Capítulo 12
La Capital
La terraza del restaurante tenía una vista envidiable.
Desde ahí se veía la ciudad expandirse como un mar interminable de luces.
Santiago Mosqueda sostenía su copa de vino tinto sin mirar el líquido, absorto en sus pensamientos.
Teresa, su esposa, lo observaba en silencio.
Había algo en la forma en que su marido acomodaba la servilleta o giraba la copa con una mano que la desesperaba.
Era el mismo gesto de siempre, uno que para ella ya no tenía ningún encanto.
—Efraín me llamó hoy —dijo ella al fin, rompiendo el silencio templado que los envolvía como una neblina espesa—. Me contó que la próxima semana harán oficial su registro.
Santiago asintió sin levantar la vista del plato.
—Así es. Es momento. Ya está listo.
—¿Listo para qué? —preguntó ella, con voz baja, pero firme.
Él levantó la mirada y, por un instante, no respondió. Luego tomó un sorbo de vino y suspiró.
—Para continuar lo que hemos construido. Para no dejar tirado todo lo que nos costó una vida levantar.
—¿«Nos»? —repitió ella con un dejo de burla—. ¿Desde cuándo esto fue un proyecto de los dos?
—Teresa, por favor…
—No, Santiago. No me vengas con eso. Llevamos años evitando esta conversación, fingiendo que tu vida y la mía eran la misma. Pero no lo son. Tú hiciste tus elecciones. Yo aprendí a convivir con ellas. Eso no significa que quiera lo mismo para mi hijo.
El mesero se acercó sin saber en qué momento había interrumpido algo más grande que él. Santiago hizo una seña seca para que los dejara tranquilos. Teresa ni lo miró.
—¿Tú crees que esto es un juego, Santiago? ¿Que basta con cambiarle el apellido a un acuerdo para que deje de ser sucio? ¿Tú crees que, porque hemos vivido sin consecuencias, eso le va a pasar también a él?
—No es eso —dijo Santiago, bajando el tono—. Es que no puedo permitir que todo esto se pierda. ¿Qué sentido tendría haber hecho lo que hice si no lo podemos continuar? ¿Qué clase de hombre soy si mi hijo vive como un don nadie, dependiendo de sus padres o trabajando en una oficina cualquiera?
—¿Y qué clase de padre eres si entregas a tu hijo a los mismos lobos que tú enfrentaste?
Santiago apretó los labios, pero no dijo nada. No porque no tuviera palabras, sino porque las que tenía estaban manchadas de una certeza incómoda.
—Tú sabes, Teresa, que esta vida no es para cualquiera. Pero Efraín… él tiene algo —dijo, intentando sonar firme, aunque su tono traicionaba una duda apenas perceptible—. Tiene carácter. Tiene sangre. Tiene mi nombre.
—Y también tiene miedo —interrumpió ella, esta vez con más fuerza—. Aunque no lo diga. Lo conozco mejor que tú. Yo lo vi llorar cuando eras tú quien no llegaba a dormir. Yo fui quien lo consoló cuando te reportaron muerto y no apareciste por una semana. ¿Te acuerdas? ¿Te parece justo?
—¡Él nunca supo nada! —replicó Santiago, golpeando la mesa con la palma abierta—. ¡Y ese era tu trabajo! Mantenerlo limpio. Pero eso también es una forma de protegerlo. De prepararlo.
—¿Prepararlo para qué? ¿Para vivir con miedo? ¿Para convertirse en uno de esos hombres que aprenden a sonreír mientras ordenan una muerte? ¿Es eso lo que tú entiendes por herencia?
Santiago calló. Sabía que no podía ganar esa discusión. No con palabras.
Durante unos segundos, solo se escuchó el rumor de la ciudad allá abajo. La música suave del restaurante apenas alcanzaba a envolverlos. La botella de vino estaba medio vacía. Teresa tomó su copa y bebió sin prisa.
—Recuerdo una vez —dijo ella, más serena—, cuando Efraín tenía siete años, le preguntaste qué quería ser de grande. Él respondió que quería ser doctor… como su abuelo. ¿Te acuerdas?
—Sí. Lo recuerdo.
—Y tú te reíste. Le dijiste que no, que lo suyo era la política, que ya tenía madera. Desde entonces empezaste a moldearlo a tu modo. Lo llevabas a tus eventos. Le enseñabas a mentir con una sonrisa. Lo convertiste en una promesa… pero no en la suya. En la tuya.
Santiago suspiró, esta vez más profundo. Había escuchado esa acusación antes. Pero nunca con tanta claridad.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que lo dejara ser… un soñador? ¿Uno más que se rompe la espalda ganando miserias, mientras otros se hacen ricos a su costa? ¿Ese es el futuro que le deseas?
—No. Pero tampoco este. No uno donde el alma se te va desgastando de a poquito, hasta que un día no queda nada más que ambición.
Santiago dejó su copa y se acomodó en la silla. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió mirar a Teresa con atención. Había envejecido con gracia, pero su mirada era otra. No era la mujer enamorada que conoció. Era una mujer cansada, endurecida por los años de silencios forzados.
—Tú sabías, desde el principio, con quién te casabas.
—Sí. Y no sabes cuánto me arrepiento, a veces, de no haber tenido el valor de dejarte.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque te amaba. Porque creí que podrías cambiar. Porque pensé que, al menos, podrías dejar fuera a Efraín.
Un silencio largo. Santiago volvió a servirse vino. Miró la copa como si ahí pudiera encontrar respuestas. Luego habló, más suave.
—¿Quiénes somos para decidir por él? Tal vez deberíamos dejar que él elija. Que vea por sí mismo el mundo real. A veces uno necesita mancharse para entender cómo funciona todo.
—Eso no es guía, Santiago. Eso es abandono.
—Quizás. Pero tampoco puedo sujetarlo toda la vida.
La noche continuó, pero ya no hablaron más. Solo se miraron, como dos desconocidos que recordaban vagamente haberse amado alguna vez. Al terminar la cena, Santiago pagó en efectivo. Siempre lo hacía. Ella no protestó. Subieron al coche sin decir palabra.
A partir de esa noche, algo se quebró entre ellos. No fue una ruptura visible, ni siquiera una discusión final. Fue simplemente el momento en que se dieron cuenta de que ya no se entendían. De que cada uno hablaba un idioma distinto.
Y, aunque Santiago trató de seguir como siempre, supo que Teresa ya no estaba del todo con él. Su cuerpo sí, su presencia en las reuniones familiares, incluso su sonrisa ocasional. Pero algo dentro de ella se había apagado.
Días después, cuando vio a su hijo registrarse como candidato, acompañado por su padre, ella no aplaudió. Solo observó. Callada. Con el corazón apretado y la boca seca.
Santiago, en cambio, se sintió satisfecho. No como quien gana una batalla, sino como quien entierra una semilla.
* * *
El día de las elecciones, la plaza estaba llena.
En las esquinas, los simpatizantes gritaban consignas con pancartas impresas a toda prisa.
Los niños corrían con camisetas estampadas con el rostro de Efraín.
Los adultos recibían despensas discretas o promesas envueltas en discursos.
El sol caía con fuerza, pero nadie se movía.
La jornada transcurrió sin violencia, como si todo el pueblo supiera que lo que debía pasar… ya estaba escrito.
Por la noche, la noticia se confirmó: Efraín Mosqueda, con apenas veintiocho años, sería el nuevo presidente municipal.
En el balcón improvisado donde montaron el templete, Santiago levantó el brazo de su hijo como si se tratara de un campeonato. Los flashes de las cámaras lo cegaron por un instante. Había algo solemne en ese momento. Un pase de estafeta. Una herencia. Un símbolo.
Teresa, en cambio, no subió al estrado. Lo observó todo desde la sombra de una carpa.
Llevaba un vestido sobrio y un peinado discreto.
A su alrededor, las esposas de los invitados especiales aplaudían, reían.
Ella no. Mantenía la mirada fija en su hijo, como si aún tratara de descubrir si aquel hombre joven y sonriente era el mismo niño que un día le preguntó si existían los monstruos de verdad.
Esa noche, no cenaron juntos.
* * *
El tiempo, como siempre, siguió su marcha sin pedir permiso.
Santiago vivía en la capital, pero volvía cada mes al pueblo.
Supervisaba negocios, reuniones, alianzas.
Su hijo, aunque presidente, siempre buscaba su aprobación y consejo.
Efraín aprendía rápido. Tenía carisma, sabía escuchar.
Pero también empezaba a hacer preguntas.
Sobre los socios, sobre los fondos, sobre los compromisos no escritos que traía el cargo.
Santiago le respondía a medias, como le respondieron a él décadas atrás.
—Con el tiempo entenderás.
En casa, la distancia se volvió rutina. Teresa hablaba poco.
No discutía, no cuestionaba. Simplemente no estaba.
Se encargaba de los compromisos sociales, de las apariencias.
Pero ya no lo esperaba por las noches. Ni siquiera fingía preocuparse por los viajes constantes de Santiago.
Su mundo se volvió lejano, ajeno a una vida de la que ya no podía escapar.
* * *
Una tarde cualquiera, mientras Santiago revisaba unos documentos en su estudio, encontró una libreta vieja con notas sueltas.
Entre ellas, una frase subrayada: «Con confianza, la amistad avanza.
Con traición, no hay perdón». La reconoció de inmediato.
Era el cimiento de su historia. Una que había repetido tantas veces que ya no recordaba cuándo la dijo por primera vez.
Pero sí a quién se la había dicho con más claridad: Felipe Torres.
En aquel entonces, Felipe solo se limitó a sonreír con torpeza, creyendo que se trataba de una frase de cortesía. No entendió el peso real hasta años después, cuando ya no pudo salir de esa red.
Pero lo que Santiago recordaba con más fuerza no era la reunión. Era una conversación posterior, en una de esas reuniones de seguimiento.
—Dígame una cosa, Felipe… ¿su familia sabe lo que hace?
—No exactamente. Pero están bien. Nunca me cuestionan. Y yo me aseguro de que no les falte nada.
—Entonces están más involucrados de lo que creen —respondió Santiago, casi con ternura—. Porque no es necesario disparar un arma para estar manchado. A veces basta con callar.
Felipe se quedó callado unos segundos. Luego dijo:
—¿Y la suya?
—La mía sabe… lo justo. Pero no me lo preguntan. Al final, todos nos acomodamos en el papel que elegimos.
—¿Y si las cosas salen mal?
—Entonces nos tocará pagar. Como todos. Pero mientras tanto… vivimos.
Ese recuerdo le pesó esa noche como una confesión no hecha.
Por primera vez en mucho tiempo, se preguntó si todo lo que había construido había valido la pena.
Su poder, su dinero, su influencia… ¿eran suficientes para justificar el silencio de Teresa, el involucramiento de su hijo en una vida sin garantías, el vacío que sentía incluso rodeado de lealtades compradas?
Santiago entró en la habitación y la vio de espaldas. No dijo nada. Se quitó la camisa y se sentó al borde de la cama.
—¿Aún piensas que nos equivocamos? —preguntó, sin mirarla.
—No. Ya ni siquiera pienso en eso. A estas alturas, solo espero que Efraín pueda encontrar una salida que nosotros nunca buscamos.
—¿Y si no la quiere?
—Entonces que al menos no se engañe como tú.
Santiago cerró los ojos. El silencio se instaló entre ellos, como un tercero en la habitación. Sabía que ya no habría reconciliación. No porque se odiaran, sino porque habían caminado demasiado tiempo en direcciones opuestas.
En el fondo, ambos sabían que no se puede construir una vida sobre cimientos torcidos sin que, tarde o temprano, alguien pague el precio. Que no hay riqueza sin consecuencias.
Pero también sabían que la ambición se disfrazaba de amor. Y eso, en su mundo, era más común de lo que se atreven a confesar.