Cadenas Capítulo 34
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Capítulo 34

La Capital

Dicen que las malas noticias no viajan solas.

Para Mosqueda, esa frase dejó de ser un dicho para volverse una realidad.

Aquella mañana intentó hacer una transferencia a la cuenta de su esposa —esa mujer que ya tenía meses de no vivir con él—. La operación fue rechazada. Insistió una, dos, tres veces. Lo mismo. Un mensaje en la pantalla decía: operación no autorizada.

Llamó al banco con la impaciencia de quien siempre ha estado acostumbrado a que todo se mueva a su ritmo.

Le respondieron con cortesía fría: que existía un «problema mayor» y que necesitaban explicárselo personalmente.

Que le pedían, con respeto, presentarse el lunes a las nueve de la mañana para aclararlo.

—¿Un problema mayor? —repitió Mosqueda, apretando los dientes—. ¿Qué demonios significa eso?

No obtuvo más que excusas. Colgó con un insulto entre los labios. ¿Cómo era posible? Él, un cliente preferente, con historia, con dinero y contactos, reducido a un número bloqueado en un sistema.

Respiró hondo. Aceptó la cita, aunque por dentro hervía.

Se sirvió un café y se sentó en el comedor, donde el silencio de la casa le pesaba más que la soledad en que vivía.

Encendió la televisión. Las voces del noticiero llenaron el aire con un tono que le resultaba familiar: problemas y tragedias ajenas.

Primero, las internacionales. Nada nuevo. Luego cambió a las locales.

El rostro del presentador hablaba de un «golpe certero de la policía federal», una redada en una zona residencial de la ciudad. Mostraban imágenes borrosas, patrullas, una camioneta negra y un hombre esposado, con el rostro cubierto. El presentador leyó el nombre con énfasis:

—Felipe «X», presunto contador de un grupo delictivo con operaciones en Estado Central y estados vecinos.

Mosqueda sintió un vacío en el pecho.

Felipe…

Se inclinó hacia la pantalla, como si eso pudiera cambiar la noticia.

El reportero continuó: «Según fuentes federales, la detención marca el inicio de una cacería mayor; se esperan más capturas en los próximos días».

Mosqueda dejó la taza sobre la mesa.

—No puede ser él —dijo en voz baja—. No puede ser.

Pero todo encajaba. La edad, la zona, la descripción, incluso la forma en que lo habían detenido: sin balas, sin persecución, con información previa. Un trabajo limpio. Demasiado limpio.

Intentó convencerse de que era una coincidencia. Pero la coincidencia es un lujo que solo los inocentes pueden darse.

Tomó el teléfono y marcó. El número de Felipe fue directo al buzón.

Volvió a marcar.

Nada.

Repitió la llamada durante una hora, con los dedos temblando y la garganta seca. Cada tono de espera era una punzada dolorosa en el cuerpo.

Llamó después al fiscal del estado, un viejo conocido de los tiempos en que las cenas y los favores iban de la mano. Tampoco contestó. Su asistente, con una voz mecánica, le dijo que el licenciado estaba «demasiado ocupado». Que le devolvería la llamada el lunes.

El lunes. Siempre el lunes. Como si el tiempo fuera un enemigo al que no podía vencer.

Su respiración se volvió pesada. Desde la muerte de su hijo y con su esposa lejos, la casa parecía más grande, más vacía.

Tomó aire y marcó otro número: el del capitán Montecinos.

Él sí contestó.

—Mosqueda, ¿qué te pasa ahora? —la voz de Montecinos sonaba cansada.

—¿Viste las noticias? —preguntó Mosqueda sin rodeos—. Dijeron que atraparon a un contador… un tal Felipe «X».

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Montecinos frunció el ceño.

—¿Felipe qué?

—El contador —respondió Mosqueda, con voz baja, como si alguien lo estuviera escuchando—. Alguien que ha trabajado conmigo desde hace años. Es el que me maneja… mis cosas. Si es él, estoy jodido.

—¿Estás seguro de que es él? —insistió Montecinos—. Las noticias siempre usan nombres falsos.

—No, no creo que sea un invento —dijo Mosqueda, esta vez alzando la voz—. Sé cómo suena, y lo que dijeron encaja.

—Tranquilízate —respondió al fin Montecinos, intentando sonar firme—. No saques conclusiones antes de tiempo. Puede ser cualquier otro.

Hubo un silencio breve. Un silencio que, en otro tiempo, habría sido insignificante, pero que ahora pesaba como el plomo.

—No seas condescendiente conmigo, Montecinos. Sé lo que digo. Si cayó él, van a venir por mí.

—¿Y por qué habrían de hacerlo? —replicó Montecinos—. Nadie puede vincularte. Eres político, no sicario. Un contador no puede mancharte con sangre. Lo tuyo siempre fue el dinero, no las balas.

Mosqueda respiró hondo.

—Dinero… justo lo que ya no tengo.

—No empieces —dijo Montecinos, bajando la voz—. Siempre supiste esconder tus pasos. Has sobrevivido más que cualquiera de nosotros. Si algo sé, es que a ti no te hunde un chisme.

—¿Chisme? —Mosqueda levantó la voz—. Si es cierto, esto no termina en un chisme, capitán. Torres sabe demasiado.

—Si es él, ¿crees que hablará? —preguntó Montecinos, con tono calculado—. Me imagino que ya lo habrás aleccionado: la traición se paga.

La frialdad de sus palabras debería haberlo tranquilizado, pero lo dejó más intranquilo.

—¿Hablas en serio?

—Tú mismo me enseñaste que en este negocio nadie canta dos veces.

Mosqueda calló. Pensó en todas las veces que había usado esa frase para alinear lealtades.

—Entonces, no sabes nada…

El tono de Montecinos cambió, intentando ser más empático.

—Mosqueda, me conoces desde hace mucho. Si supiera algo, ya te lo habría dicho.

Escúchame —dijo, bajando aún más el tono—.

Estás viejo, y últimamente te cuesta distinguir los fantasmas de los enemigos.

Si de verdad crees que estás en peligro, mantente tranquilo y deja que pase el ruido.

No llames a nadie más. No muevas nada, no te delates. ¿Me entendiste?

Mosqueda sintió la humillación detrás del consejo.

—¿Viejo?

—Sí, viejo. Todos lo estamos. Pero tú te lo has creído antes que todos nosotros.

La línea se quedó muda por unos segundos.

—Capitán, dime algo. Si tú estuvieras en mi lugar… ¿qué harías?

Montecinos no respondió de inmediato.

—Ya te lo dije. Quieto… y rezando —dijo finalmente y colgó.

El clic del teléfono fue como un disparo seco.

Mosqueda se quedó mirando el aparato, con la respiración agitada. Intentó convencerse de que el capitán tenía razón. Pero algo en su voz le dijo que también tenía miedo.

En el otro extremo, Montecinos permaneció unos segundos con el celular en la mano, sin moverse. Había aprendido a reconocer el tono de los hombres que se saben acorralados, y el de Mosqueda era uno de ellos.

Sabía que el político había perdido el control desde hacía meses. Desde que su esposa lo abandonó y su hijo murió, Mosqueda era un fantasma con poder prestado. Había empezado a hablar de más, a desconfiar de todos. Y, en ese mundo, la desconfianza es una invitación al desastre.

Tomó un trago de café frío y pensó en las palabras que acababa de decirle. «Reza». No era un buen consejo. Parecía más una sentencia.

Encendió un cigarro y marcó otro número.

—¿Macario? Soy yo.

—Capitán, ¿qué ocurre tan temprano?

—Hablé con Mosqueda. Está… raro. Paranoico. Cree que lo van a agarrar.

Macario rio del otro lado.

—Ese viejo no deja de sorprenderme; no cambia. Siempre vio enemigos hasta en los espejos.

—Esta vez no es paranoia. Algo lo alteró. Está convencido de que detuvieron a su contador, un tal Felipe.

Hubo un silencio breve.

—¿Y lo detuvieron?

—Pues él está convencido de que sí. Aunque, como me lo planteó, pudiera ser solo una coincidencia. Pero lo que me preocupa es que Mosqueda empiece a mover cosas. Si entra en pánico, puede arrastrarnos a todos.

—Bueno, no seamos nosotros los que ahora exageremos —repuso Macario—.

Mosqueda es un perro viejo. Ha sabido salir de muchas cosas y peores.

Yo pensaría que hay que dejarlo ladrar un poco.

Cuando se le pase el susto, volverá a ponerse la corbata.

Así son los políticos: hacen ruido para después salir como mártires.

Montecinos soltó una risa seca.

—Tal vez tengas razón. Pero algo en su voz me dio mala espina.

—Capitán —dijo Macario, con ese tono que mezclaba cinismo y desprecio—. Si Mosqueda se hunde, se hunde solo, no con nosotros.

Montecinos colgó. Pero, mientras apagaba el cigarro, una sensación persistente le recorrió la espalda. No era miedo, era algo peor: intuición. Esa que se forma después de demasiados años viendo caer a los demás.

* * *

Mosqueda se quedó solo en su casa. La televisión seguía encendida, pero ya no escuchaba las noticias. Solo oía el zumbido constante del silencio.

Intentó leer, pero sus ojos iban a otro lado. Caminó por la sala con pasos torpes, abriendo y cerrando cortinas, revisando la calle. Todo parecía igual, pero en su cabeza nada lo estaba.

Cada sombra en la acera le parecía una amenaza. Cada ruido, una señal de alarma. Por primera vez en su vida, no tenía a quién llamar.

El día avanzó lento, como si el tiempo también quisiera torturarlo.

Cayó la noche y, con ella, una certeza: algo dentro de él se había roto.

* * *

El sábado se disolvió sin que nada pasara y, sin embargo, para Mosqueda fue como si todo hubiera ocurrido ya.

Revisó por enésima vez la aplicación del banco: el mismo mensaje.

Operación no autorizada. Entró al portal, cambió contraseñas, activó y desactivó tarjetas, intentó otra transferencia pequeña, casi ridícula, solo para sentir que aún podía mover una pieza. Nada.

El sistema no solo lo había detenido: lo había acorralado.

A mediodía pensó en salir a caminar, pero la idea de abrir la puerta le pareció una imprudencia. Se quedó quieto, buscando control en lo único que aún podía manejar: el teléfono. Necesitaba oír a alguien, cualquier voz que le dijera que no todo se había venido abajo.

Marcó otra vez a Felipe. El buzón.

Marcó al fiscal. Contestó la asistente, con voz amable y vacía:

—El fiscal no se encuentra disponible, señor Mosqueda. ¿Desea dejarle recado?

—Ya lo hice —respondió él antes de colgar.