Capítulo 29 #2
Julián se acomodó en la silla. Abrió su portafolio. Dejó sobre la mesa un paquete ordenado: hojas con rutas, cuadros con fechas, diagramas impresos, algunos nombres de despachos contables etiquetados con distintos colores.
—La entrada a la madeja es simple —empezó—: empresas espejo con compras infladas.
Aquí —señaló un cuadro— hay tres proveedores que se repiten con pequeñas variaciones en el nombre.
Cambian una letra, el domicilio fiscal se mueve de una colonia a otra, pero los apoderados son los mismos.
A través de esas compras simulan obra pública menor y facturan servicios «especializados». El dinero sale por ahí.
—¿Hacia dónde? —preguntó Aguilar, sin elevar la voz.
—Hacia tres cuentas puente en la capital —respondió Julián—.
Dos en la misma institución, una en otra.
De ahí, lo reparten a cuentas satélite: familiares, sociedades de papel, un par de fundaciones.
En dos casos, las cuentas satélite hacen depósitos en efectivo, después de varios «eventos» —miró al fiscal—.
No se hacen así las donaciones, señor. Se lavan así las complicidades.
Gómez tomó una de las hojas y la inclinó hacia la luz.
—Los nombres.
—Los más sensibles están aquí —dijo Julián, y extendió una carpeta marcada con un adhesivo rojo—. Sé que, por ahora, no son pruebas sólidas. Pero me jugaría la vida a que, si piden la información bancaria, las coincidencias reventarán solas.
—¿Y el vínculo con la violencia? —preguntó Palacios.
—No lo pruebo directamente —admitió—. Pero lo sugieren las aportaciones en efectivo: cuándo entran los picos de dinero.
En teoría, gastos en publicidad, seguridad privada, rentas y cualquier pretexto que funcione en gastos de poca monta.
Eso coincide con muchísima frecuencia en los reportes. Si siguen el dinero, el resto cae.
Gómez miró a Aguilar. Un gesto mínimo, como si ambos se entendieran sin palabras.
—¿Algo más? —preguntó Gómez.
—Sí —dijo Julián—. Hay infiltración. Lo saben. Yo también.
El fiscal lo observó con atención, no con fastidio, sino aceptando lo que todos sabían.
—Eso no nos ayuda —dijo—. ¿Alguna otra recomendación, señor Millán?
—Solo que busquen con rapidez —respondió Julián, sin rodeos—. El dinero está ahí, pero puede desaparecer en cualquier momento. Si no aprovechan la oportunidad, ellos se pueden reestructurar. Y entonces habría que comenzar de nuevo desde cero.
—Me imagino que los señores Gómez y Aguilar atenderán todo eso —siguió Palacios—, como ya hablamos, respecto a su seguridad.
Le recuerdo, señor Millán, que, a partir de hoy, usted no existe en esta investigación.
Si lo llaman, diga que no sabe, que ya no está.
Si lo siguen, nos avisa sin heroísmos. Los héroes llegan a misa de cuerpo presente.
Gómez se inclinó hacia adelante.
—Hay algo que podemos hacer. Además de que nos deje copias digitales y físicas, díganos qué llamadas hizo en las últimas cuarenta y ocho horas y a quién. Queremos ubicaciones aproximadas. Si alguien leyó el movimiento de su teléfono, tenemos que anticipar por dónde se filtra el rumor.
Julián asintió. Entregó una memoria USB, un disco y un sobre con documentos.
—Aquí está todo lo que yo tengo. Y está ordenado. Si se pierde una hoja, se entiende lo que falta. Si se pierde el paquete, alguien en esta oficina lo tiró.
A Aguilar se le escapó una media sonrisa. No de burla: de respeto.
—Bien —dijo el fiscal, cerrando la carpeta—. Oficialmente, usted está fuera. Extraoficialmente… —calló, como si midiera la frase— haga como si no supiera nada. Ni siquiera que existimos.
—Entendido —dijo Julián.
Se levantó. Guardó el portafolio, ya casi vacío: la falta de peso de su portafolio reflejaba el peso que se había quitado de los hombros.
—Una cosa más —dijo Palacios, alzando la mano—. Si lo vuelven a contactar… conserve la calma. No los provoque. No los desafíe. Puede decirles «que ya lo pensó» y que hizo lo correcto.
—Lo sé —respondió Julián.
Se dieron la mano. Palacios apretó apenas más de lo habitual: un apretón que insinuaba dos promesas. Búsqueda real para Raquel. Y velocidad en la línea financiera.
Cuando Julián salió al pasillo, el ruido de oficina volvió a ser un telón.
El asistente le entregó una hoja firmada.
—Constancia de retiro —dijo—. Para sus archivos.
La guardó. Caminó despacio hasta las escaleras. No tomó el elevador. Sintió la tentación de mirar atrás; no lo hizo.
En la calle, el aire seguía pesado. Abrió el coche. Se sentó al volante sin encenderlo. Apoyó la frente en el aro frío.
Las manos vacías. Fuera del caso. Sin empleo. Con una promesa que no dependía de él.
Respiró hondo y encendió el motor.
A mitad de camino de regreso, se estacionó en una gasolinera.
Marcó el primer número de su celular.
—¿Ximena?
—Aquí estoy —respondió ella, cansada, pero entera—. ¿Cómo te fue?
—Hice lo que tenía que hacer. Estoy fuera. Oficialmente.
Hubo un silencio breve.
—Gracias —susurró—. ¿Y Raquel?
—La van a buscar. De verdad.
No dijo más.
Ella tampoco.
Hay silencios que son la única forma de no romperse.
Colgó.
Miró por la ventana: dos niños perseguían una pelota desinflada junto a una tienda.
El mundo, pensó, siempre sigue. Aunque uno se quede quieto.
* * *
Antes de llegar a casa, Julián hizo una parada en la fiscalía de Altavista.
Entró sin saludar a nadie, con la mirada fija y el paso cansado. Llevaba la carta de renuncia ya firmada: era el acuerdo con el fiscal de Ciudad Fortaleza, y no pensaba posponerlo más. Sabía lo que significaba: fuera del caso, fuera de la fiscalía, fuera del trabajo.
Recogió las pocas cosas que tenía en su escritorio, escribió un par de notas para algunos compañeros y dejó las llaves sobre la mesa vacía.
El eco de la puerta al cerrarse le pareció doloroso, como si con ese sonido terminara una parte de su vida. Dolía, pero era necesario.
A veces, pensó, retirarse también es una forma de pelear.
* * *
Julián subió las escaleras con paso lento. Abrió la puerta y encontró a Ximena en la sala, con el cabello recogido y un suéter sobre los hombros.
—¿Y bien? —preguntó ella, levantándose.
Julián no respondió de inmediato. La abrazó.
Se quedaron así un momento largo.
—Oficialmente estoy fuera —dijo al fin—. Ojalá eso acabe con la pesadilla.
Ximena le acarició la nuca, como si ese gesto pudiera tapar el miedo.
—¿Y si esto no los detiene?
—Entonces, por lo menos, habremos ganado tiempo. A veces el tiempo es vida.
Ximena asintió.
En la mesa seguía la copa de vino de la noche anterior. Intacta.
Esa noche, al apagar las luces, Julián se quedó un segundo en el marco de la puerta, mirando a Ximena ya acostada.
«Ya estás fuera», se repitió.
Sabía que esa frase no era para él. Era para ellos. Para los que escuchan detrás de las sombras.
En la mesa de noche, su celular vibró una vez. Un número desconocido. No contestó.
Lo dejó vibrar hasta que el silencio volvió a adueñarse del cuarto.
—Raquel —pensó—. Aguanta.
Cerró los ojos.
Y entendió que, a veces, la mejor forma de pelear es desaparecer de la pelea… para poder volver a entrar cuando el golpe haga más daño.