Capítulo 22
Ciudad Fortaleza, capital del Estado Central
Montecinos había sido llamado otra vez para presentar el reporte de las condiciones en la zona. Esta vez, además del general Montes, lo esperaban dos hombres más, que se hicieron llamar «investigadores».
El capitán los observó apenas cruzó la puerta: trajes oscuros, carpetas delgadas, rostros de quien no había dormido bien. No traían insignias ni saludo militar, y eso ya le anunciaba que no venían a escuchar, sino a interrogar.
La reunión transcurrió como él la temía: dura, directa y sin tregua.
Llevaba más de dos semanas con un territorio en guerra y sin resultados visibles, un mapa de pueblos masacrados donde nadie obedecía a nadie.
El tiempo se le acababa, como la paciencia del general.
Ni todas las medallas ni los años de servicio lo salvarían si no presentaba una solución pronto.
Montecinos lo sabía, y su jefe también. Por eso hablaron sin rodeos: ambos entendían que el fracaso empezaba a tener nombre y que no faltaba mucho para que alguien lo pronunciara en voz alta.
Uno de los investigadores —el que llevaba la voz cantante— se presentó como Ricardo Gómez.
El otro, Fermín Aguilar, permanecía en silencio, tomando notas.
Gómez esperó el momento exacto en que la tensión se había vuelto insoportable y, con una media sonrisa, lanzó la pregunta que traía preparada:
—Capitán Montecinos, ¿sabe qué me preocupa? —preguntó el hombre, acomodándose las gafas—. Con tantas muertes y tanta bala allá abajo, parece que usted ya se acostumbró.
Dijo la frase despacio, mirando de frente.
—El problema —continuó— es que desde aquí resulta más difícil entender lo que ustedes viven allá. Por eso seguimos preguntando, investigando. Queremos que esto acabe, por el bien de todos.
El capitán lo miró en silencio. Sabía leer las provocaciones: esa no era una pregunta, era una acusación.
Respondió sin alterar la voz:
—En la zona bajo mi responsabilidad hay muchas formas de morir, señor Gómez —dijo al fin—: la bala, el hambre, la enfermedad, la desesperanza.
Créame, la bala no es la peor; es rápida y, a veces, misericordiosa.
Pero no se engañe: nadie con corazón se acostumbra a la muerte, sin importar cómo llegue.
Lo dijo sin levantar la voz, pero la sala se contrajo.
El silencio duró lo suficiente para que el general asintiera con leve fastidio. Gómez cerró la carpeta que tenía frente a él y la golpeó suavemente sobre la mesa.
—Bien —dijo—. Eso es todo por ahora.
Montecinos se cuadró, saludó y se preparó para salir. Llevaba dos horas respondiendo preguntas que, en realidad, eran insinuaciones. Alcanzó la puerta cuando la voz del investigador volvió a sonar:
—Capitán, antes de que se retire… ¿me podría decir qué sabe de un tal Toro?
El capitán se detuvo en seco.
—¿De quién, señor?
—Del Toro. Tengo entendido que es de su zona. Usted lleva más de veinte años allá, debería saber algo. ¿O me equivoco?
Montecinos sintió un frío súbito en la espalda.
Sabía que era una trampa, pero ya no podía seguir repitiendo que el único responsable era el Ratón.
—El Toro, claro que lo conocemos —respondió—. Un maleante de poca monta; trabajó muchos años, siempre aliado con el Alacrán.
Gómez asintió, satisfecho.
—Ah, por fin sale el nombre del Alacrán. ¿Por qué, entonces, nunca lo ha mencionado en sus reportes? Ni a él ni al Toro.
Montecinos sintió el golpe. Había caído justo donde lo querían.
—Porque nunca fueron un problema —contestó—.
Operaban a baja escala. Nos servían más como informantes que como enemigos.
Un mal necesario si queremos saber lo que pasa en la zona.
Hasta donde sé, el Toro se quedó con una parte de esos pequeños negocios, nada más.
El Ratón, en cambio, es otra cosa: su despliegue de fuerza, su ambición, su violencia…
eso es lo que nos preocupa. Ahí están nuestros ojos.
Gómez lo observó con media sonrisa.
—No quiero parecer entrometido, pero si yo estuviera en su lugar tendría bajo la lupa a ese Toro. Según nuestros informes, es una pieza importante en el ajedrez.
Montecinos respondió con un intento de ataque:
—¿Y de dónde saca esas conclusiones?
—Beneficios de nuestra posición —dijo Gómez—. Somos recolectores de información; nos llega de aquí y de allá, y rara vez es falsa.
—Entonces me gustaría contar con ella. Tal vez así pueda hacer mejor mi trabajo.
—No se preocupe por eso, capitán —cerró Gómez—. Cuando lo consideremos oportuno, le haremos llegar la información que creamos apropiada.
La última palabra fue dicha con un tono de ironía.
Cuando Montecinos salió del despacho, los dos investigadores quedaron a solas con el general.
Fermín Aguilar habló por primera vez:
—Este capitán no me da confianza.
—Yo ya dejé de creer en santos hace mucho —respondió Gómez—, pero sigo creyendo en demonios. Y este parece confirmarlo.
El general no comentó nada. Se limitó a mirar por la ventana.
Montecinos, en el pasillo, alcanzó a oír lo suficiente para saber que, a partir de ese día, cada paso suyo estaría vigilado.
* * *
El camino de regreso fue largo y silencioso.
Ciudad Fortaleza quedaba atrás entre cerros que se oscurecían y luces que se encendían. El capitán se acomodó en el asiento trasero del vehículo oficial. Afuera, la lluvia comenzaba a caer en diagonal sobre el parabrisas y, adentro, solo el zumbido del motor le hacía compañía.
Montecinos observaba sin ver. Solo una idea le daba vueltas: alguien había pasado información del Toro.
Si sabían de él, también sabían de sus contactos.
Y si sabían de sus contactos, sabían de él.
Encendió un cigarro, lo apoyó en la ventanilla abierta y dejó que el humo se perdiera con la lluvia.
Pensó en Gómez, en el tono con que dijo «apropiada», en la sonrisa del general, en la mirada del otro investigador.
Todo apuntaba a lo mismo: su nombre estaba empezando a circular en lugares donde no debía.
Apretó el cinturón y cerró los ojos. En la guerra, pensó, no sobreviven los más fuertes, sino los que sospechan a tiempo.
Los enemigos visibles son los menos peligrosos.
Los verdaderos llevan traje, preguntan con educación y firman los informes.
Aprender a reconocerlos es un arte; sobrevivirles, una suerte.
Montecinos no volvió a hablar hasta llegar a la entrada del cuartel de Altavista.
El guardia de turno lo saludó con la rigidez de siempre; él devolvió el gesto, sin una palabra.
Sabía que la noche recién empezaba.
Entró a su oficina sin saludar a nadie. El olor a café frío y a papel húmedo lo recibió como siempre, mezclado con esa sensación agria de estar viviendo en una guerra que ya nadie entendía.
Dejó su abrigo sobre el respaldo de la silla y ordenó que le llevaran los reportes de las últimas cuarenta y ocho horas.
Cuando el teniente se los entregó, Montecinos los hojeó sin mirar demasiado; sabía lo que iba a encontrar: los mismos nombres, las mismas rutas, las mismas cifras sin sentido. Lo que realmente buscaba no estaba en ningún papel.
Quería saber quién había abierto la boca.
Encendió un cigarro y lo dejó consumirse lentamente entre los dedos.
«Si tienen el nombre del Toro, tienen el mío», pensó.
Y eso lo cambió todo.
Se sentó frente al escritorio. Había estado en decenas de interrogatorios, pero esta vez era él quien sentía el sudor frío en la nuca.
Pensó en llamar a Mosqueda, pero desistió. Si alguien estaba escuchando, sería peor.
Solo había una persona con la que debía hablar: el Toro.
Se apoyó en el escritorio y encendió otro cigarro. Pensó en el investigador Gómez.
El poder —pensó— nunca pregunta, solo acusa.
* * *
A la mañana siguiente llamó al Toro. No podía retrasarlo más. La llamada tardó en conectar, y eso solo aumentó su ansiedad. Cuando por fin escuchó la voz del hombre al otro lado, supo que no sería una conversación corta.
—¿Qué pasa, capitán? —dijo el Toro sin saludo.
—Ayer estuve en Ciudad Fortaleza, reportando a los superiores lo que sucede en la zona, y apareció tu nombre. No sé cómo, pero parece que alguien pasó información; lo mencionaron directamente.
—¿Y usted qué piensa hacer al respecto? —la voz del Toro era gruesa, impaciente—. Tenemos un acuerdo: yo coopero, ustedes me dejan operar sin meterme en los informes. ¿O ya se le olvidó?
—No, no lo olvidé. Estoy averiguando quién filtró la información. Aún tenemos tiempo. Santiago también está moviéndose.
—¿Mosqueda? —preguntó el Toro—. Estoy seguro de que ese político solo piensa en sí mismo. Si lo que buscan es un chivo expiatorio, él será el primero en entregar a todos.
—No lo creo —dijo Montecinos, aunque sabía que sí lo creía—. Estamos buscando quién inició esto.
—Pues más vale que lo haga rápido —dijo el Toro, con un tono que rozaba la amenaza—. Porque si mi nombre vuelve a aparecer, el trato se acaba.
El capitán se mantuvo firme. A pesar del tono amenazante, sabía que la balanza se había inclinado a favor del Toro.
—Toro, en este momento no valen amenazas. Tú y yo sabemos lo que está en juego. No estamos para romper. Si alguien nos está delatando, estamos en el mismo barco.
Hubo un silencio tenso. Luego el Toro habló más despacio:
—¿Y qué sabe hasta ahora?
—Poco. Mencionaron a una periodista y a alguien de la fiscalía de Altavista. Dicen que hay una investigación paralela.
—¿Una periodista? —rio sin humor—. Siempre hay una maldita periodista.
—Mira, Toro —dijo Montecinos—, necesito tiempo. No te muevas, no hagas nada precipitado. Si respondes ahora con violencia, les estaremos dando justo lo que buscan.
—A mí me importa poco lo que ellos busquen —replicó el Toro—. Lo que necesito es desaparecer de la mirada de los de afuera. Ese era el pacto. Yo opero, pero sin interferencias.
—Y así será —aseguró Montecinos—. Ya estoy moviendo mis hilos.
—Más vale —dijo el Toro—. Porque si esto se sale de control, no habrá trato que valga.
La llamada terminó abruptamente. Montecinos se quedó mirando el teléfono, escuchando el tono vacío del auricular.