Capítulo 34 #2
Hacia la noche, la casa empezó a emitir ruidos que no recordaba.
Cada ruido se volvía una amenaza. Encendió las luces como si eso ahuyentara sus miedos.
Bebió un trago. Después otro. Durmió a intervalos breves, con sueños cortos en los que el timbre sonaba, él abría la puerta y del otro lado no había nadie.
El domingo amaneció igual de opaco. Intentó imponerse una rutina. Preparó café. Ordenó papeles que no necesitaban orden. Abrió un libro que no leyó. En algún punto del mediodía se sorprendió hablando en voz baja, como si alguien lo escuchara.
—No me van a agarrar, cabrones —dijo, con una dignidad fingida.
Buscó vuelos. Vio horarios. Conexiones. Precios. Itinerarios que en otra época hubiese comprado sin siquiera llamar a su asistente. Ahora solo eran pantallas que le recordaban lo que ya sabía: sin dinero, no iría a ninguna parte.
Pensó en presentarse al banco el lunes, pero la idea le revolvió el estómago.
Por un momento se imaginó sentado en una oficina de vidrio, con un gerente explicándole que sus cuentas estaban en «revisión» mientras, sin que él lo advirtiera, algún oficial llegaba para apresarlo.
No era real, pero así lo sentía. Canceló la cita desde el teléfono y apagó el aparato, como si eso pudiera borrar sus temores.
Al anochecer del domingo intentó una última llamada: su esposa.
—No disponible —dijo la grabación.
El silencio que siguió no fue de coraje, sino de pérdida. No sabía si le llamó para pedirle perdón o exigirle lealtad; no estaba seguro. Lo único claro era que nadie, de su círculo íntimo, estaba dispuesto a estar a su lado.
Se pasó la noche entre el sillón y la mesa del comedor. A ratos se acercaba a la ventana para mirar la calle. Vio pasar una patrulla. Nada extraordinario. Y, sin embargo, una parte de su cabeza le decía: no seas ingenuo; si vienen por ti, no te avisarán.
La madrugada se le fue en un desfile de posibilidades: huir, llamar a Montecinos, conseguir protección, imaginar que el fiscal le daba una salida o que Torres guardaba silencio.
Pero todos los caminos terminaban igual: una puerta que se abre, hombres que entran, alguien pronunciando su nombre.
«Mosqueda». Como si su apellido ya no significara nada.
El lunes temprano, en un ataque de voluntad, volvió a encender el teléfono y llamó a Felipe. Tres tonos. Buzón.
No insistió. Ya entendía el mensaje.
Respiró hondo y marcó un número de la fiscalía en la capital, uno de esos contactos que alguna vez le sirvieron. Comenzó con frases vagas, una broma corriente, la anécdota de algún conocido. Al final, llegó a donde quería.
—A ver, tú debes saberlo —pidió, sin rodeos—. Lo del famoso contador… ¿es cierto?
Del otro lado, un silencio espeso.
—Mosqueda, usted sabe cómo funciona esto. No puedo…
—Ya lo sé, pero no te lo preguntaría si no fuera importante. ¿Es todo cierto?
La voz se endureció, como quien decide en un segundo qué lado del río pisa.
—Nunca lo escuchó de mí, ¿entendido? Sí. Es cierto. Cayó. Y… —hizo una pausa que no fue técnica, sino de prudencia— por lo que sé, está muy cooperativo. Se esperan más detenciones, no solo en Estado Central.
Mosqueda apoyó la frente en la pared.
—¿Y sabes cuál es el apellido de ese pajarito?
—¿El del contador? Torres. Felipe Torres.
—¿Estás seguro de lo que me dices?
—No le estoy diciendo nada —cortó el otro—. Creo que ya hablé demasiado. Mosqueda, me debe una.
Colgó.
El día se contrajo. El aire se hizo denso. Por primera vez en su vida, Mosqueda se permitió decirlo sin ironías: estoy en peligro. No era retórica. Ni un exceso de cautela. Era una sentencia leída a media voz en su propia sala.
Pensó en Montecinos. Pensó en Macario. En la cantidad de favores que había pedido, pagado, cobrado.
En las veces que sostuvo que «nadie se cae del todo si sabe a quién llamar».
Y entonces una lucidez amarga se instaló: no hay a quién llamar.
Y un hombre bloqueado, sin cuentas, sin respaldo, es una mala inversión.
La tarde se convirtió en una sucesión de pensamientos en los que imaginaba una salida y la desechaba a los segundos.
Hablaba consigo mismo con frases que intentaban recomponerle la confianza: tienes amigos, tienes historia, esto va a pasar.
Luego venía la otra voz, la que aprendió mirando a los demás caer: tus amigos eran de tu dinero, y tu historia ya no le sirve a nadie.
La noche del lunes fue la peor. No por algún ruido, sino por su ausencia. Su mente se aferró a la idea de que, si lograba llegar al martes, algo cambiaría: una llamada, una señal, cualquier cosa. A las cinco de la mañana, exhausto, se durmió en la silla.
* * *
El martes amaneció sin gracia. La luz entró por la rendija de la cortina y no trajo alivio, pero sí claridad. Y la claridad, a veces, es más cruel que la oscuridad.
Mosqueda se incorporó con el cuello adolorido. Se pasó una mano por la cara. Acomodó el saco. Buscó el teléfono.
Marcó otra vez al fiscal. La misma voz del secretario: «No se encuentra disponible».
Marcó a Felipe. Buzón.
Se quedó mirando el aparato, indeciso entre arrojarlo o abrazarlo.
Entonces el teléfono vibró. Un mensaje de texto de un número desconocido: «Están cerca. Quieren que pagues. ¿Te pudrirás en prisión? ¿Dónde está tu orgullo?».
No había amenaza abierta. No había firma. No pedía nada. Era apenas un leve aliento en la nuca. Pero fue suficiente. La frase le clavó una certeza que ya traía mordisqueando desde el sábado: todo lo que fue, lo que presumió ser, lo que creyó tener, ya no valía. No tenía nada.
Releyó el mensaje.
«¿Quién eres?», escribió.
No hubo respuesta.
Pensó en un enemigo con humor retorcido.
Pensó en un aliado con una última lealtad.
Pensó en alguien que lo odiaba, pero que prefería verlo elegir su final antes que verlo desfilar, esposado, por un pasillo con cámaras.
No encontró rostro. Solo encontró sentido: su nombre no iba a ser pronunciado por otro. No iba a darles el gusto.
Lejanamente, una sirena. Le pareció más cercana de lo que estaba. No supo si era real o un eco creado por su miedo. Dio dos pasos hacia la ventana, pero no abrió la cortina. No quería comprobarlo.
Caminó al despacho con un paso sorprendentemente seguro.
Abrió la caja fuerte. Ahí estaba. La vieja Colt 1911.
La tomó con la familiaridad de quien saluda a un amigo.
La revisó. Todo estaba en orden. Del cajón sacó una caja de balas.
No necesitaba más que una, pensó. Colocó el cargador, comprobó el mecanismo. La sostuvo un segundo.
Se rio. Una risa breve, seca, que no celebraba nada. No era triunfo ante la justicia —no se engañaba—, era apenas una victoria minúscula ante la posibilidad de verse reducido, manos atrás, mirando al suelo. No les voy a dar ese gusto, se dijo.
Fue al cuarto. Abrió el armario. Eligió el mejor traje.
El mismo que en otros años usó para inaugurar, para prometer, para sonreír al lado de hombres que ya no contestaban llamadas.
Se lo puso con paciencia. Ajustó el nudo de la corbata con la misma precisión con que, mucho tiempo atrás, ajustaba las palabras para convencer a quien fuera.
Bajó a la cocina. Preparó café. Se sentó y lo bebió a sorbos, sin prisa.
Ese acto común le devolvió un orden, una normalidad que el mundo le había negado.
Cuando terminó, volvió al despacho. Se sentó. Abrió una libreta. Escribió con letra pareja:
Para mi esposa:
Perdona por no haber sabido tenerte a mi lado. Por no haber sabido cuidar a nuestro hijo. Por creer que podía protegerlos.
E
Cerró la libreta. Dejó la pluma encima, alineada.
Sostuvo el arma con ambas manos. La apoyó por debajo de la quijada, apuntando hacia arriba. No pensó en Dios. No pensó en el poder. No pensó en el dinero. Pensó en su apellido. En cómo iba a pronunciarse por última vez: sin adjetivos. Solo Mosqueda.
Afuera, quizá otra sirena. Adentro, una respiración que se calmaba.
Tomó aire.
Un segundo de silencio perfecto.
Entonces murmuró, casi para sí:
—No es sabio el que adivina su destino, sino el que lo enfrenta.
Cerró los ojos.
Y apretó el gatillo.
El orgullo no salva… solo elige la forma del derrumbe.
* * *
El estruendo rebotó en las paredes, seco, definitivo. Un segundo después, la casa volvió al mismo silencio de siempre, pero ahora ese silencio significaba otra cosa.
No hubo testigos. Nadie escuchó su última explicación. Y, sin embargo, no hacía falta: toda su vida estaba escrita en ese gesto. En esa acción brutal con la que decidió el final de su propia biografía.
Después, cuando el mundo retomara su trabajo de rumores, alguien diría que fue cobardía; otro, que orgullo. Ninguno tendría toda la razón. En esa frontera ambigua suelen despedirse los hombres que construyeron su poder con ladrillos de silencio, sangre y traición.