Capítulo 23
Lugar desconocido, Estado Oeste
El celular viejo sonó. El mismo aparato sin pantalla, con antena y botones grandes.
El Ratón lo tomó con calma, aunque el pulso le temblaba apenas perceptible.
Esa voz. La misma de siempre. Distorsionada, imposible de identificar. Fría, pero al mismo tiempo familiar. Una voz que había aprendido a obedecer sin saber por qué.
No se saludaron. Nunca lo hacían.
—Llegó la hora —dijo la voz, seca, metálica—. Estamos en el momento de iniciar nuestra ofensiva definitiva. Tu paciencia tiene su recompensa. Llegó el momento de actuar.
El Ratón apretó el teléfono contra su oído. Había esperado escuchar esas palabras, pero no tan pronto.
—¿Y por qué ahora? —preguntó, con una mezcla de duda y precaución.
Un breve silencio, seguido de una risa apenas audible.
—¿Qué pasa, te estás echando para atrás?
—No, no es eso —respondió él—. Solo… hemos estado en esto ya varios meses.
—Precisamente por eso —interrumpió la voz—. Porque las fichas están en el lugar correcto. Es el momento en que, tirando una, caerán las demás.
Hizo una pausa, como para medir el efecto de sus palabras.
—¿Acaso me he equivocado hasta ahora?
El Ratón dudó.
Miró a su alrededor. No había nadie más en la habitación. Solo un mapa de la región extendido sobre la mesa, con marcas rojas y líneas a mano.
—No… no te has equivocado. Pero el tiempo…
—El tiempo siempre corre a nuestro favor, Ratón. Solo ve lo que está pasando. Ya estás dentro del territorio. Nadie ha podido detenerte. Tu nombre vuelve a escucharse con fuerza. El Toro está distraído, más preocupado por lo que sucede dentro de su círculo que por lo que ocurre fuera.
Bajó la voz.
—Está débil. Y las fuerzas armadas tienen problemas más grandes que tú. Te digo que es el momento para dar el golpe final.
El Ratón no respondió de inmediato.
Había aprendido que el silencio podía ser su mejor arma.
—¿Y de qué estamos hablando? —preguntó al fin, con una calma forzada.
La respuesta fue una carcajada breve, apenas un respiro entre interferencias.
—Necesitamos cambiar un mando. Uno crítico para dominar el área.
El Ratón se inclinó hacia el mapa, trazando con un dedo la carretera entre San Isidro y Santa Rosa.
—¿De quién estamos hablando?
—Del presidente municipal de San Isidro del Valle.
El silencio que siguió fue largo, espeso.
Hasta el zumbido de la antena parecía detenerse.
—¿Quieres que despache al hijo de Mosqueda? —preguntó finalmente.
—Así es —el tono de la voz era definitivo, sin matices.
El Ratón apoyó el codo sobre la mesa y se frotó el rostro.
—Eso va a levantar polvo. La reacción de Mosqueda y del ejército será fuerte —añadió, con una ironía amarga—, especialmente para mí.
—Mira, Ratón, no es momento de dudar —replicó la voz, con dureza—. Es lo que se necesita para desestabilizarlos. Después de esto caerán los grandes. Y al fin podremos consolidar tu grupo, tu poder.
El Ratón sonrió sin alegría.
—No estaría tan confiado. Esos tipos han demostrado ser más fuertes de lo que pensábamos.
La voz se volvió más seria.
—No los subestimo. Por eso ha tomado tanto tiempo. Las piezas deben moverse con precisión, una detrás de otra. Tú serás la primera ficha visible.
—Y tú, ¿seguirás moviendo las invisibles? —preguntó el Ratón, con un dejo de burla.
Un breve silencio. Luego, la voz contestó con una serenidad escalofriante:
—Yo solo observo el tablero.
El Ratón soltó una pequeña carcajada.
—Siempre con tus frases. Pero dime algo… tú y yo, ¿cuándo nos conoceremos? Entenderás que no conocerte no genera precisamente confianza.
—No tienes que confiar en mí —respondió la voz—. Solo creer en lo que hago. Si crees que miento, no lo hagas. Si crees que hay trampa, no lo hagas. Pero creo que, hasta ahora, toda la información que te he dado ha sido correcta, ¿no?
El Ratón pensó en las últimas semanas: cada operativo, cada rumor anticipado, cada patrulla que evitó gracias a esa voz. Todo había sido exacto. Verdadero.
—Sí —admitió—. No me has fallado.
—Entonces no veo motivo para cambiar las reglas. Además —continuó la voz—, que no se sepa quién soy es una ventaja que tú y yo compartimos. Cuantos menos sepan, más fuerte eres tú.
El Ratón lo pensó un instante. Era cierto. Su poder crecía mientras los demás ignoraban la fuente de su información. Ese misterio lo hacía parecer omnisciente.
—¿Y si un día descubro quién eres? —preguntó, en tono desafiante.
La voz rio despacio.
—Ese día llegará, así que no te preocupes por eso.
Hubo una pausa.
Luego, cambió el tono de la voz.
—Escúchame con atención. Este movimiento tiene que hacerse limpio, rápido y sin ruido. Nada de incendios, nada de alardes. Quiero que parezca un accidente, así de simple. Ellos entenderán, y así el mensaje será más poderoso.
El Ratón se irguió en la silla.
—Un accidente… —repitió, comprendiendo.
—Exacto —confirmó la voz—. Que parezca casual. Un vehículo, un fallo, una curva. Sabes cómo hacerlo.
—Lo sé. Pero necesitaré tiempo.
—Tienes menos del que crees —la voz sonó cortante, impaciente.
—Está bien —dijo finalmente—. Considera el trabajo hecho.
—Perfecto —dijo la voz, aliviada—. Después de esto hablaremos de lo que sigue. Aún hay cosas por hacer, pero eso lo sabrás después.
Colgó. Sin despedidas. Como siempre.
* * *
El Ratón dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando el vacío.
Fuera, la mañana seguía su curso, con un sol pálido y un viento caliente que traía olor a tierra quemada.
No sabía si lo que acababa de aceptar era una victoria o una trampa.
La primera vez que aquella voz lo contactó, meses atrás, pensó que era una broma o una provocación.
Pero cada dato, cada alerta, cada aviso… todos eran verdaderos. Y cada vez que lo seguía, su posición se fortalecía. Su gente lo veía más preparado, más informado, más invencible.
Con el tiempo, empezó a sentir algo de confianza. Una confianza incómoda, frágil, pero real.
Sabía que no podía fiarse de nadie y, sin embargo, esa voz… esa voz lo había llevado a sobrevivir.
—¿Quién carajo eres? —murmuró, como si el eco pudiera responderle.
No obtuvo respuesta. Solo el zumbido leve del viento entrando por la ventana rota.
Se levantó y caminó hacia el mapa extendido sobre la mesa. Su mirada se detuvo en un punto: San Isidro del Valle. Allí estaba el hijo de Mosqueda. Allí empezaría todo.
Apoyó el dedo sobre el mapa. Una simple marca. Y, en su mente, la frase de la voz volvía como un eco metálico: «El tiempo siempre corre a nuestro favor».
Horas más tarde, el Ratón se reunió con sus hombres.
Les explicó lo necesario, sin detalles, sin nombres.
Solo que tenían que preparar un «accidente».
—Nada de errores —ordenó—. Esto tiene que parecer limpio. Si alguien sobrevive, se acabó todo.
Los hombres asintieron. No preguntaron para quién era el encargo. En ese mundo, las órdenes no se cuestionaban: se cumplían.
El Ratón los observó marcharse y, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido al miedo.
No por el trabajo en sí, sino por lo que vendría después.