Capítulo 37
San Isidro del Valle, Estado Central
Macario se levantó temprano ese día, como siempre.
No lo movía la urgencia, sino la costumbre. Era de esos hombres que creían que llegar primero era una forma de respeto, no hacia los demás, sino hacia sí mismo.
Se vistió sin prisa, con una camisa blanca recién planchada y la misma chaqueta que llevaba usando desde hacía años.
El café estaba fuerte, amargo, justo como le gustaba. Mientras lo bebía, repasó los asuntos del día. Nada urgente, pero sí importante: dar la cara tras la noticia del suicidio de Mosqueda. Sabía que la gente hablaría y que algunos, inevitablemente, sentirían miedo.
Ese día quería llegar a la oficina antes que todos y dar una señal de confianza. En su cabeza, eso bastaría para enviar un mensaje de estabilidad a su pequeño grupo de empleados, que desde la muerte de Mosqueda andaban con el alma en vilo, aunque nadie lo lamentaba realmente.
En política —pensaba Macario— los muertos se sustituyen rápido.
Lo único que le preocupaba era la inestabilidad.
En un lugar como aquel, donde los rumores eran más certeros que las balas, nadie creía la versión oficial.
En el ayuntamiento, entre los pasillos y entre quienes recordaban los años de poder del viejo político, se repetía la misma frase: «Eso no fue un simple suicidio.
Alguien apretó el gatillo desde la oscuridad».
Macario lo sabía. En su mundo, la muerte nunca llegaba sola ni por decisión propia. Siempre tenía remitente.
* * *
El ruido de la camioneta de Macario, avanzando por las calles estrechas del pueblo, era más fuerte de lo que él hubiera querido.
No porque molestara a la gente —a esa hora todo el pueblo estaba despierto, moviéndose de un lado a otro—, sino porque el protagonismo le seguía siendo incómodo.
La camioneta, con los logos del municipio en ambas puertas, era inconfundible; eso hacía que todos los que se cruzaban con él levantaran la mano para saludarlo.
Y cada saludo alargaba ese trayecto de apenas unos kilómetros desde su casa hasta la oficina.
Cada mirada lo seguía; cada gesto de reconocimiento era un recordatorio de lo visible que era, de lo poco que podía ocultarse.
A cada esquina alguien levantaba la mano.
Macario respondía con un gesto corto, una sonrisa cansada, un ademán de jefe amable.
Era parte de la nueva rutina, una que lo mantenía cerca del pueblo.
Pero esa costumbre recién adquirida le robó lo esencial: mirar alrededor.
Al llegar a la última esquina, antes del edificio del ayuntamiento, vio dos motocicletas estacionadas. Dos hombres en cada una, cascos puestos, de espaldas a él, fingiendo discutir. Nada que llamara especialmente la atención en un pueblo como ese, pensó…
Hasta que escuchó el ronquido de los motores encendiéndose al mismo tiempo.
La coincidencia lo alertó.
Demasiado exacta. Demasiado limpia.
Los cuatro hombres giraron al unísono. De entre sus chamarras aparecieron objetos negros que el instinto reconoció antes que la vista: armas.
El corazón de Macario se congeló. Apenas alcanzó a maldecir:
—¡Joder! —antes de intentar agacharse, pero el estruendo llegó antes que el pensamiento.
El primer impacto reventó el parabrisas. El segundo arrancó el espejo lateral.
Después vino el caos.
El sonido era una mezcla imposible de definir. No sabía si escuchaba los mecanismos empujando las balas o las balas perforando el metal. Se agachó instintivamente, cubriéndose el rostro con los brazos. El olor del polvo y la pólvora lo envolvió. Cada segundo se estiraba como una eternidad.
Y, de pronto, el silencio.
El ruido se apagó tan abruptamente que, por un momento, creyó haber perdido el oído. Solo escuchó su respiración: áspera, entrecortada, casi animal.
Lentamente levantó la cabeza.
El parabrisas era una telaraña. Las puertas, con un sinfín de agujeros.
Se tocó el pecho, los brazos, el cuello. Sentía algo húmedo y vio sangre: una astilla de vidrio le había cortado la mano.
Había tenido suerte.
Respiró hondo y abrió la puerta con torpeza.
Algunos curiosos se habían detenido a mirar desde las aceras, sin atreverse a acercarse. La curiosidad en el pueblo tenía límites: todos querían ver, pero nadie quería ser visto tan cerca.
Macario se sostuvo del marco de la puerta y habló en voz alta, temblorosa, pero firme:
—No ha pasado nada —dijo—. Solo ha sido un susto. Seguro que alguien quiso mandarme un saludo.
Nadie respondió, pero todos entendieron. El pueblo sabía leer entre líneas: ese tipo de avisos siempre los enviaba alguien con nombre y apodo.
Miró su camioneta: cada centímetro tenía una marca.
Se limpió la frente con un pañuelo y, sin esperar a la policía, sacó su teléfono.
Llamó al capitán Montecinos. No por confianza, sino por ser lo primero que se le ocurrió.
Entre ellos no había amistad, solo un acuerdo tácito de supervivencia.
—Capitán —dijo cuando la voz respondió—, acaban de intentar matarme.
Del otro lado hubo un silencio breve.
—¿Estás seguro? —preguntó Montecinos, con un tono que se acercaba a la incredulidad.
—¡Claro que estoy seguro! —respondió Macario, furioso—. Me vaciaron los cargadores encima. Si no me agacho, no estaría hablando contigo.
—Calma, Macario, calma. Cuéntame qué pasó.
El político respiró hondo.
Le relató el ataque, las motos, los disparos, los rostros cubiertos. Hablaba rápido, con las manos temblando.
—Fueron cuatro. Iban directo a mí. Y todo me hace pensar que fue el Toro.
El capitán guardó silencio unos segundos, como si buscara una manera cómoda o creíble de dudar.
—¿El Toro? —repitió con una calma calculada—. No lo sé, Macario. No suena a su estilo.
—¡No suena a su estilo! —repitió Macario—. ¿Y a quién más podría parecerse? No tengo enemigos, Montecinos. Llevo apenas unos días en el puesto. Nadie me conoce lo suficiente como para odiarme.
—Quizá alguien quiso mandar otro tipo de mensaje —respondió Montecinos—. En tiempos así, cualquiera puede aprovechar la confusión.
—¿Te estás oyendo? —lo interrumpió Macario—. Esto fue una advertencia. Y todos aquí saben de quién.
—Macario —dijo el capitán, bajando el tono—, no empieces a hacer acusaciones sin pruebas.
—¿Pruebas? ¡Casi me matan! ¡Eso es suficiente prueba para mí!
Montecinos suspiró, cansado.
—Mira, entiendo que estés alterado. Pero, si vas a estar en este negocio, tendrás que entender que las balas no siempre llevan firma.
—No seas condescendiente conmigo, no me hables como si fuera un niño.
—Entonces no actúes como uno. Sabías desde el principio en qué te metías. Nadie te obligó.
Macario apretó el teléfono con fuerza.
—Yo pedí estar fuera de esto. A mí me prometieron que este cargo era solo un puente político, una pantalla. Nadie me dijo que iba a terminar esquivando balas.
—Macario, no seas infantil. Sabías perfectamente de qué se trataba todo.
—No, no lo sabía. Y, si lo hubiera sabido, no habría aceptado.
Hubo un silencio breve.
Montecinos cambió el tono.
—Está bien, cálmate. Ya hablaré con mis hombres en la zona. Vamos a revisar todo y sabremos quién es el responsable. No te preocupes.
—¿Y si resulta que el responsable es el Toro?
Otro silencio, más largo.
—Te diré algo —dijo el capitán—: en este juego, el que dispara no siempre es el de enfrente.
—¿Y eso qué significa?
—Que, si fue el Toro, lo sabré. Pero, si no lo fue, también. Y te aseguro que quien lo hizo no volverá a intentarlo.
Macario no supo si creerle. Había algo en la voz del capitán que sonaba a promesa, pero no daba consuelo.
—Solo quiero que sepas —añadió Montecinos— que esto no cambia nada. Mantente en tu lugar, haz tu trabajo y no alimentes rumores. Eso nos puede costar más caro que las balas.
Macario rio sin humor.
—Eso me lo dices tú, que trabajas con rumores.
El capitán lo dejó hablar.
—Te enviaré algo de seguridad —dijo al final—. Pero no para cuidarte de los demás, sino de ti mismo. A veces el miedo hace que uno diga cosas de más.
—No necesito tu seguridad. Necesito respuestas.
—Las tendrás. Pero no hoy. Hoy, lo mejor que puedes hacer es respirar y dejar que la noticia se asiente.
—¿La noticia? ¡Esto fue un atentado!
—Y por eso mismo hay que manejarlo con calma.
La línea se cortó.
Macario se quedó mirando el teléfono.
El eco del tiroteo aún zumbaba en sus oídos.
Por primera vez entendió que, en ese juego —como Mosqueda—, todos eran prescindibles y, al parecer, a nadie le importaba un carajo.
* * *
La llamada de Montecinos al Toro llegó cuando el capitán todavía tenía la mandíbula trabada. Marcó sin pensarlo demasiado.
—Explícame qué demonios hiciste esta mañana —soltó sin saludar—. ¿Quién te dio permiso para atentar contra Macario?
Hubo un silencio helado del otro lado.
Luego, la voz del Toro:
—¿Por qué se te ocurre decir eso, capitán? Yo no traiciono. Que no espere gran cosa de ese Macario no significa que quiera eliminarlo. Al menos no yo.
Montecinos apretó los dientes.
—El modo, Toro. Las motos, las ráfagas. Ese sello lo aprendiste de alguien que ya no está.
—No me provoques. Si quieres que me serene, serénate tú. No fui yo.
El capitán tardó un momento en responder, como si evaluara la mejor respuesta.
—¿Entonces quién? Porque el pueblo ya escogió culpable.
—Si me preguntas a mí, diría que fue el Ratón. Si alguien tiene interés en meter la mano en San Isidro del Valle, es él. Y lo está haciendo con paciencia. Lo sabes.
—¿Qué interés tendría el Ratón aquí? ¿Por qué ahora?
—El mismo que el nuestro, capitán. Control. Y ruido. Ese infeliz aprendió a moverse sin levantar polvo. No dispara si no puede atribuírselo a otro. ¿Quién crees que gana si todos me miran a mí?
Montecinos quedó callado.
La explicación tenía sentido y, aun así, algo le incomodaba.
—Te voy a decir algo —dijo al fin—: no te creo del todo… pero te voy a creer lo suficiente para seguir.
—Me basta.
—Bien. Porque no podemos ignorar al Ratón. Vamos a movernos pronto. Prepara a tu gente, pero sin hacer ruido. Ya veré cómo. Mientras tanto… con el revuelo por la muerte de Mosqueda y ahora el ataque a Macario, necesito pedirte algo incómodo.
—Habla.
—La periodista. Quiero cerrar ya ese frente. Con Mosqueda muerto y ella fuera, cerramos el círculo. Nadie con voz, nadie con datos. Lo demás deberá apagarse por sí solo.
El silencio del Toro se volvió pesado.
—¿Ahora? ¿Después de lo de Macario? ¿Quieres que cargue también con eso? ¿Qué pretendes? ¿Ponerme la diana en la espalda?
—Quiero tranquilidad. Y quiero cerrar lo que pueda moverse por donde no debe. La periodista conecta cosas que no debería. Si la dejamos, nos meterá en problemas.
El Toro tardó en responder.
—Si esa es la recomendación, la haré. Pero quiero una promesa: ¿cuándo vamos por el Ratón?
—No es tan fácil. Necesitamos un pretexto. Hoy, gran parte del ruido está sobre ti. Déjame pensarlo y te regreso la llamada pronto. Si nos movemos sin pensar, se nos cae todo.
—Siempre pides paciencia —replicó el Toro—. Y, mientras tanto, me dejas parado en medio de la plaza.
—No te dejo solo —corrigió Montecinos—. Estoy tratando de dejarte invisible. Y eso, hoy, nos sirve.
El Toro soltó una risa breve, sin humor.
—A ti te sirve. A mí me cuesta.
—Lo sé. Pero, si quieres seguir en el juego, sigue mis pasos. La periodista primero. Luego, el Ratón.
Ambos colgaron sin despedirse.
* * *
El Toro se quedó mirando el teléfono.
Se sintió, por primera vez en mucho tiempo, fuera del centro. Una pieza más del tablero, no el jugador.
¿Por qué ahora la periodista? ¿Por qué cargarle otro ruido cuando el pueblo ya lo señalaba por lo de Macario?
El capitán decía que era cálculo; a él le olía a sacrificio.
Caminó lento por la habitación. Pensó en la periodista: un problema pequeño, pero con dedos largos. Pensó en el Ratón, sus movimientos limpios, su habilidad para endosarle el crimen a otro. Y pensó en Montecinos, en ese tono que parecía orden y sonaba a condena.
Se sentó al borde de la cama.
Lo primero es lo primero, se dijo. Decidir qué hacer con la periodista.
Luego, el Ratón.
Y, más adelante, decidir si seguir confiando en el capitán.
Respiró hondo.
El tablero se estaba reacomodando sin pedir permiso.
Y entendió algo que había ignorado demasiado tiempo: la lealtad, en su mundo, nunca era un punto de llegada. Apenas era una estación de paso. Y, cuando todos corrían, el que se quedaba quieto era el primero en caer.