Cadenas Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Esa última frase lo atravesó. Era más que una amenaza: era el recordatorio de que, en su mundo, no existían advertencias, solo consecuencias.

Apagó el cigarro y se dejó caer en la silla. Sabía que el Toro tenía motivos para desconfiar. También sentía que todo lo que había construido durante años —los acuerdos, las promesas, las líneas de comunicación con ambos bandos— empezaba a desmoronarse.

Tomó aire y marcó otro número.

—¿Santiago?

—Habla —respondió Mosqueda, con tono seco.

—Tuvimos problemas. Alguien filtró información.

—Ya me llegó el rumor —dijo Santiago—. ¿Qué sabes exactamente?

—Dos tipos aparecieron en Ciudad Fortaleza. Dijeron ser investigadores. Mencionaron al Toro y al Alacrán. Nadie los conoce, pero tenían acceso directo al general.

—Entonces no son simples curiosos —reflexionó Mosqueda.

—No. Están metidos hasta el cuello en algo más grande, que nos puede tocar.

—¿Sabemos quién es la fuente?

—Hasta donde sabemos, hay una periodista y algún abogaducho de Altavista —respondió el capitán.

—Pues si es así, habrá que frenarlos cuanto antes. Ya sabes: oro o plomo.

—Eso no es tan simple —dijo el capitán—. Ya no estamos en tiempos de borrar nombres sin ruido, y menos con una investigación en curso.

—Entonces habrá que buscar otra solución.

—Estoy en eso. Créeme.

—¿Y el Toro?

—Furioso. Sospecha que lo estamos dejando solo. Pero creo que lo tengo calmado… por ahora.

—No le falta razón. Pero te digo algo: no lo vas a tener calmado mucho tiempo —respondió Santiago con voz cansada—. Alguien está jugando con nuestras cartas. Si no descubrimos quién, nos van a voltear la mesa completa.

—Lo sé —dijo Montecinos—. Pero lo que me preocupa no es el Toro, es la fiscalía. Si ellos ya tienen nombres, significa que alguien de arriba quiere limpiar el tablero.

—O reacomodarlo —dijo Mosqueda—. Y eso, mi querido capitán, casi siempre termina en sangre.

El silencio posterior fue largo. Montecinos comprendió que el político y él pensaban igual: estaban acorralados, aunque en frentes distintos.

El capitán se pasó la mano por el rostro, dudando si debía hacer una pregunta que lo carcomía.

—Santiago, necesito saber si tú diste la orden de enviar a esos hombres.

—¿Yo? Por supuesto que no. ¿Cómo te atreves siquiera a pensarlo? No tengo la menor idea de quiénes son.

—Entonces alguien los mandó desde otro lado.

—O desde dentro —dijo Santiago—. Últimamente, no distingo aliados de enemigos. Déjame hablar con mis contactos en Ciudad Fortaleza —añadió—. Tal vez pueda averiguar quién autorizó la presencia de esos investigadores. Si no fue mi gente, fue alguien que quiere vernos caer.

—Pues hazlo rápido —pidió el capitán—. Esto se nos está yendo de las manos.

El capitán volvió a encender otro cigarrillo y un pensamiento amargo inundó su mente, rompiendo algo dentro de él.

Había convivido con esos hombres durante años, compartido botellas y balas, y ahora debía desconfiar de todos ellos.

Entendió, con una claridad inusual, que la desconfianza es una forma lenta de morir.

Comienza en los rumores, crece en los silencios y termina cuando todos se miran como enemigos.

A veces, la guerra no está afuera, sino en la sospecha que habita dentro de cada uno.

* * *

Esa noche, aún en su oficina, Montecinos revisó de nuevo sus notas.

Volvió a leer los nombres de Gómez y Aguilar, los investigadores.

Ni un solo registro de ellos en la cadena de mando.

Ninguna orden oficial de visita. Solo un sello ambiguo del Ministerio, de fecha reciente.

Era una emboscada burocrática: sin dejar rastro, pero con toda la autoridad para hacerlo pedazos.

Solo fue hasta medianoche cuando salió. La lluvia había lavado la ciudad y dejado el aire con olor a tierra mojada.

Pensó en todo lo que había dicho y en lo que no debió decir.

El Toro tenía razón: el control se estaba perdiendo.

La red de lealtades que lo había protegido durante años estaba desapareciendo.

Miró al cielo. En algún lugar, pensó, alguien estaba escribiendo su nombre en una lista.

Encendió otro cigarro.

A veces, el enemigo no está en el frente —se dijo—, sino en las sombras que caminan detrás de uno. La guerra había cambiado de forma. Ya no era fuego cruzado, sino papel contra papel, información contra información. Y, en ese juego, era difícil ganar.

Esa noche, el capitán no durmió. Repasaba mentalmente las palabras de Mosqueda: «Oro o plomo». El lema seguía flotando en el aire, tan simple como brutal.

* * *

A la mañana siguiente, Montecinos reunió a su equipo más cercano. Les pidió cerrar rutas, suspender operativos y controlar filtraciones. Nadie debía saber nada hasta nuevo aviso. Los hombres lo miraron sin entender, pero obedecieron.

Afuera, la ciudad amanecía con esa calma previa a la tormenta.

Cuando todos se fueron, el capitán se quedó solo. Sobre la mesa reposaba un expediente sin sello. Lo abrió: dentro había fotografías del Alacrán, del Toro, de Mosqueda y suyas en varias reuniones. Y, al fondo, en una hoja amarillenta, una frase escrita a mano:

«La sangre derramada tiene un precio que tarde o temprano se cobra».

El capitán apretó los puños, conteniendo la rabia.

Había pasado toda su carrera creyendo que podía moverse entre la oscuridad sin pertenecer a ella. Ahora entendía que eso era mentira.