Capítulo 32
Al norte del Estado Central
La noche parecía más negra que de costumbre y el pueblo dormía a medias.
Para el Ratón, nada de eso le llamaba la atención. Había pasado días ejecutando acciones pequeñas —un golpe aquí, una advertencia allá—, y esa sensación de poder le había crecido en el pecho tanto que ya no le cabía.
Pero la incertidumbre era mayor: desde que cumplió la orden de «arreglar» al presidente de San Isidro, no había vuelto a escuchar una voz clara que le marcara el camino.
Nadie había dicho si lo había hecho bien, si lo había hecho con la suficiente limpieza.
En ese vacío se alojó la duda, y la duda lo llevó a moverse más de la cuenta.
Esa misma noche, cuando el pueblo parecía tragarse hasta el menor ruido, el celular del Ratón sonó.
El mismo número desconocido, una línea sin rostro. Abrió la boca para maldecir. Respondió.
—Ratón, te estás moviendo mucho, cabrón —dijo la voz del otro lado.
El Ratón tragó saliva. Se levantó, escondido entre las sombras. Quiso mostrarse sereno, pero la serenidad le costaba.
—Vaya, hasta ahora te preocupas. Parece que la tierra te tragó, compadre —murmuró, entre irritado y aliviado.
—Te dije que no te movieras después del encargo —replicó la voz, fría como siempre.
—¿Y quién crees que eres para decirme lo que debo o no debo hacer? —contestó el Ratón, con una rabia que buscaba justificarse.
—¿Quién? —la voz se permitió una pausa, como midiendo el terreno invisible que los separaba—. Una conciencia que te puede llevar lejos… o cortarte el camino si decides hacerlo solo.
El Ratón rio sin gracia, forzado. La respuesta flotó en el aire.
—¿Es una amenaza? —la pregunta sonó insegura incluso para él. Sabía que, si lo era, poco podía hacer sin conocer el rostro de quien hablaba.
—No, yo no hago amenazas —dijo la voz, con esa seguridad que desesperaba—. Ya deberías saberlo. Solo digo que, si nos salimos de las reglas que acordamos, esto que tenemos se acabará.
El Ratón miró la ventana. Afuera, un par de perros rompieron la noche con un ladrido accidental. Respiró hondo.
—Ya, ya —dijo—. A lo mejor me exalté un poco, pero tú tienes la puta culpa. No sé nada de ti y no escuché nada después de acabar el encargo.
—Lo sé —aceptó la voz—. Pero las fichas se están moviendo rápido.
—¿Qué fichas? —replicó el Ratón, queriendo mostrar fuerza con la voz.
—Ahora lo que necesito es que te quedes quieto, al menos en tu zona. Si estoy en lo cierto, dentro de poco la atención de las autoridades se centrará en nuestros enemigos, aquellos a los que queremos destruir.
—¿Te refieres al Toro? —la palabra costó, como si nombrarlo fuera abrir una puerta.
—Al Toro, a Mosqueda y al capitán —respondió la voz sin vacilar—. Ese triángulo es difícil de superar para dominar la zona, Ratón.
El silencio cayó. El Ratón pudo oír su propia respiración. La posibilidad de que todo lo que había hecho fuera pieza de un tablero mayor le heló la sangre: si ellos caían, la promesa de la voz se cumpliría; si no, la caída sería la suya.
—¿Y alguna pinche idea de lo que vendrá? —preguntó con cinismo, intentando cubrir la ansiedad con ironía.
—Te puedo asegurar que uno de ellos caerá muy pronto —dijo la voz, tajante—. En los próximos días. Y, una vez que lo haga, el resto se vendrá abajo solo. No necesitaremos tirar un solo tiro más. A partir de ahí, tú serás el rey de la zona.
El Ratón sintió que su pecho se contraía. La palabra rey le sonó vacía y, a la vez, irresistible: el misterio prometía grandeza, y la grandeza prometía olvido del miedo.
—Dame algo más —exigió el Ratón—. Una pista. Un nombre.
—No diré nombres. Pero escucha: el triángulo solo se sostiene si le funcionan las tres patas. Si quitas una —el pilar político o el operativo—, el tercero no aguanta el peso.
—Ya —el Ratón chasqueó la lengua—. Pinches frases bonitas. ¿Cuál cae primero?
—El que no crea que puede caer. Ese siempre es el primero.
Sin embargo, la misma promesa de ganar le acarreaba otra pregunta que le inquietaba.
—Y tú —preguntó con brusquedad—, ¿qué ganarás en todo esto?
—Un simple socio que te acompañará en ese viaje —respondió la voz.
—¿Y cuándo nos conoceremos? —dijo el Ratón con dureza—. Entenderás que es difícil hacer pactos por teléfono.
—Claro que lo entiendo —replicó—. Pero, como te he dicho, ahora nuestra fuerza está en que yo siga en las sombras. Así no hay riesgos y se pueden dar las puñaladas más fáciles.
El Ratón se mordió los labios. Pensó en la zona, en el control que había ganado. Si lo que la voz decía era cierto, debía callar y esperar. Si era mentira, quedarse quieto significaba renunciar a la oportunidad. La incertidumbre lo carcomía.
—Solo espero que sepas quién está de tu lado —susurró, casi sin querer.
—Lo sé, Ratón. Te prometo que, una vez que ellos caigan, nos encontraremos. Pero, por ahora, no sigas llamando la atención. Lo que quiero es que la atención esté sobre ellos y no sobre ti, ¿entiendes? Ahora no necesitamos protagonismo.
El Ratón asintió, aunque sabía que nadie podía verlo. Su acuerdo era con aire y promesas. Suspiró y, por primera vez en días, pensó en retroceder.
—Ok —dijo por fin—. Lo haremos así. Pero solo por unos días. Si no sé de ti antes, no puedo darme el lujo de perder lo ganado hasta ahora. Tú también entiendes eso, ¿verdad?
—Lo entiendo. Pero necesito tu disciplina. Dos semanas. Quieto. Silencio. Sin incursiones ni bromas pesadas en los caminos. Que el ruido que llegue sea el del Toro y su gente.
—Dos semanas —repitió el Ratón, escéptico.
—Tenemos un acuerdo, entonces —confirmó la voz—. Si te mueves, me obligarás a moverme… y no será para ayudarte.
—Oye —soltó el Ratón antes de que cortaran la conversación—. Dijiste «cuando caigan nos vemos». ¿Dónde?
—Donde tú quieras. Esa será mi prueba de lealtad.
Colgaron.
El silencio después de la llamada fue profundo, como el hueco que deja un disparo bien colocado. El Ratón apoyó la frente contra la pared y cerró los ojos.
El silencio del cuarto se le hizo insoportable.
Solo se oía el tic-tac de un reloj colgado junto a la puerta, un sonido que parecía recordarle lo que más temía: el tiempo seguía corriendo, y él no sabía si iba adelante o hacia el abismo.
Tomó el cigarro que se consumía entre los dedos y lo apagó contra la pared.
—Carajo… —susurró—. ¿Qué estás haciendo, cabrón?
Era la primera vez que dudaba de sí mismo en años.
Hasta entonces, siempre había tenido una certeza: la fuerza y su instinto. Pero desde que esa voz había aparecido, las certezas se le habían vuelto resbalosas y el instinto, adormecido.
La voz sabía demasiado. Aparecía justo cuando debía y desaparecía cuando quería.
Y lo peor: parecía leerle la mente.
Salió del cuarto.
En el patio, dos de sus hombres conversaban junto a una camioneta.
Lo saludaron con respeto, aunque sin entusiasmo; lo habían visto más tenso cada día.
—¿Todo bien, patrón? —preguntó uno de ellos, el más joven.
—Sí, todo bien —mintió.
—¿Tenemos movimiento esta noche?
—No —respondió rápido—. Nadie sale, nadie entra.
El muchacho asintió, confundido. No era costumbre del Ratón dar órdenes tan vagas.
Siempre había un golpe que planear, un ajuste que ejecutar.
Pero esa noche no. Esa noche el miedo había tomado la forma de consejo.
Volvió al interior. Sirvió un trago y se dejó caer en una silla.
La voz resonaba aún en su cabeza: «Dentro de poco caerán, y tú serás el rey».
—Rey —repitió en voz baja, con ironía.
Sabía que en su mundo no existían los reyes; solo los hombres que sobrevivían un poco más que los otros.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió la necesidad de hablar con alguien que no fuera su sombra. Pero no había nadie. Los pocos que alguna vez consideró amigos estaban muertos o escondidos.
Encendió una radio vieja.
El locutor hablaba de política estatal, del nuevo presidente municipal en San Isidro del Valle, del «orden recuperado».
El Ratón soltó una carcajada ronca.
—Orden… sí, cómo no, ¡ mis huevos!
La risa se le cortó de golpe. La sospecha lo atravesó: ¿y si la voz era uno de ellos? ¿Y si lo estaban usando para limpiar su propio camino?
La idea le heló la sangre.
«Juegan conmigo —pensó—. Me están dejando hacer el trabajo sucio».
Se levantó de la silla con violencia y tiró el vaso contra la pared. El sonido del vidrio quebrado lo trajo de regreso.
Su respiración era pesada, desacompasada.
—¿Y si no existe nadie del otro lado? —dijo, hablándose a sí mismo.
Pensó en todo lo que había puesto en juego.
La promesa de la voz pesaba demasiado.
Con un último gesto, se levantó, encendió un cigarro y, antes de que el miedo se transformara en otra cosa, tomó una decisión pequeña: no hacer nada hasta nueva orden.
No era valentía, solo prudencia. Una prudencia que podía salvarle la vida y darle lo que siempre quiso: más poder. Bien valía la pena esperar un poco.
Cerró los ojos.
Escuchó otra vez la frase de la voz: «Nuestra fuerza está en las sombras». Y se preguntó si las sombras lo estaban protegiendo… o devorando.
—¿Y si me están usando de idiota? —soltó el Ratón, con la voz áspera.
—No, no eres idiota. Solo eres ambicioso. Esa es tu virtud y tu maldición.
El Ratón apretó los dientes. Miró el teléfono unos segundos y luego lo tiró sobre la cama.
Se llevó las manos a la cara. Le temblaban los dedos.
En algún lugar de su mente, la duda se transformó en certeza: Ya no era dueño de nada.
Ni de su gente ni de sus decisiones. Solo de su miedo.