Cadenas Capítulo 26 #2
43%

Capítulo 26 #2

El celular seguía en silencio sobre el escritorio del Toro.

Por costumbre, volvió a girar el aparato entre sus manos, como si aún esperara otra llamada. Pero sabía que no vendría. Esa clase de conversaciones no se repetían.

La voz del contador le había dejado una sensación extraña: una mezcla de alivio y sospecha. El tono nervioso, la forma en que midió cada palabra, la respiración contenida… El Toro había aprendido a distinguir el miedo, y ese hombre hablaba con miedo.

Y, sin embargo, había algo más: obediencia. Una obediencia útil.

La clase de sumisión que no se compra con amenazas, sino con una promesa.

Miró por la ventana. El paisaje parecía el mismo de siempre. Pero todo había cambiado.

Por primera vez desde la muerte del Alacrán, el Toro sentía que el futuro podía moverse otra vez. No por la ayuda del contador, sino por lo que representaba: una nueva red, un nuevo control, una oportunidad de reestructurar el poder que el Alacrán había dejado a medias.

Sin embargo, lo único que en esa conversación lo había dejado inquieto era volver a recordar su nombre: Sebastián Millán.

Ese nombre que había intentado olvidar, que lo devolvía a los días de infancia, a la familia perdida, al fuego que lo convirtió en lo que era.

—Millán… —repitió en voz baja, con una mezcla de nostalgia y rabia—. Qué ironía…

* * *

Felipe Torres aún temblaba. No sabía si sentirse aliviado o condenado.

Había marcado aquel número por instinto, pero no esperaba una voz tan seca, tan definitiva. Había hablado con hombres poderosos antes, con empresarios y políticos, pero nunca con alguien como él. En la voz del Toro había algo que no se podía fingir: la autoridad que no pide, sino que ordena.

Los documentos de Santiago Mosqueda seguían sobre el escritorio, abiertos como una herida.

Sabía que lo que acababa de hacer —revelar la estructura financiera del Alacrán— era peligroso. Pero también sabía que no hacerlo lo habría condenado de todas formas.

«Solo muevo dinero», se repitió mentalmente, intentando convencerse. Pero, en el fondo, sabía que no era cierto. Mover dinero en ese mundo era mover poder. Y mover poder significaba elegir un bando, aunque no se dijera en voz alta.

Felipe cerró los ojos por un instante. Por primera vez, deseó no saber tanto.

* * *

Esa misma noche, Santiago Mosqueda volvió a marcar. La voz del capitán Montecinos se escuchó cansada, áspera.

—¿Hay alguna novedad? —preguntó Santiago.

—Nada nuevo —respondió el capitán—. Pero las cosas se están moviendo, más rápido de lo que esperábamos.

—¿Qué significa eso?

—Que algunos nombres siguen saliendo en los informes. El tuyo, el mío, el del Toro… y otro más.

—¿Quién?

—El de un contador. Un tal Felipe Torres —respondió Montecinos con pausa.

El silencio del otro lado fue largo.

Santiago apretó el teléfono con fuerza.

—¿Qué tiene que ver él en todo esto?

—No lo sé aún. Pero alguien filtró información. Movimientos de cuentas. Los investigadores creen que vienen de su despacho.

Santiago se levantó bruscamente de la silla.

—¡Imposible! Ese hombre trabaja conmigo desde hace años.

—Por eso mismo, Santiago. Nadie sospecha del que lleva el lápiz.

Santiago no respondió. En su cabeza, las piezas comenzaron a girar con furia.

La muerte de Efraín, los rumores, el dinero moviéndose. Todo apuntaba hacia una sola dirección: la traición.

—Déjame hablar con él —dijo al fin.

—No lo hagas —advirtió Montecinos—. No todavía. Necesitamos que no lo sepa. Si no, solo lograremos asustarlo. Y nadie quiere eso, ¿verdad?

Santiago colgó sin responder.

* * *

Felipe se despertó sobresaltado a medianoche.

El celular vibraba sobre la mesa. Un número desconocido.

Contestó sin pensar.

—¿Felipe? —dijo una voz profunda.

—¿Quién habla?

—Santiago Mosqueda.

Felipe tragó saliva.

—Buenas noches, señor Mosqueda. No esperaba una llamada suya a estas horas.

—No esperaba tener que hacerla. Necesito saber en qué punto están los movimientos que te pedí.

—Avanzando, señor. Pero necesito más tiempo.

—No hay tiempo —replicó Santiago—. Ya hay ojos encima.

Felipe sintió un vacío en el estómago.

—¿A qué se refiere?

—A que alguien está filtrando información, Felipe. Y no me gustaría pensar que eres tú.

El silencio duró demasiado.

Felipe se levantó, caminó hasta la ventana, intentando ganar unos segundos.

—Jamás lo haría, señor. No tiene idea de los riesgos que corro manejando ese dinero.

—Confío en que no mientas —dijo Santiago, sin tono, como si leyera una sentencia—. Pero, por si acaso, quiero que me mantengas informado de cada paso. Si algo se mueve, lo sabré.

—Entendido —murmuró Felipe.

—Y, Felipe… —añadió Santiago antes de colgar—. En este mundo, la confianza no se pide, se demuestra.

La llamada terminó.

Felipe se quedó con el teléfono en la mano, sudando. Por un instante pensó en borrar todo, desaparecer. Pero sabía que no podía.

El miedo ya lo tenía tomado por completo.

* * *

A cientos de kilómetros, en Santa Rosa de la Paz, el Toro volvía a leer las notas que había tomado durante su llamada con el contador. Un hombre así podía servirle. Pero también podía ser un riesgo.

Encendió una vela, una costumbre heredada del Alacrán: nunca tomar decisiones en la oscuridad total.

El fuego proyectó sombras en las paredes.

—Felipe Torres —repitió para sí mismo.

Gente así nunca entiende el mundo de la sangre, pensó. Pero sí sabe esconderla.

La voz del contador seguía resonando en su memoria. Había algo en ella, una duda, una grieta que lo inquietaba.

El Alacrán solía decir que el dinero era el veneno más dulce. Y que quienes lo cuidaban eran siempre los primeros en probarlo.

Apretó los puños.

El dinero lo mantenía fuerte, pero también lo hacía vulnerable.

Y, en ese mundo, la vulnerabilidad se pagaba caro.

—El dinero es como la sangre… mientras corre, todo sigue vivo. Cuando se estanca… empieza a oler.

Pensó después en el abogado Millán, ese joven que el capitán había mencionado.

¿Sería solo coincidencia o el destino jugaba sucio?

—Millán contra Millán —murmuró con sarcasmo.

* * *

En la madrugada, Felipe Torres revisó por última vez las cuentas. Una parte del dinero del Alacrán ya estaba en movimiento, al igual que la de Mosqueda.

Cada transferencia era una soga invisible atada a su cuello.

Sabía que, si un número no cuadraba, si un documento se filtraba, sería el fin.

« Quizá aún hay tiempo —pensó—. Quizá puedo salir de esto » .