Capítulo 3
La Capital
El vuelo llegó puntual. Santiago Mosqueda bajó del avión sin equipaje y sin prisa, vestido con un traje gris oscuro que no llamaba la atención, pero tampoco permitía ser ignorado.
El botón superior de la camisa permanecía desabrochado, y su maletín de cuero —vacío en apariencia— llevaba más valor del que muchos imaginarían.
En la Capital, uno debía parecer alguien sin serlo, y eso Santiago lo entendía perfectamente.
Había preparado ese viaje durante semanas.
Encontrar un despacho dispuesto a limpiar su dinero sin hacer preguntas no era cosa fácil.
No porque no existieran —había muchos más de los que la gente creía—, sino porque los verdaderos, los eficientes, los que no dejaban rastro eran los más exigentes al elegir a sus clientes.
No se trataba solo de cuánto dinero ofrecías.
Era también tu reputación, tu nivel de discreción, tu capacidad para no meterlos en problemas.
Para ellos, la ilegalidad era un negocio demasiado serio como para arriesgarlo con amateurs.
Tomó un taxi sin logos y entregó una dirección escrita en una hoja doblada.
No había nombres ni anuncios en la fachada del edificio al que llegó, solo un número metálico sobre una puerta de acero reforzada.
Tocó tres veces, como le indicaron. Dos minutos después, se abrió sin hacer ruido, como si lo esperaran.
Al entrar, lo recibió un hombre de traje oscuro y sonrisa automática.
—Señor Mosqueda, bienvenido. Pase, por favor. El licenciado lo espera.
Santiago asintió sin responder. Lo guiaron por un pasillo estrecho, alfombrado, sin cuadros, sin ventanas.
Todo era cuidadosamente anónimo. La oficina a la que lo condujeron estaba amueblada con sobriedad.
Una mesa de nogal, cuatro sillas negras, una planta sin flor.
Ni diplomas, ni retratos, ni íconos religiosos.
Ni una sola pista sobre quienes ahí operaban.
Era un espacio diseñado para no contar historias.
Otro hombre, de lentes gruesos y corbata color vino, se levantó de la silla y le ofreció la mano.
—Gracias por venir. Antes de que empecemos, ¿gusta tomar algo? ¿Agua, café, whisky …?
—Solo agua. Gracias —respondió Santiago, sin sonreír.
La charla comenzó con trivialidades. La inseguridad creciente en los estados, los nuevos controles bancarios, la fiscalización excesiva, el nerviosismo de los bancos extranjeros. Pero, en cuanto la puerta se cerró por dentro y se sirvió el agua, el tono cambió.
—Señor Mosqueda, entendemos lo que busca y sabemos cómo manejarlo. Pero, antes de continuar, debe conocer nuestras condiciones.
Santiago lo miró fijamente, sin asentir.
—Nuestros honorarios serán escalables, según el volumen. Entre 10 % y 20 %, dependiendo del nivel de riesgo y la complejidad de las operaciones. Todo a través de mecanismos financieros perfectamente legales en la superficie. Fondos de inversión, empresas fachada, fideicomisos cruzados.
—¿Y garantías?
—No hay garantías. Solo reputación. Usted no ha llegado hasta aquí por azar. Nosotros tampoco. Si lo desea, hoy mismo podemos iniciar la fase de prueba.
Santiago apretó los labios.
Santiago frunció el ceño. El fee del 20 % le pareció alto. Pero sabía que los tiempos habían cambiado. Los bancos eran más estrictos. Las transferencias se rastreaban. Ya no bastaba con ocultar; ahora había que diseñar.
—Lo importante —dijo uno de los socios— es que usted no tenga que preocuparse por los detalles. Solo por seguir las reglas.
—Las reglas las escribo yo —respondió Santiago, sin levantar la voz.
Ambos sonrieron, como si hubieran esperado esa respuesta. Entonces le explicaron cómo sería el proceso. El juego al que estaba entrando no aceptaba negociaciones frívolas. Santiago solo tendría contacto con una persona.
—Entonces, ¿quién será mi contacto?
El hombre sacó una tarjeta sin logotipo. Solo decía «Felipe Torres» y un número de celular.
—El contador Torres es confiable —dijo—. Y lo que le falta de experiencia, le sobra en discreción. Es un intermediario joven que se encargará de toda comunicación directa. Este joven será su canal. Nada se hará sin que él lo sepa.
Santiago entendió de inmediato. Era un filtro, sí. Pero también una forma de protección. Ni los grandes jefes del despacho ni Santiago mismo tendrían que exponerse innecesariamente.
* * *
Una hora después, Santiago se encontraba cara a cara con Felipe Torres. El joven, de unos veintisiete años, tenía el rostro limpio, apenas una sombra de barba, el cabello perfectamente peinado, los lentes bien alineados y un nerviosismo mal disimulado.
—Buenas tardes, señor Mosqueda. Es un honor conocerlo —dijo, extendiendo la mano con firmeza.
—Buenas tardes, contador. Dígame, ¿de dónde es usted? —preguntó Santiago, sin quitarle los ojos de encima.
—Vengo del norte del país, señor —respondió Felipe, con una voz que intentaba parecer firme.
—¿Y cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
—Poco, la verdad. Dos meses apenas. Pero le aseguro que cualquier asunto que me confíe estará en buenas manos.
Santiago lo observó en silencio unos segundos.
No le gustaba tratar con novatos. Pero entendía el juego.
Felipe no era el cerebro. Era la cara visible.
No tenía que saber demasiado, solo lo justo para obedecer.
Y eso, en realidad, era lo que Santiago necesitaba.
Una pieza sacrificable si las cosas salían mal.
Y en eso reconocía algo familiar. Él también había usado a otros así, en su propio pueblo, colocando peones donde otros veían figuras principales.
—Y dígame, Torres… ¿por qué está usted aquí? ¿Qué lo trajo a este tipo de despacho?
Felipe no dudó en su respuesta. Se notaba ensayada, pero sincera.
—Mi familia. Todo lo que hago es por ellos. Mi traslado a la ciudad, las horas que trabajo, los esfuerzos, todo. Quiero darles algo mejor en esta vida.
Santiago sonrió, esta vez con sarcasmo.
—La familia… siempre la familia. Gran excusa para justificar nuestras ambiciones. Si de verdad nos importaran tanto, con seguridad no haríamos muchas de las cosas que hacemos.
Felipe no entendió la ironía. Asintió con torpeza, sonriendo como si no supiera si eso era una broma o una advertencia. Estaba demasiado enfocado en causar una buena impresión.
—Bueno, contador Torres —continuó Santiago—, tengo la impresión de que nos llevaremos bien.
Solo necesito que recuerde dos cosas. Primero: mi número.
Grábelo, apréndalo, no lo pierda. Si llamo, contesta.
Siempre. Segundo: apréndase esta frase: «Con confianza la amistad avanza. Con traición, no hay perdón».
Felipe rio con nerviosismo.
—¿Es una especie de lema, señor?
—Algo así —dijo Santiago, sin sonreír—. Pero con el tiempo verá que es mucho más que eso.
* * *
Felipe Torres llegó puntual a la cita del lunes siguiente, tal como le indicaron.
Vestía un traje oscuro y un maletín nuevo, aún con olor a tienda.
Lo recibió un asistente del despacho y lo condujo a una sala sin ventanas, más pequeña que la de la vez anterior.
Santiago ya lo esperaba ahí. Vestía ropa casual.
Su rostro era el mismo: firme, inquisitivo, con la sonrisa ligera de quien se sabe superior.
—Pase, contador. Vamos a comenzar con los detalles.
Felipe se sentó, abrió su carpeta y, con voz más firme que días atrás, inició:
—Para establecer la primera línea de operación, debemos abrir tres cuentas espejo en instituciones diferentes. Una estará a su nombre, pero con estructura fiduciaria. Las otras dos serán empresas pantalla, ya registradas y listas para usar.
—¿A mi nombre? —preguntó Mosqueda con desconfianza—. ¿Y si algo sale mal?
—No figurará directamente. El nombre estará vinculado, pero con filtros legales que lo protegen. Lo que importa es la coherencia entre los movimientos.
—¿Y los fondos iniciales?
—La primera transferencia debe ser modesta. Cincuenta mil pesos, repartidos entre las tres cuentas. Queremos probar tiempos, trazabilidad y reacciones de los filtros automáticos de los bancos.
Santiago observó al joven con atención. Ya no era el muchacho nervioso de días atrás. Algo se había endurecido en él. O quizás, pensó, solo se había quitado la máscara.
—¿Y qué necesitas de mi lado?
—Que defina las cuentas de destino. Las reales. Necesito saber si serán locales o internacionales. Y si habrá retiros en efectivo, depósitos cruzados o si trabajaremos con divisas.
—¿Y eso no levanta sospechas?
—Sí. Todo levanta sospechas. Pero, si se hace con rutina, deja de llamar la atención. La clave es el ritmo. Nada muy grande. Nada muy inmediato. Y, sobre todo… nunca en línea recta.
Santiago sonrió con genuina satisfacción.
—Empiezas a gustarme, contador.
Felipe no supo si tomarlo como un halago o una advertencia.
—Una cosa más —añadió Santiago, encendiendo un cigarro—. Quiero que nada de esto se discuta con nadie más. Tú serás el único contacto. Si algo pasa, tú respondes. Si algo sale mal… bueno, ya sabes cómo funciona esto.
Felipe asintió. No por valentía, sino porque sabía que no había otra salida. En su mente, repasaba las frases que su padre solía decirle: «Uno se mete a las cosas por necesidad, pero se queda por costumbre».
—Lo entiendo, señor Mosqueda. Y le aseguro que la operación estará blindada y siempre en la secrecía que menciona.
—Perfecto.
Santiago sacó una botella pequeña de whisky del portafolio y sirvió dos vasos de cristal que ya estaban sobre la mesa.
—Por el inicio de algo importante. Salud.
—Salud —dijo Felipe, sintiendo por primera vez que estaba realizando algo importante para él y su familia.
* * *
En los días siguientes, Felipe se volvió un rostro habitual para ciertos contactos en bancos medianos, notarías y oficinas de registros mercantiles.
Nadie lo cuestionaba demasiado. Su lenguaje era técnico; su actitud, formal.
Cuando hablaba de «estructuras financieras», «movimientos de prueba» o «transferencias de fondo rotativo», parecía un experto más en un mar de burócratas.
Santiago, desde su mundo, comenzó a confiar. Aunque no del todo. Aun así, permitió que una segunda operación se realizara. Esta vez, con montos mayores. El joven contador entregó los primeros informes: discretos, organizados, sin errores.
A veces conversaban más allá del trabajo. Hablaban de música norteña, de futbol, de familias que se dejan atrás. Santiago no era un hombre fácil de descifrar, pero Felipe empezaba a entender algo: el poder no estaba solo en el dinero…, sino en la sensación de control.
* * *
Una tarde, al finalizar una reunión en un restaurante discreto, Santiago se quedó unos segundos observando al joven.
—¿Tú crees en las segundas oportunidades, Felipe?
—¿A qué se refiere?
—A veces uno toma decisiones equivocadas… pero, si se camina derecho sobre ellas, dejan de serlo. Se convierten en el único camino posible. ¿Entiendes?
Felipe dudó antes de responder.
—Creo que sí… aunque todavía me cuesta pensarlo así.
Santiago asintió. Bajó la mirada un instante, como si una sombra lo atravesara.
—Yo también dudé… cuando empecé. Tenía hijos chicos. Una esposa que creía que yo solo quería ascender en política. Y quizá no mentía del todo… pero tampoco contaba la verdad. Uno se dice que todo es por ellos. Que, si las cosas salen bien, nadie sufre.
Hizo una pausa y lo miró de nuevo, con más atención.
—¿Y tú? ¿Tu familia está contenta con el camino que has tomado?
—Bueno… —Felipe sonrió con algo de nerviosismo—. No saben muchos detalles, la verdad. Pero sí. Están tranquilos. Al menos… ahora hay menos preocupaciones.
—Claro. Una vida más limpia, en apariencia. Sin sobresaltos… al menos por fuera.
—Sí… justo eso.
Santiago se sirvió el último trago de su café y lo bebió sin apuro.
—Este mundo te enseña, Felipe. No a entenderlo, sino a resistirlo. A golpes. A silencios. A pactos que uno hace sin hablar.
Se levantó, dejó unos billetes doblados sobre la mesa y, antes de salir, le dio una palmada en el hombro al joven contador.
—Recuerda lo que te dije el primer día: «Con confianza la amistad avanza. Con traición, no hay perdón».
Y, aunque ese día no lo entendiste, ya lo estás empezando a vivir.
Felipe no respondió. Solo asintió. Sabía, sin necesidad de más palabras, que lo peor no era perderse…, sino acostumbrarse a estar perdido.