Capítulo 24
Altavista, Estado Central
—Hola —la voz de Montecinos sonó rasposa por la línea, más seca que de costumbre. Llevaba días esperando esa llamada.
—Hola, capitán —respondió al otro lado una voz temblorosa, como si al hablar le costara respirar.
Montecinos no perdió tiempo. Ya no tenía paciencia para formalidades ni rodeos.
—¿Ya sabemos quiénes son?
—Sí, ya pudimos identificarlos —contestó la voz.
Aquella respuesta no le bastó.
—¿Por qué les ha tomado tanto tiempo, carajo? —se oyó su impaciencia, dura—. Somos las fuerzas armadas; debería ser más fácil.
La otra voz carraspeó.
—Disculpe, jefe. Es que hasta ayer supimos quién fue el que metió todo el ruido. Sabemos que se presentó directamente con el fiscal en Ciudad Fortaleza. Nuestro contacto lo vio entrar.
—¿Se presentó en la fiscalía? —la incredulidad de Montecinos se convirtió en ira contenida—. ¿Cómo que fue a la fiscalía?
—Sí. Es un servidor de la fiscalía de Altavista —dijo el hombre—. Lo atendió directamente el fiscal del estado, Ernesto Palacios. La reunión duró bastante. Se escucharon muchos nombres... entre ellos el del Toro y el suyo.
Montecinos apretó la mandíbula. En su cabeza todo se amontonó: las preguntas, los silencios en la oficina, la llamada provocadora de Ciudad Fortaleza.
—¿Y quién es? —escupió.
—Un abogado llamado Julián Millán, señor —respondió la voz—.
Reside en Altavista. No tiene parientes conocidos; solo una novia que trabaja en televisión: una tal Ximena Matías.
La persona que trabaja con él, y suponemos que le pasó buena parte de la información, es la periodista de siempre: la tal Raquel Osuna.
Montecinos repitió el nombre del abogado en voz baja: Julián Millán. Buscó en su memoria, como quien remueve papeles antiguos, esperando encontrar algo que lo conectara a ese nombre. Nada surgió.
—¿Y qué más sabemos de él? ¿Qué influencia tiene? ¿Por qué ir a Ciudad Fortaleza?
—Pocos años en la fiscalía, sin grandes influencias —respondió el informante—. Pero fue directo al fiscal; no se sabe por qué lo recibió. Está confirmado que llevaba documentación, nombres. No sé más.
Al no poder sacar más información de su informante, Montecinos colgó. Se quedó mirando la pared, con las manos temblándole apenas. Todo se le venía encima con una velocidad que no había previsto.
¿Un abogado joven, sin peso, capaz de presentarse ante el fiscal con pruebas y nombres?
¿Qué clase de locura era esa?
Pensó en la fiscalía, en el rostro del fiscal, en los investigadores. Recordó la frase que había escuchado de Mosqueda, dicha con desprecio, casi como un credo: «Oro o plomo».
Aquellas palabras regresaron con el mismo eco agrio de entonces.
Como una burla cruel, la memoria le devolvió una certeza fría: ya no bastaban las viejas maneras.
La sonrisa que se le escapó fue breve y amarga; como siempre, sabía que había otras maneras de convencer.
Pero la verdad le pesaba en el estómago: si el abogado era joven, sus movimientos podían resultar imprevisibles.
Y, sobre todo, el hecho de que se hubiera presentado ante el fiscal cambiaba las reglas del juego: tocarlo sería una tontería; el ruido de su eliminación podía encender alarmas que preferían mantener apagadas.
No podía permitirse que la fiscalía y sus propias fuerzas armadas miraran al mismo lado. Por desgracia para ellos, el abogado tenía una ventaja visible: era público. Sin embargo, Montecinos lo sabía bien: visible no es sinónimo de invulnerable.
La decisión, fría y concreta, nació en su pecho: no matarlo; vigilarlo y enviarle un mensaje.
Un aviso que dejara claro hasta dónde podían llegar sin romper el tablero.
Con la periodista la cosa sería distinta; su terquedad era famosa. Diez años de persecuciones, acusaciones y artículos que habían puesto nerviosos a más de uno.
Para ella, el oro no sería suficiente.
A ella sí podían sacarla de la escena. Retenerla, amedrentarla, quitarla del mapa por un tiempo sin convertirla en protagonista pública.
No era la primera vez que el capitán se movía en una línea así.
Su instinto militar le decía que hay victorias que se ganan con pequeños golpes, no con masacres.
Pero su instinto político —ese otro instinto, viejo y corrupto, acostumbrado a negociar con sombras— le decía que a veces había que usar manos pequeñas para obras grandes.
Tenía que ser sutil, eficaz y reversible.
Respiró hondo y marcó el número del Toro.
No quería dar la orden sin oír la voz del hombre que ejecutaría el plan y confirmar que aún podía confiar.
—Hola, capitán —contestó el Toro, con la frialdad y la apatía de siempre.
—Tenemos más información sobre los informantes —dijo Montecinos, sin preámbulos—. El abogado que inició todo es un tal Millán, de Altavista.
El silencio del Toro fue largo. No por sorpresa, sino por algo más profundo: el apellido.
Millán le produjo un eco inesperado; un recuerdo de infancia que no quería traer a la superficie. Su mente trazó imágenes rápidas: rostros, nombres, un apellido que quizá había escuchado en los días triviales de su niñez.
Millán no era raro; había muchos Millán en la región. ¿Sería pariente? ¿Algún lazo perdido en el tiempo? La idea le revolvió el estómago sin lógica. Pero el Toro lo murmuró para sí:
—Millán...
—¿Te dice algo? —preguntó Montecinos con frialdad.
—Nada —respondió el Toro—. El apellido me suena, pero no importa. Ese Millán, sea quien sea, es nuestro enemigo ahora.
Montecinos captó el matiz. Lo supo al instante: el Toro había sentido alguna familiaridad, una conexión posible, y la había rechazado. Era la manera del hombre de no dejar que la sangre o la memoria lo doblaran.
La familia, para el Toro, había sido enterrada el día de las balas. Nadie más quedaba.
—Bien —dijo Montecinos—. Escucha. Al abogado no lo tocaremos. No por ahora. Aunque le mandaremos algún mensaje, una pequeña advertencia; que alguien le haga saber que hay pasos sobre su sombra. Sin ruido político. Solo quiero que lo vigiles, día y noche.
—¿Y la periodista? —preguntó el Toro, directo.
—A la periodista la sacamos del juego —replicó Montecinos con voz medida—. No quiero que la mates. Solo retenerla, que desaparezca durante semanas. Eso nos dará tiempo para desactivar cualquier procedimiento, desviar ojos, apagar nombres. ¿Me comprendes?
—Perfecto —dijo el Toro—. ¿Secuestro limpio? ¿Quién lo ejecuta? Tengo hombres, pero este trabajo exige cuidado.
—Tú entiendes —replicó Montecinos—. Quiero que la traslades fuera de la ciudad. A un lugar donde nadie la busque, bien vigilada. Debe entender que, si abre la boca, el daño será real. Eso bastará para que otros callen. No queremos un cadáver ni un escándalo. Solo neutralizarla.
El Toro asintió con una palabra corta.
—Sin problema, capitán. Yo me encargo. Pero recuerde que mi gente está pasando por problemas. Hay riesgo y sangre en mi lado. No se le olvide.
Montecinos escuchó la advertencia.
—Lo sé —dijo—. Y no lo olvido. Haré lo que sea necesario para compensar a tus hombres.
Pero esto es urgente. El ambiente se calienta. Si no paramos la avaricia de los que se creen santos, el tablero se volteará contra nosotros.
El Toro expresó su acuerdo.
—Cuenta con ello.
Colgaron y el silencio volvió a escucharse en la línea, pero el ruido en la cabeza de Montecinos no cesó.
Caminó hasta la ventana de su oficina, abrió la persiana y miró la ciudad. Recordó a la periodista: su nombre, su cara, la terquedad con la que aparecía en cada nota incómoda.
Recordó a Millán, el abogado que había llegado con papeles en la mano hasta la mesa del fiscal. Pensó en Ximena, la novia en la televisión.
Se sentó lentamente. La estrategia en su cabeza ya tenía forma: vigilar sin mostrarse, presionar sin romper, usar veneno en vez de plomo.
Pidió informes, realizó llamadas discretas a aliados y coordinó con el Toro la logística para el secuestro perfecto: día, hora, ruta de escape, lugar de retención, rotación de guardias.
Todo debía ser matemático. Todo debía parecer una coincidencia.
—Que nadie pierda la cabeza —repitió para sí mismo.
Salió de la oficina con paso lento, sabiendo que lo que había ordenado no era pequeño.
Sabía que jugaban con vidas, con carreras y con destinos.
Porque cuando la política se mezcla con la guerra y el rumor se convierte en evidencia, las decisiones ya no se toman por orden, sino por miedo. Y el miedo, a menudo, es más eficaz que la bala.