Capítulo 7
San Isidro del Valle, Estado Central
Aún no eran las nueve de la mañana. Pedro estaba barriendo el frente de su tienda cuando Macario se acercó. Llevaba años sin pasar por ahí, al menos no con esa intención.
—¿Tienes un minuto?
Pedro lo miró con sorpresa, pero asintió.
Se sentaron en unas sillas de plástico, con dos refrescos tibios en la mano. Por un momento, no dijeron nada. Luego Macario habló.
—¿Te acuerdas del Ratón?
Pedro se tensó de inmediato.
—Sí… ¿por qué?
—Porque alguien está moviendo mercancía en los pueblos vecinos. Y, al parecer, ese alguien es el Ratón.
Pedro palideció. El pasado volvía, siempre vuelve.
—¿Estás seguro?
—Lo suficiente como para venir a advertirte.
—¿Tú crees que…?
—No lo sé. Pero, si viene, te aseguro que no será solo para saludarnos.
Se quedaron en silencio. El zumbido de una mosca rondaba los vasos.
Pedro apretó el puño.
—¿Y qué hacemos?
—Esperar. Estar atentos y no hacer ninguna pendejada.
Pedro asintió. Su vida se había construido para huir del pasado. Pero ahora entendía que no se huye para siempre.
* * *
Después de ese día, por desgracia, Macario se reunió varias veces con Pedro, en especial después de que el Ratón finalmente los hubiera buscado. Nunca supieron cómo fue que los encontró. Quizá alguna carta, quizá algún amigo; no sabían.
Lo cierto fue que el Ratón quiso hablar con ellos, en un pueblo vecino. Ellos, sin saber bien los motivos, decidieron ir. No tenían mucha opción, en especial si ya sabía su paradero.
—Por Dios, estos ojos no pueden creer lo que ven. Nada menos que Pedrito Millán y Macario Suárez. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Casi veinte años? —dijo con tono burlón.
—¿Qué te trae por aquí, Rómulo? ¿Andas muy alejado de tus lares? —respondió Macario, con frialdad.
—Tranquilo, «oficial» —no pudo evitar el sarcasmo—. Vengo en son de paz. El pasado, en el pasado está. Les puedo asegurar que no hay resentimientos. Aunque tengo que decir que, en aquellos tiempos, si los hubiera encontrado, no estaríamos hablando ahora —rio, como si fuera una broma.
—Bueno, bueno… la verdad es que solo quise venir a visitarlos. Sé que por acá hay todo tipo de negocios, y bueno… yo sigo siendo empresario. Y ahora, más que nunca, quisiera ampliar mis posibilidades. Tal vez ustedes pudieran ayudarme con eso, ¿no creen?
—No sé qué tipo de negocios tengas ahora, Rómulo. Pero te puedo garantizar que por acá los negocios tienen dueño. Y esta zona es más pequeña de lo que crees. No te recomiendo empezar nada por acá. Deberías, mejor, enfocarte en las grandes ciudades: en el Estado Oeste, como Puerto Beltrán…
—Mira qué sorpresa, en especial viniendo del jefe de policía. Eso creo que debo considerarlo. Aunque no sé si como consejo o como amenaza.
—Rómulo, puedes tomarlo como quieras. Pero te lo digo por tu propio bien. Créemelo. San Isidro tiene dueño.
—¿Y tú, Pedro? ¿No vas a decir nada? —preguntó, tanteando las aguas.
—¿Yo? ¿Qué habría de decir, si solo soy un simple comerciante?
—Aaah, siempre se empieza así, mi querido Pedro. Pero con visión uno puede llegar lejos. Muy lejos. En especial con un socio como yo.
—Rómulo —cortó de nuevo Macario—. Nos conocemos desde hace tiempo, así que no le busquemos agua al río seco. No creo que seas bienvenido por acá.
—Bueno, Macario, si te vas a poner en ese plan, a lo mejor es bueno que me largue. No vaya a ser que, siendo autoridad, me quieras meter preso por una simple visita.
Macario y Pedro no se tragaron la falsa modestia ni el temor fingido de Rómulo, pero siguieron callados.
—Pues qué va a ser. Yo que pensaba invitarles un buen trago y una buena comida, pero me voy.
Aunque les diré: no echen en saco roto mi ofrecimiento.
Sé que tuvimos algunas diferencias en el pasado, pero ahora es diferente.
Recuerden, soy un hombre de visión, un empresario…
y nada me daría más gusto que hacer negocios con ustedes. Que podamos ayudarnos mutuamente.
Dicho eso, les sonrió y se fue como llegó: sin decir hola ni adiós.
—Ese hijo de puta —maldijo Macario—. ¿Cómo fue que nos encontró?
—No tengo ni idea… pero lo bueno es que se ha ido. Pensé que vendría con refuerzos.
—No te engañes, Pedro. Hoy solo puso su cara de cordero. Pero no te olvides de que es un lobo de atar.
—Claro, claro —respondió Pedro. Pero su cabeza ya estaba en otro lado.
Pedro, a la distancia, observó cómo se alejaba Rómulo y no dijo nada más.
Pero esa misma noche, mientras su esposa y los niños dormían, él salió solo, cruzó el centro del pueblo y se internó en las calles sin alumbrado.
Tocó tres veces la puerta de una casa olvidada en la esquina de la calle de los Cedros.
Nadie debía saberlo, mucho menos Macario.
El Ratón lo recibió sin preguntas, como si ya supiera que volvería.
—¿Y entonces? —preguntó, con una sonrisa que nunca llegaba a los ojos—. ¿Pensaste mi propuesta?
Pedro asintió.
—Mis hijos ya no pasarán hambre. Eso es lo único que me importa.
—Así se habla, compadre. Siempre hay que pensar en la familia.
El trato no fue largo. Bastaron cinco frases. No firmaron nada. En ese mundo, la palabra vale hasta que alguien te la rompe. Pedro no sabía cuántos pasos había dado al infierno con esa decisión, pero sí sabía algo: no había marcha atrás.
A veces uno se vende por necesidad, pero otras veces se entrega por miedo. Y el miedo, cuando se alimenta con desesperación, se convierte en una forma torpe de valentía.
Días después, los primeros envíos empezaron a pasar por San Isidro.
Paquetes discretos escondidos en su camioneta de envíos.
Pedidos que salían de noche y cruzaban la carretera empedrada con direcciones distintas.
Pedro se encargaba de facilitar la incipiente red logística; no tocaba nada, no veía nada.
Solo hacía que lo poco que le enviaban se moviera.
A cambio, el dinero llegó rápido: primero para saldar deudas, luego para llenar estantes, luego para alimentar a la familia.
A Macario le tomó pocos meses notarlo. No dijo nada, pero sí preguntaba con los ojos cada vez que lo veía en misa o en alguna reunión de vecinos.
Pedro no supo cómo decirle la verdad. La verdad es que le daba vergüenza enfrentar a su amigo.
Una noche, Macario tocó la puerta de su casa y, con un leve gesto, lo invitó a salir a caminar.
—¿Estás trabajando con él?
Pedro pensó en mentir, pero ya no valía la pena. Solo bajó la mirada.
—No tenía opción.
—Siempre hay opción.
—No cuando tienes hijos que preguntan por qué no hay leche. No cuando debes cinco meses de renta. No cuando la gente empieza a mirarte como si fueras un fracasado.
Macario lo escuchó en silencio. Después paró su caminar.
—No te voy a dar consejos ni sermones. A partir de hoy, no vengas a buscarme. No quiero saber nada más. Ni de ti, ni de él, ni de nadie. Estás por tu cuenta.
—Macario…
—Tú elegiste.
Se fue sin despedirse. El silencio que dejó fue más fuerte que cualquier golpe que pudo haber dado.
* * *
Los meses pasaron. El negocio de Pedro prosperó como un oasis en pleno desierto. Pero, aunque Pedro ganaba dinero, también perdía algo más valioso cada día: la tranquilidad de mirarse al espejo.
—Papá, ¿por qué ya no vemos tanto al padrino Macario? —preguntó Sebastián una tarde.
Pedro inventó una excusa. Lo peor no era mentirle al hijo. Era saber que ese hombre al que había traicionado fue su verdadero hermano, su única familia fuera de la sangre.
La traición no siempre llega con gritos o disparos. A veces entra por la puerta de la necesidad y se queda a vivir contigo, sin hacer ruido, sin pedir permiso.
Fue entonces cuando Pedro empezó a escribir en un cuaderno.
No era un diario. Era, más bien, una carta de confesión.
Cada noche, después de cerrar la tienda, se sentaba solo, abría una libreta vieja y escribía lo que no podía decirle a nadie.
Sobre el Ratón. Sobre Puerto Beltrán. Sobre su primo muerto. Sobre Macario. Sobre sí mismo.
No sabía para qué lo hacía. Tal vez porque necesitaba contar su versión. O tal vez porque intuía que el final se acercaba.