Capítulo 25
San Isidro del Valle, Estado Central
Efraín Mosqueda despertó antes que el sol. Se sentía extraño. No nervioso, pero tampoco en calma. Como si presintiera que algo fuera a romperse en cualquier momento.
Se duchó con agua fría para despertar rápido, se puso el único traje que tenía para ocasiones especiales y repasó con rapidez los apuntes que su padre le dictó por teléfono la noche anterior.
Era una reunión importante para él: una junta con los presidentes municipales de la región para preparar el encuentro con el gobernador. El tema, como siempre, era la violencia y las implicaciones para las inversiones federales de ese año.
El enfoque que debía dominar con sus vecinos era el de minimizar, disfrazar, disimular. Las palabras tenían que suavizar los hechos. Su papel era simple: repetir el guion, no improvisar.
—No digas más de lo necesario —le había advertido Santiago Mosqueda—. Ni una palabra de más, ni una mirada que delate. Tú no estás ahí para opinar… estás para confirmar.
Ahora, frente al espejo, Efraín practicaba una sonrisa breve, casi diplomática. Esa que no compromete, pero que tampoco aleja.
Era joven aún, pero ya entendía que el poder no gritaba: el poder susurraba.
En la cocina, la muchacha le sirvió café y pan tostado. No habló mucho.
Sus pensamientos estaban en la reunión, en la forma en que su padre insistía en el control del discurso. Desde la llamada de anoche lo había notado más tenso, más parco. Como si algo lo hubiera golpeado por dentro.
Efraín no sabía que, la noche anterior, su padre había discutido con el capitán Montecinos. Que la muerte ya andaba rondando nombres, informes y silencios.
—No necesitas demostrarle nada a nadie, Efraín —se dijo a sí mismo, reafirmando su posición—. Solo haz lo que creas correcto.
Afuera ya lo esperaba su chofer, un hombre callado y eficiente, asignado por su padre desde el inicio de su mandato.
También iba con ellos su asistente, Mariela, una joven de mirada firme que se había convertido en su sombra administrativa.
El trayecto era corto, apenas cuarenta minutos por la carretera nueva. Efraín aprovechó para repasar las cifras, los nombres de los municipios, los consejos de su padre y las instrucciones del capitán Montecinos. Todo debía encajar. Nada podía salirse del guion.
—¿Está listo, presidente? —preguntó Mariela, mirando por el retrovisor.
—Tan listo como se puede estar para este tipo de reuniones —respondió Efraín, intentando sonar relajado.
La camioneta avanzaba rápido. El conductor conocía cada curva. El paisaje, sin embargo, seguía teniendo esa belleza engañosa que escondía historias de sangre.
Faltaban apenas veinte kilómetros para llegar cuando ocurrió.
Nadie lo vio venir.
Un camión de carga, aparentemente sin control, irrumpió en el carril contrario y embistió la camioneta de frente. El impacto fue brutal. El vehículo se volcó dos veces antes de caer en un barranco.
El silencio después del golpe fue más ensordecedor que el estruendo del metal.
Los tres ocupantes murieron al instante.
El primer informe llegó por radio a la comandancia local. Minutos después, las llamadas empezaron a multiplicarse.
En un edificio oficial cercano, los presidentes municipales apenas habían iniciado la reunión cuando uno de los secretarios entró corriendo al salón, pálido como la pared que tenía detrás.
Se acercó al moderador y le susurró algo al oído. El hombre se quedó inmóvil. Después, se levantó y pidió la palabra con voz temblorosa.
—Compañeros… tengo que informarles algo —dijo, con la mirada fija en un punto invisible—. El presidente municipal de San Isidro del Valle… Efraín Mosqueda… ha fallecido hace unos minutos. Sufrió un accidente en la carretera. Su vehículo fue embestido por un camión. No hubo sobrevivientes.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Nadie se movió. Nadie preguntó nada. Nadie lloró.
Todos, sin excepción, entendieron el mensaje.
Porque en esa región, los accidentes tenían otro significado.
Y cuando un presidente joven, heredero de un nombre temido y respetado, moría en una colisión sin testigos, sin cámaras, sin razones, nadie pensaba en frenos ni en curvas.
Todos pensaban en el lenguaje oculto del poder.
Algunos se miraron entre ellos. Otros bajaron la cabeza. Pero todos sabían que el tablero se acababa de sacudir.
Y que lo que viniera después sería peor.
* * *
La noticia lo sacudió como un disparo en la sien.
Santiago Mosqueda no gritó al principio. Tampoco cayó de rodillas ni rompió vasos.
Lo primero que hizo fue quedarse quieto. Los ojos fijos. La mirada perdida.
Como si esperara que alguien desmintiera lo que acababa de escuchar.
—¿Está seguro? —preguntó al teléfono, con la voz seca, casi sin aire.
—Sí. Murieron los tres. El impacto fue directo —respondió la voz del otro lado.
Ahí se rompió.
Un rugido salió de su pecho, algo entre el dolor y la rabia.
Gritó el nombre de su hijo como si pudiera devolverlo. Golpeó el escritorio. Rompió la lámpara. Se dobló sobre su propio cuerpo, como si algo adentro de él se hubiera desgarrado.
Su hijo. Su único hijo. Efraín.
Tomó el teléfono con las manos temblorosas y marcó al celular de Teresa.
Cuando ella contestó, bastaron dos palabras:
—Es Efraín…
Teresa no entendió al principio. Su tono, entrecortado, apenas podía formar frases. Pero bastó con repetirlo:
—Nuestro hijo… está muerto.
El grito de ella lo atravesó. La escuchó llorar, gritar, maldecir, negar, implorar.
Él se quedó ahí, callado, tragando saliva, como si no supiera ya qué hacer con tanto dolor.
Teresa lo acusó, lo confrontó, lo insultó. Le dijo lo que él ya sabía: que había metido a su hijo en ese mundo, que lo había arrastrado con promesas de poder y continuidad. Que ella se lo advirtió una y otra vez.
Y que ahora era tarde. Que ya no había hijo que enterrar sin remordimientos.
Santiago solo pudo responder una vez:
—Yo también lo amaba, Teresa. Yo también creí que podía cuidarlo.
Pero el amor, lo supo ahora, poco servía en el mundo en el que vivía.
La llamada terminó con un silencio.
Ella ya no tenía más fuerzas. Y él tampoco.
No había terminado de sentarse cuando el celular volvió a sonar.
Era el número del capitán Montecinos.
—Santiago, tenemos que hablar.
—Ahora no, por favor.
—No me jodas. Esto no es solo tu tragedia. Es un mensaje. Y no solo para ti. Para todos. Necesitamos actuar.
—Lo sé… —dijo Santiago, apenas con un hilo de voz.
—Entonces, componte. Si queremos mantener el equilibrio, necesitamos actuar de inmediato o todo se nos caerá. Tenemos que parecer fuertes. Para eso tenemos que nombrar a alguien. Rápido. No podemos dejar ese hueco.
Santiago apretó el teléfono contra su oído. En la voz del capitán percibió algo distinto: un temblor contenido. Montecinos ya no era el mismo hombre de días atrás. Había perdido algo en su última visita a Ciudad Fortaleza, en esa reunión donde todo empezó a resquebrajarse.
Su tono sonaba cansado, con un filo nuevo: el del miedo disfrazado de autoridad.
—Estoy dispuesto a hacerlo —respondió, alzando el mentón con esfuerzo—. Si tengo que regresar, lo haré.
—No seas estúpido, Santiago —cortó Montecinos sin piedad—. No me refería a ti.
—¿Entonces quién?
—Tú me dirás. Pero a mí me gusta el tal Macario Suárez. Siempre fue confiable. Callado. Leal. Sin grandes ambiciones, pero efectivo. Y no tiene cuentas abiertas.
Santiago dudó.
—Macario… Pero él está más que jubilado.
—Lo está. Pero no muerto. Y, en este juego, te aseguro que todos regresan si el precio es el correcto.
Santiago frunció el ceño. No le gustaba que las decisiones vinieran de otros. Pero tampoco podía pelearlo ahora. No en medio de su duelo. No cuando él mismo ya no era el hombre fuerte que creía ser. No cuando la voz del capitán ya sonaba como una orden disfrazada de consejo.
—¿Y crees que acepte?
—Convéncelo. Él te respeta. Además, algo te debe. Le pagamos bien durante años. Es hora de que devuelva el favor. Y, si no, búscate a otro. Pero no podemos quedarnos sin un líder en el municipio.
Hubo un silencio breve, apenas un respiro entre dos hombres que ya no confiaban en nadie.
—Haré lo que sea necesario. Pero déjame hacerlo a mi manera.
—Hazlo como quieras, Santiago. Pero hazlo ya. El silencio es el peor enemigo cuando todos esperan una respuesta.
La llamada terminó. Santiago dejó el teléfono sobre la mesa. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué hacer. Había jugado con fuego durante décadas. Y ahora, sus manos estaban llenas de ceniza.
Se levantó, caminó por la habitación sin rumbo. En una esquina, vio la foto de su hijo, tomada el día de su juramento como presidente municipal. Llevaba el traje nuevo, el rostro joven y un gesto de felicidad.
Recordó de nuevo la conversación, años atrás, con Felipe Torres, cuando hablaban de la familia, de los límites, de la conciencia.
—Si tu familia lo sabe, entonces tendría que entenderlo. Porque uno no construye para que le aplaudan. Uno construye para que sobrevivan.
En ese momento, esas palabras le parecieron lógicas. Ahora, frente a la muerte de su hijo, le sonaban huecas. Porque ¿de qué servía proteger a la familia si al final la arrastraba consigo?
Apretó los puños. Se limpió el rostro. Y marcó el número de Macario Suárez.
Porque, si algo le quedaba, era el deber.
* * *
El teléfono sonó dos veces antes de que una voz grave, algo ronca, pero firme contestara:
—¿Quién habla?
—Macario... soy yo, Santiago.
Un silencio extraño se coló entre los dos. Era como si el nombre ya anunciara algo fuera de lo común. Nadie llamaba así, a esas horas, si no era por una razón de peso. Macario lo supo. Lo sintió.
—¿Todo bien, Santiago?
Santiago tragó saliva. Lo intentó decir con serenidad, pero su voz se quebró.
—Macario… mi hijo… Efraín… está muerto.
Macario no respondió de inmediato. Lo escuchó repetirlo. Dos veces. Tres. Hasta que la frase se abrió paso por la insistencia y llegó como un golpe seco.
—¿Qué estás diciendo?
—Un accidente. Esta mañana. Camino a la reunión con los presidentes. No sobrevivió.
El viejo Macario se dejó caer en el sillón más cercano. Apretó la mandíbula.
—No puede ser… —susurró—. ¡Pero si apenas era un muchacho! Lo vi crecer, carajo. ¡Era un chamaco! ¡Uno bueno!
—Lo sé. Lo sé —dijo Santiago con voz hueca.
—¿Qué necesitas? ¿Quieres que vaya a algún lado? ¿Te ayudo con el funeral, las diligencias…?
—No… no es eso lo que necesito.
Macario se irguió. Algo cambió en su rostro.
—¿Entonces?
Santiago respiró hondo. Como si tuviera que cruzar una frontera dentro de sí antes de poder hablar.
—Necesito que ocupes su lugar.
El silencio volvió. Pero esta vez no era de incredulidad. Era de tensión.
—¿Que qué?
—Lo que oíste, Macario. Necesito que tomes su lugar. No podemos dejar la silla vacía. No ahora. No así.
—¿Estás loco? —la voz de Macario temblaba, mostrando un enojo visceral—. ¡Yo estoy fuera de eso desde hace años! ¡Estoy jubilado, Santiago! ¡Huelo a pomada para el reuma, por el amor de Dios! No sirvo para eso. Además, estamos hablando de que tu hijo ha muerto hoy. ¿Cómo puedes pedirme algo así?
—Tú sabes cómo funciona esto. No hay tiempo para sentimentalismos. Hay que cerrar filas.
—¿Y por qué yo?
—Porque te respeto. Porque eres leal. Porque me ayudaste a construir esto, aunque nunca quisiste ensuciarte tanto. Y porque sé que no vas a traicionarme.
Macario se puso de pie. Empezó a caminar de un lado a otro. Se detuvo. Volvió a sentarse.
—Yo ya no sé cómo se mueve ese mundo, Santiago. Cambió. Hay cosas nuevas. Gente nueva. No entiendo los códigos de ahora.
—Los códigos siguen siendo los mismos —respondió Santiago—: poder, dinero, silencio. No hay más. Te ayudaré. Montecinos también. Y el Toro… bueno, él te respetará si sabe que vas conmigo.
Macario lo miró con desconfianza.
—¿Y tú todavía confías en Montecinos, en el Toro, después de todo esto? —preguntó con dureza.
Santiago dudó, y eso bastó como respuesta.
—Tú me conoces —dijo por fin—. Nunca confío del todo, pero lo necesito.
—Y tú me conoces a mí, Santiago. Yo no soy como ustedes. Nunca lo fui. Siempre estuve en los bordes, manejando las cosas limpias… hasta donde se podía.
—Y eso es justo lo que necesitamos. Una cara confiable. Alguien que no levante polvo. Alguien que dé tranquilidad, aunque sea aparente. Por ahora, al menos.
—Por ahora —repitió Macario con ironía—. Siempre decimos eso. Y siempre acaba igual.
Macario se pasó la mano por la cara. Era un hombre de silencios largos, pero de decisiones firmes.
Y, en ese momento, todo lo que había querido olvidar se le vino encima.
Las épocas de tensión, las cuentas turbias, las amenazas veladas, las amistades que ya no estaban.
El tiempo en que el dinero lo obligó a mirar hacia otro lado… y a callar.
—Tengo que pensarlo —dijo por fin.
—No hay tiempo, Macario.
—Pues entonces búscate a otro.
Santiago no dijo nada. Dejó que el silencio lo hiciera por él.
—No se trata solo de ti —continuó con voz baja—. Piensa en todo lo que ayudaste a construir. ¿Vas a dejar que eso se derrumbe?
Macario cerró los ojos.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Horas. No días. Esta noche hablaré con Montecinos y con el Toro. Si aceptas, solo es cosa de alinear detalles.
—¿Y si no?
—Entonces no sé. Tal vez esto se venga abajo. Y ya sabes cómo se caen las cosas por aquí. Con sangre. No lo digo como amenaza. Es una realidad.
Macario no respondió.
Santiago esperó.
Al cabo de un largo minuto, Macario asintió.
—Está bien. Pero con condiciones.
—Tú dirás.
—Nada de basura. Nada de escándalos. Y, si veo algo que no me gusta, me voy sin dar explicaciones.
—Lo sé. Así será.
—Y, si alguien me quiere pasar por encima…
—Responderá ante mí.
Macario suspiró, como quien firma un pacto con el pasado.
—Mañana mismo te veo.
—Gracias, Macario. Te juro que no lo olvidaré.
—No lo hagas. Porque yo tampoco olvidaré que esta fue tu decisión.
Santiago colgó. Se quedó solo con su respiración agitada. Sabía que acababa de amarrar el futuro… a cambio de un pedazo más de su alma.