silencio, en cambio, suele significar que sigue viva.
Julián quiso creer, pero la esperanza dolía más que el miedo.
—Gracias por avisarme —dijo al fin—. Entonces… ¿usted cree que puede estar viva?
—Mi instinto me lo dice —respondió Palacios—. Y aprendí hace años a escucharlo. No voy a parar hasta encontrarla. Te lo prometo.
No era una promesa vacía. Era una promesa cansada, pero honesta.
—Gracias —murmuró Julián.
Se despidieron con la promesa de mantenerse en contacto, aunque ambos sabían que la impotencia seguía sentada entre ellos como un tercer interlocutor.
* * *
En otra oficina de la ciudad, otro hombre estaba igual de intranquilo.
El capitán Montecinos recibió la llamada.
El nombre apareció en la pantalla de su celular: René Castañeda.
Contestó con un suspiro.
—¿Qué pasó, René?
El tono desesperado del empresario no necesitó preámbulos.
—¡Capitán, esto es urgente! Mis contactos en la capital dicen que la policía federal pidió información sobre mí. ¡Sobre mí! Dicen que me están buscando.
Montecinos enderezó la espalda con frialdad instintiva.
—Cálmate, René —respondió—. Las investigaciones siempre generan ruido. Nada más. Debe de ser un error.
—¿Error? —la voz de René casi temblaba—. El contador que manejaba mis cuentas era Felipe Torres. ¡El mismo que hundió a Mosqueda! Si fueron por él, pueden venir por mí. ¡No voy a terminar como ese viejo!
El capitán respiró lentamente.
Ese hombre nunca había tenido temple. Era útil… pero débil.
Y los débiles, cuando entran en pánico, hacen estupideces.
—René, escucha —dijo, bajando el tono—. Lo de Mosqueda fue una mezcla de mala suerte y debilidad emocional. Tú no eres él. Tienes contactos, estabilidad, negocios diversificados. No entres en pánico sin razón.
—¡Me están siguiendo! —insistió Castañeda—. Lo sé. Lo siento. Esta vez es distinto. Esto viene de más arriba.
Montecinos cerró los ojos un instante. No estaba del todo equivocado.
El cerco se estaba cerrando: sobre empresarios… y sobre él mismo.
Pero René no podía descubrir esa verdad.
—No te precipites —dijo—. Mientras no hagas un movimiento desesperado, nadie va a tocarte. Si hubiera un caso concreto en tu contra, yo sería el primero en saberlo.
La frase pretendía calmar. Logró lo contrario.
—¿Y lo sabes? —preguntó René—. ¿Estás seguro?
—Estoy seguro —mintió el capitán—. Aguanta. No hagas ruido. No llames a nadie. No preguntes de más. Mantente quieto.
La respiración del empresario se estabilizó, pero no la paranoia.
—Está bien —murmuró—. Haré lo que dices. Solo… no me dejes solo en esto.
—No lo haré —respondió Montecinos—. Pero mantente frío.
Colgaron.
El silencio en la oficina podía tocarse.
René estaba aterrado por la posibilidad de ser descubierto.
Montecinos lo estaba por otra razón: sospechaba que la justicia también se acercaba a él.
Había hilos que nunca pensó que lo alcanzarían. Pero el contador había sido un error costoso. Un error que ahora reclamaba cuentas. Si no hacía algo rápido, alguien iba a unir los puntos. Y nadie debía tener tiempo de hacerlo.
Se levantó, caminó hacia el mapa extendido sobre la mesa y trazó mentalmente la ruta hacia su propia salvación. La única forma de protegerse era restaurar su imagen. Volver a ser imprescindible. Recuperar prestigio, incluso si para eso debía mancharse más.
Y ese movimiento tenía nombre: el Toro.
Si lograba eliminarlo pronto, podría presentar resultados antes de que las sospechas crecieran. Podría lavarse la cara frente a la capital. Podría borrar cualquier vínculo con la cadena que conectaba al contador con el crimen organizado.
El Toro no era solo un obstáculo. Era un sacrificio estratégico.
—Tiene que ser ya —murmuró—. Antes de que alguien me encuentre en la sombra.
El Toro tenía que caer. Y pronto.
Con ese pensamiento, tomó el teléfono. No estaba dispuesto a esperar más.