Cadenas Capítulo 4
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Capítulo 4

Santa Rosa de la Paz, Estado Central

Jacinto Gutiérrez era un vago de reputación dudosa.

Él no nació verdugo. Pero hay lugares donde la infancia es tan corta como un suspiro y la compasión se ve como una debilidad que mata.

En esos pueblos, el hambre enseña mucho más que la escuela, y los golpes forman el carácter más rápido que cualquier sermón de iglesia.

Ahí es donde nacen las bestias: no por maldad, sino por necesidad, por autopreservación.

Bandolero, busca pleitos, bravucón de bar; en Santa Rosa, su nombre sonaba más por ser un dolor de cabeza que por respeto.

Su compañero inseparable era Damián Montecinos, un soldado raso de las fuerzas armadas, huérfano desde niño y sin un apellido que lo protegiera.

Lo único que los unía era su ambición, su rabia contenida y una idea fija: sobrevivir como fuera en ese pequeño pueblo.

La suerte o el destino los había llevado a encontrar un «negocio» rentable que los mantenía a flote en su precaria vida juvenil: comprar coches robados en las capitales vecinas y revenderlos en los pueblos cercanos. No era elegante, no tenía escala, pero les funcionaba.

Llevaban poco más de un año moviendo unidades en varios territorios, aprovechando la frontera con el Estado Oeste, sin que nadie importante los volteara a ver. Pero esa suerte no les duró mucho tiempo. El aviso les llegó esa misma semana.

Fue un mensaje sin remitente. De esos que nadie firma, pero todos entienden. Tenían que presentarse esa noche en la Casa del «Armadillo», en La Quebrada, a 30 minutos de su pueblo.

El Armadillo era el jefe de la zona. Dueño y señor del área que iba desde la Ciudad Fortaleza hasta la zona de los cerros. Un hombre temido, rudo, con cicatrices viejas y maneras teatrales. Nadie se metía con él.

Damián y Jacinto no eran estúpidos. Sabían que lo más probable era que no salieran vivos.

Pero el miedo, mezclado con algo de coca y valentía de cantina, se les volvió estrategia.

Juntaron a media docena de matones a sueldo.

Reclutas de borrachera que podían jalar un gatillo por unas monedas.

Las armas no fueron problema: un par de conexiones en el destacamento militar y unas cuantas amenazas bastaron.

Lo difícil, pensaban, sería llegar y acercarse a la casa sin ser detectados.

Pero se equivocaron. La confianza del Armadillo era tal que no había vigilancia real.

Solo cuatro de sus hombres lo acompañaban esa noche.

Estaban tan acostumbrados al miedo que provocaban que nadie pensaba en una emboscada.

Menos aún, dos muchachos que todavía olían a pañales, desordenados y borrachos.

Jacinto y Damián tocaron a la puerta, sin saber si estaba o no habitada.

Unos ruidos les indicaron que alguien llegaba a abrirla.

Una persona de edad, con un sombrero viejo, les abrió.

Apenas asomó a la calle para cerciorarse de que venían solos.

Al no ver a nadie, les indicó que pasaran.

Adentro, el ambiente olía a carne asada, cerveza caliente y mucha arrogancia.

El Armadillo los recibió entre risas.

—Así que son ustedes los que andan haciendo negocios sin permiso del Armadillo —dijo, hablando de sí mismo en tercera persona, como hacían quienes querían que su nombre pesara más que sus balas.

Damián se mantuvo callado. Jacinto tomó la palabra, con una voz fingidamente temblorosa.

—¿Usted es el Armadillo?

El silencio duró apenas un segundo. Luego, una carcajada sacudió la mesa. Sus hombres se rieron con ganas.

—¡Este mocoso no sabe con quién habla! —dijo uno.

—Pues claro que es él. ¿No ves su chamarra, animal? Y, para que aprendan: no es el Armadillo, pendejo, es el señor Armadillo —remató otro, alzando la voz como si recitara un salmo.

Jacinto y Damián cruzaron una mirada. Fue la señal.

Rápidos, precisos, sacaron sus armas de debajo de las chamarras y dispararon al unísono.

El estruendo sacudió la casa. Los cuatro compinches cayeron antes de entender lo que pasaba.

Al instante, los otros seis irrumpieron por la puerta trasera. Balas, gritos, cristales rotos.

Todo terminó en pocos instantes.

El Armadillo alcanzó a levantarse, pero recibió dos disparos más: uno en el hombro, otro en la pierna. Aún con vida, intentó arrastrarse hacia un arma escondida bajo la mesa. Jacinto se le acercó sin prisa y lo remató de un tiro seco en la cabeza.

Hay decisiones que manchan para siempre.

No por el acto en sí, sino porque, una vez que se cruza un cierto límite, el alma ya no regresa ilesa.

La sangre que uno derrama afuera termina por salpicar hacia dentro, aunque uno se crea inmune.

Jacinto y Damián no solo mataron a un hombre esa noche.

Mataron una versión de sí mismos que ya no volvería.

La sangre corrió por la madera vieja como si marcara el fin de una era.

Nadie celebró. No hubo gritos de victoria. Solo se miraron unos a otros, sabiendo que acababan de cruzar una línea sin regreso.

En dos semanas, la jerarquía local se reconfiguró. Algunos se resistieron. Muy pocos. En ese mundo, uno se alineaba o desaparecía. Así de simple.

Jacinto, rápidamente, dejó de ser Jacinto.

Todo el mundo lo empezó a llamar El Alacrán.

Un apodo ganado por su veneno, por su sangre fría, por su forma de moverse.

A pesar de su corta edad, fue extremadamente inteligente.

Respetó acuerdos, cuidó fronteras, distribuyó el botín como se esperaba.

Quienes dudaron terminaron en fosas o en listas de desaparecidos.

Damián, por su parte, decidió seguir en las fuerzas armadas.

Con los contactos de Jacinto y algunos favores bien pagados, no tuvo problema en empezar a escalar rangos.

En pocos años se convirtió en capitán, asignado a toda la zona del Estado Central.

Oficialmente limpio. Extraoficialmente, el brazo militar de su viejo compinche.

La relación entre ambos cambió, pero nunca dejó de existir.

Dejaron de verse seguido. Se hablaban por teléfonos cifrados, a través de terceros, a veces con solo una frase: «Hay visita», «Va carga», «Calma».

Pero nunca dejaron de coordinarse. Eran distintos, pero complementarios.

Uno mandaba en la calle. El otro, en los cuarteles.

En un mundo donde lo normal son las traiciones cotidianas, la única lealtad real es la que nace del miedo compartido.

Jacinto y Damián no se querían, no se admiraban.

Pero sabían que el otro no los traicionaría, porque ambos conocían demasiado.

Era una relación construida con secretos y sostenida por la amenaza tácita de lo que pasaría si alguien rompía el acuerdo.

Habían hecho un pacto.

«Con confianza la amistad avanza. Con traición, no hay perdón» .

Esa línea no era una amenaza. Solo una promesa.

El Alacrán, al igual que Damián, se convirtió en una referencia del territorio en menos de un lustro. Construyeron juntos una red que se extendía por el Estado Central, desde la costa hasta Altavista, respetando los límites con el Estado Oeste y el Sur.

La gente del Alacrán no usaba uniforme, pero imponía más que muchos generales. Su rostro nunca aparecía en fotos. Se movía poco. Mandaba mucho. Repartía el miedo con frialdad, pero también el dinero con puntualidad.

Mientras tanto, Damián se volvió intachable e intocable en el mundo oficial.

Condecoraciones, informes limpios, maniobras exitosas.

Su presencia en eventos públicos le daba la cobertura perfecta.

Cuando había cateos, refriegas o enfrentamientos, siempre eran contra rivales del Alacrán.

Cuando había detenciones, los suyos nunca caían o salían rápido.

Juntos habían creado un equilibrio. Una frontera invisible entre dos lados, al parecer opuestos: el crimen y el uniforme. Una frontera que se respetaba.

Todo había comenzado esa noche en La Quebrada. Y, como toda historia que nace con sangre, también estaba destinada a seguir con ella.