Capítulo 38
Altavista, Estado Central
El capitán Montecinos no era hombre de impulsos, pero esa mañana decidió actuar con una rapidez que incluso a él le sorprendió.
El ataque contra Macario le había caído del cielo. No le importaba quién había disparado realmente; lo importante era que el atentado abría la puerta que llevaba semanas esperando.
Era el momento de mover la pieza central de su círculo de poder: eliminar al Toro.
La llamada con él la noche anterior había sido más que suficiente.
El Toro dudaba, cuestionaba, exigía. Y, en el mundo de Montecinos, un hombre que empezaba a exigir era un hombre que dejaba de servir.
Se subió a su camioneta, encendió el motor y condujo rumbo a Ciudad Fortaleza.
Esa jugada no podía delegarla; necesitaba la venia del general Montes, su superior directo, para legitimar lo que, en su mente, ya era un hecho consumado.
Mientras manejaba, repasó su discurso mentalmente. Las piezas ya estaban donde las quería:
El atentado a Macario… perfecto.
La periodista desaparecida… oportuno.
El Ratón sembrando ruido en San Isidro del Valle… útil.
El Toro cuestionándolo… imperdonable.
Montecinos sabía que, en la milicia, en la política o en el crimen, el secreto del poder era simple: el que controla la narrativa controla todo, incluso el permiso para matar.
Cuando llegó al cuartel de Ciudad Fortaleza, pidió hablar con él. No hizo antesala; su rango se lo permitía, y su tono, aún más.
El general Montes lo recibió con gesto de sorpresa, cansancio acumulado y un escritorio lleno de reportes que parecían multiplicarse solos.
—Capitán —dijo sin levantar del todo la vista—. ¿Qué urgencia traes ahora?
Montecinos se cuadró con firmeza.
—General, me temo que no traigo buenas noticias. La situación en la zona se está complicando. Esta vez tengo que admitir que me equivoqué. El Toro, a quien creí que estaba bajo control, se volvió loco.
Montes levantó la mirada con desconfianza inmediata.
—¿Loco? Hasta ayer me decías que era un informante de baja monta. Un perro útil, pero perro al fin. ¿Qué cambió tan de repente?
—El secuestro de la periodista, general —respondió Montecinos—. Tengo confirmado que él lo ordenó. Y lo de ayer… el ataque contra el presidente municipal de San Isidro del Valle. Ese atentado también salió de él. Todo apunta a lo mismo: ambición. El Toro quiere la zona para él solo.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque lo veníamos monitoreando desde la muerte del Alacrán —dijo el capitán, seguro—. Y ahora está copiando su estilo, imitando su forma de operar. Se está probando. Está midiendo reacciones.
Montes lo observó, sin terminar de creerle.
—Capitán… siempre dijiste que ese hombre estaba del lado correcto cuando se le pedía. ¿Qué te hace creer que justo ahora, cuando más ruido hay, simplemente perdió la cabeza?
—Precisamente eso, general. Cuando un perro cree que puede morder más de lo que debe, se vuelve peligroso. Y ese ataque a Macario no fue casualidad.
—Ese ataque fue ruidoso, chapucero. Un operativo desesperado —gruñó Montes—. Eso no suena al Toro.
—O suena a un capo que se siente intocable —corrigió Montecinos—. La zona lleva meses reventando desde la muerte del Alacrán y, si no actuamos ya, el control se nos va de las manos. Ese Toro puede crecer, y usted sabe cómo presiona la capital. Ya están cansados de escuchar: «Estamos evaluando».
Montes se recargó en el asiento, frotándose la barbilla.
—Todo esto suena muy conveniente, capitán. Muy rápido. Y tú mismo habías dicho que el Toro no era una amenaza real. ¿Por qué cambiaste de opinión tan de golpe?
Montecinos dio un paso adelante, con la seguridad de quien ya tenía la respuesta preparada.
—Porque ayer casi matan a un presidente municipal.
Y porque, si dejamos que el Toro siga creyéndose dueño del terreno, en una semana tendremos tres muertos más; en dos meses, una guerra local; y, en seis, una intervención federal.
Usted sabe que no exagero. La zona está en un punto crítico.
Y, si se rompe… se rompe bajo nuestro mando.
El general entrecerró los ojos. Esa última frase había entrado donde debía.
—Continúa —ordenó, serio.
—Si actuamos ahora, podemos hacer algo quirúrgico —continuó el capitán—.
Silencioso. Sin ruido político ni grandes efectos colaterales.
Eliminamos al Toro, desintegramos su grupo, controlamos la narrativa, frenamos el caos.
La gente lo verá como un golpe de suerte.
La prensa, como un trabajo impecable de las Fuerzas Armadas.
Y nosotros recuperaremos el control. Pero, si esperamos…
él seguirá creciendo. Aumentará su gente, sus contactos.
Y después será imposible detenerlo sin un escándalo nacional.
Montes lo escuchó en silencio unos segundos.
—¿Qué propones exactamente?
—Ir por él, general. No mañana, pero pronto. Hoy puedo empezar la planificación. Antes de que mueva otra pieza. Antes de que el ruido del atentado se enfríe. Hoy es el momento.
Si lo hacemos bien, lo sacamos del mapa sin un solo civil muerto. Y sin que nadie pregunte demasiado. Tenemos el pretexto perfecto.
Montes suspiró.
—Capitán… si esto sale mal, es el fin de tu carrera. No habrá manera de cubrirte.
—Lo sé, general —respondió, firme—. Y, aun así, lo pido.
Montes lo observó con una mezcla de duda y respeto.
—Hablas como un hombre que no piensa retroceder.
—Porque no puedo —dijo Montecinos—. Si no hago esto ahora, el Toro me arrastrará con él. Y yo no pienso caer por culpa de otro.
El general inhaló hondo.
—Bien… tienes autorización para preparar el operativo. Pero escucha bien: la responsabilidad es tuya. Solo tuya. Si falla, no esperes que te cubra.
Montecinos asintió.
No era una advertencia.
Era una liberación.
—Quiero el plan completo antes de mover un dedo —añadió Montes—. Sin errores. Sin improvisaciones.
—Lo tendrá, mi general.
Cuando Montecinos salió del despacho, no sintió miedo.
Sintió algo más peligroso: alivio.
Tenía carta abierta para mover el tablero completo.
* * *
Al salir del cuartel, el sol ya estaba arriba. Caminó hacia su camioneta con la mente encendida. El plan llevaba semanas dentro de él; lo único que faltaba era el permiso.
Y ahora lo tenía.
Tomó la carretera de regreso a Altavista. Su mente trabajaba como una máquina aceitada: cada pieza, cada hombre, cada sombra ocupaban su lugar exacto.
Primero, reconocer el entorno. Luego, crear la narrativa. Finalmente, dar el golpe.
La muerte del Alacrán había creado un vacío.
La aparición del Ratón había abierto un frente riesgoso.
Y la imprudencia del Toro… esa era imperdonable pero oportuna.
Las amenazas no siempre venían de los enemigos, sino de los aliados que empezaban a cuestionar.
Y el Toro había empezado a cuestionar.
* * *
De vuelta en Altavista, entró a su despacho sin saludar a nadie. Cerró la puerta y se quedó frente al mapa colgado en la pared: líneas, rutas, zonas de control.
Lo conocía como si lo hubiera dibujado él mismo.
Se dejó caer en la silla.
—Va a salir bien —murmuró.
El clima era perfecto para justificar una intervención. Una cirugía precisa.
Y el Toro era un tumor que debía extirparse antes de que creciera.
La idea de capturarlo vivo ni siquiera cruzaba por su mente.
Eso era lo que le había dicho al general.
La versión limpia, política.
Pero Montecinos sabía que a los hombres como el Toro no se les captura. Se les silencia.
Se recargó en la silla y cerró los ojos.
Para que nazca algo nuevo, algo tiene que morir. Era casi un principio filosófico.
En su mente, las jugadas futuras se acomodaban con naturalidad:
Sacar al Toro del mapa y atraer al Ratón.
Acabar con los enfrentamientos inútiles y recuperar el control de la zona.
Asegurar el favor político y garantizar un ascenso.
Y, después, instalar una estructura sin capos viejos.
Una zona donde la única autoridad real fuera él.
* * *
Esa tarde empezó a bosquejar el operativo. Nada podía improvisarse.
La desaparición de la periodista también formaba parte del plan. Ella debía estar muerta antes de que llegaran a ella.
El relato público sería perfecto: «El Toro secuestró y eliminó a la periodista; luego fue abatido en un operativo militar… o por grupos enemigos».
El general firmaría sin cuestionar. La capital agradecería. El pueblo aplaudiría.
Subrayó la frase que había escrito minutos antes: «Sin ruido. Sin testigos. Sin lealtades».
Le gustó.
Era un recordatorio de quién era. Y de quién estaba dispuesto a ser.
Mientras encendía un cigarro, murmuró:
—Si sale bien… este será mi futuro.
Y, si sale mal… —miró el mapa como si fuera un espejo— entonces no habrá futuro para nadie.
La decisión ya estaba tomada: el Toro iba a caer. Y él, Montecinos, iba a escribir cómo.