Capítulo 2
San Isidro del Valle, Estado Central
Mientras las calles del centro se iban vaciando tras el desfile y el murmullo de la fiesta comenzaba a apagarse, en la parte alta del Palacio Municipal las luces seguían encendidas.
La antigua sala de recepción había sido transformada, solo por esa noche, en un pequeño restaurante privado.
Manteles blancos, botellas caras y meseros traídos desde la ciudad para garantizar discreción y eficiencia.
Todo estaba dispuesto con detalle. Nadie más que ellos tendría acceso.
En los pueblos donde nadie confiaba en nadie, mucho menos en la ley, el verdadero poder no se imponía: se negociaba.
Y esas negociaciones raramente ocurrían de día o frente a testigos.
Ocurrían en cenas privadas, entre tragos y palabras medidas, donde las promesas sonaban como amenazas y los brindis sellaban pactos de impunidad.
Sentados frente a frente, entre copas de vino tinto y platos de carne asada, estaban el presidente municipal, Santiago Mosqueda, y el capitán de las Fuerzas Armadas en la región, Damián Montecinos.
A cada lado, sus respectivos segundos: el jefe de la Policía Municipal, Macario Suárez, y un sargento, Federico Puentes Mosqueda, sobrino del presidente municipal.
No era una reunión formal. No llevaban papeles. Ni celulares. Los teléfonos habían sido entregados a la entrada, custodiados por un elemento de confianza. En esa mesa se hablaban cosas que no podían dejar rastro.
—Qué bueno que decidió quedarse, mi capitán —dijo el presidente, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos—. Nos da chance de hablar de unos planes interesantes para la región.
El capitán bebió un trago y levantó las cejas, sin disimular el escepticismo.
—¿Planes que no conocemos, presidente? ¿O solo los que usted sueña cuando se le sube el mezcal?
—No, no. Planes reales —contestó Mosqueda, girando el vaso lentamente sobre el mantel—. Estoy hablando de transformar esta zona. De convertir este pueblo en algo más… algo parecido a una ciudad.
El capitán soltó una risa seca.
—A chinga. ¿Y eso cómo se hace? Ilústreme, presidente.
—Con imaginación, voluntad, fe… y dinero, mucho dinero.
—Pues mire, de esos tengo dos. Imaginación no me falta, fe la conservo, y el dinero… ese lo manejan ustedes. Pero sigo sin entender cómo quiere hacer ciudad aquí.
Mosqueda se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Con una carretera.
—¿Una carretera?
—Sí. Una que nos conecte directamente con Altavista. Ciento ochenta kilómetros, bien pavimentados, que sean el puente para atraer negocios, inversiones, turismo, clientes. ¿No lo ve, capitán? Una entrada directa para todo lo que necesitamos.
El capitán lo miró fijamente. Se tomó su tiempo para responder.
—Lo que sí veo es que con esa carretera llegarían más ojos.
Más acceso significa más vigilancia, más competencia, más gente metiendo las narices en lo que ya tenemos aquí.
Y eso… eso no le gusta a nadie. Ni en este puto pueblo ni en los alrededores.
Usted sabe que esta tierra está lejos de Dios, pero no de los negocios.
—Precisamente por eso, mi capitán. Si ustedes ya controlan todo esto, no hay razón para que mañana no puedan controlar también lo que venga.
No estoy diciendo que se pierda el control; al contrario.
Pero hay que mover las piezas con visión.
Por eso le digo que esto hay que consultarlo. Y no con cualquiera.
—¿Con el Alacrán?
Mosqueda asintió con lentitud, como si el nombre pesara.
—Claro que con él. Si lo ve con buenos ojos, esto avanza.
Mire, déjeme contarle algo más. En abril recibiremos los fondos estatales.
Este año me prometieron el doble que el anterior.
Si canalizamos una parte de ese dinero al proyecto, la cosa se pone seria.
Además, ya hablé con nuestros amigos de la constructora.
Están dispuestos a entrarle si les damos la concesión.
Ellos la construyen, se quedan con el cobro del paso, y todos ganamos.
Montecinos dejó el vaso en la mesa con fuerza.
—Y usted se reelige.
—Exacto. Cuatro años más. Con el ayuntamiento en mis manos, la policía bajo control y ustedes cuidando el orden, nada se nos escapa. La ruta se hace, el pueblo crece y el negocio también. No cambia nada; solo lo formalizamos.
El capitán lo miró con atención por unos segundos. Luego se recargó en el respaldo de su silla y asintió lentamente.
—¿Y tenemos a la gente correcta para mover todo ese dinero del que habla? Ya sabe, una vez que las cantidades son importantes, todo se complica con los bancos: vienen los requisitos, los impuestos, las transferencias… Las huellas que deja el dinero se vuelven un riesgo.
—Capitán, ni usted ni el Alacrán deben preocuparse; de eso me encargo yo. La gente correcta para manejar esos menesteres ya está siendo contratada en la capital. Y le puedo asegurar que son buenos para borrar esas huellas de las que habla.
—Buenos, lo creo, ¿pero de fiar?
—Todos los que trabajan con nosotros son de fiar, y los que no, pues ya saben las consecuencias.
—Pues, viéndolo así… la cosa hace sentido. Hablaré con el Alacrán. A ver qué opina. Pero, por ahora, nadie se mueve. ¿Estamos?
—Estamos, mi capitán. Como siempre se ha hecho. O todos juntos… o no se hace. «Con confianza la amistad avanza. Con traición, no hay perdón».
Brindaron con sus copas en alto. Nadie dijo más.
El acuerdo, aunque informal, estaba sellado.
Aunque nada en ese mundo duraba mucho. Ni los cargos públicos, ni los leales, ni siquiera las lealtades.
Lo único que sobrevivía era el silencio: el que callaba ganaba tiempo y, en ese juego, el tiempo era oro.
La traición, cuando llegaba, no era una sorpresa. Era simplemente parte del calendario.
Enseguida pidieron que les devolvieran los teléfonos.
Los meseros se retiraron con discreción.
A la salida, el presidente preguntó si ya estaba todo listo en sus habitaciones.
El encargado del hotel solo asintió. Dos mujeres esperaban a los visitantes en los cuartos asignados, como se había pactado.
Al salir, Mosqueda miró de reojo a Macario Suárez. El jefe de policía no había dicho una sola palabra en toda la velada. Pero la mirada que cruzaron fue más que suficiente. En ese mundo, el silencio era la única lealtad que valía.
—¿Todo en orden, jefe? —preguntó el presidente, solo por formalidad.
Macario asintió sin hablar. Luego se quedó solo en la calle, mirando cómo los visitantes desaparecían entre risas.
* * *
Ya en la entrada del lobby del hotel, el capitán hizo una reflexión que pareció más una pregunta.
—Con este Mosqueda siempre es todo medio vago. ¿Tú crees que esa carretera es buena idea? Porque yo no lo veo tan claro como él dice. Nos va a meter más competencia. Más ruido. Más ojos.
—Mi capitán, lo único que sé es que, si el Alacrán dice que sí, es que sí —contestó finalmente el sargento—. Aunque no nos guste, nadie se mueve sin que él lo ordene.
El capitán asintió, pero su rostro mostraba dudas. Encendió un cigarro y miró hacia la calle, como confirmando que nadie escuchara sus pensamientos.
—Sargento, adelántate. Tienes gente esperándote en el cuarto. Yo subo en unos minutos; antes tengo que hacer una llamada.
El sargento Puentes no dudó. Sabía a quién llamaría.
El capitán Montecinos tomó su teléfono satelital. Pocas personas tenían ese número. Solo él, su superior directo… y el Alacrán.
—Sí, ya hablamos. El proyecto suena bien. Pero no me comprometo hasta que tú lo avales.
Escuchó en silencio. Luego dijo:
—Entonces espero tu señal. Mañana temprano regreso al cuartel.
A veces Damián se preguntaba en qué momento había dejado de ser soldado para convertirse en otra cosa. No lo decía en voz alta, claro. Ni siquiera lo pensaba con todas sus letras. Pero lo sentía cada vez que una orden le exigía cerrar los ojos o abrir las puertas equivocadas.
Colgó. Se quedó parado al lado de la recepción vacía, pensativo. Por instinto, sacó su pistola de la funda, la revisó y la volvió a guardar. Finalmente, subió las escaleras y fue directo a su habitación.
Una hora después, en el hotel, las luces de las habitaciones del segundo piso seguían encendidas. Risas apagadas. Música baja. Las mujeres llevadas esa noche sabían bien su papel: no preguntar nada. Sabían que su discreción valía más que cualquier talento.
* * *
El presidente Mosqueda se recostó en la cama con una copa en la mano. Su esposa, Teresa, encendió un cigarro y miró por la ventana.
—¿Siempre es así? —preguntó, sin mirarlo.
—¿Así cómo?
—Tanto silencio… tanto cuidado.
—Cuando uno tiene algo que perder, aprende a no confiar en nadie.
Ella no respondió. Solo fumó en silencio.
—Ese capitán no me gusta nada. Solo es leal consigo mismo.
—Lo sé, pero, mientras todos ganemos, estaremos bien y, así, nadie se queja.
—¿Estás seguro?
Santiago Mosqueda ya no respondió. Solo apagó la luz.
* * *
En el pueblo, las luces comenzaron a apagarse una a una. Los fuegos artificiales del desfile ya eran un recuerdo. Las calles volvieron a su rutina de sombras. Pero esa noche algo se había movido. Algo que todavía no tenía nombre, pero que empezaba a tomar forma.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó demasiado temprano, aun para ser lunes. Era su jefe de policía, Macario.
El presidente fue el primero en levantarse.
—Señor, tenemos una situación.
—¿Cuál?
—Una venganza… y varios muertos