Cadenas Capítulo 28
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Capítulo 28

Santa Rosa de la Paz, Estado Central

El dolor de cabeza fue lo primero. Después, el frío.

Raquel abrió los ojos, pero la penumbra no le reveló nada. No sabía si estaba dormida, despierta o atrapada en un sueño turbio. Intentó moverse. El cuerpo respondió con lentitud, y la dureza del suelo le dio la respuesta: no estaba en su cama.

El aire olía a humedad y metal. Sus sentidos regresaban poco a poco.

Al principio, el silencio la aturdió más que el miedo. No recordaba cómo había llegado allí. Solo la sensación vaga de un movimiento, un auto, una voz.

En cuestión de segundos, su mente ordenó las piezas: la cita cancelada, el trayecto habitual, la llegada de dos hombres a su espalda, la sensación de no poder respirar, el forcejeo. Todo encajaba en una misma conclusión. Había sido raptada.

No gritó al principio. No por miedo, sino por indignación.

—¡Malditos! —susurró, golpeando el suelo con la mano.

Después sí gritó, esta vez con furia, una mezcla de impotencia y vergüenza. ¿Cómo no lo había visto venir? Llevaba años escribiendo sobre desapariciones, abusos y corrupción. Sabía cómo funcionaban esas cosas. Y, aun así, la habían tomado por sorpresa.

El grito se le quebró en la garganta. Golpeó la puerta, pateó la madera, empujó con los hombros hasta que el dolor la obligó a parar. Nadie respondió.

La calma le llegó por cansancio, no por resignación. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared y trató de entender. Sabía que esos minutos eran decisivos: perder la cabeza al principio era regalarle la ventaja al enemigo.

Pensó en Julián. En el caso. En las últimas horas antes del apagón de su memoria. «Si estoy aquí, es porque acertamos», se dijo. Y, aunque la idea era cruel, le dio una chispa de sentido a lo que estaba sucediendo.

Respiró hondo. No había espacio para el miedo. No podía darse ese lujo.

Pasaron unos minutos —o tal vez horas— hasta que escuchó pasos afuera. Voces bajas, masculinas.

—Espero que la fiera, después de tanto dormir, ya esté calmada —dijo una voz áspera, entre burlona y cansada.

—Si no, habrá que domarla, patrón —respondió otra, más joven.

El sonido del cerrojo le cortó la respiración. La puerta se abrió y la luz del pasillo la cegó por un instante. Cuando sus ojos se acostumbraron, vio la silueta de un hombre alto, ancho de hombros, con una pistola colgando al costado.

—Buenas tardes, señorita Ozuna —dijo el hombre con un tono casi cordial—. Espero que esté bien.

Raquel lo observó de frente. No podía verle el rostro con claridad por el contraluz, pero percibía la firmeza en su postura.

—¿Quiénes son? ¿Por qué me tienen aquí? —preguntó sin vacilar.

La voz no tembló; era la de una periodista acostumbrada a preguntar.

El hombre soltó una pequeña carcajada.

—Para ser periodista, parece que le falta imaginación, ¿no cree, señorita Ozuna?

Raquel apretó los dientes. No pensaba darle el gusto de verla temerosa.

—¿Qué es lo que pretenden hacer conmigo? —dijo con voz firme—. Como usted lo ha dicho, soy solo una periodista.

El desconocido se apoyó contra el marco de la puerta, sin perder la sonrisa.

—Eso va a depender de su amigo, el abogado.

El nombre no lo dijo, pero Raquel lo sintió. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Intentó fingir indiferencia.

—¿Qué abogado? —preguntó, sabiendo de sobra que él conocía la respuesta.

El hombre se inclinó un poco hacia adelante.

—Mire, señorita… usted puede estar aquí un buen tiempo. Si no da problemas, le prometo que la trataremos bien. Solo le pido una cosa: no me diga mentiras. Puedo oler a un mentiroso desde lejos. Así que prefiero su silencio a una sarta de falsedades. ¿Estamos claros?

Raquel se quedó callada. El tono del hombre no era el de un matón cualquiera. Hablaba con seguridad, sin fanfarroneo. Eso la confundió más.

—¿Puedo saber con quién estoy hablando? —preguntó al fin, conciliadora, intentando ganar tiempo e información.

El hombre sonrió, esta vez con una mezcla de ironía y curiosidad.

—No, no puede. Si se lo dijera… bueno, tendría que eliminarla, ¿no cree? —dijo sin dramatismo, casi como quien comenta el clima—. Ya sabe cómo son estas cosas. Entre menos sepa usted, más protegida va a estar. Créame, sé de lo que hablo.

Raquel asintió, no como quien obedece, sino como quien toma nota de lo que le podría salvar la vida más tarde.

Él se dio la vuelta. Estaba por salir cuando se detuvo en seco.

—Señorita Ozuna —dijo sin mirarla—, ¿por qué alguien como usted anda metida en estos asuntos? Preguntando, incomodando, acusando. Sabe los peligros de esta tierra, ¿verdad? ¿Por qué, entonces? Una mujer joven, con futuro… podría estar haciendo cualquier otra cosa.

Raquel lo observó desde la sombra. No supo si la pregunta era burla o genuina curiosidad.

Respondió con lo único que le salió del alma:

—Porque la justicia anda ausente en estas tierras —dijo—. Así que decidí ayudarla un poco.

El hombre rio con suavidad.

—Ya veo —y cerró la puerta.

Afuera, escuchó su voz dando órdenes.

—Dale de comer y estate atento. ¿Estamos?

—Sí, patrón —respondió otro.

La luz volvió a apagarse.

Raquel se quedó a solas con su respiración y una certeza amarga: su destino ahora dependía de otros, incluyendo a Julián.

* * *

El celular del Toro vibró fuerte sobre la mesa. Miró la pantalla: «M.» (Montecinos). Respondió sin prisa, dejando que el timbre sonara una vez más. Era una llamada habitual, pero en los últimos días ninguna llamada suya había sido rutinaria.

—¿Qué hay? —dijo el Toro al tomar la línea, con la voz rasposa y corta, sin formalidades.

—Revisando operaciones —respondió Montecinos, directo—. ¿Cómo está la periodista?

Un silencio breve. El Toro escuchó ruidos de fondo: pasos, alguien que aseguraba una puerta, voces que se movían en la distancia. Miró hacia la habitación donde habían dejado a la mujer. Se acordó del gesto de ella y de cómo lo había tratado; no por sadismo, sino por reflexión.

—Está… aturdida —contestó al fin—. Nada roto, todo bien. Con actitud todavía, si puedes creerlo. Tiene nervio. No es de las que se quiebran al primer susto.

—¿Actitud? —Montecinos dejó oír un brillo de atención en la voz—. ¿Cómo? ¿Se puede hablar con ella? ¿Está en condiciones de mandar un mensaje?

El Toro sonrió, pero fue una sonrisa corta, apenas una curvatura en su garganta.

—No es asunto de charla, capitán. Está en shock . Pero cuando la vi, podría decir que había dignidad en la manera en que me miraba. Eso le vale, o quizá la salva. No la hemos tocado y no lo haremos si no es necesario. Como usted dijo: ni sangre ni espectáculo.

Montecinos exhaló. Había escuchado suficiente para quedarse tranquilo. El hombre del otro lado de la línea hablaba con profesionalidad calculada; eso era un alivio.

—Bien —dijo—. Manténgala así. Si todo sale como pienso, veremos la opción de liberarla. Dependerá de cómo reaccione el abogado y, sobre todo, de lo que pase en los próximos días.

El Toro suspiró con una gravedad que no necesitaba aire.

—¿Y el abogado ese? ¿Alguna novedad?

—También le mandamos un mensaje —respondió Montecinos—. No una amenaza directa. Un recordatorio amable de no meterse donde no lo llaman. Ya sabes cómo se hacen esas cosas. Esperaremos a ver si tiene pantalones para sostenerse o si tiembla.

El Toro asintió, aunque el capitán no pudiera verlo. En su mente, el abogado era una ficha extraña: joven, con pretensiones legales y con un coraje que más parecía improvisación. Precisamente por eso, era peligroso.

—Perfecto —murmuró el Toro—. Esperamos. Si él mueve un dedo que no debe, me avisa. Por lo pronto, no hagamos ruido. Mi preocupación mayor sigue siendo el condenado del Ratón.

—Lo sé —contestó Montecinos—. Por eso te hablo. No quiero más errores. Mantengámonos atentos y en comunicación. Y, por favor —añadió con una voz más baja—, si te mueves, que no sea nada público. No queremos atraer más atención sobre nuestro negocio; ya bastante ruido hay.

El Toro dejó escapar un sonido que pudo haber sido de risa o de cansancio.

—Capitán, estamos en lo mismo. No vamos a tirar la casa por la ventana. Esto se hace con la cabeza. Y sabemos cómo.

—Eso espero —replicó Montecinos—. Porque, si falla, no será solo un entierro de reputación. Se irán cabezas, y ya sabes lo que eso implica en la región.

Ambos callaron por un momento. La conexión transmitía más que palabras: transmitía la tensión y el recelo de quienes llevaban demasiado tiempo jugando a sostener un equilibrio frágil.

—¿Algo más? —preguntó el Toro.

—No por ahora. Solo que estemos atentos —dijo Montecinos—. Si hay alguna novedad, nos comunicamos.

—Así lo haré —contestó el Toro—. Y, capitán… si la cosa se calienta del otro lado, recuérdale a tu gente que la sutileza es la que salva. No la fuerza.

—Entendido —dijo Montecinos—. Corto.

La llamada terminó sin despedidas. Era la costumbre entre ellos: no alargar con palabras lo que sobraba decir.

El Toro quedó un rato con el teléfono en la mano, pensando en la mujer que tenía secuestrada, en su rostro.

Colgó y se levantó. Caminó hacia la pequeña ventana del cuarto que usaban para vigilar la zona. Afuera, todo parecía indiferente: la tarde seguía su curso. Esa normalidad era un disfraz útil.

El Toro repasó lo dicho por Montecinos. Pensó en la posibilidad de que aquel abogado pudiera no ceder. Si era así, habrían encendido otra guerra, una que sus socios entendían mejor que él, así que a ellos les tocaría, esta vez, estar en el frente de batalla y él, en la retaguardia.

* * *

Montecinos dejó el teléfono sobre el escritorio. La llamada con el Toro había sido breve, seca, pero suficiente para recordarle que el tablero seguía en movimiento.

Nada estaba bajo control todavía, pero, al menos, parecía que las piezas intentaban volver a su sitio.

Encendió un cigarro y abrió la ventana del despacho.

Pensó en la periodista. No sentía culpa —ya no era capaz de sentirla—, pero sí una especie de respeto torcido. Gente como ella, con esa obsesión por la verdad, siempre terminaba por estorbar. Y, en este país, quien estorba se convierte en historia.

Marcó otro número. Esta vez tardaron en contestar.

—Santiago —su voz bajó un tono—. ¿Cómo va lo del reemplazo de tu hijo?

Al otro lado de la línea, Mosqueda sonaba más viejo, más cansado.

—Más complicado de lo que pensé. La gente está nerviosa, nadie quiere comprometerse. Pero, al final, con los contactos adecuados y el apellido, se convencen. Ya sabes cómo funciona esto.

—¿Y los trámites? —preguntó Montecinos.

—Avanzando. Tuvimos que mover cielo y tierra, pero logramos lo que queríamos: Macario será nombrado presidente municipal sustituto antes de que acabe la semana.

No hubo necesidad de elecciones ni intento de oposición.

Nadie quiere ruido —su voz se endureció—.

Prefieren un reemplazo rápido y silencio.

Al parecer, ese rincón del mundo solo nos interesa a nosotros.

Montecinos asintió en silencio. Esa era la forma. Así sobrevivía el sistema: con nombres nuevos que ocultaban los mismos viejos pecados.

—Bien —dijo—. Con eso aseguramos el frente político en la zona.

Mosqueda dudó unos segundos antes de hablar.

—¿Y lo de Efraín? ¿Tienen algo?

Montecinos soltó un bufido seco.

—Algo, sí. Pero nada que sirva para acusar o convencer a nadie. Todo el mundo quiere llevar esto hacia una revancha, a ajustes de cuentas. ¿Me entiendes? Y, si te soy sincero, es mejor así. A veces la verdad solo sirve para hundir más a los vivos.

Santiago no respondió de inmediato. El silencio se llenó de un zumbido sordo.

—No voy a descansar hasta saber quién fue —dijo al fin, con voz de piedra—. Y, si tengo que ensuciarme las manos, lo haré.

El capitán lo entendía. Lo había visto antes: el padre que sustituye la tristeza con rabia. Pero también sabía que ese tipo de hombres, cuando actúan cegados, se vuelven un riesgo para todos.

—Escúchame, Santiago —dijo con calma—. Ahora todo se está moviendo en la dirección que queríamos.

Tenemos al abogado en la mira y con el mensaje recibido, la periodista fuera del juego y a Macario entrando.

Solo necesitamos que mantengas un perfil bajo, en control.

No es hora de hacer berrinches que nos perjudiquen a todos.

—Perfil bajo —repitió Mosqueda, con ironía—. ¿Tú sabes lo que es perder un hijo?

Montecinos calló. Sabía la respuesta.

—Lo sé, no soy tan insensible —dijo por fin—. Pero te lo digo con seriedad: no quiero saber lo que es perder todo lo que hemos construido. Y eso, amigo, no lo podemos permitir. Así que no sueñes con justicia; recuerda que, en este, nuestro mundo, esa palabra significa otra cosa.

El silencio volvió, pesado. Al final, Santiago respiró hondo.

—Está bien. Haré lo mío. Pero no esperes que me quede quieto.

—Nunca lo hago —respondió Montecinos, antes de cortar.

Guardó su celular en su chamarra. Pensó en todo lo que aún faltaba: los reportes de las fuerzas armadas, las llamadas del fiscal, la vigilancia al abogado. Todo parecía moverse, pero sabía que bastaba un error para que todo se viniera abajo.

Y el error, en ese tipo de juegos, casi siempre era mortal. La siguiente hora se dedicó a pensar qué podría salir mal. No encontró respuesta, lo que, de una forma ingenua, le dio cierta calma.

* * *

Mientras tanto, en Santa Rosa de la Paz, el Toro pensaba en las palabras que le había dicho la periodista unas horas antes: «La justicia anda ausente en estas tierras».

Le habían quedado resonando, no por la valentía con la que las dijo, sino por la verdad que contenían.

En otro tiempo, él mismo lo habría creído. Pero ahora sabía que la justicia era una palabra sin fondo, una herramienta que se puede usar como cualquier otra.

Suspiró.

—La justicia no existe, señorita —se dijo a sí mismo en voz baja—. Solo existen los vivos y los muertos.