Cadenas Capítulo 35
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Capítulo 35

Altavista, Estado Central

La noticia de la muerte de Mosqueda llegó rápido, fría, sin adornos.

Pero, por alguna razón, no tomó por sorpresa al capitán.

Las dudas que tenía desde hacía tiempo se confirmaban: aquel hombre fuerte que conoció había desaparecido mucho antes.

Desde la separación con su esposa y la muerte de su hijo, Mosqueda era apenas la sombra de lo que fue.

No sintió pesar. Tampoco pena. Ni siquiera una molestia real. No lo extrañaría.

Lo que sí sintió fue otra cosa: miedo.

Montecinos intuía que el suicidio no era más que la confirmación de algo peor. Si Mosqueda se había quitado la vida, era porque sus temores eran ciertos. Y si lo eran, él también debía preocuparse.

Encendió un cigarro y se quedó mirando el humo mientras repasaba con frialdad la red que había tejido Mosqueda a lo largo de los años. Intentó calcular qué tanto de esa maraña lo alcanzaba a él. No era un repaso sentimental, sino algo más parecido a una auditoría silenciosa.

A pesar de su larga historia juntos, no había mucho que lo comprometiera directamente.

Sus tratos siempre habían sido discretos, sin testigos.

Los pagos, en efectivo; las entregas, con intermediarios.

El dinero nunca pasó por sus manos. Nunca conoció al famoso contador —Felipe Torres, como lo llamaban ahora en los noticieros—, y eso era su mejor defensa.

No. Nada podía incriminarlo.

O al menos eso se repetía.

Pero lo inquietaba otra posibilidad: ¿habría dejado Mosqueda algún rastro? ¿Una carta, un video, una confesión? Era el tipo de hombre que, incluso muerto, podía complicarle la vida a cualquiera.

Apoyó los codos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante. Lo que lo atormentaba no era el muerto, sino lo que ese muerto podía significar. Si Mosqueda había caído, ¿quién seguía en la lista?

¿Quién lo había empujado a eso?

¿Quién tuvo el valor de traicionarlo o de delatarlo?

El abogado no podía ser. Ese pobre diablo era un peón sin influencia. Alguien lo había usado.

Entonces, ¿quién?

La pregunta lo golpeó más fuerte que la noticia. Si fueron por Mosqueda, era probable que todo su círculo estuviera bajo vigilancia. Cualquiera podría ser el siguiente: él, el Toro, Macario… cualquiera que hubiera estado demasiado cerca de los negocios del expresidente.

No podía darse el lujo de ser ingenuo. Tendría que cuidar sus espaldas con más disciplina que nunca. El dinero no lo delataría, pero tal vez su historia sí.

Miró los papeles sobre su escritorio, los nombres, los teléfonos, las fechas. Sabía que la muerte de Mosqueda abría un vacío político y estratégico. En un mundo donde los favores defendían más que las armas, perder un socio así era como perder un escudo.

Su mente empezó a trazar líneas.

Macario podría servir para cubrir esa grieta, pensó. No tenía el peso de Mosqueda, pero podía ser útil si demostraba iniciativa. Sin embargo, el problema principal no era ese.

El verdadero dilema era otro.

¿Hasta dónde podía confiar en el Toro?

No porque dudara de su lealtad —al menos no todavía—, sino porque su fuerza empezaba a flaquear. Y un líder que empieza a quebrarse se convierte en el eslabón más débil de la cadena. Así de simple.

Apagó el cigarro y miró hacia la ventana.

El Toro había sido útil, eficiente por momentos, impredecible en otros. Pero últimamente había demasiados movimientos extraños, demasiadas decisiones que no pasaban por él. Montecinos sabía leer esos signos: el mando se desgasta cuando el miedo entra por debajo de la puerta.

Y el Toro empezaba a oler a miedo.

Ese pensamiento, tan frío como calculado, lo llevó a otro nombre: el Ratón.

Era nuevo, sin historia en la región, sin vínculos profundos ni pasado que lo condenara. Y lo mejor: no cargaba los fantasmas que el Toro arrastraba. El Ratón era disciplinado, eficiente y lo bastante inteligente para cumplir pactos.

«El Toro tiene demasiadas huellas», pensó. «Demasiadas historias, demasiada gente que lo recuerda».

El Ratón, en cambio, era una página en blanco.

Su cabeza empezó a construir un plan. Al principio, la idea le pareció absurda. ¿Comenzar de nuevo? ¿Cambiar de socio justo cuando el suelo temblaba? Pero la lógica lo fue empujando. Tal vez no era locura. Tal vez era la oportunidad.

Empezar otra vez significaba liberarse del pasado, limpiar la sospecha que flotaba sobre él y, de paso, tomar distancia de cualquier relación con el Toro, que olía a complicidad.

Si lo pensaba bien, eliminar al Toro tenía ventajas evidentes: volvería a ser el héroe, el hombre que «limpió» el terreno, el que mantuvo el orden. Sería, una vez más, el que decide quién vive y quién no.

Entre más lo pensaba, más le gustaba la idea.

Solo faltaba elegir el momento y la forma.

Tendría que fabricar un caso, una excusa sólida que le permitiera mover tropas y justificar un enfrentamiento. Después, poner a prueba a Macario, enviarlo como emisario hacia el Ratón. Si ese experimento salía bien, el círculo se cerraría por sí solo.

No era sencillo, pero tampoco imposible.

Algunos tiros, varios muertos, una traición. Nada que no hubiera visto antes.

En ese mundo, la moral era un lujo.

Y Montecinos hacía tiempo que no gastaba en lujos.

Apoyó la espalda en la silla, con una calma que no era tranquilidad, sino un sentimiento de control. El plan seguía dando vueltas en su cabeza, ordenándose pieza por pieza, hasta que quedó claro: antes de mover nada, debía cumplir con el protocolo.

Dos llamadas. Solo dos.

La primera, la más importante por ahora: informar al Toro de la muerte de Mosqueda.

Era lo que se esperaba de él, y Montecinos siempre hacía lo que se esperaba… antes de hacer lo que realmente quería.

El teléfono sonó.

En la pantalla del celular aparecieron las iniciales D. M. (Damián Montecinos).

El Toro lo miró con fastidio. No era una hora para hablar con nadie, mucho menos con el capitán.

Respondió con voz ronca, sin fingir cortesía.

—¿Qué pasa, Montecinos?

—Malas noticias, Toro.

—Te escucho.

Montecinos no dio rodeos.

—Mosqueda está muerto.

Silencio.

Un silencio denso, largo, casi incómodo. Solo se oía el zumbido de fondo de la línea.

—¿Quién lo mató? —preguntó el Toro finalmente, con una frialdad que reflejaba su cálculo mental.

—Nadie —respondió Montecinos—. Todo indica que fue suicidio.

—¿Suicidio? ¿Mosqueda? —repitió el Toro, con un dejo de incredulidad—. No lo creo.

—Difícil de creer, lo sé. Pero, al parecer, es cierto.

El Toro guardó silencio unos segundos más, lo justo para dejar ver que pensaba, o fingía pensar.

—Puede que haya jalado el gatillo, pero no creo que fuera por gusto. Tal vez alguien lo empujó hasta el borde. ¿Sabes si lo habían amenazado, chantajeado o presionado de alguna forma?

—No —el capitán negó, con esa pausa que delata a quien duda.

—Pues me sorprende. No era el tipo que se rendía fácil.

—Concuerdo —admitió Montecinos—, pero últimamente estaba al límite. Desde que atraparon a su contador, se le vino todo encima.

—¿Contador? —la voz del Toro se tensó apenas—. ¿Cuál contador?

—Un tal Felipe Torres. Lo agarraron hace unos días. Por lo que sé, está colaborando con la fiscalía. Y, si eso es verdad, Mosqueda estaba más que comprometido.

De nuevo el silencio. Esta vez más breve, más denso.

Montecinos lo notó.

—¿Qué pasa? ¿Te suena el nombre? —preguntó, con fingida curiosidad.

—No —mintió el Toro, sin vacilar—. Pero me cuesta creer que un hombre como Mosqueda se quite la vida por eso.

Montecinos sonrió apenas, aunque el Toro no pudiera verlo.

—Tal vez no fue el miedo lo que lo mató, sino el orgullo. En ese mundo del dinero formal, las amenazas no suenan tan fuertes como las balas, pero matan igual.

El Toro soltó una risa seca.

—Pues, si fue así, la bala encontró el mismo camino de siempre, capitán.

—Sí —respondió Montecinos, sin tono—. Creo que Mosqueda eligió el camino más fácil. Se acobardó.

—¿Y eso cómo nos deja, capitán? —preguntó el Toro, ahora con voz más seria.

—Un poco desprotegidos, tal vez. Mosqueda era un escudo político. Pero todavía tenemos a Macario. Él puede cubrir ese hueco, al menos por ahora.

El Toro hizo un ruido corto, entre duda y desdén.

—¿Y tú crees que Macario esté a la altura?

—No lo sé —admitió Montecinos—. Pero más le vale estarlo. Si no, buscaremos a alguien que sí lo esté.

El Toro respiró hondo al otro lado.

—Eso ya lo veremos —su tono era prudente, pero dejaba ver una sombra de desconfianza.

Montecinos la sintió y no se esforzó en disimular.

—Son tiempos difíciles, Toro. Hay que mantener la línea abierta. No te desconectes.

—Como siempre —respondió el Toro, seco, y colgó.

Montecinos se quedó mirando el teléfono unos segundos más, con el aparato aún en la mano. El silencio posterior fue más revelador que la llamada misma.

La conversación con el Toro dejó en Montecinos algo más que confirmaciones: dejó convicción. El Toro ya no confiaba en nadie, ni siquiera en él. Y eso lo confirmaba todo.

El Toro se había convertido en un socio impredecible, difícil de manejar. Ya no era el hombre que obedecía sin preguntar, sino uno que empezaba a sospechar, a cuestionar. Y los hombres que dudan, pensó el capitán, no duran.

Dejó el teléfono sobre la mesa con cuidado. El reflejo de la pantalla apagada le devolvía una sonrisa que él no recordaba haber hecho. No era una sonrisa de alegría, sino de certeza.

El Toro acababa de firmar, sin saberlo, el inicio de algo que ya estaba escrito.

Montecinos tomó aire, apagó la luz del despacho y se quedó un instante a oscuras, dejando que la mente le terminara de ordenar el siguiente paso.

Encendió otro cigarro. Miró la hora. Aún podía hacer una llamada más antes de que la noche se cerrara del todo.

Marcó el número de Macario.

—¿Hola? —respondió una voz adormecida.

—Macario.

—Por Dios, Montecinos… ¿no descansas nunca? ¿Sabes qué hora es?

—No estoy de humor para tus bromas —replicó el capitán, con voz seca—. Tengo malas noticias.

—¿Qué pasó ahora?

—Mosqueda. Se suicidó esta mañana.

Del otro lado, el silencio fue inmediato. Luego vino la incredulidad.

—¿Qué? Montecinos, mira que no estoy para juegos. Espero que esto sea una mala broma.

—Ojalá. Pero no lo es. Sucedió.

—No puede ser. Ese cabrón no era de los que se rendían.

—No, ya no era el mismo —respondió el capitán—. Desde lo de su hijo se vino abajo. Y últimamente tenía problemas con la policía federal… temas de lavado de dinero.

—Por favor —refunfuñó Macario—, esos problemas los tuvo toda la vida.

—Sí, pero esta vez se le acercaron demasiado. Atraparon a su contador, un tal Felipe Torres. Y parece que el hombre está hablando más de la cuenta.

—¿El contador? ¿Ese del que me hablaron hace unos días? —preguntó Macario, incrédulo—. No puede ser. No tan rápido. Esas cosas siempre toman tiempo.

—Pues a alguien le entró la urgencia. Alguien con buen motivo para ir directo contra él.

Hubo una pausa. Montecinos podía imaginar a Macario frotándose la frente, intentando procesar la noticia.

—Entonces, ¿eso fue lo que lo llevó a pegarse un tiro?

—No lo sé —contestó el capitán, expulsando el humo—. Pero, si era verdad que el contador hablaba, Mosqueda ya no tenía salida. Y los hombres como él prefieren morir antes que verse con las manos esposadas.

—Bueno, que el eterno presidente descanse en paz —dijo Macario, con ironía—. Aunque lo dudo.

—Lo dudo también —replicó Montecinos, sin emoción.

Macario bajó el tono.

—¿Y nosotros? ¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo seguimos?

Montecinos sonrió apenas, aunque su voz siguió igual de seca.

—¿Nosotros? Tranquilos. Yo me encargo. La vida sigue igual. Solo que ahora hay que cuidar ese flanco político en la ciudad. Pero nada cambia, Macario. Nada.

—¿Nada? —insistió el otro—. No me digas que no ves el hueco que deja ese hombre.

—El hueco se llena —cortó Montecinos—. Siempre se llena. Así que no te me pongas dramático ni nerviosito. ¿Estamos?

—Estamos —contestó Macario, pero su tono dejaba ver inseguridad—. Solo digo que habrá que mover algo, hacer ajustes…

—Ya te diré qué haremos —interrumpió el capitán.

—¿Mandamos flores, al menos? —preguntó el otro, con sarcasmo cansado.

Montecinos soltó una leve carcajada.

—Ni se te ocurra. A partir de ahora, Mosqueda es solo un recuerdo. Y yo tengo muy mala memoria. Te aconsejo lo mismo: cuanto antes lo olvidemos, mejor para todos.

Hubo un silencio breve. Macario lo entendió.

—Pues así será —dijo, con tono sumiso.

El capitán colgó.

Se quedó con el cigarro entre los dedos, mirando el humo disolverse frente a la ventana.

Dos llamadas bastaron. Dos frases bien colocadas, y el tablero empezaba a moverse solo.

El Toro desconfiaba. Macario obedecía.

Y él, Montecinos, seguía en el centro, donde siempre había estado.

Nada más peligroso que un hombre que parece tranquilo cuando todo se derrumba.

El capitán respiró hondo y murmuró:

—Uno se va… y el juego sigue.

No lo dijo con orgullo ni con tristeza. Lo dijo como quien anota un resultado en una libreta mental.

La muerte de Mosqueda no lo conmovía; le recordaba que, en su mundo, cada caída solo abría espacio para otro ascenso.

Todo parecía igual y, sin embargo, algo había cambiado.

Sabía que esa calma no duraría.

Sabía que el Toro lo observaría más de cerca.

Sabía también que, cuando llegara el momento, él decidiría quién seguiría la misma ruta que Mosqueda.

En el fondo, sabía que no era el destino el que empujaba a los hombres hacia la muerte, sino una idea, un pensamiento, algo que, tarde o temprano, terminaba por volverse acción.

Esa noche, Montecinos se sintió, por primera vez en mucho tiempo, en paz. La paz del que no necesita confiar en nadie, porque todos los demás ya están haciendo exactamente lo que él espera.