Capítulo 13
Altavista, Estado Central
Desde su salida de San Isidro del Valle, Julián Millán no había vuelto a pisar su pueblo.
Habían sido quince años sin mirar de frente esa tierra donde había perdido a su padre, a su madre y a su hermano.
Donde el miedo había dictado su destino, como el de muchos otros.
Desde entonces, Altavista había sido su refugio y su hogar adoptivo.
Nunca volvió la vista atrás. Por lo menos hasta ese día.
Esa mañana, Julián había llegado quince minutos antes de la hora pactada a una pequeña cafetería en el centro de la ciudad.
Tenía las manos húmedas y la mirada inquieta.
Revisaba el menú sin leerlo. No sabía si estaba listo para verla, pero necesitaba hacerlo.
Había pasado años preguntándose qué habría sido de ella, de Ximena.
Cuando Macario Suárez, su padrino y el hombre que lo había criado desde aquel día maldito, le comentó que la madre de Ximena se había acercado preguntando por él, no supo qu é hacer.
Al escuchar su nombre, todo se detuvo. Era como si una puerta sellada se abriera de golpe.
El tiempo no había borrado su rostro. Lo recordaba con claridad.
Ella había sido una de las pocas luces en su niñez, una presencia suave entre tanto caos.
Ese vestigio de su pasado lo había azotado con fuerza y lo había traído hasta aquí. Una cita concertada con su destino o, quizá, con su perdición. No lo sabía.
Tomó un tercer café mientras esperaba. Y entonces la vio cruzar la calle.
Ximena caminaba con paso apresurado, aunque se notaba la duda en su andar.
Había cambiado, claro. Ya no era la niña de las trenzas sueltas ni la sonrisa traviesa.
Era una mujer, entera, con una elegancia que no era de ciudad, sino de quien había aprendido a mantenerse firme en cualquier sitio.
Y, sin embargo, las facciones seguían ahí.
Los mismos ojos. El mismo gesto leve antes de sonreír.
Julián sintió un vacío en el estómago.
Ella lo vio desde la ventana y sonrió. Él se levantó, torpe, sin saber si acercarse o esperar. Pero fue ella quien abrió la puerta y caminó hacia él.
—Hola, Julián.
—Hola, Ximena.
Se quedaron en silencio por un segundo. Luego ambos rieron, como si ese instante hubiera roto el hielo de los años.
—No sabía si me ibas a reconocer —dijo ella, acomodándose el bolso.
—Desde que cruzaste la calle supe que eras tú. Cambiaste… pero no tanto como para olvidarte.
Ella bajó la mirada con una sonrisa tímida. Julián le ofreció la silla frente a él y llamó al mesero.
Pidieron cafés y pan dulce. El silencio entre ellos era cómodo, aunque tenso por los años sin hablar.
—Es raro estar aquí —dijo él finalmente—. Pero me alegra que me hayas llamado. Pensé muchas veces en ti.
—Yo también —respondió ella, y se quedaron mirando unos segundos antes de bajar los ojos de nuevo.
—¿Quieres que te cuente qué ha sido de mi vida? —ofreció él, con una sonrisa un poco nerviosa.
—Claro. Siempre quise saberlo.
Julián respiró hondo y comenzó.
—Después de lo que pasó con mi familia, Macario, mi padrino, no tardó mucho en sacarme del pueblo.
Siempre dijo que era por mi bien, que San Isidro había dejado de ser seguro y que yo no tenía nada que hacer ahí.
Que quizá Dios —sonrió para sí—, en su infinita misericordia, me mandaba un mensaje y que, si no lo hacía en ese momento, nunca lo haría.
Que él ya no tenía salvación, que yo aún tenía la oportunidad de romper las cadenas que ese pueblo imponía sobre todos.
Y creo que tuvo razón. Me llevó con unos conocidos suyos a Ciudad Fortaleza. Allí viví varios años. Ellos me dieron techo, apoyo, escuela… y tiempo para procesar todo.
Ximena escuchaba sin interrumpir.
—Me dijo una frase que nunca se me olvidó: «Tú no puedes crecer como nosotros.
Tú vas a salir de este agujero y te harás un hombre de bien».
Y lo tomé en serio. Estudié. Me aferré a los libros como si fueran un arma.
Mi mayor motivación fue entender por qué la justicia era algo que siempre se nos escapaba.
Así que decidí estudiar derecho. Quería conocer las reglas del juego.
Saber por qué casi nunca está presente, cómo se protege a alguien, cómo se hace justicia de verdad.
Ella asintió lentamente.
—Me gradué a los veintidós. Y el destino me trajo a Altavista.
Bueno, la verdad fue que era la única plaza de trabajo en el Ministerio Público disponible, en el área de investigación de delitos.
Al principio fue duro. Pero poco a poco me gané un espacio.
Hoy ya llevo casi cuatro años aquí. He conseguido algo de justicia y creo que me he hecho de cierta reputación.
Aunque nunca olvido de dónde vengo. Nunca.
Ximena lo miraba con admiración. Pero también con una sombra de tristeza.
—Has logrado mucho, Julián.
—Me costó. Pero era eso… o dejar que el pasado y un pueblo perdido del mundo me comieran vivo. ¿Y tú, Ximena? ¿Qué ha sido de ti?
Ella tomó un sorbo de café, como si necesitara valor para empezar a hablar.
—Mi historia no es tan inspiradora. O, al menos, no empezó así.
No hay nada interesante que contar. Todo era igual que siempre, por lo menos hasta que cumplí mis dieciocho años.
No habían pasado ni tres semanas cuando recibí una de esas «invitaciones» para participar en el concurso de belleza del pueblo. Sabes de cuáles hablo…
Julián asintió, serio. Los conocía bien.
—En realidad, no eran invitaciones, eran una obligación. Todas las chicas del pueblo, a esa edad, éramos seleccionadas para participar en ese festival que todos sabían que era financiado por los malos de la región. Lo hacían cada dos años, como una vitrina de carne joven.
—Sí… escuché historias. Aunque, para serte franco, nunca supe qué tan ciertas eran.
—Eran peores de lo que imaginabas. A las finalistas siempre las sacaban del pueblo. Claro, no con violencia… pero sí con promesas. Ninguna regresaba igual. Algunas volvían embarazadas. Otras, ni siquiera eso. En mi familia decían que era una bendición… pero yo sabía lo que era: una condena.
Se detuvo unos segundos antes de continuar.
—Me fui una semana antes del concurso. Tomé lo poco que tenía y me fui con una tía que vivía en la Capital.
Pensé que podía empezar de nuevo. Intenté de todo: modelaje, maquillaje, trabajar en televisión…
pero nada salió como esperaba. Las cuentas nunca dan ni tampoco perdonan.
Y terminé quedándome sin nada. Solo con mis ganas de empezar otra vez.
—¿Y luego? —preguntó Julián, con algo de prisa, intentando sacarla de esa aflicción.
—Terminé en Altavista. Vine por una oportunidad en una estación de radio local.
Nada glamuroso, pero algo que me dio techo, comida y algo de calma.
Nada grande, pero era trabajo. Y, por primera vez, sentí que estaba construyendo algo.
De eso ya van seis meses. Me costó mucho armarme de valor para llamarte.
Pero… no sé. Algo me dijo que era momento.
Ella dudó. Se mordió el labio.
—Estaba cansada de mirar hacia atrás. Me había cansado de tener miedo.
Y un día, mi madre me dijo que había hablado con Macario.
Que tú estabas bien. Que vivías aquí. Entonces supe que tenía que verte.
No solo por nostalgia… sino porque tú eras una de las pocas cosas buenas que recuerdo de San Isidro.
Él no respondió de inmediato. Solo la miró largo, como si intentara leer más allá de sus palabras.
—Me alegra que lo hicieras —dijo Julián con sinceridad.
—¿Sí?
—Sí. Porque, a veces, uno necesita recordar que no todo lo que viene del pasado es malo.
Ambos sonrieron, esta vez sin nervios. Ya no con la distancia de los extraños. Ahora era otra cosa. Una conexión vieja, que el tiempo no había oxidado por completo.
El mesero les trajo otra ronda de café. La conversación se volvió más liviana. Hablaron de la ciudad, del trabajo, de los sueños que aún no habían olvidado.
En algún momento, él le preguntó:
—Y ahora, ¿ qué esperas, Ximena?
Ella levantó una ceja.
—¿Ahora qué… de qué?
—De nosotros. De esto.
Ximena sonrió con dulzura, con una mezcla de miedo y esperanza.
—No lo sé. Pero… me gustaría volver a tener algo. Quizá una compañía a la que no tenga que explicarle mi pasado. Por primera vez en mucho tiempo… me gustaría averiguarlo.
Y él asintió. No hacía falta decir más.
Ximena volvió a sonreír. Un poco aliviada, un poco incrédula. Afuera, la mañana avanzaba. Pero, dentro de esa cafetería, los años parecían haberse comprimido.
A veces basta un encuentro, una conversación, para que una vida entera encuentre una nueva dirección. Y, a veces, dos personas que huyeron de un mismo infierno… pueden enseñarse el camino de regreso a la vida.
Aunque ninguno lo dijo, ambos lo supieron: ese día había cambiado algo.