Capítulo 31
Santa Rosa de la Paz, Estado Central
La llamada de Montecinos, por alguna razón, a pesar de ser una buena noticia, lo dejó con un sabor amargo.
No entendía bien por qué. Tal vez porque la calma nunca le supo bien.
Lo cierto es que sintió la necesidad —una que no podía explicar— de ir a ver a la periodista. Hablarle.
A veces los instintos van primero que la razón.
No era obligación. Nadie se lo pedía. Pero algo en esa mujer lo había dejado inquieto desde la primera vez que la escuchó hablar, con esa voz firme, sin miedo, como si se entendieran, aun sin hablar.
Desde el fondo del cuarto, Raquel escuchó los pasos acercarse. El sonido del cerrojo y el tintineo del llavero. Luego, una voz familiar.
—Hola, patrón —oyó decir el guardia desde el pasillo—. ¿Cómo le va?
—¿Cómo sigue la invitada? —preguntó él.
Las risas del celador se escucharon con claridad.
—Se porta bien, patrón.
El ruido metálico del cerrojo confirmó lo que Raquel ya anticipaba.
La puerta se abrió.
Y volvió a verlo. Misma figura. Mismo porte.
Pero esta vez, por la claridad del día, pudo observar mejor su silueta: un hombre alto, de hombros anchos, con la pistola colgando con naturalidad.
El pañuelo que cubría su rostro no era nuevo; parecía parte de él, como una segunda piel.
Fiel a su advertencia: «Entre menos sepa, más segura estará».
—¿Cómo le va, señorita Ozuna? —preguntó con una calma extraña—. Espero que la estén tratando bien.
Raquel pensó en responder con algún insulto, pero se contuvo. Aquel hombre no estaba ahí para burlarse de ella, y ella lo sabía.
No era un cualquiera. Era alguien acostumbrado a mandar.
—Tan bien como se puede —dijo finalmente—. No me quejo. El guardia de afuera se ha portado bien.
El hombre rio.
—La Lagartija —dijo, con una cierta ternura poco apropiada— es buen chico. Está conmigo desde que sus padres murieron.
Raquel no pudo evitar levantar una ceja.
—¿La Lagartija? ¿No tiene un nombre cristiano, por Dios? —preguntó con una mezcla de curiosidad y provocación.
El hombre sonrió apenas, sin enojo.
—¿Nombre? ¿Y qué tiene de malo la Lagartija?
Raquel titubeó.
—Nada malo, supongo. Pero... ¿no es mejor llamarlo por su nombre real? El que le pusieron sus padres.
El Toro la miró con una expresión que mezclaba ternura y desdén.
—Mire, señorita —dijo con voz baja, pausada, como quien revela un secreto antiguo—. En este mundo, las cosas que tienen nombre no viven mucho.
Raquel lo observó en silencio, intentando descifrar si estaba bromeando. Luego, al mirar al hombre, entendió que no lo era.
Él siguió:
—Allá afuera, los nombres solo valen en el papel.
Los usan los que creen que todavía existe el orden, los que confían en que un acta o una placa pueden protegerlos.
Pero aquí… los apodos son verdaderos. Son nuestro lenguaje.
Un apodo dice todo lo que un nombre no se atreve.
Te nombran por lo que haces o por lo que temen de ti.
Un apodo te define: te hace pertenecer. Te protege y te expone, a la vez.
Para nosotros, si alguien pregunta por tu nombre, no tiene sentido.
Aquí solo se pregunta por lo que haces, por lo que te ganas.
Son nombres que te elige la vida. Nadie los impone.
Hizo una pausa, la miró directamente y añadió:
—Un apodo te pertenece más que tu propio nombre. El nombre te lo da otro; el apodo te lo ganas.
—¿Y eso es motivo de orgullo? —dijo Raquel, desafiante.
—Más que orgullo, es tu identidad —respondió el Toro—. A veces, hasta refugio. Aquí nadie pregunta cómo te llamas, sino por qué te dicen así. Ese «por qué» es el que te define.
Raquel bajó la mirada, reflexiva.
Él continuó:
—Mire, los nombres de papel, de esos que usted habla, son para la gente como usted, de calle, de ciudad. Pero los que andamos en este lado… no necesitamos de eso. Así que los apodos nos vienen mejor.
—¿Eso quiere decir que ustedes son más honestos con lo que son? —preguntó Raquel. La pregunta punzante tenía parte de desafío y parte de curiosidad.
El Toro la observó, sopesando el desafío que esa mujer le ponía enfrente. Respondió despacio:
—No. Significa otra cosa. En mi mundo, es cierto que la verdad viene envuelta en sangre y en gestos.
No hay juramentos en papel que te llamen amigo.
Hay lealtad pagada cara y traición que se salda con la misma moneda.
A muchos de nosotros nos pesa más un apodo que un título. Te nombra y te obliga. Eso es todo.
Raquel se quedó pensando. Por un momento imaginó un mapa con dos mundos: el de la ley, con sus papeles, y el otro —crudo— hecho de códigos no escritos. En uno la autoridad es un sello; en el otro, un apodo.
—¿Y la Lagartija? —insistió, con la intención de desarmarlo—. ¿Por qué se llama así?
El Toro sonrió por primera vez, un gesto pequeño que no llegó a sus ojos.
—Porque cuando chico se escondía entre piedras. Porque era pequeño, pero mordía más fuerte que los demás. Porque hay cosas que no se preguntan; se observan. Y si te llaman la Lagartija, pues te conviertes en eso. Lo aceptas. No todos aguantan ser lo que realmente eres.
Ella lo miró, midió la expresión del hombre y no pudo decir si lo tomaba como una burla o como una enseñanza. La verdad es que allí, en la penumbra, las lecciones venían vestidas de amenazas. Y, a veces, las amenazas son las que enseñan con más claridad.
—Bueno —dijo Raquel con una voz que trató de recuperar firmeza—. Supongo que no ha venido a hablarme de nombres y apodos, ¿verdad?
—No —respondió él con brusquedad—. Vine a preguntarle algo más importante. ¿Qué tanto confía en ese abogado que vino a mover todo esto? ¿Ese joven que anda metiendo la nariz donde no debe?
La pregunta era directa. Llegaba con claridad, como quien golpea la puerta para ver si alguien responde. Raquel se sorprendió a sí misma: la certeza y la calma habían sido su escudo durante los últimos días, pero ahora titubeó.
—Lo suficiente —dijo, con la voz más firme de lo que sintió.
El Toro ladeó la cabeza, no convencido.
—¿«Lo suficiente» para…?
—Para hacer lo que haya que hacer —contestó ella—. Lo suficiente para seguir.
El hombre se quedó mirándola. Su silencio dejaba ver su valoración. Le estaba tomando la medida.
—Ya veo —murmuró—. Bien. No sé si esa es una buena noticia o una mala. Depende de qué entiendas por «hacer lo que haya que hacer».
La ambigüedad del comentario quedó flotando entre ellos. Raquel se quedó inmóvil, notando que cada palabra podía volverse en su contra.
—Me acaban de informar —dijo el Toro con voz corta— que ese abogado se ha echado para atrás. Desistió. Me lo han comunicado hace un rato.
La noticia cayó como una bofetada. Raquel no pudo retener el llanto. Fue un llanto largo, incendiado por la frustración y por la sensación de traición. Al principio murmuraba palabras que apenas se entendían:
—No… no puede ser… Habíamos hablado… Habíamos prometido…
El Toro la miró sin gesto de lástima. Él no tenía el hábito de ofrecer consuelos. No estaba allí para mitigar, sino para ver y entender.
—Bueno —dijo sin suavizar la frase—. Te han dado tiempo para vivir. Eso es lo que hay ahora.
Las manos de Raquel se apretaron en el pecho, como si sujetaran algo que en cualquier momento se fuese. Sus palabras salieron atropelladas.
—¿Que siga viva? ¿Para qué? ¿Para que todo siga igual? ¿Quién nos va a ayudar a salir de este mundo si se echa para atrás? ¿Quién? —gritó, con una rabia que no sabía contener.
El Toro la escuchó y algo en su gesto cambió: no era desdén, sino un punto de enfado, como de quien se siente incomprendido.
—¿De qué «salir» hablas? —le preguntó con calma contenida—. ¿De este mundo?
—Sí, de este —respondió ella—. De este mundo criminal, donde todo se impone y se vive con balas. Donde la vida no vale nada. Donde todo se compra: el poder, las decisiones, la impunidad. ¿Quién nos va a sacar de esto? ¿La autoridad? ¿Ustedes? ¿Dios? Todo es una farsa.
El Toro suspiró y, por un segundo, la dureza de su voz se ablandó con un dejo de ironía triste.
—Quizá… quizá tu problema, señorita Ozuna, es que comparas dos mundos con reglas distintas.
El tuyo cree en tribunales y en papeles.
En castigos públicos. En esa lógica de «la culpa probada».
El mío… el mío funciona distinto. Aquí las reglas son otra cosa: la lealtad, la palabra, el miedo.
La traición se paga rápido y claro. Puede haber más sangre, pero hay menos engaños.
Nadie te finge amistad en una foto y te apuñala por detrás con una cláusula. Aquí traicionan y lo sabes de frente.
Raquel, entre sollozos, buscó aire.
—¿Eso lo hace mejor? —preguntó, desafiante—. ¿Más digno?
El Toro reflexionó un momento, los dedos rascando el borde del pañuelo que cubría parte de su cara.
—No —dijo en voz alta, mirando a la pared—.
No digo que sea mejor. Digo que es distinto.
Tú lloras porque esperabas que el abogado aguantara; yo no lloro por eso.
Yo miro qué pasó. ¿Lo compraron? ¿Lo asustaron?
Eso me sirve. La gente que resiste… no siempre es la que gana.
A veces la que no resiste paga su cuota y sigue en pie, deja vivir. ¿No lo ves?
Raquel lo miró con furia y cansancio.
—¿Eso es todo? ¿Quieres que nos conformemos? —dijo—. ¿Que aceptemos que la vida siga así porque ustedes la manejan a su manera?
El Toro dio un paso hacia ella, no agresivo, pero sí decidido.
—No —contestó con voz corta—. Lo que digo es otra cosa.
Tú y yo vemos la justicia con lentes distintos.
Para ti la justicia es una sentencia, una cárcel, una reparación según la ley.
Para mí la justicia es una respuesta que se impone: que quien hace daño pague.
¿Con papeles? No. ¿Con plomo? A veces. Lo que aquí no aguanta es la hipocresía.
La discusión empezó a abrir huecos filosóficos donde la rabia humana buscaba excusas. Raquel, con la voz entrecortada, quiso volver a la razón.
—¿Entonces qué propones? ¿Qué matemos? ¿Que…? —no pudo terminar.
El Toro la miró como si la pregunta fuera ingenua.
—No te propongo nada —dijo—. Solo que algunos necesitamos más claridad y certeza.
Que no finjas que todo se arregla con un sello o un papel.
Que no esperes que el mundo de tu justicia te proteja.
Que entiendas que, en ciertos lugares, la verdad no espera una orden judicial. Se cobra, se salda, se limpia.
Raquel lo escuchó y, con voz quebrada, dijo:
—Yo no quiero sangre por sangre. Quiero una verdad que se pueda exhibir, un castigo que evite más muertes.
El Toro hizo una pausa larga. Le vinieron imágenes de su infancia: los juegos con su hermano, los cariños de sus padres. Luego pensó en su muerte, en las traiciones.
—Para mí —dijo al fin—, justicia es que un hombre que mató o traicionó a alguien no vuelva a caminar tranquilo.
No sé si eso se logra con papeles. No puedo esperar un juicio que se pierde en palabras legales.
Acá, nosotros buscamos la justicia de otra forma.
Tal vez no sea la que tú imaginas, pero es la que nosotros entendemos.
Raquel trató de aferrarse a una idea última, una que le permitiera sobrevivir a su propia rabia.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó—. ¿Me sueltan y esperan que me calle? ¿Me sueltan para que me vaya de este pueblo y ya?
El Toro respiró. Miró la ventana. Parecía cansado, de un cansancio que no era solo físico, sino moral.
—No te voy a soltar aún —dijo—. No porque quiera retenerte por placer, sino porque aún nos sirves.
Además, si te suelto ahora, nadie garantiza que llegues.
Y otra cosa: el abogado se fue, sí. Pero no estamos seguros de que eso vaya a bastar.
Si realmente hay más gente en esa madeja, van a reaccionar.
Y créeme, la calle está más vigilada para quienes salen libres.
Raquel respiró con rabia contenida.
—No me gusta ser el peón de nadie —murmuró.
El Toro la miró con dureza.
—Entonces deja de serlo —replicó—. No te estoy ofreciendo un acuerdo bonito. Solo te estoy diciendo la verdad. Lo mejor para ti es que tengas paciencia. Y que seas inteligente. Si lo haces bien, quizá no haga falta que yo saque la pistola.
Ella lo miró, con algo del orgullo que le quedaba.
—¿Eso es una amenaza?
—Lo único que te estoy diciendo es que, una vez fuera, será tu decisión, y así serán las consecuencias. Aunque, si sucede, sabrás que moriste habiendo hecho algo —dijo el Toro con una frialdad que no era falta de consideración, sino una verdad que no se podía negar.
La conversación, que había comenzado como un interrogatorio, fue mutando en un pacto tácito de comprensión: cada uno sabía a qué atenerse. Ella no iba a renunciar a sus principios; él no iba a fingir que esos principios eran practicables allí donde no funcionaban las instituciones.
El Toro por fin se levantó. Se acercó a la puerta. Antes de salir, se volvió y dijo, con voz más suave:
—Vas a regresar a tu mundo pronto y viva. Cuando estés ahí, puedes pedirle cuentas a quien corresponda con tus palabras, con tus pruebas. Si no, al menos deja que este mundo también se defienda. No esperes un milagro.
Y se fue, cerrando la puerta con llave. Raquel lo oyó caminar, los pasos que se alejaban, el crujir de la madera. Quedó sola con sus dudas, su rabia y la sensación amarga de que la línea que separa la ley de la violencia era más delgada de lo que había creído.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Se quedó mirando la ranura por donde la luz entraba. Por primera vez entendió algo íntimo de aquel mundo y una pregunta volvió a su garganta: ¿en qué lugar de ese mapa tenía pensado estar ella?
—Pensé que la verdad pediría menos sangre —murmuró para sí—. Pensé mal.
La tarde se cerró con un silencio que no prometía respuestas fáciles. Y, dentro, Raquel empezó a dibujar en su mente la hoja de ruta que debía seguir si quería que la verdad no fuera un cadáver más.