Cadenas Capítulo 6
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Capítulo 6

Puerto Beltrán, Estado Oeste

—Macario, tenemos que irnos. Si nos quedamos aquí, nos van a quebrar.

La urgencia de Pedro Millán era real, no solo por el tono tembloroso de su voz, sino por las ojeras marcadas de noches sin sueño. Llevaba más de dos semanas repitiendo lo mismo, desde que le llegó la amenaza de los «Terracones».

Los «Terracones» eran una banda de extorsionadores de baja monta, jóvenes como él, que habían empezado cobrando cuotas a los pequeños agricultores de la zona.

En un principio, nadie los tomaba en serio, ni las autoridades ni los mismos campesinos.

Pero la violencia siempre encuentra forma de crecer cuando nadie la detiene.

Primero vinieron los incendios a las parcelas, luego las golpizas y, más tarde, las primeras muertes.

El mensaje era claro: quien no pagara, lo pagaba de otro modo.

Pedro había aceptado entrar en ese mundo sin saber del todo en qué se estaba metiendo.

Por ingenuidad, por ambición o, tal vez, por ambas.

Apenas tenía diecisiete años. No manejaba armas ni cobraba directamente.

Solo entregaba mensajes. Iba y venía con sobres, amenazas escritas o verbales y, a cambio, recibía dinero fácil.

Durante semanas creyó que eso no era tan grave, que solo era un intermediario sin sangre en las manos.

Pero la sangre llega tarde o temprano.

Una tarde, tras varios días de negarse a seguir con los encargos, Pedro encontró a su primo menor muerto en la carretera. La cartulina clavada en el pecho decía: «Tienes que volver. El próximo será más cercano».

Pedro entendió el mensaje.

No pudo decirle nada a su familia. Se quedó callado, tragándose la culpa como un veneno lento. El miedo era más fuerte que cualquier deseo de redención. Así que buscó a su único aliado posible: Macario Suárez, su mejor amigo y también miembro de ese grupo, aunque con menos implicación directa.

Desde la primera charla, Macario fue tajante.

—Fuiste un pendejo. Si querías irte, debiste hacerlo sin decir nada. Ahora ya te tienen fichado.

Le propuso que hablara con el Ratón —el líder de los Terracones— para arreglar su salida. Pero luego se arrepintió.

—¿Y si lo tomas por sorpresa? ¿Y si te quiere usar de ejemplo?

Macario también tenía miedo, aunque no lo decía.

Sabía cómo funcionaban esas cosas. Y, aunque nunca lo admitió abiertamente, había una deuda no saldada entre ellos.

Pedro lo había defendido tiempo atrás, cuando un matón quiso quebrarle la cara por una disputa de cantina.

Tal vez por eso, o tal vez porque en el fondo lo quería como a un hermano, aceptó acompañarlo.

A veces hay amistades que nacen como un pacto de supervivencia. No se basan en afinidades ni en sueños compartidos, sino en el simple hecho de que uno, sin el otro, no llega vivo al día siguiente.

Se fueron una noche sin decir adiós, dejando cartas breves en casa. En ellas prometían que estaban bien, que pronto mandarían noticias. Que un día, cuando tuvieran algo, volverían.

Eso nunca ocurrió.

Pasaron por varios pueblos, con nombres que no valía la pena recordar. Sin rumbo fijo, hasta que alguien les habló de un pueblo olvidado entre cerros y selva: San Isidro del Valle, en el Estado Central. Según contaban, ahí no preguntaban mucho de dónde venías. Con suerte, podrían empezar de nuevo.

Llegaron al anochecer. Con la ropa sucia y los zapatos gastados, dijeron que venían de un rancho más al norte. Nadie los cuestionó. En pueblos como ese, todos cargaban secretos. Y los forasteros eran solo gente buscando una oportunidad.

Los pueblos olvidados como San Isidro tienen esa cualidad extraña: ofrecen refugio sin pedir explicaciones. No por bondad, sino porque el pasado de cada uno es demasiado oscuro como para juzgar el de otros. El silencio es parte del paisaje. Las mentiras son solo herramientas de supervivencia.

Pedro consiguió trabajo de ayudante en una tienda de abarrotes. Macario, por recomendación de un conocido, empezó en el área de limpieza de la comandancia local. El sueldo era bajo, pero suficiente. Nadie los molestaba. Nadie les preguntaba más de la cuenta.

Con el paso de los años, la vida se volvió rutina.

Pedro fue ascendiendo poco a poco: del mostrador pasó a manejar inventarios, luego empezó a comprar productos por su cuenta, hasta que abrió su primer puesto.

Nada lujoso, pero estable. Macario, en paralelo, fue ganando confianza en la jefatura.

Aprendió a moverse entre los mandos, a entender los códigos, a usar la autoridad con cautela.

En menos de una década, lo nombraron jefe de Policía Municipal.

Ambos formaron familia. Pedro conoció a María Luisa —Lully—, una joven que ayudaba en la clínica rural.

Macario se casó con Josefina, una mujer seria, hija de un comerciante local.

Vivieron cerca, criaron hijos, celebraron juntos las fiestas patronales.

Aunque los caminos se fueron separando poco a poco, la amistad permanecía.

Después de que Josefina murió en un accidente, Macario cambió.

Se volvió más callado, más seco. Pedro lo buscaba, pero él siempre tenía una excusa.

Aun así, los vínculos nunca se rompieron del todo.

Los domingos en misa, los encuentros en el mercado, los cumpleaños de los hijos.

Y, cuando Pedro le pidió que fuera padrino de Sebastián y Julián, Macario aceptó sin dudarlo.

A veces uno no elige a su familia, pero puede construirla con quienes sobrevivieron a lo mismo.

Las amistades que nacen del miedo, de la huida, de la necesidad de cuidarse mutuamente…

esas son las que terminan siendo más profundas.

No porque sean más puras, sino porque nacieron cuando todo lo demás se estaba cayendo.

En San Isidro del Valle, con el tiempo, Pedro se volvió conocido por su formalidad. Nunca hablaba más de la cuenta. Pagaba a tiempo. No bebía en exceso. Algunos lo veían como un hombre honesto. Otros, simplemente, como alguien prudente.

Pero la culpa que llevaba nunca desapareció; estaba ahí, dormitando.

Por lo mismo, Pedro soñaba a veces con el Ratón, su pesadilla. Lo veía parado en medio del campo, con el machete en una mano. Soñaba con el primo muerto. Con su madre preguntando por qué no escribió nunca más. Con el pasado pidiéndole cuentas.

Macario también tenía sus fantasmas. Pero los escondía bajo su uniforme, tras los lentes oscuros que ahora usaba a diario.

Había aprendido a leer el lenguaje del poder: cuándo callar, cuándo mirar hacia otro lado, cuándo levantar la voz.

Ser jefe de policía en un pueblo así no era un privilegio. Era una condena pactada.

La tranquilidad no es ausencia de violencia.

A veces es solo una tregua temporal, sostenida por pactos invisibles, por miedos compartidos y por silencios cuidadosamente colocados.

En pueblos como San Isidro del Valle, la paz es una fachada; lo real se jugaba en lo que no se decía y en lo que todos sabían, pero nadie se atrevía a nombrar.