Cadenas Capítulo 16
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Capítulo 16

Altavista, Estado Central

Ximena se alistó frente al espejo con más cuidado del habitual.

Su blusa era sobria, pero elegante; su pantalón de tela oscura le daba formalidad sin parecer pretenciosa.

Se recogió el cabello con una pinza discreta.

Quería verse profesional, capaz, pero también segura.

Había soñado tanto con esa oportunidad, que no iba a permitir que el mal detalle vivido le jugara en contra.

El edificio de la televisora era más modesto. No había grandes logotipos en la fachada. Pero ella sabía que desde ahí se transmitían los noticieros, los programas locales, incluso algunas producciones de mayor alcance. Ahí estaba su futuro.

La secretaria en turno la recibió con una sonrisa cansada, le ofreció agua y le indicó la sala de espera. Ximena notó que el lugar estaba casi vacío.

—¿No hay más entrevistas hoy? —preguntó, intentando sonar casual.

—No, solo usted. Y yo ya voy saliendo, así que… mucha suerte —le respondió la secretaria, recogiendo su bolso.

Ximena la vio marcharse con una extraña sensación en el pecho. Algo no cuadraba. ¿Una entrevista a esa hora, a solas, con el director? ¿Sin personal presente?

Aun así, respiró profundo y avanzó. Tocó la puerta de la oficina marcada con el nombre del director: Lic. René Castañeda. Desde adentro, una voz grave la invitó a pasar.

El hombre que la recibió era de unos sesenta años, con el cabello escaso y una barriga evidente bajo la camisa mal planchada. Tenía la mirada apagada, pero con una sonrisa ensayada. El apretón de manos duró un segundo más de lo necesario. Ximena lo notó. Lo ignoró.

—Siéntate, siéntate —dijo él, indicando una silla frente al escritorio. El ambiente olía a café recalentado y a aire acondicionado mal calibrado.

La entrevista comenzó con preguntas básicas: estudios, experiencia, intereses profesionales. Ximena respondía con precisión, tratando de proyectar madurez. Pero, conforme avanzaban, las preguntas comenzaron a desviarse.

—¿Y qué estarías dispuesta a hacer por este trabajo, Ximena?

—¿A qué se refiere?

—Ya sabes… este mundo exige esfuerzo, dedicación… entrega. No es para cualquiera. Es para gente que realmente quiere subir.

—Entiendo, sí. Yo estoy dispuesta a trabajar duro, a dar lo mejor de mí.

—Claro, claro. Pero me refiero a un poco más que eso. A veces uno tiene que entender que los códigos del éxito no siempre están en los libros… sino en las relaciones, en la química.

Ximena no respondió de inmediato. Tragó saliva. Mantuvo la mirada serena, pero por dentro empezaba a formarse una alerta.

—Yo creo en el profesionalismo, señor Castañeda. Si usted me da la oportunidad, va a ver que puedo aportar mucho desde mi trabajo.

Él sonrió. No de forma amable, sino como quien ya había escuchado ese discurso antes y no lo creía del todo.

—Si pensamos en ti es porque creemos que este trabajo es tu sueño. O eso me dijeron. Pero, si estamos equivocados, no hay problema. Hay más candidatas, claro.

Ximena frunció apenas el ceño.

—Sí es mi sueño. Y estoy preparada para darlo todo, dentro de los límites normales, claro. Solo espero que eso sea suficiente.

El silencio se hizo espeso. El director desvió la mirada hacia un portapapeles con hojas en blanco. Luego, alzando los hombros, concluyó:

—No tomemos decisiones apresuradas. Piénsalo bien. Tenemos unos días antes de decidir. Si decides que esto es para ti… podríamos hablar del futuro. Quizá aún tengamos la plaza.

Ximena se levantó despacio. Le dio la mano, esta vez más breve, más seca. Salió sin mirar atrás.

Ya en la calle, el aire fresco le golpeó el rostro como un balde de agua.

Caminó varias cuadras sin rumbo antes de decidir volver a casa.

Iba confundida. ¿Había sido real lo que acababa de vivir?

¿Había interpretado bien las insinuaciones?

¿O había exagerado? Tal vez solo fue torpeza…

o tal vez fue una advertencia disfrazada.

Pero ¿importaba? Lo que sentía era real. Y la incomodidad también.

Aun así, no todo era confusión. El sueldo era tentador. Las posibilidades, enormes. El tipo de oportunidad que se presenta una sola vez. Y ella conocía sus límites. Nadie iba a obligarla a nada. Ni por dinero ni por fama. Eso la tranquilizaba. Un poco.

Al llegar a casa, Julián ya la esperaba con una copa de vino y la sonrisa de quien quiere celebrar antes de saber el resultado.

—¡Mi persona favorita! —dijo, levantando su copa—. ¿Cómo te fue?

Ximena vaciló un segundo.

—Fue… bien. Pero están considerando a varias personas. Me dijeron que sabré algo en unos días.

—Pero seguro que dejaste buena impresión, ¿no?

—Eso espero —respondió, forzando una sonrisa.

Julián se acercó y la abrazó por la cintura.

—Vas a lograrlo. Estoy seguro. Ese lugar es tuyo.

Ella lo abrazó de vuelta. Por un instante, su abrazo fue un refugio. Las dudas se desdibujaron un poco.

—Ojalá tengas razón —susurró.

—Siempre la tengo.

Esa noche, mientras lavaba los platos, Ximena repasó mentalmente cada frase del director. Cada gesto. Cada pausa. Se preguntó qué habría hecho otra mujer. Qué haría ella si llegaba la llamada. No tenía respuestas. Solo intuiciones.

Pero había algo que sí sabía: los sueños, como los lobos, a veces te llevan a caminar por senderos oscuros. Y uno tiene que aprender a reconocer sus propios límites… antes de que se vuelvan invisibles.

* * *

Dos días después, el celular sonó poco después del mediodía. Ximena estaba revisando viejas libretas de notas cuando vio el número desconocido. Dudó en contestar. Pero algo dentro de ella —curiosidad o, tal vez, esperanza— la obligó a responder.

—¿Señorita Matías? Hablo de parte del licenciado Castañeda —dijo la voz de la secretaria, sin pausa ni titubeo—. Ya se revisaron los perfiles de todos los candidatos… y, bueno, digamos que al final usted fue la más prometedora.

Ximena tragó saliva.

—Gracias. Me alegra escuchar eso.

—Nos gustaría que viniera esta tarde. El director quiere presentarla al equipo. Nada formal aún… pero digamos que es una cortesía previa a la confirmación. Ya sabe, para que vaya conociendo la dinámica de trabajo… y al personal.

—Claro. Por supuesto. ¿A qué hora?

—A las cinco. Puntual, por favor.

Ximena colgó y se quedó mirando el teléfono como si aún hablara con ella. Sintió un leve vacío en el estómago. Algo dentro de sí le decía que no debía ir. Pero otra voz —más baja, más tibia— le recordó que no había recibido ninguna propuesta formal aún.

Esa tarde se vistió con sencillez. Ni muy formal ni muy informal. Neutral. Cuando llegó a la televisora, la misma recepcionista le sonrió sin sorpresa.

Subió al tercer piso. El licenciado Castañeda la esperaba con una sonrisa amplia, sentado al borde de su escritorio. Vestía igual de desaliñado que la vez anterior, pero esta vez llevaba un perfume más fuerte.

—Ximena —dijo, abriendo los brazos como si se tratara de una vieja amiga—. Qué gusto tenerte de vuelta.

Ella extendió la mano, pero él optó por rodearle los hombros con un gesto rápido, como si la condujera hacia el interior de la oficina. Esta vez ella no dijo nada. No se movió. Tampoco sonrió.

—Hoy quiero presentarte al equipo de producción —anunció él—. Pero antes… dime, ¿pensaste lo que hablamos el otro día?

—No estoy segura de haber entendido bien, licenciado.

—Oh, vamos… —dijo él, levantando una ceja—. No me digas que una mujer tan inteligente no sabe cómo funciona este medio.

Ella se irguió un poco más en la silla.

—Si se refiere a trabajar duro, aprender rápido y ser leal a la empresa… entonces sí, lo tengo claro.

Castañeda soltó una carcajada corta. Se levantó, caminó hacia la ventana y luego se giró con expresión más seria.

—No hagamos esto más difícil de lo que es. Tú quieres el puesto. Yo puedo dártelo, además con un buen salario. Lo único que pido es… que confíes en mí. Que seas… flexible. La televisión tiene sus reglas. Y me imagino que tienes mucho potencial. Pero el talento, por sí solo, no basta.

Ximena sintió una opresión en el pecho. Pero pudo manejarla. Ya no era una niña. Sabía que, si mostraba indignación o temor en ese momento, todo podía derrumbarse.

—Licenciado, si usted cree en mi trabajo, aquí estoy.

—Eso me gusta —dijo él—. No necesitamos ponernos solemnes. Ya tendremos tiempo de conocernos mejor. Mira, vamos a que te conozca el equipo. Lo demás… se dará con el tiempo. ¿Sí?

Ella asintió, sin emoción.

Bajaron juntos al primer piso, donde una sala de edición bullía con jóvenes frente a pantallas, auriculares, libretas y tazas de café. El director la presentó con entusiasmo impostado:

—¡Equipo! Les presento a Ximena Matías. Será nuestra nueva incorporación. Es una reportera aguerrida y muy capaz. Así que trátenla como se merece. Se integra a partir de la próxima semana.

Los saludos fueron tibios. Algunos sonrieron sinceros. Otros, no tanto. Una chica con gafas apenas levantó la vista del teclado. Un camarógrafo de barba y camiseta deportiva hizo un gesto breve con la cabeza.

Mientras Castañeda hablaba con uno de los editores, Ximena se movió hacia la consola de sonido, tratando de ver el flujo de trabajo. El director se acercó por detrás.

—¿Te gusta el ambiente? —preguntó.

—Sí… parece dinámico.

Él la rodeó con un brazo como quien hace un gesto casual. Le apoyó la mano en la espalda baja, suavemente, pero sin permiso.

Ella se tensó. No dijo nada. Alguien la vio. Fue el camarógrafo. Sonrió por lo bajo, como quien entiende todo sin que se lo digan. Otra chica miró la escena y bajó la vista enseguida.

Ximena no reaccionó. No podía. Solo se separó discretamente.

Esa noche, al llegar a casa, Julián no estaba. Tenía ya reuniones diarias con la periodista. Ella se sirvió una copa de vino y se sentó en la sala con la luz tenue. Pensó en todo lo vivido en el día. Y se preguntó si era eso lo que significaba «entrar al mundo real».

Quizá sí. Tal vez, para estar ahí, había que fingir. Soportar. Y apretar los dientes.

El lunes comenzaría una nueva etapa. Y, aunque las reglas parecieran escritas por otros… ella aún no decidía si iba a jugarlas o no.