Cadenas Capítulo 30
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Capítulo 30

San Isidro del Valle, Estado Central

El aire olía a pintura fresca.

El Palacio Municipal de San Isidro lucía limpio, ordenado, casi solemne. Afuera, unos cuantos curiosos se habían reunido frente a la entrada principal, empujados más por la costumbre que por el interés. Adentro, la ceremonia transcurría con eficiencia.

Macario levantó la mano derecha y repitió las palabras del juramento con voz monótona.

—… defender la Constitución, los intereses del municipio y cumplir fielmente el mandato que se me ha encomendado.

Hubo un aplauso tibio.

En cuestión de minutos, la «toma de protesta» quedó consumada.

Las cámaras de los reporteros locales capturaron la foto de rigor: Macario entre Santiago Mosqueda y el capitán Montecinos, todos serios, todos simulando solemnidad.

No había público, ni discurso oficial, ni música de banda. Solo una docena de funcionarios, algunos soldados y dos hombres que no necesitaban presentación: Mosqueda, el viejo patriarca político, y Montecinos, el capitán que movía los hilos invisibles desde el otro lado de la ley.

Terminada la ceremonia, el personal fue saliendo poco a poco, hasta que en la oficina principal quedaron únicamente ellos tres.

El silencio se instaló, sin saber cómo salir de ese cuarto.

Mosqueda fue el primero en hablar.

—Pues ya está hecho —dijo, palmeando el hombro de Macario—. Oficialmente eres el presidente municipal.

Macario, aún con la banda cruzándole el pecho, asintió.

—Gracias, Santiago. Pero aún no me explico cómo pudieron convencerme de esto.

Montecinos, de pie junto a la ventana, soltó una risa seca.

—Así es como se debe pagar la lealtad, Macario. Nosotros no olvidamos y espero que tú tampoco todo lo que hemos hecho por ti.

Mosqueda intervino con tono conciliador.

—No nos pongamos dramáticos en estos momentos. Todos sabemos que seguimos siendo un equipo. Sabemos que juntos es la única forma de seguir avanzando.

El recién nombrado presidente se rio, incómodo.

—Claro que lo entiendo. Cumpliré con lo que se espera de mí.

El capitán lo observó en silencio, midiendo sus palabras.

—Espero que eso incluya mantener la boca cerrada. No quiero discursos heroicos ni promesas públicas. Este municipio necesita estabilidad, sin mayores ruidos.

Macario asintió con una docilidad ensayada.

—Haré lo que me digan que haga. Solo manténganme del lado seguro.

Santiago sonrió.

—Eso está mejor.

Pidió tres vasos, destapó una botella de whisky y sirvió.

—Brindemos. Por el orden y el control restablecido.

Chocaron los vasos. El sonido fue seco. La bebida bajó áspera, pero nadie se quejó.

Durante unos segundos, los tres permanecieron en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos.

La calma no era paz; era solo una pausa, como la del cazador ante su presa.

En ese instante, un empleado de la presidencia tocó la puerta.

—Señor presidente —dijo con respeto exagerado—, quería saber si necesita algo más. Ya es sábado y el personal quiere retirarse.

Macario levantó la vista. Por un momento, el título nuevo —«señor presidente»— le provocó una sonrisa involuntaria. Le gustaba cómo sonaba.

—No, gracias. Diles que se vayan todos. Solo quédate tú por si se ofrece algo.

—Sí, señor —el empleado se retiró.

Santiago lo miró con ironía.

—Te acostumbrarás rápido a eso, ¿eh?

Macario bajó la mirada, fingiendo modestia.

—Es solo un título, Santiago.

—Sí, pero no subestimes las palabras. Una sola puede cambiar a los hombres —replicó el viejo—. Y tú acabas de ganarte una que pesa más de lo que crees.

En ese momento, el celular de Montecinos vibró en su saco.

El capitán miró la pantalla, frunció el ceño y se alejó unos pasos para contestar.

—¿Sí? Habla Montecinos —su tono era impaciente—. ¿Qué pasa?

Los otros dos lo miraron en silencio.

A medida que la conversación avanzaba, el rostro del capitán cambiaba: primero la tensión, luego la sorpresa, después algo parecido al alivio.

—¿Están seguros?… —pausa larga—. ¿Lo verificaron?… ¿A dónde fue después de salir?… ¿Recogió sus cosas?… ¿En la fiscalía? —guardó silencio unos segundos más y luego soltó un resoplido—. Bien. Perfecto. Manténganme informado si algo más se mueve.

Colgó.

Santiago lo observó con curiosidad.

—¿Y esa cara? Pareces otro hombre.

Montecinos se permitió una sonrisa breve, casi incrédula.

—Porque lo soy. Acabo de recibir la mejor noticia en semanas.

—¿Qué pasó? —preguntó Macario.

—El abogado —dijo el capitán, sin rodeos—. El que nos estaba dando dolores de cabeza. Se echó para atrás. Renunció al caso. Oficialmente está fuera.

Mosqueda lo miró unos segundos, sin pestañear.

Después soltó una carcajada que resonó en toda la oficina.

—¡Carajo! ¡Por fin una buena noticia! —exclamó, y su voz se quebró entre la euforia y el alivio.

Le dio una palmada en la espalda al capitán.

—Sabía que ese muchacho no iba a aguantar la presión. Nadie aguanta tanto.

Montecinos levantó el vaso que aún tenía en la mano.

—A veces un poco de miedo hace más trabajo que todo un regimiento armado.

Macario los miraba confundido.

—¿Y todo eso por un abogado? —preguntó—. Parece que esa noticia les alegra más que mi nombramiento.

Santiago lo miró con cierta condescendencia.

—No lo tomes personal, Macario. Es que este abogado se metió donde no debía. Y estuvo a punto de jodernos a todos.

El capitán completó la idea con frialdad.

—Era una amenaza directa, Macario. Si ese tipo seguía, la prensa, los jueces, la fiscalía… todos habrían empezado a escarbar. Y, cuando escarban, siempre encuentran algo.

Mosqueda lo interrumpió, todavía sonriente.

—Pero no encontraron nada, ¿verdad? —levantó el vaso—. Así que, capitán, brindemos de nuevo. Por los que se rinden a tiempo.

Brindaron otra vez.

El sonido del hielo chocando en los vasos marcó el final simbólico de aquella tormenta.

Durante unos minutos hablaron de trivialidades: proyectos, caminos, presupuestos, licitaciones. Palabras vacías que servían para tapar el eco de los miedos recientes.

Macario los escuchaba sin interrumpir.

Sabía que, aunque su nombre estuviera en la puerta principal, los verdaderos dueños de aquel despacho eran los dos hombres que tenía enfrente y, claro, también el Toro.

Después de un rato, Mosqueda se levantó, tomó su saco y se ajustó la corbata.

—Capitán, yo necesito regresar a Ciudad Fortaleza. Tenemos que hablar del siguiente paso.

—Te alcanzo afuera —dijo Montecinos—. Solo termino una llamada.

El viejo asintió y salió del despacho.

Macario aprovechó para acercarse al capitán.

—Con todo respeto, capitán —dijo—, ¿puedo preguntar quién era ese abogado?

Montecinos lo miró con gesto impaciente.

—Uno que se metió en la cueva equivocada. Un tal Millán. Eso es todo lo que necesitas saber.

Macario apretó los labios, pero no insistió.

El capitán ya estaba marcando otro número en su teléfono.

—¿Sí? —dijo apenas le contestaron—. Habla Montecinos.

Su tono cambió: se volvió más plano, más seco.

—Todo salió bien. El abogado se echó para atrás. Tal como dijimos, las amenazas funcionaron. Desistió. Ahora es solo cuestión de tiempo para que todo se enfríe.

Del otro lado, una voz grave respondió con lentitud.

Era el Toro.

—¿Y la periodista?

—Sigamos guardándola unos días —dijo el capitán—. No vaya a ser que el cabrón del abogado se arrepienta o que la mujer salga con alguna sorpresa. Pero no la toques. Nos sirve más viva que muerta.

—Como digas —respondió el Toro, sin emoción—. Solo apúrate a decidir. No me gusta andar cuidando muchachas cuando el Ratón sigue suelto.

El capitán soltó una risa seca.

—Tranquilo. Después de esto, el siguiente encargo será él.

Colgaron.

El rostro de Montecinos se relajó. Guardó su teléfono y exhaló con alivio.

El peligro, por ahora, había pasado. Por primera vez en mucho tiempo, podía respirar sin el peso de la sospecha.

Afuera, el sol ya caía sobre el pueblo. Las calles estaban vacías; solo se escuchaba a lo lejos la bocina de un vendedor ambulante.

Santiago Mosqueda caminaba por el pasillo que conectaba el despacho con el corredor exterior, hablando en voz baja.

—Felipe, cambio de instrucciones.

Al otro lado de la línea, el contador Torres respondió con tono preocupado:

—Dígame, señor… ¿ha pasado algo más?

El sonido de acomodar papeles acompañó su voz. Se notaba agotado.

Durante los últimos días había estado moviendo cantidades inmensas, disolviendo cualquier posible rastro, cubriendo huellas.

—Nada grave —respondió Mosqueda, riendo por primera vez en días—. Al parecer, todo fue solo un susto.

—¿Cómo dice? —preguntó Torres, incrédulo.

—Eso. Pensamos que venía un huracán, pero terminó siendo una llovizna. Ya no hay de qué preocuparse. Quiero que regreses todo a su lugar, como estaba antes.

—¿A su lugar? Señor, eso implicaría volver a mover mucho dinero.

—Lo sé, Felipe. Pero hazlo igual. Quiero que todo vuelva a la normalidad.

El contador dudó.

—¿Ya no hay riesgos?

—Ya —repitió el viejo, seguro—. Todo está bajo control.

Del otro lado, Felipe respiró aliviado.

—Está bien, señor. Así lo haré.

Colgó, se recargó en la silla y miró la pantalla frente a él: filas interminables de números, transferencias y montos.

El cansancio le nublaba la vista, pero una sensación de alivio lo invadía.

Se dijo a sí mismo que había exagerado, que esos hombres —como Mosqueda y el Toro— eran intocables, como si las balas y la justicia simplemente no funcionaran con nombres como el de ellos.

Y, si ellos eran intocables, él también lo era.

Por primera vez en semanas, se permitió creerlo.

Apagó la lámpara del escritorio y dejó caer el cuerpo hacia atrás.

«Todo está bien», se repitió.

La frase le supo demasiado dulce y se reprendió por haber dudado de sí mismo.

* * *

Mosqueda colgó el teléfono con una sonrisa satisfecha. Entró de nuevo a la oficina, donde el capitán lo esperaba.

—Pues ahora sí parece que todo está tranquilo —dijo sin dar muchas explicaciones de a qué se refería.

Montecinos asintió.

—Perfecto. Mientras todos crean que el abogado se retiró por miedo, tendremos espacio para limpiar lo que quede sucio.

Mosqueda lo miró con complicidad.

—¿Y la periodista?

—El Toro la tiene. Bien cuidada. Por ahora, no representa peligro.

—No olvides soltarla a tiempo —advirtió Santiago—. Un cadáver o una ausencia prolongada siempre generan ruido.

—Lo sé —dijo el capitán—. Ya veré cómo manejarlo.

Ambos se quedaron callados unos segundos.

El aire del despacho era denso, cargado de humo y triunfalismo.

Habían ganado una batalla, pero ninguno de los dos se atrevía a pronunciar la palabra victoria.

—Sabes, capitán —dijo Mosqueda al fin—, siempre me impresiona cómo se acomoda todo cuando uno deja de temer.

—O cuando los demás temen más —corrigió Montecinos.

El viejo rio.

—Claro, eso también ayuda.

En ese instante, Macario entró al despacho. Se había quitado la estúpida banda presidencial que le habían obligado a usar, pero conservaba la sonrisa del recién estrenado poder.

—¿Ya se van? —preguntó, fingiendo desinterés.

—Sí —respondió el capitán—. Ciudad Fortaleza nos espera.

—Bueno, pues gracias por venir —dijo Macario, intentando sonar importante—. Y no se preocupen, saben que siempre estaré alineado.

Mosqueda se acercó, le puso una mano en el hombro y lo miró fijo.

—Haz lo que te pedimos… pero mejor. Siempre sin sorpresas.

—No, pueden estar seguros, de mi parte no las habrá.

—Bien —respondió el viejo—. Entonces, disfruta el cargo mientras dure.

Los dos hombres se marcharon juntos. Desde la ventana, Macario los vio subirse a una camioneta y perderse en el camino que llevaba hacia Ciudad Fortaleza.

El silencio volvió a llenar la oficina.

Por primera vez desde la ceremonia, el nuevo presidente municipal se sintió cómodo.

* * *

Se sirvió un trago del whisky que habían dejado sobre la mesa.

Lo bebió despacio, observando su reflejo en el cristal de la ventana.

Pensó en lo que acababa de presenciar: dos hombres poderosos hablando de amenazas, desapariciones, dinero y silencios, con la naturalidad con que otros hablan del clima.

Y él, allí en medio.

Apoyó las manos en el escritorio.

El mueble todavía olía a barniz reciente. Bajo ese olor, sin embargo, había algo más: el sudor de los que antes habían ocupado ese lugar y que, como él, creyeron controlar el destino del pueblo.

Caminó hacia la ventana y miró la plaza.

Los vendedores ya desmontaban los puestos del día, los perros dormían bajo los árboles, el altavoz municipal repetía la misma melodía de siempre.

Nada parecía distinto y, sin embargo, todo lo era.

Pensó en su vida hasta ese momento: campesino, vendedor, ayudante, jefe de policía… ahora presidente. Pero en ese mundo, los títulos no eran tan importantes, sino sus relaciones, su historia.

Recordó las palabras que el capitán había dicho horas antes: «Este municipio necesita estabilidad, silencio, no redentores ni justicieros».

Se dejó caer en la silla.

El poder, pensó, no era un privilegio. Era una deuda que se paga, día con día, la mayoría de las veces, con miedo.

«Todos los que entran aquí —se dijo— lo saben, pero pocos lo admiten».

Apoyó los codos en las rodillas y se frotó la cara con ambas manos. El trago le ardía en el estómago.

Miró el reloj.

Pensó en lo que lo esperaba el lunes: reuniones, órdenes, visitas, favores.

Todo un teatro armado para ocultar lo que realmente se decidía lejos de allí.

Sintió un nudo en la garganta, mezcla de resignación y lucidez. El destino estaba colocando poco a poco sus piezas, como un rompecabezas, pero aún no sabía si a su favor o no.

Macario observó el horizonte y murmuró para sí:

—Que Dios me ayude con todo, pero principalmente en no convertirme en lo que ellos son.

Pero, en el fondo, sabía que esa oración llegaba tarde. Las fichas estaban ya en juego.

Después su pensamiento se dirigió a una parte más querida, más cercana: el abogado Millán. Rezó para que nada le pasara. Pero seguía manteniendo fe en las decisiones que había tomado. Aunque, en ese mundo, la fe era una moneda que se gastaba rápido.

* * *

A varios kilómetros de allí, en la carretera rumbo a Ciudad Fortaleza, Montecinos revisaba su celular.

Un mensaje sin remitente apareció en la pantalla:

«Caso cerrado. El silencio funciona mejor que la pólvora».

El capitán sonrió apenas.

—Eso siempre ha sido cierto —dijo para sí.

Santiago Mosqueda, a su lado, observaba el paisaje pasar por la ventanilla.

Sus manos, por primera vez en mucho tiempo, no temblaban.

—¿Sabes qué es lo peor del miedo, capitán? —preguntó sin apartar la vista del camino.

—¿Qué cosa?

—Que, cuando desaparece… uno empieza a creer que el mal ya terminó.

Montecinos lo miró de reojo y soltó una carcajada ronca.

—Y siempre vuelve.

El vehículo siguió su marcha, perdiéndose entre el polvo del camino.