Capítulo 27
Altavista, Estado Central
Julián se despidió ese día de Ximena en la puerta del departamento. Ella le dijo que tendría un evento de la televisora y que intentaría llegar temprano para poder estar juntos al fin. Hacía semanas que la agenda de él —esas noches largas trabajando con Raquel— los tenía desencontrados.
—Te espero —dijo él—. Hoy llego temprano, lo prometo.
—Me parece perfecto —sonrió Ximena, ya con las llaves en la mano—. Cenamos aquí. Te marco saliendo.
Se besaron con la prisa acostumbrada. Ximena bajó por el elevador y Julián se quedó un segundo mirando cómo ella se alejaba.
Luego se arregló, juntó los papeles del escritorio —recortes, copias de transferencias, nombres subrayados— y salió directo a casa de Raquel.
Quería corroborar la información más reciente y hablar de los siguientes pasos: el fiscal, por fin, abriría una línea financiera.
La vieja máxima, recordó, casi siempre funcionaba: hay que seguir el dinero.
El fiscal, tan renuente al inicio, había ido cediendo. Lo convencieron los datos duros: no los rumores ni las fotos borrosas, sino los números. Él sabía que a veces la parte criminal no caía por balas ni testigos: caía por una cuenta mal cerrada.
Julián tocó el timbre tres veces, como habían acordado. Esperó. Nadie abrió.
Volvió a intentarlo. Nada.
Raquel era puntual. Demasiado. Puntual y disciplinada.
Julián golpeó la puerta con más firmeza.
Silencio. Se asomó por la ventana lateral: las cortinas estaban corridas; adentro solo había penumbra.
Miró el reloj: 9:05. «Se atrasó, nada más», pensó.
Caminó dos cuadras, se metió a una cafetería y pidió un americano que casi no probó.
Volvió a los treinta minutos. Otra vez el timbre, otra vez los nudillos en la madera.
Nada.
Un zumbido fino empezó a vibrarle en la nuca. Era una inquietud vieja, algo parecido al miedo.
—Vamos, Raquel —murmuró—. Atiende.
Esperó cinco minutos más y, para no parecer un ladrón con corbata, se retiró. «Le escribo al rato», se dijo, bajando las escaleras. «Seguro le salió algún imprevisto». La frase sonó falsa incluso en su cabeza.
De regreso en su casa, encendió la computadora.
En la bandeja de entrada no había nada de Raquel.
Le marcó. Tono. Correo de voz. Insistió.
Dos veces, tres. Nada. ¿Y si llamaba a la policía?
¿Qué diría? «Soy su colega», «no tenemos relación personal», «es mayor de edad».
Le responderían con el manual: espere veinticuatro horas. Aun así, agarró las llaves y bajó.
En la delegación, lo atendió un agente con ojeras y bastante apático.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio?
—Ayer —dijo Julián—. Hablamos para vernos hoy en la mañana. Llegué a su casa y no me abre, no contesta.
—Sabe que tiene que esperar veinticuatro horas para levantar una denuncia formal, abogado. Antes de eso solo queda asentar un reporte preventivo. ¿Nombre de la persona?
Julián dijo el nombre. El agente escribió con parsimonia.
—¿Algún conflicto, deudas, pareja, problemas recientes?
—Es periodista —respondió—. Problemas siempre hay.
El agente levantó las cejas con resignación. ¿Cuántas veces no había escuchado una historia parecida?
—Se abre una ficha mañana si no aparece —dijo—. Vuelva.
Julián apretó los dientes, agradeció por cortesía y salió. Afuera, el sol ya se dejaba sentir.
Su cabeza le decía que tenía que hacer algo, así que pensó en llamar al fiscal. ¿Quién mejor que él para ayudarlo? Le marcó. Esperó con paciencia a que ese timbre encontrara a su destinatario.
—Palacios —contestó el fiscal.
—Señor, soy Julián Millán. Tengo un problema: mi socia en el caso, Raquel Ozuna, ha desaparecido. Necesito de su ayuda.
—Señor Millán, por favor, tranquilícese —respondió el fiscal, intentando poner calma—. ¿Por qué no me explica desde el principio? Así tal vez pueda entender su problema.
—Discúlpeme, señor. Se trata de Raquel Ozuna, la periodista que me apoya en el caso. Hoy quedamos de vernos en su casa. He estado ahí, pero no está ni contesta las llamadas. Me temo lo peor. No sé con quién más ir —dijo él, esperando la comprensión del fiscal.
—Señor Millán, estoy seguro de que todo esto es un malentendido; alguna explicación habrá.
Creo que está reaccionando de forma precipitada.
Lo más razonable en estos momentos es esperar un poco; estoy seguro de que ya aparecerá.
Le recuerdo que en el negocio en el que estamos se necesitan nervios bien templados; no podemos andar por ahí corriendo, asustados, ante cualquier situación.
Le recomiendo que haga eso: dele tiempo. Ya aparecerá.
«Reaccionando de forma precipitada». Colgó con esa frase mordiéndole el juicio. Decidió que, a lo mejor, el fiscal tenía razón: no había motivos para pensar en lo peor. Le daría un tiempo, rezando para que fuera cierto todo lo que había escuchado.
De vuelta en casa, pensó en Ximena. Ella no tenía culpa de nada, así que pasó rápido a la tienda de la esquina y compró una botella de vino —un gesto minúsculo de normalidad—. «Espero y ceno, ceno y espero», se dijo, como si el futuro obedeciera a las frases en voz alta.
A las ocho ya había servido dos copas. Después de una hora, la de Ximena seguía intacta.
Marcó a Raquel otra vez. Luego a Ximena.
Nada. «Sigue en el evento», se dijo, disculpándola en silencio.
Nueve en punto. Marcó de nuevo. Nada. Diez.
Once. El celular continuaba mudo y la casa, más grande de lo habitual.
Los pensamientos empezaron a treparle por la espalda como arañas. «Esto no puede ser normal».
Se puso los zapatos y bajó al coche. Manejó hasta la televisora. Vigilancia cerrada, luces apagadas, un guardia con radio.
—Vine a buscar a Ximena —dijo—. Es conductora. Tenía un evento.
—Aquí ya está todo cerrado, señor —respondió el guardia—. Regrese mañana.
—¿Hubo evento hoy?
El guardia encogió los hombros sin malicia.
—No sé, joven. Yo entro a las nueve.
Julián llamó a dos amigas de Ximena.
—No sabíamos de nada —dijo una.
—Seguro fue algo privado —dijo la otra.
A las cuatro de la mañana, Julián estaba de nuevo en la estación de policía. El mismo mostrador, otra cara cansada.
—Necesito denunciar ahora la desaparición de dos personas —dijo, con una voz que ya no parecía la suya—: Raquel Ozuna y Ximena Matías.
El agente consultó una hoja.
—Veinticuatro horas, abogado. Es el protocolo.
—No puedo esperar —respondió—. No puedo.
El agente lo miró con el fastidio de quien ya vio demasiado papeleo.
—Mañana a esta hora las registro como desaparecidas. Lo siento.
Julián salió sin despedirse. Llegó a su casa con el cuerpo entumecido. Las horas siguientes fueron un trance sin forma: el sillón, el celular, la cocina, la ventana, el celular otra vez.
A las siete estaba tocando de nuevo la puerta de la televisora. El personal de limpieza le abrió. Se metió sin pedir permiso.
—Disculpe —dijo a una secretaria que cruzaba el lobby —. Busco a Ximena Matías.
La mujer lo miró con suspicacia.
—El evento de ayer terminó alrededor de las ocho —dijo al fin—. Luego todos salieron. No supe más.
—¿Listas de asistencia? ¿Quién organizó? ¿Alguien la vio salir?
—Eso lo ve Relaciones Públicas —respondió, ya a la defensiva—. Vuelva en horario.
Julián quiso discutir, pero solo asintió. Volvió a casa derrotado.
Abrió la puerta del departamento y lo primero que vio fue un tacón negro junto al sofá. Por un segundo, el corazón le golpeó en el pecho como si alguien estuviera tocando desde adentro. Corrió al cuarto.
Ximena estaba en la cama. Dormida. Se acercó despacio, sin saber si hablar o rezar.
—Jime…
Ella tardó en reaccionar. Abrió los ojos, aturdida. Se incorporó a medias y se llevó la mano a la sien.
—¿Qué…? —balbuceó.
—¿Dónde estabas? ¿Qué pasó?
Ximena cerró los ojos un segundo, como si buscara un recuerdo detrás de la neblina que la invadía.
—No… no sé. La salida de la televisora, el evento… saludos, gente importante… —hizo una pausa, tragó saliva—. El gobernador, militares. La cena. Un militar dijo que te conocía y me pidió que te mandara saludos. Luego la despedida y… nada.
En ese momento se dio cuenta de su condición. No recordaba cómo había llegado a su casa. Estaba vestida y con el maquillaje corrido.
Se puso de pie con torpeza. Caminó al baño sin permitir que él la tocara. Julián se quedó en la puerta, inútil.
Ella tardó unos minutos. Cuando salió, traía la mirada más clara, pero no menos asustada.
—Estoy bien —dijo, con un hilo de voz—. Nadie… no parece que… —y ya no pudo seguir.
Le llegó el llanto, primero pequeño, luego entero. Julián la abrazó. Ella dejó que el cuerpo se desmoronara un poco. «La han drogado», pensó él.
—Vas a descansar —dijo—. No tienes de qué preocuparte. Yo me encargo. Hablaré en la televisora. Encontraré respuestas.
Ella asintió, exhausta, y se dejó caer de nuevo en la cama. Julián le acomodó una manta. Salió del cuarto en silencio, todavía con la adrenalina atravesándole el pecho. Llegó al estudio, prendió la lámpara de escritorio.
Fue entonces cuando la vio: una nota amarilla, pegada a la orilla de la madera. Una sola palabra escrita a mano, sin firma: «Piénsalo».
No era un consejo. Era una instrucción.
Se dejó caer en la silla. El cuarto se volvió más pequeño. Pensó en la conversación de meses atrás con Raquel, en eso que habían dicho como promesa y como advertencia: «Esto nos tocará a nosotros y a los nuestros». Los riesgos no eran abstractos. Eran más que reales.
Respiró hondo, una, dos, tres veces. Ximena estaba a salvo, al menos por ahora. Pero la pregunta regresó, más cortante: ¿y Raquel?
Esperó un par de horas; luego llamó de nuevo a Raquel. Correo de voz. Nada.
Tomó el teléfono fijo del departamento —una manía que conservaba por si «los otros» escuchaban los móviles— y marcó a la redacción donde a veces colaboraba Raquel. No contestaron. Buscó el número de un colega en común.
—¿Sabes algo de Raquel? —preguntó sin saludo.
—Nada desde ayer —dijo la voz—. ¿Pasó algo?
—No me abre. No contesta. Estoy preocupado.
—Aguanta —respondió el hombre—. Ella es así, a veces se desconecta para escribir.
—No —dijo Julián—. No es así. No cuando tenemos reunión.
Cortó. Llamó a Palacios de nuevo. Esperó. Contestó un asistente; dijo que el fiscal estaba en reunión.
—Dígale que es urgente —pidió—. Dígale que se trata de la línea financiera. Y de una periodista.
Colgó. Caminó en círculos por el estudio. Miró otra vez la nota, como si al mirarla pudiera borrarla. Tomó fotografías del papel, del borde de la mesa, del marco de la puerta. Pensó en huellas. Luego recordó que no vivía en un episodio de televisión.
Se acercó a la habitación. Ximena dormía otra vez, con el ceño fruncido. En su rostro había cansancio y algo más hondo: una vergüenza sin culpa.
Julián volvió al estudio y abrió la carpeta etiquetada como «Rutas».
El mapa de nombres parecía una telaraña hecha de números: cuentas espejo, compras infladas, empresas fantasma.
Señaló con un marcador rojo lo más reciente.
Si alguien había dejado una nota en su departamento, era porque lo estaban vigilando de cerca. No era paranoia.
El celular vibró. «Desconocido».
—¿Bueno?
—Licenciado Millán —dijo una voz neutra—. Del despacho del fiscal. Nos pide que estemos en contacto. ¿Sigue con el tema?
—Más que nunca —respondió.
Salió de casa al mediodía. En el camino pasó frente a la casa de Raquel. Tocó otra vez. Nada. Habló con un vecino que barría la banqueta.
—¿Vio a la señorita Raquel?
El hombre negó con la cabeza.
—Ayer temprano. Hoy, no.
Julián volvió a la delegación sin voluntad de escuchar la palabra protocolo. Pidió hablar con un comandante. Le dieron la silla de metal frente a una puerta cerrada.
—No puedo esperar —dijo cuando por fin lo recibieron—. Ayer les dije. Hoy lo repito. Van dos. Una periodista y mi pareja. A ella la drogaron. Está en casa. Alguien entró. Dejaron esto.
Puso la nota amarilla sobre el escritorio. El comandante la miró con desgana. Había visto demasiadas cosas para ser impresionado por un Post-it .
—Abriremos una carpeta por allanamiento —dijo—. Lo demás, ya sabe, aún no se cumplen las veinticuatro horas de ley.
Julián soltó el aire con un ruido parecido a una risa triste.
—La ley —dijo, como si la palabra fuese demasiado amarga—. La ley es un reloj que siempre está atrasado.
Cuando regresó a su departamento, olía a café. Ximena estaba sentada en la mesa de la cocina, con una taza entre las manos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó, con voz cansada.
—Lo mismo de siempre —dijo él—. Seguir.
Ella lo miró desconsolada; se preguntaba si esa terquedad no era lo mismo que saltar al vacío.
—¿Y si no vale la pena?
Julián no respondió. Se sentó frente a ella.
—Te prometo que seremos cuidadosos —dijo al fin—. No te voy a exponer.
—Ya lo hicieron —susurró—. Sin preguntarte. Sin preguntarme.
Se quedaron en silencio. En esa cocina no cabían las mentiras; solo las concesiones pequeñas que hacen que la vida siga funcionando. En ese momento, la valentía no se sentía como un acto heroico, sino como no soltar la mano del otro cuando todo tiembla.
El celular vibró otra vez. Esta vez sí era Palacios.
—Julián —dijo el fiscal—. Ya tengo a alguien viendo la línea financiera. No prometo milagros.
—Sabe que nunca he pedido eso —respondió—. Solo que sigamos adelante. Por cierto, señor, Raquel Ozuna sigue sin aparecer.
—Entiendo. Mañana me comunicaré otra vez. Recuerda: esto debe mantenerse entre nosotros dos.
Julián colgó sin entender si esa última frase era una advertencia o un consuelo. Miró la nota. «Piénsalo». Claro que lo seguía pensando. Todo: el caso, la gente, los riesgos.
Fue al cuarto. Ximena se había quedado dormida otra vez. La arropó como si ese gesto pudiera blindarla. Apagó la luz y volvió al estudio.
Abrió el archivo de Raquel. Leyó dos párrafos subrayados con azul: «Cuando el dinero corre, la verdad corre detrás». «No hay secreto que resista a una factura mal hecha». Sonrió sin alegría. Raquel escribía como hablaba: afilando la hoja para cortar la carne.
Se detuvo en la ventana. El miedo, pensó, no siempre te hace huir; a veces solo te obliga a mirar mejor dónde pisas.
Sabía, con la certeza que da el cansancio, que el caso había cambiado de fase. Ya no se trataba solo de pruebas, ni de firmas, ni de convencer al fiscal. Ahora se trataba de aprender a sobrevivir mientras todo se movía.
Tomó aire y marcó, una vez más, el número de Raquel. Dejó el mensaje:
—Raquel. Soy yo. Si escuchas esto, dime que estás bien. Llámame.