Capítulo 39
Santa Rosa de la Paz, Estado Central
La desconfianza del Toro iba en aumento.
No era una sospecha vaga ni un presentimiento místico.
Era algo más concreto, casi físico: un peso en el estómago cada vez que escuchaba la voz del capitán.
Sus silencios, las órdenes cruzadas, el tono forzado con el que le hablaba, la prisa por cerrar ciertos temas, la forma en que evitaba hablar del Ratón con detalles concretos… todo olía a peligro.
Montecinos había cambiado.
Ese tipo de señales, en su mundo, decían más que las amenazas directas o el sonido de los disparos.
No supo en qué momento exacto lo decidió, pero sí recordaba la sensación: un golpe seco en el estómago, como si una parte de él —una parte enterrada por años— hubiera despertado.
«Me quiere usar de escudo —pensó—. Y, cuando le estorbe, me va a quitar del mapa».
La idea no lo ofendía. Lo irritaba. Era la jugada clásica.
Mientras repasaba mentalmente su última conversación con el capitán, pensó en algo que había intentado evitar durante días: tomar una decisión que no surgiera del miedo ni de la costumbre, sino de algo más.
No sabía cómo llamarlo.
No era amor ni compasión.
Tal vez respeto. Una memoria de lo que alguna vez quiso ser antes de convertirse en lo que ahora era.
Decidió que dejaría ir a la periodista.
No porque fuera inocente o mejor que los demás. Sino porque, de todas las piezas del tablero, era la única que parecía no jugar para nadie salvo para su propia conciencia. Y eso, en su mundo, era un lujo que pocos podían darse.
Además, si todos querían que ella desapareciera, liberarla también era una forma de decir: «Yo decido quién vive y quién no».
Algo más lo movía. Algo que él mismo era incapaz de nombrar sin sentirse ridículo.
Había en ella un tipo de claridad que lo irritaba… y que, al mismo tiempo, lo obligaba a mirarse en un espejo que llevaba mucho tiempo evitando.
Además, la culpa comenzaba a rozarlo, no por el secuestro, sino por la idea de matarla sin haberle dado siquiera una explicación. La voz de la conciencia no existía en su mundo. Pero el peso de una decisión mal tomada, sí.
Y había otro detalle, uno que no terminaba de admitir ni siquiera en su propia cabeza: el abogado.
Ese tal Millán lo desconcertaba.
Al principio lo había juzgado como un cobarde, alguien que se había echado para atrás para salvar su propia piel. Pero, conforme pasaron los días, la historia dio un giro en su cabeza. Había cambiado su declaración, había cedido… para salvarla a ella.
No lo conocía. No sabía si era un tipo valiente o un estúpido. Pero esa decisión le dejó una espina.
«Alguien se echó para atrás… para que ella viviera», se repetía.
Un gesto que él nunca había visto en su mundo sin que hubiera dinero o poder de por medio. Y, por alguna razón absurda, eso le generaba una especie de respeto que no sabía dónde colocar.
«Yo no soy ese tipo de hombre», se dijo.
Pero eso no significaba que no pudiera hacer algo distinto por una vez.
El Toro no era un hombre que cediera con facilidad. Sin embargo, el mundo a su alrededor empezaba a crujir: Raquel encerrada, la presión del capitán, la sospecha sobre Macario, el Ratón moviéndose con astucia, la sombra del Alacrán rondando en cada rumor…
Algo tenía que equilibrar la balanza. Algo tenía que elegir él mismo, sin filtros.
Y ese «algo» era ella.
Decidió verla antes de ejecutar cualquier movimiento. No tenía elección: debía avisarle, aunque fuera absurdo, aunque ella jamás lo comprendiera.
Quería que supiera que, en su mundo, incluso los hombres como él aún podían tomar una decisión que no naciera de la violencia.
Y en esa claridad había encontrado algo parecido a una guía. O, quizá, un norte en el que poder confiar.
* * *
Raquel llevaba tanto tiempo encerrada que los días se confundían. Dos semanas, quizás más. A veces le parecía que había pasado un mes. En otras, apenas unas horas.
La celda —aunque amplia— era un pozo sin ventanas ni relojes. Allí adentro, el tiempo no avanzaba: se pudría.
La desesperación le clavaba los dientes al pecho.
No lloraba; esa etapa había pasado hacía días.
Lo que quedaba era un cansancio que le hacía temblar los dedos y un silencio tan denso que a veces creía escucharlo respirar.
Una especie de calma rota, donde ya no sabía si quería salir o solo quería que todo terminara de una vez.
«El mundo sigue allá afuera… y yo aquí, en un cuarto que nadie conoce», pensaba.
«Ni siquiera sé si lo que hice sirvió para algo».
El Toro no había vuelto. Ni una palabra. Ni un aviso. Ni una amenaza.
Nada.
La incertidumbre era peor que el miedo.
Cuando escuchó la voz de la Lagartija afuera —esa voz susurrada, casi con devoción—, algo dentro de ella dio un salto involuntario.
—Patrón… aquí está.
Raquel sintió que el corazón le golpeó las costillas. Contuvo la respiración. No sabía qué desear.
Si la muerte, para acabar con ese martirio…
Si la promesa de libertad…
O simplemente la oportunidad de volver a hablar con alguien, aunque fuera con él.
El chirrido de la puerta le pareció el sonido más hermoso que había escuchado en días.
La figura del Toro se recortó en el umbral, más corpulento de lo que recordaba, más oscuro, más… humano.
Entró despacio. La observó un instante, como si midiera el nivel de deterioro.
—Hola, periodista —dijo, con voz grave—. Me imagino que ya estarás harta de estar encerrada.
Raquel no respondió. Su garganta estaba seca, pero su mirada no tembló.
Él asintió, como si esa respuesta en silencio fuera suficiente.
—Sí… me imagino que sí. Me disculpo por eso. Nunca fue la intención.
Raquel apretó los labios. Sintió que algo se encendía dentro de ella, no miedo, sino rabia clara.
—¿Y cuál era la intención? —soltó con rabia contenida—. ¿Matarme rápido y salir del problema?
El Toro no respondió.
Y ese silencio valió más que cualquier afirmación.
Raquel lo entendió y, sin embargo, decidió seguir hablando:
—Nunca fui «la intención» de nadie —dijo—. Solo un daño colateral.
El Toro frunció ligeramente el ceño.
—He estado pensando en ti —dijo finalmente.
Raquel arqueó las cejas, sorprendida por la declaración. No era la frase que esperaba oír de un hombre como él, pero tampoco era momento para interrumpirlo.
El Toro inhaló profundo, como si buscara palabras que no sabía usar.
—También he estado pensando en tu abogado. Sigo sin entenderlos… ni a ti ni a él.
Raquel sintió que algo se movía en su estómago al oír «tu abogado».
—¿Está vivo? —preguntó, casi sin darse cuenta.
El Toro asintió, despacio.
—Hasta donde sé… sí.
—Y es otra cosa que no entiendo —añadió—. Al principio pensé que era un cobarde. Que cambió su versión por miedo. Pero, mientras más lo pienso, más claro lo veo: se echó para atrás para salvarte a ti.
Raquel tragó saliva. No lo sabía con certeza, pero lo intuía. Escuchar a un sicario confirmarlo, sin embargo, lo volvía real de una forma distinta.
—No lo hizo por mí —murmuró—. Lo hizo porque eso creía que era lo correcto.
El Toro la observó.
—¿Sabes qué es lo raro? —dijo—. En mi mundo, cuando alguien da un paso atrás, es por miedo o por cálculo. Nunca por otro. Ese tipo de movimiento… no está en nuestro manual.
—En el mío sí —respondió Raquel, sin pensarlo mucho—. O… al menos eso intentamos.
—Por eso no los entiendo —dijo él, sin hostilidad—.
Supongo que es porque vivimos en mundos diferentes.
Con reglas diferentes, valores diferentes —hizo una pausa—.
Lo que para mí es normal, para ustedes es una atrocidad.
Y lo que para ustedes es «heroico», para mí es… incomprensible, o una estupidez.
Raquel lo sostuvo con la mirada.
—Y, aun así, me secuestraste —respondió.
—Sí —admitió él, sin rodeos—. Porque, en mi mundo, a veces no eliges las cartas. Solo las juegas.
Se quedaron callados unos segundos.
—Pero también entendí que no necesito entenderlo todo. Solo una parte.
Raquel tragó saliva.
—¿Y esa parte cuál es?
El Toro la miró directo, sin dureza.
—Que, al final, somos almas parecidas. Peleamos por lo que creemos. A nuestra manera. Con lo que aprendimos. Tú peleas por lo que crees justo. Yo también. Tú arriesgas tu vida por una idea. Yo la arriesgué por la gente que me enseñó estas reglas. Cada uno es leal a lo que lo formó.
Raquel entrecerró los ojos, interesada a pesar de sí misma. Sintió algo extraño: no miedo, no alivio… algo intermedio, una grieta por donde entraba un rayo de sentido.
—La diferencia —dijo ella— es que tú matas. Yo escribo.
El Toro la miró sin molestia.
—Tú matas de otra forma —respondió—. Matas reputaciones, carreras, negocios.
Se encogió de hombros.
—No lo digo como reproche. Es lo que haces. Es poder. Nada más que eso. En mi mundo, ese poder se cobra con balas. En el tuyo, con demandas. Pero en el fondo… es lo mismo.
Raquel pensó en los rostros de quienes había expuesto en sus reportajes. En las familias que se derrumbaron después de que ciertas historias salieron a la luz.
Nunca lo había visto así. No del todo.
—Lo que sí entendí —continuó él— es que, si uno debe morir, tiene que ser por algo que valga la pena. Y, aunque parezca raro… lo que tú hiciste, venir aquí para salvar a otros, pues… —hizo una pausa— diría que es suficiente. Es razonable, incluso para mí. Por eso estoy aquí.
Raquel lo observaba con atención. Ese tono no era el mismo que había usado antes. Había algo más en su voz: cansancio, sinceridad, un tipo extraño de respeto.
—Si te preguntas por qué vine a verte —dijo el Toro, enderezándose—, la respuesta es esa. Tomé una decisión. Una que me dará paz… y que, a la vez, me traerá problemas.
Raquel no respiraba.
—¿Qué decidiste? —preguntó, con la voz un poco más baja.
El Toro se enderezó.
—Tengo órdenes de eliminarte —dijo con brutal honestidad—. Pero, como veo este mundo… si al menos uno de nosotros sobrevive, vale la pena. Así que he decidido dejarte libre.
Raquel parpadeó. Le costaba procesarlo.
—¿Libre… dices? —repitió, casi incrédula.