Cadenas Capítulo 29
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Capítulo 29

Ciudad Fortaleza, Capital Estado Central

Julián se sobresaltó con la vibración del celular sobre la mesa.

El sonido fue tan repentino que el café casi se le derramó en la mano.

Miró la pantalla: número desconocido. Dudó apenas un instante antes de contestar.

—¿Bueno?

Silencio.

Solo un murmullo distante, un resoplido, tal vez el ruido del viento o el eco de una autopista.

—Raquel —susurró—. Si eres tú…

Colgaron.

Se quedó con el teléfono pegado a la oreja, inmóvil, como si la línea aún pudiera devolverle algo más que ruido.

El silencio que siguió le pareció insoportable.

Dejó el celular sobre la mesa, fue al baño y se echó agua fría en la cara.

Se miró en el espejo: los ojos hundidos, las ojeras oscuras, la mandíbula apretada.

—¿Qué demonios hago ahora? —murmuró.

Dos personas dependían de sus próximas decisiones: Raquel, desaparecida, y Ximena, frágil, vulnerable, dormida en la habitación.

Pensar en ambas lo hacía sentir culpable. Había cruzado una línea invisible y ahora todo lo que tocaba parecía desmoronarse.

Se preparó otro café.

Volvió al escritorio.

Frente a él, los papeles se amontonaban: copias de estados de cuenta, contratos, nombres subrayados, fechas. Releyó todo, como si hacerlo le devolviera el control que creía perdido.

Subrayó otra vez lo ya subrayado. Una rutina inútil, pero necesaria para no enloquecer. Para darle sentido a lo que estaba viviendo.

Después de un rato decidió que debía ir a Ciudad Fortaleza. Tenía que hablar con el fiscal Palacios. No podía confiar en una llamada: quería verlo en persona, mirarlo a los ojos, saber si todavía tenía un aliado dentro de la institución.

Llamó al despacho. El asistente del fiscal respondió con voz mecánica.

Julián pidió una cita urgente. El asistente le prometió avisarle en cuanto el fiscal pudiera recibirlo.

Ximena apareció en la puerta del estudio. Llevaba una sudadera gris demasiado grande y el cabello enredado.

Tenía los ojos hinchados, pero la voz más firme.

—¿Desayunamos? —preguntó con una sonrisa forzada—. Tengo hambre.

Julián la miró. Ese gesto cotidiano —el desayuno, la mesa, el pan tostado— parecía regresarlos a un mundo conocido, normal.

Asintió y forzó una sonrisa.

—Claro. Desayunemos.

Mientras cortaba pan y servía dos platos, Ximena lo observaba en silencio. Había algo nuevo en su mirada: una mezcla de ternura y miedo.

—No te pido que pares —dijo ella, rompiendo el silencio—. Solo te pido que midas las consecuencias.

—Lo hago —respondió él, sin apartar la vista del café.

—No. A veces pareces no verlas. Sé lo importante que esto es para ti, y creo que lo entiendo. Pero quiero que me prometas algo.

Julián dejó la taza y la miró.

—Lo que sea.

Ximena respiró hondo, como si la frase le doliera incluso antes de decirla.

—Si el costo es alguno de nosotros… si ves que ese es el precio, detente. No podría vivir sin ti, en esta vida o en la otra.

Julián asintió, sabiendo que no podía prometerlo del todo.

Esa era la clase de promesas que se rompen por ser fiel a un credo, no por cobardía.

Comieron en silencio. El sonido de los cubiertos les recordó que el mundo todavía seguía ahí.

Afuera, la luz de la mañana se filtraba entre las cortinas con una calma que les resultaba ajena.

Cuando terminaron, Julián guardó la nota amarilla —«Piénsalo»— en la cartera.

Tomó su chamarra.

—Voy a salir unas horas —dijo—. Tengo que ir a la fiscalía. Es importante.

—¿A Ciudad Fortaleza? —preguntó ella.

Él asintió.

—Tengo que acabar con esto cuanto antes.

Ximena apoyó la taza vacía sobre la mesa.

—No te preocupes por mí. Estaré bien.

—¿Segura? ¿Necesitas algo? —preguntó, con dulzura.

—Nada. De hecho, llamaré a la televisora. Les diré que estaré ausente un par de días. Necesito descansar.

—Sí, lo necesitas —dijo él—. Te llamaré a cada paso.

Julián dudó un instante. La abrazó. Ella le devolvió el abrazo con una fuerza que lo desconcertó.

Antes de que saliera, le tomó la mano.

—Todo estará bien. Ya lo verás —dijo ella, intentando creerlo.

Él sonrió.

—Sí. Todo estará bien.

Pero cuando salió al pasillo, el eco de sus pasos le sonó demasiado fuerte.

Bajó por las escaleras en lugar de usar el elevador, como si la costumbre de no llamar la atención se hubiera convertido en algo natural.

En la calle, el aire de la mañana tenía un olor diferente, metálico, pesado, que le oprimía el corazón.

En el retrovisor, se miró los ojos. No parecían los de un abogado joven, sino los de alguien que había envejecido demasiado rápido.

Pensó en la frase que le dijo Raquel semanas atrás: «A veces la verdad se cobra con la gente que más quieres».

Pisó el acelerador.

Raquel seguía sin contestar.

El día apenas comenzaba.

* * *

El trayecto a Ciudad Fortaleza se hizo largo. Cada kilómetro parecía un recordatorio de todo lo que podía salir mal.

A la mitad del camino se detuvo en una gasolinera y revisó el celular. Sin señal.

Encendió el motor y siguió.

Apenas llegó, estacionó frente al edificio de la fiscalía estatal.

El guardia de la entrada lo reconoció.

—Licenciado Millán, buenos días —le dijo, sosteniendo la puerta.

Julián asintió. Subió los escalones con la sensación de estar caminando hacia un juicio.

En el pasillo, el sonido de voces y celulares lo devolvió a la realidad burocrática: ese mundo donde todo parece normal, incluso cuando está torcido.

El asistente del fiscal lo condujo hasta una antesala.

—Espere un momento, por favor. Está terminando una llamada.

Julián asintió y se quedó de pie, mirando el ventanal.

Desde ahí se veía el estacionamiento lleno de coches. Por un instante imaginó que Raquel podría estar en uno de ellos.

Sacudió la cabeza. No podía darse el lujo de alucinar.

Cuando la puerta se abrió, el fiscal Palacios apareció con su semblante habitual: traje oscuro, corbata discreta y rostro sereno de quien parece no tener urgencias.

—Pase, licenciado Millán —dijo, con un gesto amable—. Lo escucho.

Julián entró, tomó asiento frente al escritorio y colocó la nota amarilla sobre la mesa.

El fiscal la miró, levantó una ceja y luego lo observó con atención.

—¿Esto qué es?

—Lo dejaron en mi departamento —dijo Julián—. No sé quién. Pero estoy seguro de que tiene que ver con el caso.

—¿Tiene pruebas de eso?

—No. Solo mi instinto.

Palacios sonrió con una mueca cansada.

—El instinto, abogado, no sirve de prueba en los tribunales.

—Lo sé —respondió Julián—. Pero en este mundo vale más que muchas pruebas.

El fiscal lo estudió en silencio durante unos segundos.

Finalmente suspiró.

—Raquel Ozuna sigue sin aparecer, ¿cierto?

—Así es.

—Y usted cree que esto tiene relación directa con la investigación.

—No lo creo, lo sé.

Palacios asintió lentamente, cruzó las manos sobre el escritorio.

En sus ojos había una mezcla de interés y cautela.

—Dígame algo, Millán —dijo finalmente—. A pesar de todo lo que ha pasado… ¿quiere seguir adelante?

Julián lo miró sin responder de inmediato.

Pensó en Raquel, en su promesa: «Pase lo que pase, seguimos».

Pensó en Ximena, en sus ojos cansados esa mañana, en su frase que aún le dolía como una profecía: «No podría vivir sin ti, en esta vida o en la otra».

Cerró los ojos por un instante.

Y cuando los abrió, supo que ninguna de esas dos vidas —la que tenía y la que temía perder— podía continuar igual.

Julián sostuvo la mirada del fiscal un segundo más de lo cómodo.

—No —dijo por fin, y la palabra dejó un hueco en la oficina—. No quiero seguir así. Esta realidad supera mis peores pesadillas. La maldad de ese mundo es capaz de borrar lo poco que me importa de este.

Palacios no parpadeó. Solo asintió con una gravedad seca, como quien cierra una carpeta invisible.

—Lo entiendo —respondió—. Si esa es su decisión, la respeto.

Se incorporó apenas, como si el gesto fuera ya una despedida. Dio media vuelta hacia la ventana. Con ese movimiento le decía que no necesitaba explicaciones. Que podía retirarse.

Julián no se movió.

—Señor —añadió, con la voz más firme—, quiero salirme del caso. Oficialmente. Ya no será mi caso. Espero que sea el de otro. Pero quiero entregarle todo lo que tenemos: lo mío y lo de Raquel. Con eso cualquiera podrá continuar.

El fiscal volvió a sentarse. Hubo un brillo leve en sus ojos, algo parecido a la aprobación.

—Es una decisión inteligente —dijo—. Saca su nombre del radar. Y deja el trabajo vivo. No está buscando gloria. Está buscando justicia.

Abrió un cajón, tomó una carpeta delgada y la colocó frente a él.

—Esto es un aviso de retiro voluntario del trabajo con la fiscalía —dijo—. Es, en otras palabras, una renuncia laboral. Ya no será parte de la plantilla. Lo sacará oficialmente del tablero. Si se filtra —y se va a filtrar—, quedará claro que usted ya no tiene nada que ver. ¿Entendido?

—Entendido.

Julián tomó la pluma. Dudó medio segundo, lo suficiente para que la imagen de Ximena durmiendo se le cruzara como un parpadeo. Firmó. Luego respiró hondo, como si se hubiera quitado una piedra de los pulmones y, al mismo tiempo, hubiera tragado otra.

—Queda formalizado —anunció Palacios con tonalidad notarial—. A partir de este momento, usted queda fuera.

Guardó el papel y, sin apartar la vista de Julián, presionó un botón en el intercomunicador.

—Que pasen, por favor.

La puerta se abrió. Entraron dos hombres.

Julián los reconoció por la descripción que Raquel le había hecho y por un rumor que circulaba incluso en los pasillos: Ricardo Gómez y Fermín Aguilar. No llevaban insignias. No las necesitaban.

—Licenciado Millán —dijo el fiscal—. Ellos son investigadores especiales que seguirán el caso. No dependen de esta fiscalía. Reportan a otra instancia.

—Administración nacional —completó Gómez, con una media sonrisa que no era exactamente cordial.

Aguilar solo asintió, sin mirarlo demasiado.

—Desde ahora —continuó Palacios—, si usted ve algo o sabe algo, no me llama a mí. Llámelos a ellos. Pero hoy necesitamos que nos explique, con detalle, el mapa financiero que estaban abriendo.