Capítulo 5
Santa Rosa de la Paz, Estado Central
La casa estaba a oscuras por fuera, pero dentro hervía un calor denso por la tensión.
En el centro del cuarto, con una botella de tequila abierta sobre la mesa y una pistola entre las manos, El Alacrán fumaba sin prisa.
Tenía los ojos clavados en un punto indeterminado, como si rumiara el pasado.
Nadie se atrevía a interrumpirlo hasta que él mismo habló.
—¿Ya supieron quién es el que está enviando los cargamentos?
El silencio se hizo más pesado. Uno de los presentes, un hombre flaco, de barba rala y mirada huidiza, se aclaró la garganta.
—Sí, jefe. Es un comerciante de poca monta de San Isidro del Valle. Nos llegó la información hace dos días. Todo parece salir de ahí.
—¿Y sabemos dónde encontrarlo?
—No solo eso, patrón. Ya sabemos cómo lo hace y cuándo será el próximo envío.
El Alacrán se acomodó en su silla, cruzando la pierna como si estuviera en una oficina y no en medio de una guarida custodiada por hombres armados. Le dio otra calada al cigarro; luego lo apagó con fuerza contra el cenicero de metal.
—Esto me encabrona —su voz era baja, pero cada palabra tenía filo—. ¿Cómo carajos se atreven a meterse en mi territorio? ¿Tan pronto se les olvida cómo se pagan esas faltas?
Quien quiere tenerlo todo bajo control termina controlado por el miedo a perderlo.
El Alacrán no mataba por odio, sino por prevención.
En su mundo, la venganza no era un impulso visceral, sino una medida de higiene bien pensada: eliminar el riesgo antes de que se propague.
Como si la muerte fuera solo una herramienta más para organizar el territorio.
El flaco no contestó. Otro, más joven y con un tatuaje de una calavera en el cuello, el Chepo, se animó a decir:
—La neta, patrón… no creo que les digan mucho. Al contrario. Capaz que les venden un cuento bien armado, uno donde dicen que todo está tranquilo, que usted ya ni está en estas. Así nomás. Son solo mulas, más burras que los mismos burros.
—¿Así nomás? —el Alacrán sonrió con amargura—. Pues qué equivocados están.
Tomó la pistola de la mesa y la hizo girar con una mano, mientras con la otra servía más tequila.
—Entre una cosa y otra, mientras averiguan quién está por detrás, pues alguien tiene que pagar.
Y se me hace que esa mula de San Isidro será el primero.
Luego quiero a los intermediarios, los que hacen llegar la mercancía a San Isidro.
Y después… que me señalen a la cabeza. No voy a dejar que esto crezca.
¿Cuándo dices que es el próximo cargamento?
—Este viernes, patrón. Por la noche.
El Alacrán asintió despacio, como si acabara de firmar una sentencia.
—Ya saben lo que tienen que hacer. Pero escuchen bien esto: no quiero que vayan por ahí matando a lo pendejo.
No quiero tener que pedirle favores de nuevo al capitán Montecinos.
Si lo hacen, háganlo bien, ¿me entienden?
Sin testigos, sin policías. Cuando agarren a los que transportan la mercancía, quiero información. Sáquenles todo lo que sepan. Y después…
Se detuvo. La pausa fue larga. Los hombres lo miraron en silencio.
—Que sirvan de escarmiento. Que cualquier pendejo que se quiera meter a robar en mi casa se lo va a cargar la chingada.
Uno de los presentes, de complexión robusta y apodado Uñas por su afición a arrancarlas en los interrogatorios, soltó una risa.
—Misión dada, misión cumplida, jefe.
El Alacrán lo miró de reojo y negó con la cabeza, aunque con una media sonrisa.
—Siempre con tus pinches frases de película. ¿Cuál era esa? ¿ Hombres de Élite ?
—Sí, patrón. La brasileña. Esa donde los polis también son como nosotros.
—Pues tú ya pareces más actor que sicario. Pero bueno, más vale que cumplas con la función.
Uñas se cuadró con una sonrisa torcida.
—Usted mande, patrón.
El ambiente se distendió por un momento, pero duró poco. El Alacrán se levantó. Se acercó a la ventana y corrió apenas la cortina. Miró hacia la calle. Nadie a la vista. Solo un perro flaco cruzando la acera y un par de focos que titilaban a lo lejos.
Hay pueblos que parecen tranquilos porque el miedo ya hizo su trabajo.
San Isidro del Valle era uno de esos. Callado, polvoriento, donde los rumores pesaban más que las noticias y el silencio era la forma más valorada de sobrevivir.
En esos pueblos, lo peor no es que las cosas pasen, sino que todos sepan que pueden pasar… y nadie haga nada.
—San Isidro… —murmuró—. Siempre supe que ese pueblo iba a darme problemas.
Se volvió hacia sus hombres.
—Quiero que para el inicio de semana ya esté todo hecho. Así, el lunes, empezamos a barrer la zona. Uno por uno. Pueblo por pueblo.
—¿Y si alguien se mete, patrón? ¿Si vienen los federales o las fuerzas armadas?
—Las fuerzas armadas no se van a meter. No mientras Montecinos esté en su puesto. Y los federales… ya se sabe cuánto cuesta su silencio.
—¿Y qué hacemos con la mula? ¿Será que en verdad está conectado con los del norte?
El Alacrán se rascó la barbilla, pensativo.
—Si ese cabrón está conectado, lo sabremos pronto. Pero no lo creo. Ese tipo de ratas son de poca monta, no llegan lejos. Solo son carne de cañón.
Otro de los hombres levantó la voz.
—Patrón, hay algo más.
—¿Qué?
—Pues que tiene usted razón, esa mula… no es de peso. De hecho, sabemos que lleva mucho tiempo viviendo en San Isidro, aunque, al parecer, es originario del Estado Oeste. Tiene familia, esposa y dos hijos.
El jefe se echó hacia atrás, lentamente.
—Eso sí no me lo esperaba. Este güey sí que es burro, tan burro como dices, Chepo. Pero si está metido…
—Entonces, ¿qué hacemos con él?
El Alacrán lo pensó un momento.
—Nada cambia, seguimos con lo mismo. Toda decisión tiene sus consecuencias, sabiéndolo o no. Quiero todo listo para el lunes. Ya quiero ver hasta dónde llega toda esta mierda.
—Entendido.
—Y, si llega hasta donde imagino… —añadió el jefe, mirando de nuevo por la ventana— entonces esta guerra no ha empezado todavía.
Al día siguiente, en un llano oscuro al borde de la carretera, antes de llegar a El Encinal, los preparativos estaban listos.
Camionetas sin placas, armas limpias, gasolina suficiente.
No era un operativo grande, pero tenía la precisión de uno.
Uñas dio las órdenes como si fuera un comandante.
El objetivo era interceptar una camioneta blanca, modelo reciente, que había salido de San Isidro media hora antes.
—Nada de fallos. El jefe quiere respuestas, no cadáveres sin sentido. Después… hagan lo que quieran.
Uno de los hombres, joven e inexperto, tragó saliva.
—¿Y si no nos dicen nada?
Uñas lo miró con desprecio.
—Todo el mundo habla, tarde o temprano. Asegúrate de que sea temprano.
* * *
La camioneta blanca avanzaba lentamente por el camino de terracería. Dos personas iban al frente. Llevaban cajas cerradas, bien amarradas.
Una luz les cerró el paso. Dos camionetas más los rodearon. Voces armadas los obligaron a bajar. El conductor intentó correr, pero un culatazo lo dejó de rodillas. Nadie disparó aún. Uñas quería hacer las cosas bien.
—Quiero un nombre. ¿Quién es tu jefe? ¿De dónde sale todo lo que llevas ahí? ¿A dónde llevan la mercancía?
El conductor solo escupió.
—No sé de qué me hablas.
Uñas sonrió. Se agachó frente a él.
—Qué lástima, porque me vas a poner a trabajar. Y no tengo prisa.
El otro fue puesto contra la camioneta. Intentó gritar.
Se orinó del miedo. El interrogatorio duró quince minutos.
Al final, el conductor cantó. Todo era reciente; no era una operación de gran escala.
Hacía poco habían visitado a su patrón unos tipos que nadie conocía.
Habían prometido varios envíos por mes. Que estaba todo claro y sin problemas, que ya lo tenían arreglado.
No era gente de la zona. Le preguntaron por su jefe.
No supieron qué más decir, más allá de lo que todo el pueblo sabía, pero sí confirmaron que era Pedro Millán.
Cuando todo estuvo dicho, Uñas se levantó. Caminó hacia atrás unos pasos, levantó el arma y disparó dos veces.
El acompañante corrió con la misma suerte.
En los códigos del crimen, los escarmientos no son necesariamente venganzas. Son mensajes. Cada cadáver mal colocado, cada cuerpo torturado, cada familia que desaparece tiene un solo fin: dejar claro que hay límites. El miedo organizado siempre gana porque no se explica: se demuestra.
* * *
Al día siguiente, el informe —de esos que no se escriben— llegó al oído de El Alacrán. La red, aunque pequeña e incipiente, estaba ya expuesta. Algunos involucrados estaban empezando a ser identificados, y su origen apuntaba al norte, al Estado Oeste. El siguiente paso era obvio.
El Alacrán confirmó lo del día anterior: ir por la mula llamada Pedro Millán.
Cuando acabó, encendió un cigarro.
—Hay algo que no cuadra. Falta una cabeza, alguien con los huevos tan grandes como para querer desafiarme. Y ese cabrón… no tardará en mostrarse.