Cadenas Capítulo 26
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Capítulo 26

La Capital

Habían pasado ya varios días desde el accidente y las investigaciones, aunque superficiales, coincidían en un punto que nadie se atrevía a decir en voz alta: Efraín Mosqueda no había muerto por accidente.

Las evidencias eran pocas, pero las señales bastaban para sembrar la sospecha. Los reportes de tránsito no cuadraban, los tiempos no coincidían y los testigos no aparecían.

Santiago Mosqueda lo sabía.

Lo que nadie podía explicar era quién lo había hecho ni por qué.

No había enemigo visible ni rastros de un grupo con la fuerza o el interés suficientes para eliminar a su hijo. El Ratón era la suposición lógica, pero incluso esa idea le resultaba absurda. Ese delincuente no tenía la inteligencia logística ni los contactos para montar una operación así.

Entonces, ¿por qué? ¿Quién ganaba con la muerte de Efraín?

Esas preguntas se acumulaban y Santiago comenzaba a perder la calma.

Dormía poco, comía apenas y pasaba las noches frente a los ventanales de su casa, viendo las luces de la ciudad como si buscara respuestas en ellas.

No sabía qué era peor: no entender por qué habían matado a su hijo o no poder castigar al culpable.

La impotencia le hervía bajo la piel como una fiebre contenida. Lo único que lo mantenía en pie era la certeza de que conocía las reglas del juego. Incluso su esposa, Teresa, lo entendía: ese mundo no perdonaba.

Las lágrimas se fueron pronto, reemplazadas por una rabia seca, una desconfianza que crecía con cada respiración. El dolor se había convertido en hambre de venganza.

Pero no podía moverse sin información.

Decidió entonces proteger lo que aún podía salvar: su dinero, su poder, su influencia.

Tomó el teléfono y llamó al único hombre que podía hacerlo sin levantar sospechas: su contador.

—¿Felipe?

—Buenos días, señor Mosqueda —contestó Torres, con un tono profesional que no lograba ocultar su nerviosismo—. ¿Todo bien?

—No, no como quisiera, así que escúchame con atención —dijo Santiago, cortante—. Están surgiendo algunas complicaciones. No puedo dar detalles, pero necesito que muevas el dinero rápido. Todo. A cuentas seguras, fuera del radar.

—¿Fuera del país?

—Si es necesario, sí. No quiero que nada quede expuesto. ¿Me entiendes?

Hubo un silencio breve. Al otro lado de la línea, Felipe Torres se acomodó en su asiento, intentando no sonar asustado.

—Entiendo, pero esas cantidades son altas, señor. Se necesitará tiempo y algunos movimientos pueden levantar sospechas.

—Ese es tu problema, Felipe. Yo necesito resultados, no excusas.

El contador asintió, aunque sabía que Santiago no podía verlo.

—Haré lo posible —dijo por fin—. Pero necesito algunos días.

—Solo hazlo —dijo Santiago, cortante, y colgó.

El expresidente se quedó mirando el teléfono unos segundos. Pensaba si había hecho bien en confiar en él.

Había aprendido que el dinero era leal solo cuando estaba bajo control y que incluso los hombres más valientes y decididos podían volverse cobardes al primer olor de peligro.

La siguiente llamada en la lista era la del capitán Montecinos.

Contestó al primer tono.

—¿Qué noticias tienes? —preguntó Santiago, sin preámbulos.

—Pocas —respondió el capitán, con voz seca—. La policía dice que sigue investigando, pero ya sabes cómo es esto. Oficialmente, fue un accidente.

—¡Un accidente! —repitió Santiago, golpeando el escritorio—. ¡A mi hijo lo mataron! ¿Y tú me hablas de un maldito accidente?

—Entiendo tu enojo —respondió Montecinos, sin alterarse—. Pero estas cosas no dependen de mí. Es del fuero común. Le corresponde a la policía, no a las Fuerzas Armadas.

Santiago cerró los ojos. Respiró hondo.

Sabía que se estaba descargando con la persona equivocada.

Bajó el tono.

—Dime, entonces, ¿qué planean hacer ustedes?

Montecinos tardó unos segundos en responder.

—Lo que sabemos hacer. Nos encargaremos de los cabos sueltos. Si todo sale como espero, el ruido se apagará solo. El objetivo es cortar los hilos que sostienen la investigación. No te preocupes, ya estamos trabajando en ello.

Santiago se quedó callado. Sabía que «trabajando» significaba muchas cosas.

—Y, por tu lado, ¿cómo va lo de Macario? —preguntó Montecinos antes de que Santiago volviera a hablar—. Debe asumir el cargo ya. Es clave mantener el control político.

—Avanza bien —respondió Mosqueda—. Solo necesitamos que parezca una transición natural.

—Pues tienes que apurarte; si él está a cargo, será más fácil controlar el territorio.

—Entendido. Déjalo de mi parte.

Santiago colgó con el mismo enojo con el que había empezado, pero también con una sensación de alivio.

Al menos, todos estaban ocupados en algo.

Y, en ese mundo, moverse era la única forma de parecer vivo.

* * *

Felipe Torres se quedó mirando la pantalla del teléfono.

La conversación había terminado hacía varios minutos, pero él seguía inmóvil.

El tono de Santiago le había dejado claro que algo grave se avecinaba.

Las palabras «mover el dinero rápido» resonaban en su cabeza con un peso distinto: no era solo una instrucción financiera, era un aviso para prepararse para huir.

Durante años, había manejado los fondos de Mosqueda como un contador más. Nunca preguntó, nunca investigó. Solo se encargó de que los números cuadraran.

Sabía que no era dinero limpio, pero había aprendido a justificarlo con una fórmula simple: «Si yo no lo hago, otro lo hará».

Esa frase lo había acompañado durante una década, anestesiando cualquier asomo de culpa.

Pero, después de la llamada, algo cambió.

Los rumores en la televisión, los nombres que aparecían en los noticieros, las filtraciones que circulaban en redes. Todo empezaba a encajar con una precisión aterradora.

Los hilos que él mismo había movido comenzaban a asfixiarlo. Sintió un escalofrío.

Por primera vez, se dio cuenta de que no solo ayudaba a esconder dinero. Ayudaba a sostener un sistema entero de corrupción y muerte.

Y, si ese sistema caía, él sería de los primeros en caer con él.

Tenía que hacer algo, pero no sabía qué.

Mover el dinero, sí. Eso podía hacerlo. Pero ¿y después? ¿Cuánto tiempo antes de que alguien lo señalara?

En medio de su ansiedad, buscó entre sus contactos un número que solo había marcado un par de veces: el del Alacrán.

Durante años, ese nombre —a quien nunca conoció en persona— había sido una presencia invisible en sus cuentas, origen de fondos y transferencias que él procesaba sin hacer preguntas.

Sabía que estaba muerto, pero también sabía que detrás de él había otra persona en el poder y que era real, pues ese alguien había sostenido el equilibrio de la región.

Tal vez, quedando bien con él, tendría un aliado; alguien que, en momentos difíciles, lo protegiera.

Dudó unos segundos antes de marcar.

El teléfono sonó tres veces y luego se detuvo.

No hubo respuesta. Lo intentó una segunda vez.

En Santa Rosa, el Toro estaba sentado frente al escritorio del viejo patrón.

Seguía usando el mismo celular del Alacrán. Cuando la pantalla volvió a encenderse, pudo ver las letras que aparecieron: FT.

Finalmente había aparecido el último contacto que no conocía del Alacrán. Dudó unos segundos y luego contestó.

—¿Quién habla?

El contador tragó saliva.

—Busco al señor Jacinto Gutiérrez —dijo, usando el nombre real del Alacrán.

Hubo una pausa, un zumbido apenas perceptible y luego una risa breve.

—El único con ese nombre que conozco es el Alacrán, y está muerto —respondió la voz—. Si con él querías hablar, llegaste tarde.

Felipe Torres sintió un escalofrío.

—Entonces… ¿usted es…?

—Soy el que ahora está en su lugar —dijo el Toro con tono definitivo.

El contador dudó un instante, luego habló con voz temblorosa.

—Señor… mi nombre es Felipe Torres. He sido el contador del señor Gutiérrez… por mucho tiempo. Él me dejó instrucciones para un caso como este. Pero me temo que necesito confirmar su identidad antes de proceder.

—Todos me conocen como el Toro —replicó el hombre—. Pero necesitaré más información antes de darte la mía.

Felipe respiró hondo.

—Está bien. Asumo que, si tiene su teléfono, puedo confiar en usted. Mire, no quiero molestarlo, pero tengo a mi cargo ciertos fondos… importantes. Y necesito instrucciones para hacer con ellos lo que usted considere apropiado.

Del otro lado, el silencio volvió.

El Toro, sentado frente al ventanal, ponderaba cada palabra.

No conocía a ese hombre. Su voz sonaba frágil, nerviosa, pero también hábil.

—¿Quién te dijo que hablaras conmigo? —preguntó finalmente.

—Nadie. El número siempre ha estado en los documentos del señor Gutiérrez. Supe que debía contactarlo si algo le ocurría.

El Toro se reclinó hacia atrás.

—¿Y qué exactamente es lo que tienes?

—Dinero —dijo el contador—. Inversiones, propiedades, cuentas en el extranjero. Todo con diferentes nombres, pero bajo el control del señor Gutiérrez. Para poder reasignarlo, primero necesito saber que usted es la persona que está en la sucesión.

El Toro se mantuvo en silencio.

Luego habló con voz baja, firme.

—Mi nombre es Sebastián Millán. Pero, si lo repites, te aseguro que no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte.

El contador contuvo el aliento.

—Claro, entendido, señor Millán. Solo quería asegurarme de que todo estuviera en orden.

—Sigue —ordenó el Toro.

Durante quince minutos, Felipe Torres detalló cuentas, montos, nombres y movimientos. El Toro escuchaba sin interrumpir, con la concentración necesaria para evaluar si había una mentira o una trampa.

Cuando el contador terminó, el silencio pesó.

—Entonces… ¿puedo usarlo donde yo quiera? —preguntó finalmente el Toro.

—Sí, señor. Está dispuesto para eso. Solo necesitaré algunas firmas más adelante para formalizar los movimientos. Así todo quedará legalmente en sus manos.

El Toro asintió.

—Bien. Voy a confiar en ti. Pero recuerda: es importante proteger ese dinero. Y, si alguien lo toca sin permiso, no habrá perdón.

Felipe Torres tragó saliva.

—Haré lo necesario para protegerlo, señor. Puede contar conmigo.

El Toro hizo una pausa antes de responder:

—Lo harás, porque ahora tú también formas parte de esto. Y aquí, la traición se paga con la vida.

Colgaron.