Cadenas Capítulo 36
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Capítulo 36

Ciudad Fortaleza, Capital del Estado Central

El fiscal Ernesto Palacios había evitado durante días responder las llamadas de Efraín Mosqueda. Sabía que cualquier comunicación con él podía comprometerlo, en especial con un operativo tan grande en marcha. Lo que no imaginó fue que el desenlace terminara en el suicidio del viejo político.

No lamentó su muerte. Lo que sí lamentó fue haber perdido, de golpe, una línea de investigación que podía ser crucial. Mosqueda era un nombre incómodo, un nudo de intereses donde convergían política, dinero y crimen. Con su muerte, una parte del mapa se había borrado.

«Así es este trabajo» —pensó Palacios—. «A veces la justicia llega tarde y otras se adelanta demasiado».

Pero aún había camino. Y una llamada que debía hacer.

Tomó el teléfono, marcó y esperó. La voz al otro lado contestó con el tono cansado de quien ya conocía el peso de la espera.

—¿Fiscal? —preguntó Julián.

—Sí, Julián —la voz de Palacios sonó grave, medida—. Sé que no es la hora ideal, pero necesitaba hablar contigo.

Hubo un silencio breve.

—¿Pasó algo?

—Sí —el fiscal exhaló lentamente—. Las cosas se movieron más rápido de lo esperado. Uno de los grandes se salió del tablero.

Julián se incorporó en la silla.

—¿Mosqueda?

—Exacto —la voz del fiscal bajó un tono—. Se suicidó esta mañana.

El silencio que siguió fue largo, pesado.

—No lo lamento —dijo Julián finalmente—, pero sí me preocupa lo que eso significa para la investigación.

—Créeme, lo entiendo —respondió Palacios—. Perder a Mosqueda fue perder una pieza grande, una de las más importantes después del contador. Era una línea directa hacia nombres que todavía no podemos pronunciar en voz alta. Pero así es esto: la justicia encuentra formas extrañas de hacerse presente.

Julián dejó escapar una risa amarga.

—Formas extrañas, sin duda.

—Aun así, seguimos en marcha —continuó el fiscal—.

El contador sigue siendo nuestra prioridad.

Lo tenemos controlado, y la información que está soltando empieza a armar el rompecabezas.

Los nombres comienzan a aparecer, y no son pequeños.

Pero aún no es tiempo de exponerlos. Necesitamos pruebas sólidas que se sostengan por sí mismas.

—¿Y mientras tanto? —preguntó Julián.

—Mientras tanto, lo mejor es mantener la calma y no dar pasos en falso. Hay demasiados ojos sobre nosotros, demasiadas manos queriendo manipular el proceso. Si nos precipitamos, tiramos todo.

Julián respiró hondo. Podía sentir en la voz del fiscal la mezcla de cansancio y rabia de un hombre que lleva demasiado tiempo luchando contra un sistema que se niega a cambiar.

—¿Y qué se sabe de Raquel? —preguntó al fin, sin rodeos.

Hubo una pausa del otro lado. Palacios tardó unos segundos en responder.

—Nada nuevo —su tono bajó, casi con culpa—. No hay rastro ni señales. Pero sigo creyendo que está viva.

—¿Por qué? —preguntó Julián, sin esconder su frustración.

—Porque aún tiene valor —contestó Palacios con crudeza—. Y en este juego, las piezas valiosas no se desperdician tan rápido.

Esa respuesta, tan fría como cierta, le dolió a Julián más de lo que quiso admitir.

—¿Y cuánto tiempo más hay que esperar? —insistió.

—El necesario —el fiscal hizo una pausa—. Mira, Julián, sé que esto no es lo que querías escuchar. Pero esta investigación no es una carrera, es una guerra. Y en la guerra, el tiempo no lo dicta el reloj: lo dictan los errores. Si damos un paso en falso, perdemos todo.

Julián apretó el teléfono contra el oído.

—Entiendo. Solo me cuesta aceptarlo.

Palacios bajó el tono y, por primera vez, dejó salir algo de humanidad en la voz.

—Te entiendo más de lo que crees. Raquel me recordaba a mi hija. Tenía esa forma de hablar… directa, sin miedo. Nunca supe si admirarla o preocuparme por ella.

Julián guardó silencio. Esa mención le atravesó el pecho.

—No puedo prometerte que esté bien —continuó el fiscal—. Pero te prometo que no dejaremos el caso. Si algo aprendí en este oficio es que la justicia no se rinde, solo cambia de ritmo.

—A veces llega cuando ya no sirve a nadie —dijo Julián, sin tono de reproche, solo de cansancio.

—Tal vez —aceptó Palacios—. Pero incluso así, sigue siendo justicia. Y hay que perseguirla, aunque nos deje vacíos en el camino.

Julián apoyó la frente en la mano.

—Entonces seguimos esperando.

—Seguimos —confirmó el fiscal—. La investigación está más fuerte que nunca. Y, aunque no puedo darte nombres todavía, te aseguro que hay gente poderosa muy nerviosa. Mosqueda fue solo el primer temblor. Falta el derrumbe.

Hubo un largo silencio.

—Ten paciencia, Julián —la voz del fiscal se suavizó—. Lo sé, suena cruel pedir paciencia cuando lo que está en juego es una vida, pero a veces es la única forma de salvarla.

—Lo intentaré —respondió él.

—Eso basta por ahora —Palacios hizo una pausa, como si dudara antes de colgar—. Cuídate. No te confíes de nadie, ni siquiera de los que parecen estar de tu lado.

—¿Alguna razón en especial? —preguntó Julián.

—Digamos que hay más movimientos de los que puedo contarte por teléfono —el tono del fiscal se volvió tenso otra vez—. Mosqueda no se suicidó solo por miedo. Alguien le empujó la idea. Y ese alguien sigue ahí afuera.

Julián asintió en silencio.

—Lo entiendo.

—Hablaremos pronto —concluyó Palacios—. Y, Julián… si algo pasa, recuerda esto: los hombres que siguen preguntando, aunque duela, son los que al final encuentran respuestas.

La línea quedó en silencio. Julián guardó el teléfono.

Por un instante pensó en Raquel, en su sonrisa breve y en esa costumbre suya de mirar todo como si lo supiera de antemano.

El reloj marcaba las nueve y media. Afuera, la ciudad seguía su rutina ajena.

La justicia, pensó, tiene su propio ritmo. Y casi nunca coincide con el de la vida.

* * *

El celular vibró sobre la mesa.

El Ratón lo miró unos segundos antes de contestar. Llevaba días esperando esa llamada.

Respondió sin hablar primero, sabiendo que la Voz siempre iniciaba.

—La primera ficha ya cayó, Ratón —la voz sonó tranquila, sin matices—. El tablero se está moviendo. Ahora necesito que tú también lo hagas.

El Ratón se recargó en la silla, sonriendo apenas.

—¿Puedo saber quién cayó?

—Mosqueda.

El silencio que siguió fue largo, no solo por sorpresa, sino por respeto.

—¿Mosqueda… el viejo perro político? —preguntó al fin, casi con una risa incrédula—. Pensé que ese tipo era intocable. Esa gente no cae, siempre encuentra cómo escurrirse.

—No cayó —corrigió la Voz—. Se suicidó de un balazo.

El Ratón se quedó callado. Lo imaginó, solo, con un arma en la mano, el orgullo intacto hasta el último segundo. No era empatía, era entendimiento. En ese mundo, quien decide su final gana un tipo diferente de poder.

—Vaya… —murmuró—. Entonces sí que tienes influencia.

—No tengo influencia —respondió la Voz, con un tono tan frío que borró cualquier intento de humor—. Tengo visión y propósito.

El Ratón no contestó. Por primera vez sintió un escalofrío que no supo explicar. Había oído muchas voces en su vida: mandones, políticos, capos, soldados. Pero aquella no sonaba a ninguno. Sonaba a algo que no necesitaba gritar para que los demás obedecieran.

—¿Y ahora qué hay que hacer? —preguntó, intentando sonar casual.

—Algo sencillo. Nada dramático —la Voz hizo una pausa corta, calculada—. Quiero que le des un buen susto al nuevo presidente municipal de San Isidro.

El Ratón soltó una carcajada baja.

—¿A Macario? Ese pobre diablo es más viejo y miedoso que una gallina.

—Precisamente por eso —dijo la Voz—. Quiero que empiece a entender que él no manda en la zona, que nada está bajo control si no es por nosotros. Nunca es tarde para recordarle al miedo quién manda.

El Ratón asintió, como si alguien pudiera verlo.

—Ya veo. ¿Y si se me pasa la mano? —preguntó con una sonrisa torcida—. Sería una lástima desperdiciar la oportunidad.

—Si se te pasa la mano, el juego acaba —respondió la Voz sin titubear—.

Recuerda: de todas las fichas, esa es una que quiero mantener.

Solo un susto. Algunos disparos por encima.

Que sienta la presión, que respire el peligro.

Pero quiero que viva para contarlo. No quiero preocuparme por quién lo reemplazaría.

El Ratón se rio, pero su risa sonó forzada.

—Está bien, un susto. Nada más. ¿Para cuándo lo quieres?

—Tú decides —dijo la Voz—. Pero que sea pronto. El tablero no puede quedarse quieto.

—Considéralo hecho —respondió el Ratón.

—Y una cosa más —añadió la Voz—. Quiero que todo parezca obra del Toro.

El Ratón levantó las cejas.

—¿Del Toro? —repitió, con un tono entre sorpresa y burla—. Así que le daremos el mérito a ese infeliz.

—El mérito… y la culpa del atentado —esta vez la Voz dejó escapar algo que parecía una risa, aunque más bien sonó como un soplo breve, inhumano.

El Ratón tragó saliva. No supo por qué ese sonido, tan leve, le provocó un escalofrío.

—Ya entiendo —dijo despacio.

—Bien —respondió la Voz, recuperando su tono neutro—. Cuando lo hagas, el siguiente movimiento se dará solo. Y, cuando eso ocurra, estaremos más cerca de tener el control total.

El Ratón se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el silencio al otro lado de la línea. La llamada había terminado.

Miró alrededor de la habitación. Todo estaba en orden: el escritorio, el arma, la botella a medio vaciar, el reloj de pared marcando las once. Y, sin embargo, nada se sentía igual.

No era la orden lo que lo inquietaba. Era la claridad con la que la Voz había pronunciado la palabra control.

Por primera vez entendió que él solo era parte del juego: era un peón de alguien más, una pieza en manos de un jugador que ni siquiera necesitaba mostrar su rostro.

Encendió un cigarro y exhaló despacio, mirando cómo el humo subía hasta desvanecerse.

—Un susto —repitió en voz baja—. Solo un susto.

Pero su sonrisa lo traicionó.

Sabía que, en su mundo, los «sustos» siempre terminaban igual: un pequeño error y había alguien que no volvía a despertar.