Cadenas Capítulo 18
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Capítulo 18

Ciudad Fortaleza, capital del Estado Central

Julián y Raquel tenían más de dos meses reuniendo, analizando y complementando todo aquello que sumaba a su caso.

A pesar de toda la confidencialidad que mantenían —y que el caso ameritaba—, Julián había tenido que arriesgarse a hacer algunas preguntas, pequeñas, pero significativas, que, entre los círculos cerrados de las fiscalías, el gobierno y las fuerzas armadas, comenzaron a levantar algunas cejas.

Sabía que esas piezas, aisladas, no eran peligrosas por sí mismas.

Pero, dentro del gran rompecabezas que él y Raquel estaban armando, todo podía encajar de forma explosiva.

Habían discutido varias veces el momento exacto para dar el paso.

No se trataba de una simple entrega de evidencia.

Era, literalmente, poner su vida en juego.

Por fin acordaron que debía hacerse antes de que acabara mayo.

Julián, con todas sus precauciones, logró conseguir una cita con el fiscal general del estado.

* * *

El clima en Ciudad Fortaleza era denso. Una tarde caliente, sin brisa, que parecía anunciar algo.

Julián Millán se bajó del auto de la fiscalía con un maletín en la mano y una tensión que ya le recorría el cuerpo desde que salió de Altavista.

Tenía las palmas sudadas, no por el calor, sino por lo que estaba a punto de hacer.

No era una entrevista cualquiera. Aquella cita con el fiscal general del estado podía cambiar su carrera para siempre, para bien o para mal.

No solo la suya. Si todo salía mal, temía que Raquel pudiera terminar pagando también.

Aunque su nombre no aparecía en ningún documento, y su rastro había sido cuidadosamente borrado de todos los intercambios, Julián sabía que, en este tipo de juegos, el peligro no solo acechaba al que aparecía en el expediente, sino también al que lo ayudaba a armarlo.

El edificio de la fiscalía lo recibió con su usual frialdad institucional.

Mármol opaco, ventanales enormes, funcionarios indiferentes.

En la sala de espera, el reloj marcaba las 17:12 cuando por fin lo hicieron pasar.

El fiscal lo esperaba en una sala de juntas vacía, donde solo había dos botellas de agua sobre la mesa y una carpeta cerrada.

—Señor Millán —dijo el fiscal, sin levantarse de su asiento—. Tiene veinte minutos. Aprovechémoslos.

Julián asintió, sin molestarse en extender la mano.

Sabía que no estaba ahí para simpatizar.

Abrió su maletín, sacó varios documentos y comenzó a hablar sin rodeos.

Fue directo a los puntos clave: los vínculos entre presidentes municipales y grupos armados, la sospechosa movilidad de dinero en cuentas asociadas a servidores públicos sin historial financiero, las conexiones con empresarios fantasma y las zonas del estado que, durante más de una década, parecían operar bajo una misma lógica: la impunidad compartida.

El fiscal, un hombre curtido de unos cincuenta y tantos años, no dijo ni una palabra durante los primeros veinte minutos.

Mantuvo una expresión neutra. Solo giraba su pluma entre los dedos o miraba su reloj de tanto en tanto.

A los treinta y dos minutos, Julián notó el gesto: un vistazo más prolongado al reloj. Se detuvo de inmediato.

—Lo siento, señor. Creo que me he pasado del tiempo que me concedió. Le pido una disculpa.

El fiscal levantó la mano con calma, como otorgándole una prórroga silenciosa.

—Está bien. Dígame, señor Millán… —empezó, mientras se inclinaba un poco hacia adelante—.

Supongamos que lo que dice tiene sentido, pero…

¿sabe usted lo difícil que es probar algo así?

Necesita pruebas, muchas, y solidez jurídica.

Está hablando de figuras importantes. Personas que, hasta ahora, ni siquiera tienen antecedentes.

—Lo entiendo. Pero he reunido la mayoría de esas pruebas. Tengo nombres, movimientos, fechas. Solo necesito el apoyo de esta fiscalía para complementar aquello a lo que no tengo acceso: registros, archivos bancarios, órdenes de inspección. Nada de esto puede avanzar sin el aparato judicial.

El fiscal lo observó con atención, como si analizara algo más allá de las palabras. Finalmente habló.

—¿Y ha pensado en las implicaciones de todo esto?

—¿A qué se refiere?

—A usted, por ejemplo. ¿Está consciente de que, si inicia con esto, no habrá vuelta atrás? ¿Sabe los riesgos que corre cualquier persona que se meta en asuntos así? ¿Ha pensado en su familia, en sus seres queridos? ¿Saben ellos en lo que se está metiendo?

—Sí, lo he pensado. Pero… —Julián dudó un segundo y luego continuó con firmeza—. ¿No es para eso que trabajamos, señor? Para que estas cosas no sigan sucediendo. ¿O ya no creemos en eso?

La ingenuidad —o tal vez el idealismo— de su respuesta provocó una pequeña sonrisa en el rostro del fiscal. Una que duró apenas dos segundos.

—Tiene razón. Es para eso que trabajamos. Bueno, señor Millán. Mándeme toda la información. Queremos abrir una carpeta, hacer esto bien. Si vamos a proceder, que sea con respaldo legal y con seriedad institucional. Usted merece eso. Su trabajo lo merece.

Julián titubeó. Aquello sonaba a una victoria… pero algo le parecía forzado, como si la velocidad con la que había aceptado el caso no fuera natural. Llevaban apenas cuarenta minutos y ya le estaba pidiendo todo el expediente.

—¿Algún problema con eso, señor Millán?

—No, ninguno. Solo… supuse que tal vez sería mejor que yo me encargara directamente del expediente. Por lo menos, en esta etapa inicial. La información es delicada.

—Por supuesto que lo es. Y por eso necesita protección institucional. Nadie mejor que esta fiscalía para eso. Usted liderará el caso, pero, si no está aquí, bajo nuestro resguardo, no podremos hacerlo avanzar. ¿O prefiere que esta información se pierda… o caiga en las manos equivocadas?

La insinuación era clara. Julián asintió, sin más opción.

—Así se hará, señor.

Se despidió con un apretón de manos. Fría, sin emoción.

Apenas salió, el asistente entró.

—¿Alguna instrucción sobre el señor Millán?

El fiscal se quedó en silencio unos segundos. Giró lentamente la silla hacia el ventanal que daba a la calle. Desde su oficina se veía una parte del centro histórico de la ciudad, con sus cúpulas y tejados.

—No. Nada por ahora. Solo necesito que bloquees mi agenda por la próxima hora.

—¿Quiere que le prepare una llamada?

—No —interrumpió—. Esta la haré personalmente.

Cuando el asistente salió, el fiscal se quedó solo, pensando. Su mirada se perdió por un instante.

Millán hablaba con demasiada claridad. Tenía datos. Fechas. Conexiones. No era un improvisado. Y, sin embargo, había algo en su mirada… una mezcla de fe y desconfianza. Como si supiera que estaba entrando a un mundo donde las reglas no eran conocidas, al menos para él.

* * *

Julián manejó en silencio. La carretera entre Ciudad Fortaleza y Altavista parecía eterna.

A cada curva, a cada bache, el peso de la decisión que acababa de tomar se le clavaba más profundo en el pecho.

Pensaba en lo que había dicho el fiscal: «Usted es el líder del caso, pero sin un expediente en la fiscalía es difícil avanzar».

Sonaba lógico, incluso protocolario… pero algo no cerraba. Era demasiado cortés. Demasiado frío.

El miedo no venía de que el caso se perdiera. Venía de saber que ya no estaba en sus manos.

Cuando llegó al departamento de Raquel, ya casi eran las diez. Ella lo esperaba con ansiedad evidente, sentada junto a la ventana, tomando notas sin mirar realmente lo que escribía. Se levantó en cuanto lo vio entrar, buscando señales en su rostro. Pero Julián solo se dejó caer en el sillón.

—¿Y bien? —preguntó ella sin rodeos.

Julián tardó en responder. Se quitó el saco, aflojó la corbata y solo entonces habló.

—Lo escuchó todo. No me interrumpió. Y, cuando terminé, dijo que parecía tener sentido, pero que necesitaba pruebas más sólidas. Lo de siempre… aunque lo dijo con respeto. Me pidió que enviara toda la información para abrir una carpeta oficial.

Raquel frunció el ceño.

—¿Toda la información?

—Sí. Textual. Que la mandara entera, para poder procesarla desde allá.

Ella se sentó, cruzando los brazos.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que sí… —Julián la miró con una mezcla de culpa y resignación—. No podía decir que no. Me arriesgaba a que me cerraran la puerta en la cara.

—O a que nos cerraran algo más que una puerta —dijo ella en voz baja.

El silencio cayó como una losa. Solo se oía el tic-tac del reloj y el zumbido lejano de los coches en la calle. Raquel se levantó y empezó a caminar por la sala.

—¿Te sentiste cómodo? ¿Hubo algo raro?

—Todo fue… correcto. Demasiado correcto. Como si ya supiera lo que iba a decir. Como si estuviera esperando ese tipo de historia. No reaccionó con sorpresa.

Raquel se detuvo.

—¿Crees que ya sabía algo?

—No lo sé. Pero sentí que no era ajeno al tema. Tal vez… conoce a alguno de los nombres. O, peor aún, sabe de sus andanzas.

Raquel volvió a sentarse, más tensa.

—No seamos ingenuos, Julián. Sabíamos que este camino implicaba soltar el control. Pero no pensé que lo perderíamos tan pronto.

—Yo tampoco.

—¿Y ahora qué?

Julián dudó.

—Ahora… ahora hay que seguir. Hacer lo que él pidió. Mandar los archivos. Si nos negamos, se va todo al carajo.

—Pero, si los mandamos y es la persona incorrecta, también.

Julián suspiró. Se sentía atrapado.

—Este sistema es como una red. Está rota, sí, pero sigue siendo la única forma legal que conocemos. No podemos actuar por fuera. Corremos el riesgo de convertirnos en lo que intentamos enfrentar.

Raquel asintió lentamente. Su mirada se clavó en la mesa donde aún reposaban todos los documentos, marcados con fechas, nombres, Post-it y líneas rojas.

—He trabajado más de once años en esto —dijo con la voz apretada—. He vivido con miedo. He perdido amigos. ¿Y si todo se va a la basura por confiar en la persona equivocada?

—¿Y si no? —respondió Julián—. ¿Y si, por una vez, alguien en el poder hace lo correcto?

—Es mucho «y si», Julián.

—Es lo que hay. No hay otra forma de hacerlo. O confiamos o no avanzamos, por mucha información que tengamos.

Se quedaron callados de nuevo. Julián se levantó y se acercó a la pared donde estaban todas las fotos. Tocó una imagen sin nombre, solo un apodo: El Alacrán.

—Hay algo que me dijiste y se me quedó grabado —comentó él—. Que, en ese mundo, el apodo pesa más que el nombre de nacimiento. ¿Tú crees que esa gente, esa que llamamos «monstruos», alguna vez tuvo otra vida? ¿Un hijo, una madre, alguien que les importara?

Raquel lo observó con extrañeza.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque estoy empezando a pensar que todos tenemos un punto de quiebre.

Algo que hace que dejemos de ser quienes éramos y nos volvamos…

otra cosa. Más cínicos, más duros, más permisivos con nosotros mismos, con nuestra moral.

Como si el solo vivir aquí fuera un proceso lento de descomposición moral.

—¿Estás diciendo que te estás descomponiendo?

—Estoy diciendo que tengo miedo de acostumbrarme, de cambiar sin darme cuenta.

Raquel bajó la mirada. Después se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No te vas a acostumbrar. Mientras sigas preguntándote eso, no te vas a pudrir por dentro sin saberlo.

Julián cerró los ojos un segundo.

—Espero que tengas razón.

—¿Y si no la tengo?

—Entonces tendremos que sobrevivir con las consecuencias.

Ambos sabían que el verdadero problema no era el expediente. Ni siquiera los nombres. El problema era que habían cruzado un umbral invisible. Ya no eran simples ciudadanos ni profesionales. Estaban en una guerra sin uniforme, sin banderas… y sin reglas claras.

—¿Lo vas a mandar todo mañana? —preguntó Raquel, de vuelta al presente.

—Sí. Lo revisaré esta noche, por si algo falta. Lo cifraré y lo mandaré desde un servidor seguro. Quiero que tengas una copia también.

—¿Crees que llegue el día en que tengamos que huir o arrepentirnos de haberlo hecho?

—No lo sé. Pero creo que, si ese día llega, sabremos que hicimos lo correcto.

—¿Y eso nos va a consolar?

—Tal vez no. Pero será lo único que tengamos.

Raquel esbozó una sonrisa amarga.

—Julián, si llega ese día, ese en el que dudemos o queramos echar todo para atrás, prométeme que llegaremos hasta el final. Que no pensaremos en el otro, solo en hacer justicia.

La mirada de Raquel era directa. No había dramatismo ni valentía pasajera.

—Raquel, si llega ese día, para cualquiera de los dos, no habrá duda. Seguiremos hasta el final.

Ambos se quedaron de pie, uno frente al otro, compartiendo ese silencio denso, como si una bomba invisible acabara de explotar entre ellos. Sin decir más, Julián recogió su mochila, le dio un abrazo corto, pero sincero, y salió por la puerta.

Raquel no lo detuvo. Solo cerró con llave, apagó la luz y se quedó sentada frente al tablero de nombres. Respiró hondo.

Mañana… mañana empezaría la verdadera batalla de sus vidas.