Cadenas Capítulo 14
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Capítulo 14

Altavista, Estado Central

La luz se filtraba a través de las persianas con esa calidez perezosa de las mañanas de verano.

Julián abrió los ojos con lentitud, notando primero el aroma del café recién hecho que llegaba desde la pequeña cocina del departamento.

Luego sintió el brazo tibio de Ximena rodeándole el torso, su respiración tranquila, su presencia familiar y nueva al mismo tiempo.

Desde hacía varias semanas vivían juntos en ese espacio pequeño, pero luminoso.

Un rincón de tranquilidad que los dos habían aprendido a cuidar.

—¿Ya estás despierto? —preguntó ella, aún con voz adormilada, acariciando su pecho con la yema de los dedos.

—Desde que sentí ese café —bromeó él—. Huele mejor cuando lo haces tú.

—Es porque uso más canela —respondió con una sonrisa, besándole el hombro.

Se miraron durante unos segundos sin decir nada. No hacía falta. Había algo en esa nueva rutina compartida, en las miradas que no buscaban nada más que estar. Julián se estiró y besó a Ximena en la frente.

—Hoy es un día grande, ¿eh?

—Sí… —respondió ella con una mezcla de entusiasmo y nerviosismo—. La entrevista en la televisora. No sabes cuánto tiempo llevo soñando con eso.

—Vas a estar increíble —dijo él, convencido—. Eres inteligente, te expresas como nadie y tienes una historia que vale la pena contar. Si no te contratan, es porque están ciegos.

Ximena rio, aunque su mirada se nubló apenas por un segundo.

—A veces me cuesta creer que llegué hasta aquí, ¿sabes? Cuando pienso en todo lo que dejamos atrás…

—Lo dejaste atrás —la corrigió con ternura—. Y ahora estás construyendo algo nuevo. Algo tuyo.

Ella lo abrazó fuerte, como si quisiera anclarse a ese momento para no perderlo.

—¿Y tú? ¿Qué harás hoy? —preguntó, todavía entre sus brazos.

—Voy a encontrarme con una periodista. Se llama Raquel Ozuna. Ha insistido por varias semanas en hablar conmigo. Dice que tiene algo muy importante que podría interesarme.

—¿Y tú crees que lo es?

—No lo sé. Pero tiene pinta de ser alguien que sabe más de lo que dice. Y no todos los días una reportera busca a un abogado. Debe tener algo fuerte, ¿no crees?

—Solo ten cuidado —murmuró ella, volviéndose seria—. A veces la curiosidad no solo mata a los gatos; en tu mundo, también puede matar a un abogado.

Él la besó, riendo por lo bajo.

—Lo tendré en cuenta, señora de los consejos sabios.

* * *

El café estaba en una calle tranquila, lejos del bullicio del centro.

Julián llegó puntual. Llevaba una camisa clara y un saco informal.

Raquel Ozuna ya lo esperaba. Estaba sentada junto a la ventana, con una libreta abierta y haciendo un par de anotaciones.

Vestía con sobriedad, pero sus ojos eran los de alguien que había visto demasiado y aún quería entender más.

—Abogado Millán, gracias por venir —dijo al levantarse para saludarlo.

—El gusto es mío. Su mensaje despertó mi curiosidad. Aunque no suelo atender entrevistas sin contexto.

Raquel le ofreció un gesto de complicidad.

—No se preocupe. Estamos iguales. Yo tampoco suelo dar contexto a quien no me genera confianza.

Julián sonrió, aceptando el juego de palabras.

Pidieron dos cafés. Ella lo tomó sin azúcar. Él, con una pizca de canela, como había aprendido de Ximena. Tras unos minutos de cortesía, Raquel fue directa.

—¿Está al tanto de lo que ocurre al este del estado?

—Hasta donde se puede. Esa zona siempre ha estado… ¿cómo decirlo?, demasiado complicada. Ajustes de cuentas, desapariciones, rivalidades que se reciclan cada generación, droga, muertes.

—Sí, eso es lo normal —sonrió con cierta ironía—, pero ¿qué pensaría si le dijese que, en este caso, esto va más allá? Que lo que está pasando no es solo un conflicto entre dos células menores.

—Para, para. No estoy seguro de conseguir seguirte.

—Disculpa, déjame ir por partes. Lo que hoy estamos viendo en la zona es un reacomodo. Se avecina un gran vacío de poder… y, por lo tanto, ya se está librando una guerra por llenarlo. Y los que mueren no son soldados. Son civiles, comerciantes y gente desamparada.

Julián entrecerró los ojos. El tono de ella era más preocupante que las palabras mismas.

—Suena como el fin del mundo.

—No tanto así, pero para esta región sí lo es. Alguien necesita hacer algo; si no, además de la muerte, no aprovecharemos la oportunidad para detenerlo.

—Raquel, ¿por qué vienes conmigo? ¿Esto no debería ser algo que manejen el gobierno, el ejército?

—Porque me dijeron que es usted uno de los pocos que aún cree en la justicia. Y porque sé que este caso es más grande que cualquier otro que haya llevado.

Julián la miró con un escepticismo imposible de ocultar.

—Digamos, solo por el beneficio de continuar con la plática, que existe un caso. ¿Qué es exactamente lo que tienes?

Raquel lo miró fijo.

—Tengo documentos, audios, rutas. Tengo evidencia de que existe una red de lavado de dinero con conexiones dentro del gobierno municipal y estatal.

Que todo apunta a un grupo de tres o cuatro nombres que han sabido mantenerse fuera del radar, pero que dejaron huellas.

Y que usted, abogado Millán, podría ayudar a seguirlas.

Julián no respondió de inmediato. Dio un sorbo a su café y la observó con detenimiento.

—Raquel, si tu caso es sólido, ¿por qué no ir con las autoridades? ¿No sería el camino más directo?

—Directo, sí, pero también el más peligroso, en especial para alguien como yo. Además, ¿quién le creería a una periodista sin renombre en medio de esta ciudad? ¿Ves la ironía? ¿Entiendes por qué necesito a alguien como tú para llegar a la verdad e intentar hacer justicia?

—Raquel, solo soy un simple abogado.

—A mí, con eso me basta.

—No me gusta correr detrás de fantasmas.

—Entonces atrévete y acompáñame a descubrir si esos fantasmas tienen rostro.

Silencio.

—Lo pensaré —dijo finalmente.

—Hazlo —respondió—. Pero no tardes mucho. Cuando la verdad toca la puerta, no siempre insiste.

Cuando Julián dejó el café, tenía algo en el pecho que no lo dejaba tranquilo. Era esa sensación incómoda de tener un pendiente en la vida. El de hacer justicia, una que la vida le había negado a su familia.

* * *

La recepción de la televisora tenía paredes de cristal, una pequeña fuente en el vestíbulo y una bandera vieja ondeando bajo el sol.

Ximena se miró una última vez en el reflejo de la puerta antes de entrar.

Llevaba un saco beige claro sobre una blusa sencilla, pero elegante.

Había practicado su discurso frente al espejo tantas veces que las palabras ya parecían parte de su respiración.

—¿Nombre, por favor? —preguntó la recepcionista sin levantar mucho la vista.

—Ximena Matías. Tengo cita con el área de producción.

—Claro. Pase al piso dos. La esperan.

Las escaleras eran más intimidantes que el edificio mismo. En su mente veía los años de sacrificio, las decisiones difíciles, las huellas del miedo que la había seguido desde su pueblo. Pero también la fuerza que había aprendido a usar como escudo.

La esperaban dos personas: una productora y un joven de redes sociales que no paraba de mirar su celular.

Las preguntas comenzaron con el currículo; luego pasaron a su experiencia con cámara, su capacidad de improvisar y su facilidad de palabra.

Ella respondía con firmeza, sin exagerar, pero con claridad.

—¿Por qué quiere trabajar aquí? —le preguntaron al final.

—Porque este lugar representa lo que siempre soñé: contar historias que importen, ser parte de una voz que se escuche. Y porque creo que, si se comunica de la forma correcta, se puede cambiar la sociedad en la que estamos.

La jefa de contenido asintió. El joven del celular, al fin, levantó la vista. Le sonrió.

—Creo que podríamos pasar a una segunda entrevista —dijo al fin la productora—. Sería con el subdirector. Estoy segura de que le gustaría conocerla personalmente.

Ximena no dudó. Asintió, tragando saliva. Minutos después, la condujeron por un pasillo más silencioso hasta una oficina con ventanales amplios. El subdirector era un hombre común, nada elegante, pero formal, de unos cincuenta años. Su escritorio estaba bastante lleno de papeles y algo desordenado.

—Siéntese, por favor —le dijo fríamente y sin rodeos.

Durante los primeros minutos, hablaron de lo mismo: su experiencia, sus metas, su forma de trabajar. Pero, en cierto momento, la conversación cambió de tono.

—¿Está usted dispuesta a dar todo por este trabajo, Ximena? —preguntó el hombre, con una voz más pausada.

—¿A qué se refiere exactamente?

—A que esta industria no perdona la tibieza. Aquí se gana espacio con hambre, con entrega… y con mucha voluntad. Quiero saber si tiene eso y si está dispuesta a dar todo lo que tenga. Este ambiente, sobra decirlo, es de lobos.

Ximena no supo si lo que oía era una prueba o una advertencia. Sonrió, buscando una respuesta que no la comprometiera.

—Tengo hambre, tengo entrega y tengo sueños. Y sé trabajar duro.

El hombre asintió con una media sonrisa.

—Muy bien. Nos comunicaremos con usted en los próximos días.

Al salir del edificio, el sol la cegó por un instante.

Había algo extraño en el modo en que le habían hablado…

pero también sabía que, en ese mundo, todo era así: ambiguo, competitivo, a veces injusto.

Aun así, sintió una energía que no había sentido en años.

Había dado un paso importante. Y no pensaba retroceder.

* * *

La cena era improvisada. Una pasta que Julián había preparado mientras esperaba a Ximena. Cuando ella entró por la puerta, él supo de inmediato que algo había salido bien. Su sonrisa no era solo alegre: era triunfante.

—¿Entonces?

—¡Fue increíble! —exclamó, dejándose caer en el sillón—. Me entrevistaron, me escucharon, me valoraron. Y el subdirector de la televisora… bueno, fue raro, pero creo que eso también es buena señal.

—¿Raro cómo? —preguntó él, sirviéndole una copa de vino.

—Nada grave. Solo… esas frases dobles que a veces usan los hombres con poder. Como si una tuviera que adivinar lo que realmente están diciendo.

Julián frunció el ceño por un segundo, pero no dijo nada. Le dio la copa.

—Brindemos por ti.

—¿Y tú? ¿Cómo fue con la periodista?

Julián respiró hondo.

—Interesante. Tiene información sobre algo muy turbio. Dice que hay pruebas, conexiones, nombres grandes. Me quiere involucrar.

—¿Y tú quieres?

—Quiero saber más. Pero sé que, si doy ese paso, será difícil después dar vuelta atrás.

Ximena lo miró con atención.

—¿Y qué te dice tu instinto?

—Que podría hacer una diferencia. Pero también que hay cosas que es mejor no saber.

—Tú nunca has sido de los que se quedan callados ni hacen oídos sordos.

Él la besó en la frente.

—Eso es lo que me asusta. Que no sé decir no.

Se sentaron juntos en el sillón, en silencio.

Las luces de la calle entraban por la ventana como un reflejo lejano de lo que les esperaba.

Cada uno tenía un camino que se abría frente a ellos.

Y, aunque no sabían qué traería el mañana, por ahora…

estaban juntos. Y eso, en su mundo, ya era una forma de victoria.

Un paso que la vida les estaba tentando a dar.