Capítulo 17
La Capital
La felicidad parecía haberse instalado para siempre en la casa de los Torres.
Esa mañana, el sol entraba por los ventanales del comedor, iluminando las superficies pulidas de mármol y dejando que el aroma del café recién molido llenara todos los rincones de la casa.
Sandra Torres bajó las escaleras con una bata de seda color perla y un gesto de satisfacción que no trataba de disimular.
—Felipe, amor… —dijo sonriendo—, no sabes lo feliz que soy.
Él levantó la vista del periódico y la miró sin decir palabra. Sandra hablaba con una ligereza natural.
—¿No te pasa? —continuó, acercándose a la mesa—. A veces me despierto y todavía no creo que esta sea nuestra vida.
Felipe sonrió con la comisura de los labios, ese gesto que ella siempre interpretaba como ternura, pero que en realidad era de una ansiedad profunda, difícil incluso para él de explicar.
—Claro que lo merecemos, Sandra. Todo esto. Cada cosa —dejó el periódico sobre la mesa—. Para eso hemos trabajado juntos, ¿no?
Ella lo besó en la mejilla, complacida.
—Por supuesto. Nadie se sacrifica como tú.
Felipe asintió.
La frase lo hizo pensar en cuántas veces había usado esa palabra —sacrificio— para justificarse. Sacrificio, esfuerzo, trabajo: eufemismos para algo que ya no se atrevía a nombrar.
Sandra tomó un sorbo de café y suspiró, como si saboreara el momento.
—Hoy tengo que ir al club temprano. Las chicas van a organizar el cumpleaños de Patricia. Tengo que comprarle algo bonito. No puedo llegar con las manos vacías.
Felipe asintió de nuevo.
—Claro. No te preocupes por nada.
—Y luego tengo cita con el estilista. Después pasaré por la joyería, porque vi unos aretes que combinan con el vestido que me pondré esta noche.
Lo decía con naturalidad, sin vanidad. Como si todo eso formara parte de una rutina legítima, merecida.
A veces, Felipe pensaba que el dinero tenía esa capacidad: convertir lo extraordinario en costumbre.
Sandra se levantó de la mesa, le dio un beso en la frente y caminó hacia la puerta.
—Te amo, Felipe. No tardes mucho en la oficina —su tono era liviano, casi infantil.
Él la observó alejarse mientras el taconeo se perdía entre los pasillos de la casa.
Cuando la puerta se cerró, el silencio lo envolvió.
La paz que tanto presumía era, en realidad, una tormenta anestesiada.
* * *
Afuera, el jardín parecía de revista: pasto recién cortado, rosales perfectos, fuente encendida.
El chofer esperaba en la cochera a los niños, que salieron con sus uniformes impecables.
—¿Ya tienen todo? —preguntó el hombre, ayudándolos a subir al auto.
—Sí —respondió la niña, sin mirarlo—. Mamá dijo que hoy nos toca equitación.
Felipe los observó por la ventana. Los niños reían, ajenos a todo.
Un gesto fugaz de ternura cruzó su rostro.
El chofer arrancó y la camioneta desapareció detrás de los árboles del condominio.
Por un momento, Felipe se quedó inmóvil, sosteniendo la taza de café con ambas manos.
No sabía si sentirse orgulloso o asustado.
¿En qué momento su vida se había transformado en la de aquellos hombres que veía en los programas de televisión, con mansiones y relojes caros? ¿En qué instante cruzó la línea moral que separa la ambición de la avaricia?
Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Qué pasaría si un día todo se viniera abajo?
A veces imaginaba las portadas de los periódicos, con su nombre en letras negras, policías irrumpiendo en su casa, los gritos de su familia, la vergüenza.
Pero, en esos momentos, se obligaba a mirar alrededor: su casa, los muebles, los coches, la ropa.
Todo aquello que el dinero había comprado parecía responderle con la misma voz: «Nada malo puede pasar mientras todo luzca tan bien».
* * *
Ya en su oficina, encendió la computadora y abrió un archivo cifrado.
Los números se movían en un lenguaje que solo él entendía: transferencias, sociedades, códigos, rutas encriptadas, firmas. Era su mundo. Un lugar donde había aprendido a mover los hilos sin ensuciarse las manos. Un arte de precisión: hacer que lo ilegal pareciera normal, aceptable.
Recordó la vez que aceptó trabajar por primera vez en ese mundo. Fue por necesidad, o eso quiso creer. Por su familia, como siempre se decía. Después vino la costumbre. Y luego, la comodidad.
El dinero entraba fácil, los clientes eran discretos y el sistema —como todos los sistemas— prefería mirar hacia otro lado.
Se recostó en la silla y cerró los ojos.
Durante unos segundos, sintió que la conciencia lo buscaba. No el remordimiento, sino esa punzada breve que surge cuando uno se acuerda de que todavía tiene alma.
Abrió los ojos y miró su reloj. Faltaban veinte minutos para su primera reunión.
Se levantó, se sirvió otro café y encendió la televisión.
El noticiero mostraba imágenes del interior del país: carreteras cortadas, enfrentamientos, políticos bajo sospecha. Nada nuevo. En el fondo, todo eso era parte de un engranaje demasiado cercano a él.
Al mediodía, Sandra lo llamó desde el coche.
—¿Ya almorzaste, Felipe? —preguntó con voz alegre.
—Todavía no.
—¡Ay, amor! No te descuides o vas a acabar perdiendo peso. Acabo de ver a Patricia y me contó que su esposo quiere comprar una casa de campo, en un club fuera de la ciudad. Yo le dije que nosotros también podríamos pensar en algo así, ¿no te parece?
Felipe soltó una risa discreta.
—Ya veremos.
—Además —continuó ella—, podríamos invitar a todos un fin de semana. Imagínate: los niños montando, las señoras brindando, los hombres hablando de negocios… ¡Como en las películas!
—Claro, como en las películas —repitió él, mientras anotaba mentalmente el costo de aquel nuevo sueño.
—Bueno, te dejo, amor. Solo quería comentártelo. Nos vemos esta noche.
Cuando cortó, Felipe quedó mirando la pantalla del celular. Por un instante, se sintió atrapado en una vida que no había planeado, pero que ya no podía soltar.
El dinero lo había hecho libre de todo, menos de sí mismo.
* * *
Por la tarde, Felipe conducía de regreso a casa, escuchando las noticias en la radio.
El locutor hablaba de un nuevo escándalo, de investigaciones, enfrentamientos, contratos públicos y personajes políticos. Lo que le llamó la atención fue que algunos de esos nombres sonaban familiares.
Subió el volumen. El corazón le latía más rápido.
Apoyó la mano en el volante, intentando mantener la calma.
Sabía que, tarde o temprano, todo lo que parece en equilibrio termina cayendo. El problema era no saber cuándo.
* * *
Esa noche, la casa volvió a llenarse de risas. Sandra había organizado una cena improvisada con sus amigas del club.
Las copas de vino chocaban, la música sonaba suave y las pláticas dejaban ver la felicidad de su mundo.
Felipe observaba desde el sofá, con una sonrisa ajena.
Todas hablaban de viajes, joyas, colegios, dietas y tendencias. Pero nadie hablaba de conciencia. Nadie hablaba de límites. Todo estaba bien.
Nadie tenía motivos para dudar de su pertenencia a ese grupo privilegiado.
Sandra, entre risas, contaba cómo había conocido al gobernador en un evento de beneficencia.
—¡Es encantador! —decía—. Y qué humildad la suya. Imagínense, se acercó a saludarme como si fuéramos amigos de toda la vida.
Las demás aplaudieron.
Felipe levantó su copa y bebió sin mirar a nadie.
Cuando las invitadas se fueron, la casa volvió al silencio.
Sandra, algo mareada, se dejó caer en el sofá.
—¿Te diste cuenta? —dijo riendo—. Todas me dijeron que te admiran. Que no saben cómo haces para tener tanto trabajo y seguir tan guapo.
Felipe fingió sentirse halagado.
—Tú tampoco sabes cómo lo hago, ¿verdad?
Ella lo miró confundida, pero luego sonrió.
—Solo sé que todo lo haces bien. Y eso me basta —se inclinó para besarlo.
Él la abrazó, pero dentro de sí sintió una punzada de desasosiego.
Sandra se quedó dormida minutos después, recostada sobre su pecho.
Felipe miró el techo y pensó en la frase que había escuchado tantas veces: «El dinero no compra la felicidad, pero la disfraza tan bien que nadie nota la diferencia» .
* * *
Pasada la medianoche, Felipe se levantó de la cama sin hacer ruido. Fue hasta el estudio y abrió la caja fuerte oculta detrás del cuadro.
Dentro, fajos de billetes, documentos, relojes, pasaportes y varios celulares.
Tocó todo con cuidado, como si temiera desacomodarlo.
—Todo está bajo control —se dijo en voz baja—. Todo lo tengo calculado.
Pero, en el fondo, dudaba. El miedo, ese viejo enemigo, empezaba a mostrar su cara de nuevo.
Cerró la caja y volvió al cuarto.
Sandra dormía profundamente, ajena a todo. La miró por unos segundos.
Ella había dejado de preguntar hacía mucho tiempo de dónde venía el dinero. Ya no le importaba. Todos creían en lo que él decía, y ella repetía con orgullo:
—Felipe tiene una firma de contadores. Trabaja con empresarios importantes.
Ni una sombra de duda. Ni una grieta en el discurso.
Felipe apagó la luz y se sentó al borde de la cama. Pensó en esa idea que lo perseguía desde hacía semanas: «El pecado de uno siempre alcanza al otro» .
Sandra dormía con la paz de quien ha aprendido a no mirar demasiado.
Y él, en cambio, se quedaba despierto con la culpa de quien ha aprendido a mirar demasiado tarde.
—Todo está bien —murmuró. Y quiso creerlo.
Sin embargo, en el fondo de su mente, una voz —la suya, o tal vez la de otro— susurró con ironía:
«El dinero no limpia. Solo cubre el olor» .